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Posts Tagged ‘Tiempo y espacio’

Ayer, en la primera hora, tuvimos ocasión de escuchar dos cuentos antagónicos en el tratamiento del tiempo y el espacio. En “Las dos márgenes del Duero” su autor, nos cuenta las sensaciones del protagonista, el profesor Almeida, al cruzar el puente don Luis I desde Oporto a Vilanova de Gaia una mañana cualquiera. El espacio es el puente sobre el Duero que una las dos poblaciones, y el tiempo lo que tarda en cruzar el profesor. En ese reducido espacio y breve tiempo el autor nos explicará muchas cosas de su personaje a través de los símbolos que van apareciendo en el relato.

Sin embargo, en “La mujer momificada” de José Jesús Rueda, el lector se siente aturdido al no tener una referencia de tiempo ni de espacio. Solo al final del relato las piezas (las distintas voces de los personajes) empiezan a encajar para cerrar un rompecabezas perfecto. Dos grandísimos relatos que nos enseñarán muchas cosas sobre el tratamiento del tiempo y del espacio.

Mito del carro aladoEn la segunda hora continuó el debate sobre el “El desierto de los Tártaros”. Anteriormente habíamos visto la referencia de Buzzati al “Mito de la Caverna”, de Platón. Ayer nos encontramos con la referencia al “Mito del Carro alado” en el capítulo en el que muere uno de los personajes, el teniente Angustina. Personalmente sigo pensando que el teniente Drogo nos acompañará durante mucho tiempo en este Taller.

Por último, Antonio Llop nos leyó su cuento “El organista fantasma”. Se introdujo en un mundo fantástico situando la trama in medias res, aunque se le hicieron lagunas objeciones en el tratamiento del tiempo.

La tarde literaria había levantado expectativas por la cantidad de cuentos en espera para ser leído y por la resaca que ha dejado “El desierto de los Tártaros”… y  se cumplieron sobradamente.

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 El desierto de los TártarosAyer jueves analizamos en nuestro Taller El Desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati. Cuando un libro gusta se nota al ver disfrutar a los miembros del Taller en el análisis, y eso fue lo que sucedió ayer con la obra de Buzzati. Vimos disfrutar a Jose, a Mercedes, a María Isabel, a José Jesús… a todos los que asistimos (hubo record de asistencia); pero sobre todo vimos disfrutar a Pura, que desmenuzó el libro con un sentimiento y una pasión elogiable. Su referencia al Mito de la Caverna, de Platón, en uno de los primeros capítulos fue admirable y toda una lección de literatura.

Me gustaron muchísimo otras dos intervenciones: Una de José Sainz de la Maza analizando el tiempo: dijo, entre otras cosas, que el tiempo se trata desde varias perspectivas, porque el libro es en sí mismo una inmensa reflexión sobre el tiempo. En él, la primavera se entiende siempre como hecho negativo; y el atardecer, la noche y el invierno tienen un carácter positivo. Luego destacó otros indicios del paso del tiempo en gestos comunes: la cadencia de los pasos del centinela, la vos de alerta, el tic-tac del reloj, la gota de agua del aljibe…

José explicó que la estructuración en capítulos se corresponde al paso de la vida. Diez capítulos para los cuatro primeros meses del teniente Drogo en la Fortaleza, veintitantos capítulos para los veintidós primeros meses, después un intervalo de años desarrollados cada vez en menos capítulos, comprimiendo el tiempo en una estructura compleja, sin referencias de fechas, atemporal, que sin embargo no desequilibra la novela.

La segunda intervención que me pareció brillante fue la de José Jesús Rueda al comparar la muerte del teniente Angustina con la muerte de Jesucristo. Es cierto que en la muerte de Angustina hay un calvario, hay una humillación, hay una redención en la forma digna de morir, y hay por último una resurrección en un sueño del teniente Drogo. Fue extraordinaria la vehemencia con la que defendió esta idea José Jesús, un hombre al que acostumbramos ver tan tranquilo en todas las ocasiones.

Os quiero dar las gracias a los dos por vuestro trabajo de ayer y por lo que aprendimos de vuestras reflexiones. Ahora os pido también que hagáis una entrada en el blog con estos dos temas: El tiempo en el desierto de los Tártaros y la muerte del teniente Angustina en el Desierto de los Tártaros ¿Qué os parece? ¿Aceptais el reto?

Por otro lado, se quedaron muchas cosas que decir en el comentario, y eso que hubo un tercer tiempo en las cañas del “Loa”, un cuarto tiempo en el Restaurante “Luis” y hasta un quinto tiempo para el debate en un “garito de última hora”:

Entre las cuestiones que se quedaron sin debatir y las que se discutieron después de la clase en cualquiera de los espacios de tertulia están las siguientes:

¿El tema del libro es la vida desperdiciada?

¿Es lícito esperar pasivamente la llegada de grandes acontecimientos que den sentido a la vida?

¿Qué sucede cuándo nos damos cuenta de que nuestra vida está vacía?

¿Era feliz el teniente Drogo en la fortaleza?

¿El teniente Drogo y el resto de los personajes eran dueños de su destino?

 ¿Es criticable la decisión de quedarse a vivir en la fortaleza? ¿Cúal es esa fortaleza simbólica?

En fin, yo destacaría la ambigüedad de la obra que deja abiertas las posibilidades de muchas interpretaciones. Es uno de esos libros que parecerá diferente cada vez que se lea de nuevo y sin duda su interpretación dependerá (o influirá) en el estado de ánimo del lector.

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Citando a nuestro amigo Antonio Llop, a veces nos salen cuentos “con poco pan y mucho chorizo”· Así sucedió ayer con alguno de los cuentos que se leyeron en clase, con el tema común del tono decimonónico y la simbología de Caperucita Roja como fondo. María isabel Ruano en “¿A qué sabe un beso?” contó una historia de amor entre adolescentes en un ambiente rural, en la que nos dijo que a veces también hay lirios entre el centeno. Luis Marín en “Cuidado con el lobo” relataba la historia de amor de una pareja de ejecutivos y Pedro Mateos en –coincidencia en el título- “¿A qué sabe un beso?” escenificaba el acoso de un joven estudiante a su profesora.

Los cuentos dieron paso a una profunda crítica técnica por parte de Pura, que a mí me pareció extraordinaria. Sentenció primero con una frase lapidaria: La literatura no puede tener atajos. Después incidió en la necesidad de separar al narrador omnisciente del personaje, y que a veces surgen problemas con el narrador omnisciente si no situamos bien la referencia temporal. También dijo que es necesario definir cuidadosamente a los personajes, y que estos deben estar perfectamente situados en las escenas. Es preciso hacer un esfuerzo para situar a los personajes en tiempo y espacio y que la situación en el espacio traerá consigo la situación en el tiempo. Por último explicó que es importante definir el ambiente, sobre todo si queremos conseguir ese tono decimonónico en el que el ambiente debe ser fundamental para el argumento.  

La clase de ayer fue densa y provechosa, y a partir de ahora deberá ser más sencillo hacer un buen relato, a saber: Se compra pan de pueblo o pan de leña, se abre por la mitad y se unta con un buen tomate rojo para que esté más jugoso, se prescinde del chorizo porque no combina bien con el tomate y se echa jamón del bueno, de ese que se coge una lonchita fina con la punta de los dedos y se ve como “suda”. Finalmente se acompaña todo con un buen vaso de vino de calidad (véase aquí la simbología del lobo de Caperucita, porque el vino en exceso no es bueno) y si la proporción de pan, jamón, tomate y vino es la adecuada tendremos todos los ingredientes para conseguir un gran relato sin que sobre ni falte nada.

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No nos atrevemos a jugar con el tiempo con la referencia del capítulo de Artemio Cruz (1919: 20 de mayo) y nos mostramos algo perezosos. Luís Marín leyó un mejorado “Cuentas pendientes”, Lourdes ChorroSoledad” y José Sacedón Los tres pies del gato”. El relato de José Sacedón nos quería hacer reflexionar sobre la idea de que muchas veces los críticos literarios en general, y nosotros en particular, en los límites de nuestro taller, vamos más lejos que el autor en la interpretación de los textos. No le falta razón a José Sacedón, pero también es verdad que los textos hay que retorcerlos y exprimirlos hasta sacarles todo el jugo. Hace poco Pura mandaba en un correo una cita de Faulkner, en la que propone  a quienes confiesan no entender un texto bien escrito pero de difícil comprensión, que lo lean y lean hasta comprenderlo.

Pues en mi caso confieso que gracias a este correo de Pura y su constancia ¡A la QUINTA! el famoso capítulo de Artemio Cruz me ha parecido fabuloso. Pura, al final… chispeando, chispeando… el suelo termina empapado.   

Ahora me toca a mí aprovechar la experiencia e insistir para conseguir mis dos nuevos objetivos:

1)      Ver el relato de Lourdes Chorro de la semana pasada “Lo que hace el no estar inspirada” desde la perspectiva de una mujer, lo cual es más difícil que lo anterior.

2)      Ver en directo, el sábado que viene, como por fin (al menos a la quinta) el Atleti le gana al Real Madrid.

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El jueves pasado analizamos “Inquietud” de Julia Leigh. El debate estuvo más animado que otras veces, más fluido. Psicológicamente pudo influir el que Pura se sentara entre el grupo. Así, sin la figura de la profesora-moderadora a la vista tocamos casi todos los aspectos del libro respetando turnos, sin discusiones bilaterales ni encastillamientos. No faltaron, como siempre, hipótesis arriesgadas (mensajes crípticos, muertos vivientes, etc) que demuestran que somos gente intuitiva, pero que provocarían la sonrisa de la autora “si nos hubiese visto por un agujerito”.

He dicho que tocamos todos los aspectos del libro, pero no es verdad. Entre otras cosas nos faltó el análisis de los personajes. Yo voy a hacerlo brevemente, por parejas.

Un escenario inquietante puede ser una sala de espera. La inquietud tiene raiz psicológica y se manifiesta por medio de movimientos nerviosos. Unos manifiestan su desazón levantándose y recorriendo toda la sala; otros aprietan imperceptiblemente una llave u otro objeto a mano (los más inquietos). A los primeros pertenecen el chico y Marcus, van y vienen al embarcadero, buscan el teléfono móvil (ambos se quieren ir, uno con su padre y el otro con su amante). Al grupo de los del movimiento contenido pertenecen Olivia y Sophie. Ambas liberan la contención en un precioso duelo que haría las delicias de los aficcionados a las películas del “far-west” americano. Frente a frente, con las manos crispadas cerca de la cuna, para ver quien desenfundaba primero la pistola-fardo. La otra pareja son la abuela e Ida; la primera el punto de equilibrio y la segunda el ojo de Dios, que todo lo ve. Las niñas, una por muerta no menos importante, y la otra viva y fresca, la única que dice lo que piensa. Las gemelas simbolizan la falta de inquietud por no tener problemas (o por no saber que se tienen, que para el caso es lo mismo). Y, por último, las dos autoridades, la eclesial, con el cura paternalista que sale escaldado; y la civil, fría, legal, en su sitio. Y todos ellos trasmitiéndonos su inquietud.

En síntesis, el cuento de Julia Leigh tiene una gran carga de profundidad a la vez que un lenguaje sencillo. La difícil facilidad que a todos nos gustaría lograr.

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Acabó JJ de leer su cuento “Pequeños hermanos” cuando la voz de un narrador se alzó en la clase y dijo: “El cuento es no cuadriculable, no esquematizable, no definible, no racionalizable”.

Estaba pensando en aquel momento que si alguien dice algo así de un cuento mío le retiro la palabra para siempre cuando la voz de una narradora preguntó: “Roberto, ¿qué te sugiere el cuento?”.

-No me he enterado de nada. Necesitaría leerlo 2, 3 o 10 veces más para saber de que va –contestó Roberto .

Volvió la voz del primer narrador y dijo: “¿No te has enterado de nada? ¡Perfecto! La historia también está concebida para no enterarse de nada, porque no hay estructura, hay una ruptura del tiempo y del espacio, hay una eliminación del lector, hay multitud de narradores aislados que se funden en uno solo. Y las piezas tienen que encajar para que la incoherencia derive en coherencia, así que si no te has enterado de nada, me parece perfecto, porque esa es una manera de entender el cuento”.

-¿Quién se atreverá a comentar un cuento de esta forma? Giré mi cabeza hacia el narrador y descubrí que era el propio autor del relato el que se ensañaba cruelmente con su cuento. Miré entonces al frente buscando un punto de apoyo en mi desorientación entre tanto narrador y vi al sector duro derretidiiiiiiísimo,  entregadiiiiiiísimo,  a punto de decir: “JJ, tu cuento es genial, maravilloso, estupendo y fantástico”.

 

Después del descanso Antonio Llop leyó un cuento muy bien construido titulado “Una televisión de rayos catódicos”. El relato tenía un narrador muy coherente y una ambientación muy bien conseguida que recordaba la película “La Comunidad”, de Alex de la Iglesia, y Carmen Maura como protagonista. Los comentarios coincidieron en que al cuento le faltaba sin embargo un poco de tensión para profundizar en el tono de misterio que Antonio quería dar a su relato.

 

El último relato de la noche fue “Ajuste de Cuentas” de José Sanz. Enlazaba con una historia anterior de mafiosos de medio pelo y demostraba la buena mano del autor para la novela negra. Pero en este relato el sector duro sacó a relucir su capacidad deductiva y descubrió que el narrador del relato era un tramposo y que engañaba al lector con un truco hábil y propio de la mafia para la creación de una situación irreal. El villano narrador fue descubierto y José Sanz tuvo que reconocer que el engaño estaba hecho a conciencia.   

 

Para concluir Pura nos mandó deberes ¡Y qué deberes!

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