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Archive for 27 marzo 2013

La última clase del trimestre la dedicamos a desmenuzar el cuento de Flannery O’Connor que, lleno de simbolismos, no dejó indiferente a nadie.

El relato narra la historia de unos personajes reunidos en torno a una cocina, donde pasan prácticamente todo el día.  Está situado en un ambiente rural sureño americano, y es un mundo absolutamente femenino donde lo masculino apenas tiene cabida… hasta la mitad del relato.

El narrador omnisciente, con restricciones, va desgranando los sucesos que acaecen en un solo día de la vida de estas mujeres.

Los personajes principales, la Sra. Hopewell (que espera lo bueno, como apuntó Vicente), la Sra. Freeman (libre de hombre) y Joy (Alegría)/Hulga (Fealdad, un amplio casco de guerra vacío), están rodeados de otros secundarios como Glynese y Carramae, hijas de la Sra. Freeman, que sirven para poner de manifiesto todo aquello de lo que carece Joy. Glynese tiene admiradores y Carramae, está embarazada.

Hay dos personajes masculinos que deambulan por la narración. El hombre que le presenta a la Sra. Frreeman, cuyo máximo valor es que sabe todo lo que ocurre, incluso antes de que suceda; Harvey Hill, el novio de Glynese, que es un quiropráctico capaz de sacarle un orzuelo a base de golpes en el cogote. Y por último Manley (masculino, viril, machote) Pointer (que señala algo, puntero), el trasunto de la Sra. Freeman, según Pura, que aparece para desestructurar la aburrida existencia de Joy.

Como ya he comentado, el relato está lleno de simbolismos. También he apuntado el significado de los nombres. Pero además, O’Connor nos presenta a la Sra. Hopewell como una mujer confiada, optimista, esperanzada; aunque para José es una madre castradora, incapaz de una mínima muestra de cariño hacia su hija. Todo lo contrario. La recrimina constantemente; le avergüenza decir que es Filosofa.

A la Sra. Freeman, de ojos acerados, como alguien que observa a todos desde lo alto, como si se tratara de Dios, como si estuviera por encima del bien y del mal.

Joy, es todo lo opuesto a lo que su nombre indica: grandota, desabrida, maleducada, arisca. Gorda, fea, miope y, por si fuera poco, coja. Amargada, furibunda, inexpresiva… En realidad tiene más que ver con el nombre que se ha auto impuesto, Hulga, que su madre se niega a pronunciar. No así la Sra. Freeman, sabiendo que es su punto débil. Debido a un accidente ocurrido hace veintidós años, tiene una pata de palo de la que se sirve para fastidiar, para hacer notar su presencia.

Glynese y Carramae son dos buenas chicas que serán buenas mujeres.

Manley Pointer es el auténtico retrato de un vendedor. Farsante, impostor, adulador, embaucador, seductor. Su apostura contrasta con su aspecto débil, escuálido, frágil y descuidado. La autora atrae nuestra atención sobre el color de sus calcetines, amarillo, que significa por un lado felicidad y alegría; y por otro, engaño y cobardía. Es decir, un chirriante contraste con el negro que le cubre de la cabeza a los pies, como la representación del Mal, del mismísimo demonio.

Convence a Joy para sacarla de la casa, traspasar el portón (marca los límites; fuera está la libertad), atravesar el bosque (escondite, hábitat de seres malignos y de enemigos, lo femenino que el hombre debe explorar), hasta llegar al granero (riqueza, fertilidad).

Entre susurros, concupiscente, abatido, la seduce poco a poco hasta que le pide, como demostración de su amor, que se quite la pata de palo. Joy que la noche anterior creyó que le sería fácil tenerle rendido a sus pies, ha caído en sus redes. Ahora es cuando el vendedor de biblias muestra su auténtica personalidad: bebedor, jugador, putero y coleccionador de los trofeos más estrafalarios.  Arroja lejos la pata de palo dejando a Joy desvalida, mientras confiesa que de otra mujer consiguió un ojo de cristal.

Se marcha descendiendo por el agujero donde está la escalera, lo que a Josu le parece una bajada a los infiernos.

Hubo digresiones sobre la ingenuidad e hipocresía de la señora Hopewell, que JJ no compartió.

En cuanto a la trama es lineal y sencilla y se ajusta a los cánones tradicionales: planteamiento, nudo y desenlace. Para Antonio Llop, las tres partes están claramente definidas  El Planteamiento, donde nos presenta a los personajes, dura muchos años; nos habla del accidente de Joy ocurrido hace veintidós años, de sus estudios. Llegaría hasta la cita con Pointer. Termina en el espacio de la cocina.

Según Pura no hay escena en esta primera parte

El Nudo termina la proyección de una cita. Apenas dura unas horas. Aquí si hay escena

En el Desenlace, el narrador desaparece.

Los hilos de la trama, que se entrecruzan entre la primera y la segunda escena, son muy importantes para el desarrollo del relato: la pata de palo, la filosofía, el nihilismo, el Cristianismo, la naturaleza de la buena gente del campo (honesta, sencilla) frente al resto que son basura, distorsión de los valores, morbo por los minusválidos, la religión, la Biblia, la maleta negra, el sombrero.

En lo referente a los temas temporales y espaciales se aprecia que el tiempo está comprimido y resume la vida de las tres mujeres. Mientras que el espacio se extiende  desde la cocina, al cuarto de estar, al pajar (muy recurrente), al camino, al bosque, o a la habitación de Joy.

Puede que este análisis resulte largo, pero lo cierto es que La buena gente del campo es un relato que he disfrutado y que da mucho, pero que mucho juego. No me extrañaría que se me quedara algo en el tintero.

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¿En la obra del escritor debe prevalecer la ética sobre la estética, o al revés?

A principios del Siglo XX Ortega y Gasset, en su obra La deshumanización del arte, opta por lo segundo. El arte debe alejarse de las experiencias personales. A la obra literaria habría que retirarle la anécdota para buscar solamente el placer estético.

A mitad de siglo, en plena dictadura franquista, el escritor toma conciencia de su responsabilidad ética en la España de la época. Son los tiempos del llamado “realismo social”. Gabriel Celaya dice: “Nuestros cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno”, en su poema: La poesía es un arma cargada de futuro.

Una tendencia solo dura lo que la situación que la sostiene y el esteticismo retornó a la obra literaria. Pero, ahora volvemos a estar en una situación que justifica el compromiso ético del escritor. La corrupción en políticos, banqueros y empresarios provoca desahucios y otros dramas en buena parte de la población de la España actual. Creo que la literatura ha de rehumanizarse de nuevo. Comprometiéndose con la literariedad del texto, sin descender al lenguaje panfletario, el escritor ha de denunciar estas injusticias. También ahora está justificado que la obra del escritor sea un arma de lucha porque, recordando a Celaya, volvemos a tocar el fondo.  

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La editorial Hipálage convocó el I Premio Ex—présate, para facilitar a los concursantes la posibilidad de ex—presarse (liberarse) ante las sucesivas agresiones o caricias externas que la vida nos ofrece. Los textos no debían exceder de 1200 caracteres y el tema era libre (microrrelatos, poemas, microensayos, microargumentos, opiniones sobre política, ideas para salir de la crisis, declaraciones de amor, sensaciones oníricas, deseos escritos, qué harías si te tocara el cupón, etc.)

El fallo del I Premio Ex—présate convocado por la Editorial Hipálage se ha producido el 4 de marzo de 2013.

Dos relatos de nuestros compañeros María Isabel Ruano y Pedro Mateos han sido seleccionados para integrar el libro “¡Libérate hasta de ti!”, que recopila los textos seleccionados,

La cubierta del libro puede leerse en el siguiente enlace:
http://www.hipalage.com/cubierta-liberatehastadeti-listaimprenta.pdf

Aquí podemos leer los relatos de María Isabel y de Pedro.

La manifestación, de María Isabel Ruano

Cita a ciegas, de Pedro Mateos.

 

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Es curioso cómo me he enterado de la muerte de Medardo Fraile. Fue en un programa deportivo escuchando por radio la retransmisión de un partido de fútbol. Uno de los comentaristas mencionó el fallecimiento del escritor lamentando que hubiese pasado desapercibido en las noticias de carácter general. Fue un homenaje espontáneo que quiso tributarle un periodista deportivo “José Antonio Martín –Petón-” admirador suyo, a Medardo Fraile.

El escritor se trasladó a Escocia en 1964, pero no ha dejado de escribir en español, a pesar de que era profesor en una universidad de Glasgow: “He escrito cartas y artículos en inglés, pero prefiero el español porque el idioma eres tú siempre: tu infancia, tus recuerdos. Incluso se convierte en algo más importante que tú” -dijo en una entrevista.

En aquella entrevista, publicada en la revista Letralia Medardo Frailewww.letralia.com/ciudad/chiappe/15.htm se decía lo siguiente:

Se cuenta que en las editoriales, cuando un escritor tiene un buen libro de cuentos, le felicitan y le dicen: “Cuando tengas una novela, sí te publicamos”. El libro de cuentos, como si se tratara de un ejercicio para pulir la redacción, debe guardarse en el cajón. Entonces, ¿por qué esa fascinación y entrega casi total a un género que el mercado desprecia?

Fraile respondió: “Me entusiasma el cuento. Cuando comencé ‘No sé lo que tú piensas’ (su primer relato), la gente se sorprendió”. “Me dijeron que no se ganaba dinero con el cuento, pero a mí no me importó. Por qué esa obligación de publicar novela. Un escritor lo es en verdad cuando escribe lo que quiere”.

Ha publicado más de un centenar de relatos breve, algunos de los cuales han sido incluidos en numerosas antologías del cuento español de posguerra. Sus relatos se caracterizan por su estilo sobrio y por su mínimo desarrollo argumental. Aunque predomina un enfoque realista, centrado en la recreación de ambientes y costumbres, está bastante alejado del estilo característico de la generación de los años 50, en la que suele incluírsele. Está dotado de una aguda capacidad de observación, un lirismo contenido y una ternura triste. Sus cuentos son a menudo cuadros magistrales de la vida diaria en los que la reducción de la anécdota y la preferencia otorgada al lenguaje coloquial son rasgos definitorios.

Nunca fue escritor de multitudes. Prefirió siempre mantenerse en un discreto plano, dar clases de literatura en Escocia y escribir algunos de los relatos más líricos y meditativos que circulan por la creación en lengua española del último medio siglo.

Como dejó claro en su desgarrado y excelente retrato autobiográfico El cuento de nunca acabar, Medardo Fraile era memoria en carne viva. Por eso, precisamente por eso, debe esgrimirse contra su olvido una obra literaria grande que merece ser leída, o releída, releída…

Falleció el 8 de marzo de 2013, a punto de cumplir 88 años, y este es el pequeño tributo que le podemos rendir desde un Taller de Creación Literaria en el que nos dedicamos exclusivamente al relato.

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(Por Carlos Cerdán)

Bien, ya se terminó, otro cumpleaños más a la espalda. Como odio este día, no me gusta nada, todo el mundo se empeña en ser amable contigo aunque el resto del año pasen de ti. Como siempre la primera persona que me ha llamado para felicitarme es Adela, incluso el primer año en que nos separamos, a pesar de lo tirante de nuestras relaciones, ya lo hizo y desde entonces nunca ha dejado de hacerlo. La verdad es que me gusta pero también me da rabia porque me siento obligado a hacer lo mismo y casi todos los años se me olvida. En una ocasión le pregunté por qué lo hacía y me contestó que era por nuestra hija. No lo comprendí muy bien, Esther era muy pequeña y no creo que se diera cuenta de aquel detalle, pero era una explicación y la acepté sin más. De todas formas, pocas personas conocen el día de mi cumpleaños, procuro no decir a nadie la fecha de mi nacimiento y así evito que me feliciten. Pero a quien no puedo evitar es a mi madre, ese día estoy obligado a ir a comer a su casa. Es curioso, a veces paso mucho tiempo sin llamarla o ir a verla, como sé que mi hermana está pendiente de ella (ya se sabe que las chicas miran siempre más por las madres) pues yo me despreocupo un poco, pero si el día de mi cumpleaños no voy a comer a su casa agarra un disgusto de campeonato. Cosas de madre. Siempre me hace callos, la verdad es que le salen buenísimos, y durante la comida suele darme la misma tabarra: que si estoy más delgado, que si no me cuido, que si he conocido a alguna mujer, que si no tenía que haber dejado a Adela. Procuro no escucharla y centrarme en los callos pero es muy cargante y se pone tan pesada que muchas veces termina por cabrearme y hoy no ha sido una excepción y como casi siempre me he enfadado y le he dicho ciertas cosas no muy agradables de las que más tarde me arrepiento, pero la culpa es de ella. Parece que no me conoce y eso que me ha parido.

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Ayer la buhardilla se llenó de sangre en varios momentos. El Minotauro se autosacrificó en dos ocasiones mostrándose como la verdadera víctima de su existencia.

Alicia en su primera lectura en el taller, humanizó al mito que observaba la luna con ansiedad y que se entregaba a la muerte como salida a un castigo que debía dirigirse a sus padres, no a él, inocente de los pecados de sus progenitores. Carlos, dio una visión filosófica sobre el destino en un diálogo entre el Minotauro y su ejecutor. Al fin, el héroe quedó tocado por la duda de su futuro mientras liberaba de sus cadenas al Minotauro que se dejó sacrificar para conseguirlo. Una coincidencia no pactada que de alguna manera desmitificó la imagen del monstruo devorador de hombres. Virginia, haciendo una alarde de imaginación, se llevó el “mito” al terreno científico, creando un ser de laboratorio por un lamentable error. ¿Qué hacer con él? Análisis de la lucha entre los valores éticos y económicos.

Entre tanto, una Penélope del siglo XXI tejía y destejía a la espera del regreso de Ulises. Cuando al fin llegó a su casa, estaba fuera de contexto.

Los seres mitológicos están dando fruto a la imaginación y el Minotaruo se ha convertido en verdadero protagonista. ¿Tendrá algo que ver con la piel de toro?

 

 

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“Escribo como lo hago porque, y solo porque, soy católica. Pienso que si no fuera católica, no tendría ninguna razón para escribir, ninguna razón para ver, ninguna razón para sentirme horrorizada o incluso gozar de algo”. “Cuando la gente me dice que porque soy católica no puedo ser artista, respondo que porque soy católica, no puedo permitirme ser menos que un artista”.

FlanneryQuien decía esto era la hija única de una acomodada familia de ascendencia irlandesa afincada en Georgia. La escritora  Flannery O’Connor, que nació el 25 de marzo de 1925 en Savannah (Georgia).

Escribió dos novelas: Sangre sabia (Wise Blood, 1952) y Los violentos lo arrebatan (The Violent Bear It Away, 1960), y 31 relatos breves, recogidos en dos libros: Un hombre bueno no es fácil de encontrar (A Good Man Is Hard To Find) y Todo lo que asciende tiene que converger (Everything That Rises Must Converge, publicado tras su muerte).

Se la encuadra dentro de la literatura sureña estadounidense y se distingue de la mayoría de los escritores de la zona por su perspectiva católica, que comparte con muy pocos autores. O’Connor retrataba con agudeza el ambiente sureño y sus personajes, que lanzan plegarias, piden ayuda, pero acaban por desistir y toman el atajo de la explosión violenta, confiando en una posterior redención que dé sentido a sus vidas. Sus cuentos están recorridos por aguafiestas y santurrones, por filántropos y malvados que venden biblias a domicilio con una sonrisa inocente, por gentes que pasan por granjas que conocieron mejores tiempos, en las que los negros comienzan a ser personas, con maletas cerradas llenas de serpientes venenosas. En sus relatos siempre hay un revólver cargado, y hasta el final desconocemos si está escondido en un cajón del dormitorio o agarrado al corazón desbordado del protagonista. Lo que tenemos que tener es la seguridad de que, siguiendo la máxima de Chéjov, al final alguien utiliza ese revólver.

Flannery vivió tan solo 39 años, falleció el 3 de agosto de 1964, y la última etapa de su existencia estuvo marcada por una grave enfermedad que influyó de manera determinante su aproximación a la vida y que por épocas le impedía dedicarse a escribir.

Para acercarnos a ella hay que entender su fe católica. Este hecho, que quizá a nosotros puede parecernos no muy relevante, sí lo es en el medio cultural de los Estados Unidos, no solo por ser un país de mayoría protestante, sino porque la idiosincrasia norteamericana considera la religión un factor clave a la hora de referirse a algún literato o pensador. En una ocasión, refiriéndose al trabajo de autores católicos, Flannery señalaba que incluso entre los católicos “todas las circunstancias del autor son ignoradas excepto su fe”.

Tenemos una cita con esta escritora el jueves 21 de marzo.

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