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Archive for 28 septiembre 2010

La medida es importante en todos los órdenes de la vida. Una visita que se alarga demasiado puede suponer que lo que estaba resultando un rato agradable para los anfitriones se convierta en un verdadero coñazo. De la misma manera la obra literaria ha de tener su medida.
No vamos a considerar los guiones hechos para obras en serie destinadas a público poco exigente que, tanto en formato escrito, radiofónico, como en forma de telenovela, están basados en tópicos sentimentales. Estas obras son desmedidas o su límite es difuso, porque sólo depende de intereses comerciales. No pueden considerarse realmente literarias.
Cuando se diseña la estructura de una obra literaria, de alguna manera, ya se está imponiendo un límite. Si éste se alarga sin justificación los elementos que sostienen la intriga podrían perder su eficacia, y las peripecias por las que pasan los protagonistas resultarían demasiado previsibles. Se trata de buscar el equilibrio en el reparto de los componentes de la novela (trama, personajes, espacio, etc.).
Pero eso es demasiado teórico. Podemos salir de la duda sobre la medida ideal escuchando la experiencia personal de algunos novelistas. En la conferencia que colgó Vicente, Vargas LLosa dice que sus novelas terminan cuando él intuye que ya no puede hacer nada más por ellas.
Habrá otros escritores más cartesianos, que confíen menos en la intuición. El caso es que, al final, la extensión ideal dependerá de cada lector. Y nos encontraremos con lectores que esperan con expectación la salida del volumen que conforma la trilogía de una determinada obra, la cual otros no han podido completar ni en su primer volumen por considerarla tediosa.

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Resultado del concurso de escritura rápida que el Ayuntamiento de Valdesaz ha convocado por tercer año consecutivo.

El concurso  se realizó el día 31 de julio de 2010, y el día 7 de agosto de 2010, se llevó a cabo el fallo del jurado y se hizo la entrega de premios. Los premiados son los siguientes.

  • José Saínz de la Maza, con el cuento titulado “Ellos“.
  • Paloma Hidalgo, con el cuento titulado “Prefiero ser un mal sobrino“.
  • David Ruiz Sánchez, con el cuento titulado “El lobo”.

La organización agradece a los jurados su seriedad, criterio y generosidad. Y agradece a los escritores su participación, y les da de nuevo la enhorabuena.

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Es el tipo de narrador menos utilizado. Tiene las características del narrador autodiegético porque suele contar su propia historia.
Es un tipo de narrador que busca la complicidad del lector. Por eso se dirige constantemente a él. Aunque utiliza los paradigmas de segunda persona, es decir, “tú”, “te”, “a ti”, “vosotros”, os”, etc., no pretende identificar a nadie en particular. El protagonista puede ser cualquiera. Por lo tanto, este tipo de narrador se suele utilizar con temas universales. Se supone que lo que le pasa al protagonista puede ser experimentado por casi todo el mundo.
Acabo de leer una novela de este tipo que se titula “La mujer casada al desnudo”, que cumple lo antedicho. La protagonista es una mujer casada (la mayoría de las mujeres). También el tema es lo suficientemente universal para interesar a mucha gente, por ejemplo, a los hombres casados que buscamos (infructuosamente) comprender la complicada psicología de nuestras esposas. No sería muy lógico una novela con narrador en segunda persona que trate sobre la subida al Everest. Pocos lectores podrían sentirse identificados con el protagonista.
Un inconveniente de la segunda persona, que justifica su raro empleo, es que si la obra es larga suele cansar al lector. Por eso no suele utilizarse en obras de largo recorrido como la novela. Hay que tener en cuenta que el lector es una especie de “voyeur”, que busca en soledad -la lectura suele ser un acto solitario- la historia de otros. Ese ojo constante, esa apelación continua a la que le somete el narrador le hace sentirse incómodo, como un mirón descubierto. Aunque otros puedan encontrar interesante ser protagonistas de historias de ficción.

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Se puede decir: “Se moría a causa de una hemorragia interna” o, como dice Louis-Ferdinand Céline en Viaje al final de la noche: “Corría, su corazón, tras su sangre,agotado, ahí, minúsculo ya, al final de las arterias, temblando en la punta de los dedos”.

Esta forma de expresarse diferencia a un escritor que sólo atiende al contenido de un autor con más recursos. A casi todos los lectores nos gusta una buena imagen (sin demasiado fárrago retórico), que distinga el lenguaje literario del aséptico que te encuentras en los diccionario. El problema es cómo conseguir una buena imagen.

No es nada fácil parafrasear con arte. Me figuro que el escritor primeramente elige el acontecimiento que va a contar en forma de imagen. Después hace un cuerpo informe con todo lo que se puede decir de ese fenómeno (como los bloques de mármol de los que partían los escultores antiguos). El tercer paso es quitar de aquí y de allá dando forma a la imagen que se va a esculpir. Cuando ya se tiene el contenido estractado se busca la semejanza de sentidos (metáfora, metonimia, sinécdoque, etc.). El último paso, y no el menos importante, es presentar el artificio como algo natural, que no se note la labor de comparación, desbastado y pulido. Aunque este proceso es laborioso, los escritores consagrados lo relizan de forma rápida y semiautomática.

Llegados a este punto nos surge otro problema. Si convenimos que el arte de expresarse bien es decir el contenido de un hecho, un sentimiento, etc., con las menores palabras posibles, ¿no iría la profusión de imágenes en contra de este principio?

Está claro que de las dos formas de expresar el fenómeno reseñado al principio la del gran escritor francés es la que tiene más palabras. Aquí entramos en el problema de la “literariedad”. ¿Qué distingue lo que es literario de lo que no lo es?

Nuestra intuición nos dice que una novela no es una relación de hechos, sentimientos, sueños, etc., contada de forma telegráfica, con la mayor economía de palabras posible. Hay que alternar imágenes y narración pura en una unidad armónica. Además el principio expresado arriba se refiere a todo fenómeno literario en sí. Es decir, la expresión de una imagen será, evidentemente, más larga que el mismo acontecimiento contado de forma sencilla; pero, siguiendo el principio de economía planteado, no puede extenderse más de lo necesario para cumplir su misión.

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