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Archive for 27 abril 2012

Citando a nuestro amigo Antonio Llop, a veces nos salen cuentos “con poco pan y mucho chorizo”· Así sucedió ayer con alguno de los cuentos que se leyeron en clase, con el tema común del tono decimonónico y la simbología de Caperucita Roja como fondo. María isabel Ruano en “¿A qué sabe un beso?” contó una historia de amor entre adolescentes en un ambiente rural, en la que nos dijo que a veces también hay lirios entre el centeno. Luis Marín en “Cuidado con el lobo” relataba la historia de amor de una pareja de ejecutivos y Pedro Mateos en –coincidencia en el título- “¿A qué sabe un beso?” escenificaba el acoso de un joven estudiante a su profesora.

Los cuentos dieron paso a una profunda crítica técnica por parte de Pura, que a mí me pareció extraordinaria. Sentenció primero con una frase lapidaria: La literatura no puede tener atajos. Después incidió en la necesidad de separar al narrador omnisciente del personaje, y que a veces surgen problemas con el narrador omnisciente si no situamos bien la referencia temporal. También dijo que es necesario definir cuidadosamente a los personajes, y que estos deben estar perfectamente situados en las escenas. Es preciso hacer un esfuerzo para situar a los personajes en tiempo y espacio y que la situación en el espacio traerá consigo la situación en el tiempo. Por último explicó que es importante definir el ambiente, sobre todo si queremos conseguir ese tono decimonónico en el que el ambiente debe ser fundamental para el argumento.  

La clase de ayer fue densa y provechosa, y a partir de ahora deberá ser más sencillo hacer un buen relato, a saber: Se compra pan de pueblo o pan de leña, se abre por la mitad y se unta con un buen tomate rojo para que esté más jugoso, se prescinde del chorizo porque no combina bien con el tomate y se echa jamón del bueno, de ese que se coge una lonchita fina con la punta de los dedos y se ve como “suda”. Finalmente se acompaña todo con un buen vaso de vino de calidad (véase aquí la simbología del lobo de Caperucita, porque el vino en exceso no es bueno) y si la proporción de pan, jamón, tomate y vino es la adecuada tendremos todos los ingredientes para conseguir un gran relato sin que sobre ni falte nada.

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Se cuentan mentiras, cuentos de hadas, historias fantásticas, se crean personajes imposibles, y a veces se intenta explicar a qué sabe un beso en relatos decimonónicos con un narrador omnisciente en tercera persona. Antonio Llop escribió “Un beso de lobo” cumpliendo estrictamente las exigencias impuestas por Pura; Pilar Sánchez en “El valor de un secreto” también recreó un baile de máscaras, como Antonio, para explicar a qué sabe un beso y Julio Rodríguez en “Un cuento distinto” provocó la discusión sobre si su relato era moralista o no. Los tres relatos tenían el acierto de mostrar la simbología de Caperucita entre sus líneas, como exigía el ejercicio propuesto.

Pero también se cuentan verdades como puños y se descargan sentimientos guardados que, un día, sin saber por qué, dejamos que vean la luz en forma de página de un diario. Pedro Mateos, nos llevó a su primer día de taller literario de la mano de Clara Obligado y José Sainz de la Maza nos hizo reír al contarnos su primer día en el taller.

José nos contó con sinceridad lo importante que es el taller para él, esa lucha día a día por crear, por inventar, esa motivación constante que nos tiene en vilo, pero también nos habló de las dudas del primer día en que uno no sabe muy bien que hace allí, sobre todo cuando viene un veterano que después de besarse y abrazarse efusivamente con otros cuantos veteranos te quiere quitar la silla. Por cierto… ¿Por qué tienen los veteranos ese empeño en levantar de la silla al pobrecito recién llegado?

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Ayer por la noche me encontré con un viejo amigo con el que me río un montón. Le conté que venía del Taller de Creación Literaria y le expliqué que habíamos comparado dos cuentos de dos autores muy diferentes (de los que no mencionaré nombre ni títulos, dejándolo para un comentario más científico en otra entrada) y mira tú por dónde, mi amigo, que es muy leído, conocía el segundo de ellos. Tendríais que ver las caras que ponía cuando le conté las versiones metafísicas que habíamos dado del cuento: que si el machismo, que si los espacios interiores, que si la sumisión, que si el dominio del hombre, que si una válvula de escape…

Una válvula de escape es lo que tienes tú en la cabeza, –me dijo. La interpretación es mucho más simple que todo eso. La protagonista es un pestiño de mujer: que si me duele aquí, que si me duele allí, que tengo esto, que tengo lo otro. Todo el día quejándose de que está mala, de que no han tenido hijos, de que le hubiera gustado ser madre etc. etc. El caso es que se pasa el día en casa sin trabajar, mientras el marido está en la oficina ganando un sueldo para, entre otras cosas, comprar una casa maravillosa con una buhardilla.

A la mujer, que está todo el día en bata dándole a la botella y conoce mogollón de marcas de ginebra tampoco le gusta su estupenda casa y vuelve loco a su marido y al lucero del alba para pintar cada poco tiempo y cambiar los colores de las paredes. Imagina continuamente paraísos inexistentes, como unas islas en las que la gente va en pelota picada por la calle, y piensa que pintando frecuentemente recreará esos paraísos en su casa. En estas, el pobre marido se entera de que está lloviendo y llama por teléfono para saber cómo van los trabajos de pintura con un pintor que ha tenido que buscar él mismo ante la incapacidad de la susodicha para tomar una mínima decisión, y ella le engaña. Le dice que el pintor se ha ido cuando no es verdad, porque el hombre está esperando en su furgoneta a que escampe. Entonces, la mujer, una vez que se ha librado del marido se mete en la furgoneta para merendarse al pintor, cosa que lleva intentando toda la película, digo el cuento. Pero la tía es tan pellejo que el pintor pasa de ella.

Esa es, según mi versado amigo, la verdadera interpretación del cuento… aunque todo es opinable (incluso el color de las paredes).

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El 30 de marzo de 2012 la Asociación Cultural Canónigos, de San Ildefonso (Segovia) hizo público el fallo del jurado de la XXIX edición de “Cuentos de la Granja”. Nuestro querido compañero José Jesús García Rueda ha sido premiado como finalista por el relato “Vete ya pero regresa pronto”. Los relatos finalistas serán publicados bajo el patrocinio de la citada Asociación.

Enhorabuena JJ. Es un honor pertenecer a un grupo que poco a poco y paso a paso va logrando el reconocimiento del trabajo de sus integrantes, al tiempo que un acicate para seguir mejorando.

Vete ya pero vuelve pronto

Relato finalista de la edición de 2012 de “Los Cuentos de la Granja”, publicado en la recopilación que recoge a los ganadores y finalistas de dicha edición.

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