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Archive for 30 marzo 2012

Un nuevo motivo de alegría para el Taller Literario de la Casa del Reloj. Dos de nuestros compañeros han sido premiados en el II Premio de Microrrelatos Temáticos convocado por la Editorial Hipálage. Los organizadores del certamen recibieron 611 textos, y entre ellos, dos relatos de nuestros compañeros María Isabel Ruano y Antonio Murga han sido seleccionados para ser publicados en el libro “Conseguir los sueños”.

Espero que sus autores nos faciliten cuanto antes estos relatos para que podamos disfrutar de ellos en el blog.

Pero la alegría en el caso de María Isabel es doble, puesto que en el II Premio de Poesía Amatoria, Gozosa y Erótica convocado por la misma Editorial se ha seleccionado un poema suyo para el libro “Memoria y euforia”, que s epuede leer en el enlace siguiente.

Enhorabuena a los dos.

El Abrazo. María Isabel Ruano

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Autora Lourdes Chorro.

Traducción de Antonio Llop.

El día que conocí a Miguel Delibes no fue un día cualquiera. Fue “el día”. Me había citado de cuatro a cinco de la tarde para responder a algunas preguntas sobre el léxico rural que utilizaba en su obra, y que no se podía encontrar en los diccionarios que yo había consultado.

Llegué antes de la hora. Durante todo el camino no pensé en nada. Había pasado una noche en blanco. Era incapaz de pensar. Pero ese 16 de febrero de 1984, cuando franqueé la entrada de su edificio, me di cuenta, en ese momento, que no lo franquearía nunca más. Y yo quería prolongar estos minutos y la intensa emoción que se siente antes de cumplir un sueño. Después, ese sueño se trasforma en algo normal o increíble.

Encontré la calle y el número sin ningún problema. Valladolid no era Madrid. Subí la escalera y esperé en el descansillo del piso donde creía que vivía. Había borrado de mi memoria cual era la puerta. ¿La izquierda o la derecha? Imposible de adivinar. Nada había grabado, ninguna inscripción, ningún nombre de familia. En aquel tiempo era habitual poner una plaquita dorada en cada puerta para anunciar quienes eran los habitantes de ese apartamento.

Me decidí y llamé a la más alejada de la escalera. Y un muchacho de mi edad me abrió. Tenía el pelo rubio, la piel blanca y los ojos azules, encerrados en una cara redonda me sonreían. No me había equivocado de apartamento pero debía entrar por el piso de abajo. Los dos estaban comunicados y su padre me esperaba abajo.

Bajé la escalera y el mismo muchacho me abrió otra vez la puerta enrojeciendo. Me condujo al salón y me pidió que me sentara y esperara unos minutos. Y heme allí, sola, de pie, enfrente del cuadro de su mujer y un estante lleno de libros de la colección Destino que conocía bien porque, fiel, siempre editaba en la misma Editorial. Dos o tres minutos y él estaría allí para que yo pudiera preguntarle todo lo que quisiera sobre su obra. Cuando entró en el salón yo estaba de pie, en el mismo sitio donde su hijo me había dejado. No había dado un solo paso, ni me había sentado. Me tendió la mano y, en ese momento, pensé que había dejado de ser una desconocida entre sus innumerables lectores. Y que, finalmente, después de mis cartas, tenía un rostro. Él estaba como aparecía en los periódicos y en las fotografías de sus libros, como se reflejaba en su obra.

No recuerdo lo que pasó, pero lo que yo creía el final de la entrevista llegó rápidamente. Se escuchó el teléfono, el sonido procedía del pasillo. A las cinco en punto su hijo entró en el salón para decirle que le llamaban del “Norte de Castilla”. Don Miguel salió y algunos segundos después volvió para decirme que podía quedarme el tiempo que fuera preciso para resolver todas mis preguntas.

Pidió a su hijo que no nos molestaran. Nos sentamos en su sofá, el uno al lado del otro, y me confesó que las visitas indiscretas no le gustaban nada. Había encontrado incluso personas que removían entre sus papeles y sus libros. Le respondí que era increíble. ¡Ah, cómo le comprendía! Y a pesar de que estaba muy ocupado y tenía que ir al “Norte de Castilla”, estuvo conmigo hasta las 19,30. Y hablamos de “azulón”, el pollito de la perdiz ya grande, de animales “entrematados”, de la “escopeta faldera”, de “baribañuelas y amerillas” y de los “quitameriendas”, esas flores que crecen en septiembre, cuando el trabajo de los recolectores de cereales se termina. Solamente una vez insistí en marcharme y no molestarle más, pero él me respondió con un “no” agradable y sonoro, y no lo repetí más. Al final de nuestra charla, le agradecí su amabilidad y el tiempo que me había dedicado. Él me agradeció el trabajo que yo hacía sobre su léxico.

Después de haber bajado las escaleras dejé deslizar dos lágrimas por mis mejillas. Me sentía orgullosa. Estaba orgullosa.

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Gracias al Taller he conocido uno de los libros que más me han hecho disfrutar como lector. Se trata de “Sostiene Pereira”, de Antonio Tabucchi, al que frecuentemente se hace referencia en la clase, lo que hace pensar que la obra ha debido calar en más de uno. Además, Pura propuso un ejercicio inspirado en el libro, que dio lugar a algunos relatos extraordinarios, entre ellos uno de José Sainz de la Maza titulado “La dignidad del centinela” que recomiendo volver a leer. Antonio Tabucchi ha fallecido ayer en Lisboa. De alguna manera siento que ha fallecido un amigo de nuestro Taller.

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Cuando Pura dijo que nos desnudásemos no creí que nos atreviéramos. Pero reconozco que ayer hubo varios relatos que me sorprendieron por su franqueza y, como dijo María Isabel Ruano, por su valentía. No ha debido ser fácil para sus autores escribir de una forma tan personal y tan íntima y leerlo delante de la clase, pero ahí estaban Yolanda López, contándonos la complicidad con su madre para entrar en el curso, María Isabel Ruano, intimista como siempre, en un repaso a varios de sus relatos y una referencia a todos los compañeros que nos dejó un cierto regusto a despedida (esperemos que no sea así), Mercedes Lázaro, uniendo su primer día de clase a una vivencia personal que nos emocionó (a partir de ahora miraré siempre a la parada del autobús para no dejarte sola) y Fernando López, que nos habló de su profesor, Julio Escalada, del juego con el espacio y nos dejó una frase que sirve tanto para el teatro como para la literatura “No hay que contarlo, hay que verlo”.

Me sorprendió también que la discusión filosófico/literaria sobre un folio en blanco se cargara de tantas implicaciones personales: Asun nos leyó un relato muy poético “Un folio en blanco”, Luis Marín en “Ensayo en blanco” nos habló del bloqueo y la inseguridad del escritor ante el folio en blanco y la afirmación filosófica “nadie se puede quedar en blanco” y Antonio LlopEquilibrios” nos trajo un relato intimista que emocionó a varias personas y por el que fue muy felicitado.

Para acabar, Manuel presentó un relato ambientado en la época de Francisco de Goya en el que combinaba un ejercicio de este año (grupo de palabras) con otro del año anterior (mito de Abraham). Ante la pregunta de Pura, “alguien quiere comentar algo”, el respetable guardó silencio, lo que para un torero en la plaza de toros es la mayor de las torturas.

Y para acabar, Pura propuso un nuevo ejercicio, más detalles en el grupo de correo, pero… ¿seguro que todo el mundo sabrá decir a qué sabe un beso?

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La experiencia de la vida profesional para adaptarse al taller, la impresión que provoca un cuento de alguien que lleva un tiempo escribiendo, los folios en blanco, un sueño sobre la lluvia, uno que dice que esa silla le pertenece, una chica de ojos verdes que sale disparada, un grupo compacto, un grupo variopinto, un grupo que se va a tomar una cerveza sin decir ni pio a los nuevos, el deseo de aprender a escribir bien: todas son ideas que aparecieron en la página de un diario referida al primer día de taller de Asun, Luís Marín, Josu Bilbao y Manuel Pozo.

Pedro Mateos nos  habló de la “Fuerza sobrenatural” en un cuento que tenía más posibilidades de las que mostró. María Isabel Ruano simbolizó en “El marco de la ventana” el tránsito de la vida a la muerte en un relato intimista y emotivo que gustó mucho, y para finalizar Julio Rodriguez habló de sus “Incomodidades”.

Y Pura, que nos está acostumbrando mal, nos leyó un fragmento del borrador de su segunda novela, que está todavía en la “sala de máquinas”.

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El Atlético de Madrid jugaba un partido internacional a la misma hora que empezaba el taller de literatura. ¿Quién habrá sido el “inspirado” que hizo coincidir los dos eventos? Este hecho incidió sin duda en la baja asistencia (al taller y al fútbol); en el taller empezamos 12 y terminamos 14, y ayer entre fútbol y literatura me quedé con la segunda opción y no fui al estadio.

Inició las lecturas Pilar Sánchez, con un relato titulado “el incendio”. Por cierto Pilar, cambia el título, es el cuarto o el quinto relato titulado “el incendio” que se lee en este taller con vocación pirómana. Planteaba Pilar algunas dudas sobre el narrador en primera persona que sin embargo estaban muy bien resueltas, y que creo que con los ejemplos de ayer estarán ahora muy claras.

Josu Bilbao nos habló de un hombre gris, evocando los relatos con protagonistas mediocres presentes en los cuentos de Salinger y Calvino. Su relato “Por fin es viernes, Adolfo” gustó mucho y, desde mi punto de vista, igual que la semana pasada dije que Luis Marín nos había leído su mejor relato, esta semana tengo que decir que Josu Bilbao nos ha leído su mejor relato hasta el momento.

El sexo lo puso José Sainz de la Maza con su carta de amor imposible que se titulaba “Para Juliette Chavanel. Ediciones gráficas “Bon Vivant”. “…con las piernas dobladas, recogidas, apoyando los talones en la colcha, así muestras tu sexo y así mirabas en aquella fotografía en la que descubrías sus suaves pliegues bajo una línea apenas bosquejada de vello púbico. A veces he pedido a mis amantes que te imiten, sin decirles por qué, claro, como si fuera un juego de cama más. Que adoptasen tu expresión, que me mostrasen su sexo de la manera que lo haces en la foto”.  La carta era muy bonita, Jose, pero tu protagonista tiene una forma muy rara de enamorase.

Siguió un bombazo, uno de esos momentos extraordinarios en los que Pura nos deleita con uno de sus relatos. Se titula “Amigas” y lo escribió hace 18 años. Gustó mucho, como no podía ser menos, aunque Pura se empeñó en decir que ahora, después de tanto tiempo, no lo escribiría de la misma manera. Del cuento me gustó la relación y la complicidad de las dos protagonistas porque creo que se refleja una amistad que es muy distinta a la que pueden tener dos hombres, y por eso me parece que este cuento solo puede estar escrito por una mujer, porque al hombre le faltaría sensibilidad para reproducir ese mundo femenino del que aparece una muestra en la escena en que físicamente las dos amigas se mean de la risa dentro del coche contándose sus cosas y tienen que parar en el arcén porque no aguantan más.

Y para finalizar Lourdes nos leyó un relato inacabado, y todavía sin título, que tiene muy buena pinta.

Por cierto, el Atleti ganó al Besitkas turco por tres a uno en un auténtico partidazo.

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Ayer tuvimos la suerte de oír una de esas frases que con el paso de los años se incluirá en una antología de frases célebres. La pronunció José Sainz de la Maza sobre las ocho de la tardacer un oportuno comentario a una carta de amor imposible, de Vicente Moreno, dijo literalmente: Me he puesto en plan Vicente. Y es que Vicente nos  lleva dando unos días que para qué las prisas…  Sus críticas literarias son amables, pero duelen como una espinita, y duelen por lo certeras y precisas que son. Vamos, que Vicente te ve una pata de gallo que tú tienes bien camufladita con su cremita y todo, y él va y te la descubre delante de todos, y uno, aunque lo niegue en público, sabe de sobra que la pata de gallo está ahí, dando la matraca, y que ha sido descubierta por un observador sin piedad.

Pues atentos a los relatos, porque a partir de ahora habrá más de uno en “plan Vicente”. Los cuentos de ayer estuvieron más que bien y merecieron un reconocimiento general. Leímos la “Página de un diario” de Asún, “Un paseo de Simón” de Luís Marín, en el que quizás sea su mejor texto desde que llegó al taller, Una “carta de amor imposible” que un taxista le escribe a una mujer italiana de Vicente Moreno. (Pero, hombre Vicente, ¿cómo se te ocurre decir que la dama italiana nació en Palermo?) y “Una mujer que llora”, excelente relato con reminiscencias victorianas, de José Sainz de la Maza, que provocó la admiración de los nuevos compañeros, que aún no conocen la capacidad narrativa de Jose.

Para el final dejo el comentario al relato “El viaje en los zapatos de la peluquera”, de José Jesús García Rueda. En nuestra sección de entrevistas, (página sobre nosotros de este blog) hay una pregunta que suelo hacer a todos los entrevistados: ¿Te acuerdas de algún relato que hayamos leído en el taller y te haya emocionado? A mí me ha sucedido alguna vez que cuando algún relato me sorprende por su belleza, por lo inesperado, me dan ganas de levantarme y darle dos besos o un abrazo de esos asfixiantes a la autora o al autor.  Pues ayer me sucedió con JJ. Me dejó sin palabras, y al final de la clase me levanté, me fui hacia él y le abracé con ganas ¡Qué relato! Ni poniéndose uno en “plan Vicente” se le puede poner un pero al relato. ¡Felicidades, escritorazo!

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