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Archive for 28 enero 2011

¡Como son, oye!

Estás tomándote unas cañas en el bar y te dicen que La Muerte de Artemio Cruz es un petardo insoportable. Entras en clase y como si un aura literaria se hubiese apoderado súbitamente de ellos te dicen que es una obra maravillosa. Sales a la máquina del café y en el corrillo se oye que no hay quien soporte el libro, regresas al aula y entre la presencia de la profesora y el tufillo intelectual que irradian las cuatro paredes abuhardilladas vuelve a extenderse la opinión de que estamos ante una obra magistral… Y yo en esas ya me vuelvo tan voluble que no sé si el libro me ha gustado o no.

Ahora bien… Una compañera me dijo que cómo se me ocurre comparar “La Muerte de Artemio Cruz” con un partido del Atleti. ¡Vamos a ver, muchacha! Un partido del Atleti representa una descarga de adrenalina tal, que no es comparable a nada. Y eso los aficionados de otros equipos se van a quedar sin vivirlo, por desgracia para ellos. Ah… Y no era un partido cualquiera del Atleti… Era un partido de vuelta de la Copa del Rey entre el Atleti y el Real Madrid, ¡ahí es ná!

Y hablando de lo que decimos y lo que callamos… En las entrevistas de este blog todo el mundo opina que en la literatura no hay distinción entre literatura de hombres y mujeres. Sin embargo, ayer se levantaron algunas voces diciendo que tras el narrador (y protagonista) masculino del maravilloso cuento que leyó Pilar Couso se apreciaba claramente que la autora era una mujer porque a los hombres les falta sensibilidad para describir un amor perdido como ella lo hace. Y había cerca de quince hombres en clase que dejaron pasar el comentario como si tal… ¡Pero, hombre por favor…!

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El número de sillas vacías delataba que se trataba de tarde de análisis. Aunque es un fenómeno constatado, nadie se atreve a darle explicación. Pero los que asistieron disfrutaron de una tarde de tertulia que siempre deja nuevas enseñanzas.

Como por algo hay que empezar, en esta ocasión el primer análisis le correspondió a la estructura que generó una viva polémica con intercambio de puntos de vista de todos los colores. Ya sabéis, “para gustos hay colores”. Sin embargo, hablar de La Muerte de Artemio Cruz sin relacionarlo directamente con los narradores es prácticamente imposible, por lo que inmediatamente fue el tema de debate que ocupó toda la primera hora de clase y más. Aquí sí que hubo controversia. Lo único que se salvo es que aparecen tres narradores o niveles narrativos. Ahora, identificar a ese narrador en cada uno de los casos despierta múltiples versiones.

Después de un merecido descanso, que sirvió para intentar ganar adeptos a cada postura, entramos en el espacio, o por mejor decir, los espacios y los tiempos, que hay varios. Cuando ya parecía que íbamos a finalizar, aparecieron los personajes. Aquí hubo más acuerdo; la novela está plagada de personajes prototipo o arquetipos, lo que resta fuerza personal a los mismos.

En un momento, salió a colación otra novela mexicana que ya hemos analizado en este taller, “Pedro Páramo” y……

No me atrevo a poner porcentajes sobre a quién le ha gustado la novela y a quien no, con todo el abanico entre ambos extremos, pero lo más importante, a ti ¿te ha gustado la lectura?

La próxima semana llevar el libro porque quizá se dé lectura a algún pasaje. Mientras tanto a trabajar que, por lo que se barrunta, todavía está por empezar lo duro este año.

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Recordaréis que el año pasado una de las lecturas del taller fue la “Muerte en Venecia” de Thomas Mann. Incluso uno de los ejercicios que propuso Pura posteriormente se basó en una de las escenas del libro, a la que el siguiente texto hace referencia, y que muchos reconocerán. Este texto que relaciona a Carlos Fuentes con Thomas Mann me parece un excelente anticipo a la clase del jueves, a la que no podré asistir. Espero que alguien haga la crónica y que se manifiesten los que consideran “la Muerte de Artemio Cruz” un libro maravilloso y los que lo consideran un ladrillo infumable. Según las encuestas previas las fuerzas de los dos “bandos” están muy equilibradas.

(…) Tres damas cenaban con un caballero maduro, un hombre de más de 70 años, tieso y elegante como las servilletas almidonadas, vestido con saco blanco cruzado e inmaculadas camisa y corbata. Sus dedos largos y delicados rebanaban un faisán frío con minuciosa cortesía. Aún mientras comía, parecía envergado como una vela, con una rigidez militar. Su rostro mostraba una fatiga creciente. Pero el orgullo fijo en sus labios y mandíbulas desesperadamente trataba de ocultar el cansancio. Sus ojos brillaban con el fogoso fuego del capricho. Mientras las luces de carnaval de esa noche de verano en Zúrich jugaban con luces propias sobre las facciones que al fin reconocí, el rostro de Thomas Mann era un teatro de emociones calladas, implícitas. Comía y dejaba que las señoras hablasen; él era, ante mi fascinada mirada, el creador de tiempos y espacios en los que la soledad es la madre de una belleza poco familiar y peligrosa, pero también el alma de lo perverso e ilícito.

(…) Thomas Mann había sido el amarre más seguro de nuestra atracción literaria latinoamericana hacia Europa.

(…) Era curioso. Era impertinente. ¿Me atrevería a acercarme a Thomas Mann, yo, un estudiante mexicano de 21 años con muchas lecturas entre pecho y espalda, pero con todas las inhabilidades de una sofisticación social e intelectual muy lejos de mis manos?

(…) Allí estaba él, la mañana siguiente, en el hotel Dolder donde se hospedaba, vestido todo de blanco, digno hasta un punto menos que la rigidez, pero con ojos más alertas y horizontales que la noche anterior. Varios hombres jóvenes jugaban tenis en las canchas, pero él sólo tenía ojos para uno de ellos, como si éste fuese el Elegido, el Apolo del deporte blanco. Ciertamente, era un joven muy bello, de no más de 20 años, 21 acaso; mi propia edad. Mann no podía quitarle de encima los ojos al muchacho y yo no podía quitarle la mirada a Mann. Estaba presenciando una escena de “La muerte en Venecia”, sólo que 38 años más tarde, cuando Mann ya no tenía 37 (su edad al escribir la novela maestra sobre el deseo sexual), sino 75, más viejo aún que el afligido Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa de Lido –donde 20 años de ver a Mann en Zúrich, vi a Luchino Visconti, en compañía de Carlos Monsiváis, filmar “La muerte en Venecia” con una mujer que asumía todas las bellezas y todos los deseo, incluso los de la androginia, Silvana Mangano-.

(…) Una novela, dijo Mann, debería recoger los hilos de muchos destinos humanos en la urdimbre de una sola idea. El Yo, el Tú y el Nosotros estaban secos y separados por nuestra falta de imaginación. Entendí estas palabras de Mann y pude unir las tres personas para escribir, años más tarde, una novela, “La muerte de Artemio Cruz”.

El texto completo se puede leer entre otras páginas en:

www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/carlosfuentes/hallazgos.htm

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