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Archive for 27 enero 2012

Crónica de Mercedes Lázaro.

Hoy me toca a mí hacer la crónica de la tarde de ayer y aunque yo soy más bien concisa, espero que os ponga un poco al tanto de lo que pasó. Estuvo muy llena de lecturas por lo que el tiempo se pasó volando, en un suspiro de buenas sensaciones que llegaban a través de los textos que se compartieron.

La primera parte estuvo dedicada a relatos cortos, bueno realmente el único cuento fue el de Luis Marín, muy visual, donde un amigo -de dos- cuenta en primera persona una cacería furtiva con un título muy acertado: “Peligrosa excursión”.

Después amor, amor y más amor, en forma de cartas.

La primera de Pedro Mateos, imposible por parentesco, edad, por negación de que sea más, pero llena de amor.

La segunda fue de Blanca Armenteros, un amor tan intenso que lo imposible sería no contenerlo.

José nos hizo guiños de humor a un objeto muy amado pero ya imposible. Después Pilar, nos deleitó con una poética carta a un amor pasado al que no quiere pero que quedó evidente cuánto quiso.

Y para finalizar Antonio Llop prefería no dar el paso de amistad a amor, convirtiéndolo así en imposible.

Llegó el momento de hacer el intermedio para relajar músculos, probablemente esta vez el corazón fuera el más “trabajado”.

En la segunda parte escuchamos casi durante 45 minutos el relato de José Sainz de la Maza. “La dignidad del centinela“. Hacía referencia al ejercicio en que había que tener de modelo “Sostiene Pereira“, y la verdad que le salió redondo. Todos muy atentos, recorriendo el centro de Madrid un 14 de Abril de 1956, con la lectura muy buena del autor. Se nota cuánto tiempo ha invertido y, sobre todo, que ha disfrutado escribiéndolo. Y nosotros, oyéndolo, también.

Bueno, pues así quedó la tarde de ayer que estuvo…¡¡¡a tope de literatura!!!

 

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TARDE MOVIDITA

Hubo reacción. A la pregunta ¿alguien tiene algo para leer?, la sala se llenó de manos elevadas. No soy experto en estadísticas del grupo, que para eso están otros, pero me pareció que había tantas manos como en cualquiera de los momentos más creativos.

Las lecturas variopintas. Así que, olvidándome del orden cronológico, los voy a clasificar por categorías.

Cumpliendo el ejercicio de versión de los cuentos de Salinger y Calvino, leídos en clase, Antonio Llop presentó a Gumersindo”, que al fin tuvo suerte de que Desideria se fijara en él. María Isabel y “Julio” ese espécimen de conserje en extinción que conserva todo tipo de sabores en su bigote.

Continuando el ejercicio iniciado en clase, y buscando símbolos Josu encontró “La Tela de Araña” en un molino con pozo incluido.

El tercer ejercicio propuesto, el narrador en primera persona que se encuentra perdido, fue abordado por Fernando en  “Perdidos”  un viaje accidentado por centro-Europa. Alicia tuvo un “Encuentro perdido” buscando el amor por primera vez. Pilar nos disperso en el cristal como “Gotas de lluvia” en una persecución desesperada del amor que se escapa. Quiero felicitar a nuestras nuevas compañeras, por el arrojo de presentar su primer escrito en su segunda sesión. Ánimo.

Y para cerrar (¿he contado siete?) una nueva página del diario de Mercedes en algún lugar un ocho de enero, escribiendo a un amor imposible.

Para la semana que viene, continúan abiertos los tres ejercicios, y por supuesto cualquier otro, y ya se intuyen lecturas suficientes, por lo que el análisis de “Fiesta” queda pospuesto para mejor ocasión.

A trabajar.

 

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   El día tres de enero, a las siete de la tarde, ingresé en el Hospital Universitario de Getafe para una intervención programada. En el mostrador de información una empleada con una amplia sonrisa me indicó que debía dirigirme al mostrador de admisión, en el otro lado del vestíbulo. Allí me atendió otra señora, un tanto seca, pero correcta, que me tomó los datos necesarios para la admisión y me envió a la habitación 52, cama 2. Una joven enfermera, Cristina, se encargó de recibirme en la recepción de la planta de digestivo y me acompañó hasta la habitación. Ella y su compañero de turno aquella noche, Eusebio, se alternaron para hacerme algunas preguntas y completar el informe previo a la operación, me hicieron un último análisis de sangre, me tomaron la tensión arterial y la temperatura, me pusieron una inyección de heparina y actuaron con una amabilidad que agradecí infinitamente en ese momento. Un poco más tarde, serían las once de la noche, me visitó en la habitación una doctora, la cirujano de guardia. Traía el consentimiento para la operación, que yo debía firmar, y me informó de algunos detalles de la intervención. No me cabe duda de que es una gran profesional, pero me acojonó. Algo más tarde, cerca de las doce, otra enfermera se encargó de dibujarme unas marcas en el estómago para la operación del día siguiente y todavía, antes de apagar las luces de la planta, Cristina volvió a pasar por la habitación para ofrecerme una pastilla para dormir y un calmante si lo necesitaba.

   A las siete de la mañana una mujer rubia y simpática, muy atractiva, a la que yo tomé por enfermera, me rasuró el estómago. Una nueva auxiliar, ya del turno de mañana, vino para ofrecerme toallas limpias y un gel desinfectante para ducharme antes de la operación. La celadora que me condujo al quirófano apareció a las siete y veinticinco, y se notaba que no era la primera vez que hacía el recorrido por la facilidad y rapidez con la que zigzagueaba con la camilla por los pasillos. Las siguientes personas con las que hablé fueron los dos anestesistas, una mujer joven y alta de treinta y pocos años y un hombre de unos cuarenta, que vestían unas batas verdes y llevaban puesto el gorro de quirófano. Su trato fue cordial, afectuoso, con una sonrisa y una simpatía que durante un momento me hicieron olvidar que estaba en la antesala del quirófano. Todos me inspiraron una gran confianza que, de verdad, necesitaba.

   Yo no sabía que en un quirófano había tanta gente. ¿Cuántos minutos estuve despierto? Tres… cuatro… Desperté cinco horas más tarde en la sala de reanimación rodeado de enfermeras, y perdónenme la cursilada, creí que me encontraba entre un coro de ángeles. Ya pasaban de la una y cuarto. El anestesista vino a verme y no le conocí. Se había quitado el gorro de quirófano. Me dijo que todo había ido muy bien. Se lo agradecí, pero ya lo sabía. Me había explorado lentamente, con miedo, deslizando las manos por mi cuerpo para comprobar la existencia de alguna herida inesperada, lo suficiente para saber que la operación, como él dijo, había salido bien. A las tres cambió el turno. Ahora solo había tres enfermeras en la sala. Una alta y morena, con la melena lacia sobre los hombros, que no dejó ni un momento de controlar los monitores de los distintos puntos de reanimación, y dos enfermeras embarazadas, una de cinco meses y la otra de siete y medio (los profesionales hablan delante de los pacientes como si estos no existiesen) que entre los cambios de alguna cuña con excrementos, sondas o bolsas de orina sanguinolentas se sentaban un ratito a descansar muy cerca de la cama que yo ocupaba.

   Lloré varias veces aquella tarde. Lloré en silencio, como se llora cuando uno se siente frágil y solo. Se me cayeron las lágrimas, por lo que podía haber sido y no ha sido, por mis hijos, por agradecimiento a toda la gente que me estaba ayudando. La mayor parte de este personal son “detestables” funcionarios. Trabajadores “aborrecibles” a los que algunos políticos miserables se han encargado de echarle encima a una buena parte de la población que, por otro lado, en vez de reclamar y exigir donde proceda una mejora de sus condiciones laborales, se conforman con que les reduzcan el sueldo y les quiten días libres a los demás, como si de este modo se resolviesen todos los problemas y se acabasen las crisis económicas.

   Las noches son largas en los hospitales. Se piensa mucho. Se reflexiona mucho. Cada dos horas venía una enfermera a comprobar la cantidad de orina, cada cierto tiempo me controlaban la tensión y la temperatura, me cambiaban las bolsas de suero y de calmante. A mediodía apareció el jefe del equipo médico que me había operado, sin duda, una de las manos negras que tiene mucho que ver en el funcionamiento armonioso del servicio de cirugía. Durante los días siguientes me sentía dependiente de muchas personas: del equipo médico que me operó, de las enfermeras, de los celadores, del personal de limpieza. Las noches son largas en los hospitales, sin embargo, el tiempo en las salas de reanimación transcurre dulcemente y es como un regalo que permite regresar con placidez de un lugar al que la memoria no deja acceder, al menos cuando la operación ha transcurrido como se deseaba. Uno vuelve a sentirse dueño de su tiempo, y de su vida, y saborea inmóvil los minutos dando libertad a los pensamientos. Yo me concentré durante ese tiempo en la perversidad sutil de este personal para generar crisis económicas y destruir empleo desde el quirófano y la sala de reanimación y confieso que no conseguí descubrir como lo hace. Lo que si pensé es quién cuidará de nosotros cuando estos funcionarios “crueles” se harten y se vayan a Inglaterra, como ya han empezado a irse, o a otro país cualquiera donde se les trate y se les pague con respeto.

 Con mi agradecimiento al personal del Hospital Universitario de Getafe

y a todas las personas que me han ayudado.

Manuel Pozo Gómez

15 de enero de 2012

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Saludos, besos, regreso a la normalidad después de las vacaciones navideñas, y… vuelta de tuerca.

Pocas lecturas para la sesión, así que, Pura recarga las pilas del grupo. Como parece que los deberes pendientes no resultan inspirantes, propone una nueva vía. Relato con un narrador en primera persona, que contenga diálogos directos e indirectos, donde el narrador se encuentra perdido y consigue al fin encontrar el camino, con un cambio sensible en él mismo (conflicto). Después compromiso uno por uno de llevar un escrito sobre uno de los tres temas. Ojito, para dentro de dos semanas tener analizado el cuento “FIESTA” de Junot Díaz, que envió el pasado trimestre. Si no hay lecturas se abordará el análisis. Ah y más páginas del “diario personal”, que no se os olvide pillines.

Y entrando en harina, “El cajón abierto” de Antonio Llop, cumpliendo con los deberes que se inciaron en clase de descripción de un espacio y creación de personajes en una historia que contenga símbolos. J.J remontándose al ejercicio del personaje gris derivado de las lecturas de Calvino y Sallinger. En segunda parte, diarios de Pedro y Mª Isabel y carta a un amor imposible de Luis.

Más análisis. ¿Os acordais de “El curioso incidente del perro a medianoche”? y las lecturas paralelas de “Alondra y Termita” y “El ruido y la furia” (uff, Faulkner). Pues para el día 16 de febrero. Ya están distribuidos los trabajos. Y después un poco de estiramiento, que para primera sesión ya está bien.

Bienvenida a dos nuevas compañeras Alicia y Pilar y recuerdos para Manuel. Te esperamos el próximo jueves ¿eh?.

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2011 de este blog.

Jose Jesus

Aquí hay un extracto:

The concert hall at the Sydney Opera House holds 2,700 people. This blog was viewed about 14.000 times in 2011. If it were a concert at Sydney Opera House, it would take about 5 sold-out performances for that many people to see it.

Haz click para ver el reporte completo.

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