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Archive for 30 noviembre 2012

Por José Sainz de la Maza.

El Taller de la Casa del Reloj estuvo ayer poco concurrido. Quizá por coincidencias con otros eventos (Antonio Blázquez, todos te deseamos el mayor de los éxitos) la asistencia se redujo a 16 entusiastas literatos, 9 hombres y 7 mujeres, de las cuales dos llegaron tarde. Este dato, como sabéis, no es más que una estadística inocente, no está en el ánimo de este cronista ni hacer sangre ni sacar los colores a nadie, aunque a lo largo de muchos jueves se ha constatado, también inocentemente, una curiosa repetición: “ellas” llegan más tarde que nosotros con una frecuencia de 3 a 1. Pero dejemos la guerra de sexos para las cañas y las cenas de Navidad, ocasiones infinitamente más propicias que está para preparar una buena salsa y cocinar un sustancioso guiso de diatribas chicos/chicas. Blanca, Lourdes, Yolanda, Nuria os emplazo a una “peleita” el próximo 20 de diciembre, para la que reclamo los oportunos refuerzos masculinos, aunque no quiero engañar a nadie: ellas nos vencerán de la manera más humillante, siempre lo hacen.

A lo nuestro. La de ayer fue una sesión en que se evidenció una vez más que el tiempo es un elemento muy a tener en cuenta cuando nos enfrentamos a la redacción de un relato. Un elemento difícil, que además es traicionero para los escritores, porque su mal uso se cuela en los textos casi sin darnos cuenta.

Josu nos regaló un gran cuento titulado “La foto más deseada” con la temática de la emigración y la soledad como telón de fondo. El relato nos lleva de Madrid a Londres de la mano de un personaje que se muestra abatido por la ausencia de sus seres queridos. Presenta además un atractivo hilo de trama en el gusto del protagonista por las fotografías antiguas que, al final del relato, se convierte en un asunto decisivo. En un pasaje de este relato, el tiempo jugó una de sus malas pasadas dando lugar a una transitoria “pérdida de hilo”. Pura invitó a Josu a resolver este problema porque el cuento merece sin duda ese esfuerzo adicional.

Pero donde el tiempo se nos rebela como un auténtico problema es en la redacción de los diarios. Pedro nos leyó una entrega del suyo, cuyo personaje central es una mujer descrita como charlatana, absorbida por los problemas de la casa y por las tensas relaciones con su marido e incluso con sus hijos. El día de su cumpleaños no dejó de ser para esta mujer otra de sus nerviosas jornadas, aunque en esta ocasión los enfrentamientos no llegaron a mucho, al final se endulzaron con reconciliaciones. Después de su lectura se planteó lo que se está convirtiendo en un clásico: Dado que los diarios se escriben cuando los sucesos ya han pasado, ¿es correcto el tratamiento del tiempo y el uso de los tiempos verbales que utilizamos?

Para unos está más claro que para otros, a estas alturas no cabe duda de que este es un tema espinoso y las opiniones más o menos enfrentadas volvieron a ponerse de manifiesto tras la lectura del diario de Carlos. La jornada a la que hacía referencia era a la de “estar fuera de circulación”. Su personaje se repone en un hospital mientras le da vueltas a la cabeza sobre lo que es y ha sido su vida, sin faltar el arrepentimiento por alguno de sus episodios, los amores frustrados, las heridas que no acaban de cerrarse, las visitas que no se desean y las que se anhelan. Texto intimista, cuyo contrate con la personalidad un tanto agreste del protagonista elegido por Carlos, ha exigido un plus de trabajo al autor para darle la coherencia deseada. Decía que el debate sobre el tiempoen los diarios se reanudó tras esta lectura, “que si yo aquí veo reflexión, si esto parece como si el protagonista fuera todo el día anotando cosas en una libreta, si este presente tenía que ser pasado….” Hay que decir, no obstante, que esta vez duró poco la porfía, la resolvió Pura de un plumazo con un, “esto es así y seguimos con otro tema” y así dejamos de hablar del tiempo (¡Qué carácter!).

Jota nos leyó dos días de su diario, la jornada del cumpleaños y otra posterior. Trata de la tortuosa vida de una mujer cuyo marido está en la cárcel y que tiene, además, una vida sentimental con muchos escollos y unos hijos que no terminan de concretarse físicamente en el texto. Los niños estaban, fueron, hablaban… pero no sabemos qué es de ellos en el tiempo presente del diario. Inquieta especialmente la menor de sus hijos, una Emilita cuya ausencia la obsesiona y que ella, esta mujer al borde de la locura, echa especialmente de menos. Y ¿qué creeis? ¿Qué no? Pues sí, este diario tuvo también sus más y sus menos con el tratamiento del tiempo.

Pero hubo algo más que tiempo y diarios en el día de ayer, circularon también por nuestra buhardilla “primeras personas homodiegéticas”, nada menos. Juan, utilizando este tipo de narrador, nos retrató en “Mi amigo Reyes” a un personaje al que le habían ido desapareciendo de la vida las cosas que más le importaban. Se trata del vigilante de un aparcamiento que lo dejó todo por un trabajo en la ciudad que, al final, no logró hacerle olvidar su vida anterior y su rebaño de ovejas. El relato tenía buen ritmo y redacción ágil, pero la primera persona homodiegética, traidora como ella sola, evidenció ciertas incoherencias en el relato que, en palabras de Pura, se hubieran evitado de haber utilizado una tercera persona. Algo parecido le ocurrió a Virginia en su cuento “Una soledad llamada enfermedad”. En este caso el personaje central de la historia es un esquizofrénico que paseando sucio, desgarbado y con la correa de un perro sin perro, despierta la curiosidad de un segundo personaje que, en primera persona, relata la historia del otro. El problema de que un narrador aparentemente alejado del protagonista conozca detalles de éste que requieren una especial cercanía, vuelve a aparecer en este relato que cuenta además con la complicación añadida del paso del tiempo (otra vez el tiempo) y de su impacto en el desarrollo personal del protagonista, de su enfermedad y de sus sucesivas pérdidas.

Bueno, lo dejo que ya me he extendido mucho. Únicamente recordaros que el tema del concurso de cuentos de Navidad ya se ha revelado por Pura, aunque luego lo matizó y lo rematizó, hasta que al final un “haced lo que queráis” nos dejó un tanto confusos. El tema, el inicial, el estricto, era: un día de Nochevieja que se pasa en una soledad no deseada, sino accidental. Por ejemplo, uno que se pierde la fiesta porque el coche se le avería o porque se queda bloqueado en la nieve. Así que, hale, a darle a la imaginación y que no se le ocurra a nadie utilizar en sus cuentos estos dos ejemplos, que los hay muy listos por ahí.

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Por Pura Simona de la Casa

Sin duda existen otras variables y muchos matices que particularizan tanto un narrador en primera persona como cualquier otra modalidad narrativa. Señalemos aquí tan solo algunas variables: el uso del plural en primera persona, o el monólogo interior y el fluir de la conciencia.

Narrador autodiegético en plural. Imaginemos que llega al barrio un grupo homogéneo que maneja una sola voz para expresarse, por ejemplo una familia:

“Desde que regresamos, solemos pasear por el barrio como si tuviéramos necesidad de averiguar qué queda de entonces o de ir reconociendo las novedades. Creímos que volver al lugar donde fuimos felices nos vendría bien, que tal vez calmaría esta angustia que arrastramos. En el estanco sigue el señor Paco al que se le ve más envejecido. Nadie parece creer la historia que hemos inventado… ”

Narrador homodiegético en plural: imaginemos ahora que fuera el barrio el que narra como voz de un colectivo.

“Desde que ha regresado, lo vemos pasear por el barrio como si tuviera necesidad de averiguar qué queda de entonces o de ir reconociendo novedades. Se aprecia que arrastra algo gordo, lo dice su cara como de susto, su piel gris y opaca. Sabemos que miente, que se ha inventado una historia falsa. Pero no podrá engañarnos, pronto o tarde averiguaremos por qué ha vuelto.”

Narrador en forma de monologo interior. Aquí se muestra cómo el personaje dialoga consigo mismo:

“No sé para qué he regresado, la verdad. Es esta angustia que no me deja vivir… El barrio parece que me huye, como si las fachadas se dieran la vuelta. ¿Dónde está aquella felicidad? Cómo ha envejecido el señor Paco. ¿Qué trabajo me hubiera costado decirle: “Eh, señor Paco, que soy yo?” Pero no, ¿y por qué no me atrevo? Está viejo, sí. El estanco sigue igual, y ese olor… Ni sé por qué he elegido esa postal con niebla, ni por qué miento. Eso que veo que nadie se cree ni media palabra…”

Narrador en forma de fluir de la conciencia. En esta modalidad se intenta reflejar el fluir del pensamiento con su estructura caótica.

“Regresar. Regresar. Regresar, por fin. El estanco un día y otro. ¿Por qué los pasos hasta aquí? La cabeza como una cloaca maloliente. Ese sol en las fachadas taladrándome el cerebro. Incide en el ojo hasta el fondo de la nuca. El estanco, alivio. Señor Paco, señor Paco una cajetilla de Ducados. Aristas de balcones en línea que se juntan al final de la calle. Pásame el balón. No, es mío. Eres un raro, ya entonces. Clin, clin. Monedas, calderilla. Clin, clin, un billete. La niebla, cuánta niebla en la postal. Qué viejo el señor Paco…

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Por Pura Simona de la Casa

Lo primero que es preciso tener claro a la hora de exponer qué es un narrador es que éste tiene un carácter ficticio, y por tanto juega como figura fundamental en el conjunto completo de la ficción.

El escritor es el que escribe, el narrador el que narra. Algo que parece tan obvio no siempre es fácil de hacer comprender a los que pretenden escribir ficción. El escritor es el que ha de elegir qué tipo de narrador utilizará a la hora de contar una historia, para ello cuenta con una surtida gama de narradores tipo, aunque siempre se podrá inventar una nueva variante, un componente sutil que particularice un narrador tipo. Para comenzar baste con exponer cuáles son esos narradores catalogados, los más usuales.

Podemos abordar la narración de una ficción desde las tres personas gramaticales:

– 1ª persona.

– 2ª persona.

– 3ª persona.

Narración en 1ª persona.

Una narración en primera persona siempre estará contada por alguno de los personajes de la ficción creada. Lo que le dará un carácter subjetivo y unilateral, nos acercaremos la historia a través de su percepción, con su visión particular de los hechos. El personaje podrá contar su propia historia, lo que le convierte en protagonista, o contar la historia desde un plano secundario participando poco o nada en los acontecimientos de la ficción, de tal manera que principalmente narraría la historia de otros y no la suya propia.

Al primero lo llamaremos narrador autodiegético, es decir, un personaje que narra en primera persona su propia historia.

Al segundo lo llamaremos narrador homodiegético, que es aquel que narra en primera persona historias de otros.

Veamos unos ejemplos:

Narrador autodiegético:

Desde que regresé, cada mañana doy un paseo por el barrio. Siento la necesidad de averiguar qué queda de entonces, y, sobre todo, de ir reconociendo las novedades. Creí que volver donde fui feliz me vendría bien, que calmaría esta angustia, y ahora no sé que me pasa. Todavía sigue el estanco en la esquina donde compré los primeros cigarrillos, un día entré aunque ya no fumo, no sé por qué, la verdad, los pies me metieron sin premiso, por un momento no supe qué pedir y al final compré una postal del expositor de un paisaje con niebla. Allí el paso del tiempo solo se percibe en que al señor Paco se le ha envejecido el rostro, todo lo demás sigue igual, incluso la máquina registradora es la misma. Creo que no me reconoció, mejor, estoy cansado de dar la explicación que me he inventado de por qué he vuelto”.

Narrador homodiegético:

 “Desde que ha regresado, cada mañana lo veo pasar por delante del estanco. Debe sentir la necesidad de averiguar qué queda de entonces, o tal vez de ir reconociendo las novedades. Se le ve tristón, gris, muy diferente a ese joven alegre que compraba aquí sus primeros cigarrillos. Un día entró y se quedó como un pasmarote mirándolo todo, total para comprar una postal de cuatro perras. Nadie se cree la historia que cuenta de por qué ha vuelto. Tiene que haber algo más, parece un fantasma, pobre hombre. No quise dar muestras de reconocerlo y ponerle en un compromiso. Ya se irá sabiendo de qué pie cojea”.

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Por José Sainz de la Maza

La tarde de ayer se dedicó por completo (incluso nos pasamos diez o doce minutos) al análisis de dos cuentos que nos llegaron del Japón de principios del siglo XX, La tumba del gato, de Natsume Soseki, y Kappa, escrito por Ryonosuke Akutagawa.

Kappa, de Ryunosuke Akutagawa.

La tumba del gato, de Natsume Soseki

Se trata de dos relatos cortos, de lectura fluida y fácil interpretación, sin esos aditamentos con los que a veces nos encontramos de estructuras complejas, simbolismos intrincados, tiempos o espacios alternativos o tramas (o incluso hilos de trama) de difícil definición. Todos los elementos de análisis resultaron ayer más o menos asequibles, todos excepto el tema, porque el tema, aún en los relatos más diáfanos, no lo acertamos nunca. Qué terrible pregunta esa que nos hace Pura cuando comentamos textos: “A ver, ¿tú cuál crees que es el tema de este cuento?” Terrible pregunta efectivamente, porque no hay forma de atinar, así que optamos por hacernos los despistados (ayer también, por supuesto) y mirar al techo para no “sufrir” la pregunta de marras. Intento vano en todo caso, porque al final ni nos vale hacernos los suecos, ni acertamos con el maldito tema del cuento. Para el caso concreto del de La tumba del gato, convendría preguntar a Vicente.

Ambos relatos presentaban similitudes formales y, como se vio más adelante, también de fondo. Como ya se ha dicho, tenían un formato que se podría denominar sencillo, siempre y cuando utilicemos esta palabra en su acepción de “no complejo” y una estructura clásica de exposición, nudo y desenlace. Al hilo del análisis de La tumba del gato, que ocupó casi la totalidad de la primera hora de clase y buena parte de la segunda, Pura profundizó en estos conceptos de exposición, nudo y desenlace, cuya definición y contenido precisó en cada caso, aportando luz sobre esos temas que creíamos mucho más simples.

Tal vez porque días atrás se leyó en clase y, aunque de manera rápida, se trataron entonces algunos elementos de su contenido, se dedicó menos tiempo al cuento de Akutagawa y su orgia alimenticia de obreros en paro. Se tomó el acuerdo de no airear demasiado esta especial versión de la “solución final”, no vaya a ser que se copie la idea por alguna de las mentes preclaras que nos gobiernan para aligerar los gastos sociales de una vez por todas. Sobre este texto Pura precisó que aunque tenga plena validez como cuento independiente, el episodio de los voraces kappas forma parte de una novela que incluye, además de este pasaje, otros capítulos con simbologías de orden similar a las de este cuento.

Una anécdota divertida: Pura tratando de contener los comentarios sobre la decrepitud del gato del cuento de Soseki dentro de cauces literarios, dejando de lado asuntos como los motivos y frecuencia de los vómitos de los gatos o de sus pérdidas de pelo o el efecto de los cambios de domicilio sobre la sicología de los animales domésticos.

Noticia para funcionamiento interno: Se suspenden sine die las lecturas de autores naturales de países con costumbres que nos resulten poco conocidas, como es el caso de Japón. Se trata de evitar que nos topemos con detalles relacionados con su propia cultura que seamos incapaces de interpretar. En el caso de La tumba del gato este desconocimiento nos hizo incomprensibles algunas episodios, tales como que la niña que beba el agua del bol destinada al gato.

Antes de cerrar esta crónica es conveniente recordar los variados deberes que puso Pura. Son los siguientes:

– Para una futura lectura, cuya fecha de análisis se señalará más adelante, la obra de Dino Buzzati titulada El desierto de los tártaros.

– Lectura recomendada, aunque no obligatoria, de la obra de Arnold Bennet Enterrado en vida.

– Como siguiente capítulo del diario, un pasaje en el que nuestro personaje sufra un percance o se vea envuelto en una situación que dé lugar a su inmovilidad o en términos más amplios, a que quede fuera de circulación.

Sobre futuros relatos, Pura anunció el abandono de la vía de “relatos de contenido social”. No ofreció vía alternativa. En cambio, propuso escribir un cuento con las siguientes características:

– Tercera persona.

– Que trate de la soledad, pero no de una soledad al uso, sino de una soledad “extraña” o, para ser más preciso, una soledad alternativa (¡Toma ya!)

Y nada más. Desde esta tribuna prestada no quiero dejar pasar la oportunidad de desear la prontísima recuperación de Manuel Pozo, verdadero cronista de este grupo literario, por titularidad oficial y por su propio talento.

José Sainz de la Maza

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Casi todos los escritores principiantes, por lo general autodidactas, han comenzado a escribir un buen día sin plantearse una pregunta básica: ¿Quién va a contar la historia?

Esta voz que va a contar la historia es lo que llamamos narrador. Contar no es más que seleccionar unos hechos dándoles un orden. Para ello el autor debe marcar una línea de partida en el tiempo; después podrá ir hacia atrás, hacia delante, resaltar lo más trascendente, eliminar lo trivial, etc. Pero si el autor es un escritor principiante con mucha frecuencia no sabrá discernir entre él mismo y esa figura esencial que es el narrador.

Para escribir se debe establecer una idea básica: El autor no es el narrador. La forma de tenerlo presente es preguntarse constantemente quién habla para evitar que se imponga su voz (la del autor) a la voz del narrador.

Así pues podemos decir que el primer problema del escritor, principiante o no, es encontrar la voz de relato, es decir, elegir acertadamente el narrador.

Pero el escritor debe escoger su narrador teniendo en cuenta que cada historia pide un narrador diferente, un narrador que en definitiva es quien le da el tono adecuado al relato. Después debe establecer el punto de vista, es decir, el personaje o los personajes que ayudarán al lector a seguir la historia.

Y en ello estamos…

Así lo define Mario Vargas Llosa: “Para contar una historia todo novelista inventa a un narrador, su representante o plenipotenciario en la ficción, él mismo una ficción, pues, como los otros personajes a los que va a contar, está hecho de palabras y solo vive por y para esa novela. Este personaje, el narrador, puede estar en la historia, fuera de ella o en una colocación incierta, según narre desde la primera, la tercera o la segunda persona gramatical”.

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Esta semana estrenamos sección con el nombre de Teoría Literaria. La iniciativa de Pura supondrá poder disponer en nuestro blog de los apuntes teóricos que ayuden a recordar las técnicas a aplicar a la hora de escribir un relato.

De momento, la primera entrada que se ha realizado ser refiere a “El narrador”.

Y bien es cierto que parece que es necesario dar un repaso a este apartado, porque ayer, analizando las lecturas sobre el ejercicio propuesto de literatura social sobre la emigración, se habló de la fragilidad y mala elección de los narradores usados, de su manejo. La sesión del jueves sirvió para hacer un análisis de las técnicas que se emplean para relatar y de la verosimilitud de los argumentos. En fin, creo que resultó interesante y clarificador y que en el futuro deberíamos seguir por esa senda.

A los compañeros que nos están privando de su plena incorporación al grupo, daros prisa en poneros en estado de revista, que necesitamos vuestra participación.

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