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Archive for 24 julio 2013

Desde la distancia

Antonio Murga nos envía tres relatos que han sido seleccionados en distintos concursos  y nos pide que los subamos al blog.

CRECER

Seleccionado para su publicación en el II Premio de Microrrelatos Temáticos Hipálage.

El tractor rugía remolcando la carroza de los Magos con todas sus luces iluminando las absortas caras infantiles. ¡Llegaban los Reyes!, y el pequeño pueblo les recibía combatiendo el frío con la ilusión.

Sergio se aferraba a la mano de su madre como quien teme ser arrastrado por un remolino. Con los ojos entornados para no dejarse deslumbrar, tenso, sin prestar atención a los caramelos que volaban, pretendía ver, atravesar las barbas de los Reyes y llegar hasta sus rostros. De pronto se relajó, y su madre, mirándole, comprendió con pena.

Él estaba feliz: ya le dejarían formar parte de la pandilla de los mayores.

***

Antonio Murga

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Desde la distancia

QUEDA EL RESCOLDO EN EL CORAZÓN

Seleccionado y publicado en el certamen “Los mayores cuentan 2012”, Vitalia-Colmenar Viejo.

La oscuridad, en este anochecer de invierno, invade mi cuarto de estar vaciándolo de objetos que ya no veo aunque siguen ahí: vivos testigos del agradable abandono en el que estoy sumido. El orejero compacta mi cuerpo, algo desvencijado ya, y la mesa camilla es el centro de mi concreto y reducido mundo, tan vacio de casi todo, y al mismo tiempo tan acogedor y cálido como esta habitación. Los muebles dejan su espacio a los recuerdos que cobran forma para acompañarme, como cada tarde; aunque, hoy, el día comenzara diferente.

-¿Me invitas a tomar café en tu casa? –era Pedro por teléfono.

-¡Por supuesto! –respondí sin recuperarme de la sorpresa feliz de su llamada.

-Pero descafeinado, claro –dijo con la jovialidad de siempre, y las cuatro y media nos pareció una hora oportuna para encontrarnos.

Al colgar, me quedé pensativo: El gran Perico, el alma de nuestro grupo; quien, un principio de curso, nos rascó el bolsillo para ayudar a Manolo a matricularse, y luego contarnos, entre risas, que Manolo no podía recurrir a su padre por haberse gastado el dinero en una farra, eso sí, invitándonos a todos. El bueno de Pedro, ¡cuánto nos animó en tiempos de incertidumbre!, y cómo, desde su trabajo, se informaba sobre las empresas para facilitar nuestras candidaturas de empleo.

Fue una lástima que nuestra amistad se malograra hace años.

Me ahoga con su abrazo al entrar en casa como si quisiera exprimir lo malo o lo bueno de mi alma; y aunque flaquean mis piernas, siento que se abre una ventana y un aire nuevo se lleva las telarañas de mi corazón.

-¿Cómo te has enterado? –pregunto mientras le conduzco hacia el cuarto de estar.

-Lo he leído en “Hola” -bromea.

-¡Ah ya!, me han pagado muy bien por la exclusiva –me río mientras le invito a sentarse en un sillón bajo el reconfortante sol de la tarde.

-La verdad es que llevaba demasiado tiempo sin discutir de política contigo – añade, y enseguida, como quien siente frío y necesita abrigarse, plantea el lejano motivo de nuestra ruptura.

-Me decepcionó tu solicitud y la consideré injusta viniendo de ti que conocías muy bien mi manera de pensar. Debí llamarte para decirlo –reconoce-, pero deseé que fueras tú quien lo hiciera y el dolor se transformó en coraje al comprobar que no dabas el paso.

-No fui capaz –le interrumpo con tristeza-. Al principio me hirió tu falta de colaboración. Luego fui percatándome de haber pedido, para mi hermano, algo contrario a tu ética, la que siempre pusiste, incluso, por encima de tus propios intereses, pero me dolía reconocerlo. Perdóname. A veces los problemas de los seres queridos nos ofuscan y pretendemos ayudarles sin tener en cuenta el precio.

 

Así de fácil queda borrado el desencuentro. ¡Qué tontos hemos sido, o qué orgullosos, que es peor! Después, la habitación se llena con anécdotas y risas, y cómo no, con decepciones que confirman que la juventud es ilusión y la madurez realidad.

No se recuperan quince años en dos horas de una tarde de invierno, pero quizás tengamos tiempo todavía para otras tardes ahora que las obligaciones son menos perentorias.

 

El abrazo al despedirnos en la escalera es mutuo; como deseando traspasar, a través de nuestros pechos, el latir de dos corazones que quisieran ayudar al otro a mantener sus propios latidos. Cierro la puerta y apoyo mi espalda en ella. Inspiro con fuerza para sosegar la emoción y absorber una amistad injustamente aparcada durante tanto tiempo.

Ligero y cansado, sintiéndome levitar pero rozando con las zapatillas el parqué, vuelvo hasta este cuarto que me recibe en penumbra, como si Perico se hubiera llevado la luz, pero con el aire todavía revuelto por su vozarrón.

 

El orejero me abraza; las faldillas me acogen; el ruido de la calle entra amortiguado y cede el protagonismo al runruneo de la caldera que llega desde la cocina.

Las tazas de café… ya las recogeremos cuando Sagrario vuelva de su paseo; qué detalle el suyo al dejarme a solas con Pedro, sabía de la importancia de este encuentro.

 

Hasta mi alma llega el calor del brasero eléctrico que cruje cuando el termostato lo enciende o lo apaga. Todo me invita a dar una cabezada, pero dormido dejaría de sentir y quiero sentir. Voy a fumarme un cigarrillo, la tarde lo merece…

*****

Antonio Murga

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Guardianes del falso edén¿Quiénes son los guardianes del falso edén? Gabriel Monte Vado nos los presenta en su novela. Nos enseña como montan los operativos de vigilancia y contravigilancia, los equipos y materiales que utilizan, nos desvela sus secretos informáticos. Los guardianes del falso edén son personas que en teoría no existen (según dice el protagonista, Martín Acevedo, que es uno de ellos), pero llevan una vida tan parecida a la de cualquiera, con sus complejas relaciones personales, sus problemas para conciliar su profesión con la vida familiar, sus dificultades para llegar a fin de mes con un sueldo justito, que uno diría que sí existen. ¿O es que en realidad están a nuestro alrededor y no los vemos?

Gabriel Monte Vado sabe de lo que escribe y, además, lo escribe muy bien. Una novela que engancha desde el principio y que mantiene la tensión hasta su última página. Especialmente recomendada para los amantes del género policíaco.

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