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Archive for 29 febrero 2016

Muchas veces hemos hablado de la relación entre la literatura y el cine en este blog. Anoche el director Alejandro González Iñárritu ganó por segunda vez consecutiva el Oscar al mejor director. En esta lista de directores premiados figura varias veces John Huston, que dirigió la película Dublineses (Los muertos), adaptando para el cine el relato de James Joyce que lleva el mismo nombre. La película se rodó entre enero y abril de 1987. John Huston estaba muy enfermo cuando la realizó, y la tuvo que rodar tendido en un camastro, en una silla de ruedas y con oxígeno. Murió el 28 de agosto de ese mismo año, a la edad de 81 años. Sus hijos participaron en el rodaje, Tony Huston como guionista y Anjelica Huston como protagonista.

John Huston utilizó esta obra de James Joyce para despedirse del mundo del cine y de su público. Su estilo es sobrio, calmado y reflexivo. La primera parte de la película, la más larga, transcurre en una cena de Epifanía de una familia irlandesa. En la segunda y más breve, uno de los personajes (Anjelica Huston) reflexiona sobre el final de la vida, de los remordimientos por los que no ha sabido comprender y por no esforzarse para hacerles felices. (Monólogo final)

James JoyceJames Joyce tenía veintitrés años tenía cuando terminó la primera versión de lo que luego sería Dublineses. Era un joven atormentado que buscaba en Europa la libertad, fuera del asfixiante ambiente de su Dublín natal, donde se sentía prisionero y donde tenía la convicción de que su arte no podía ser comprendida. Un año después de la muerte de la madre, el 13 de agosto de 1904, Joyce publica el primer cuento de Dublineses, «Las hermanas».

Joyce tiene el naturalismo como estilo, que hereda de los grandes novelistas del siglo XIX, y especialmente de Flaubert, pero también persigue el desarrollo de la imaginación creadora y para ello acuñó el término de epifania. Es un término que sintetiza su concepción del arte y que alude a un tipo de manifestación espiritual, algo oculto a la consciencia que yace más allá de la superficie de las cosas y que de repente se presenta al que sabe observar bajo la apariencia engañosa de la realidad.

Para Joyce este concepto se vuelve fundamental en toda su literatura; y su obra es un conjunto de epifanías, de colección de momentos de revelación. Esos momentos son los que se ilustran por primera vez en Dublineses y luego en las demás obras. De ahí que este libro pueda parecer quizá, a primera vista, una colección más o menos inconexa de incidentes aislados, de hechos triviales, de escenas cotidianas insignificantes, aunque nada más lejos de la realidad. A través de esas epifanías momentáneas Joyce consigue superar la descripción de lo trivial y lo rutinario.

Dublineses es un ejemplo pionero en esa técnica que luego alcanzaría un desarrollo singular en la literatura del siglo XX. No podemos dejarnos engañar por esa apariencia falsa de que los cuentos no cuentan nada, de que nada ocurre y que todo es igual que siempre y pensar que Dublineses es una simple sucesión de episodios naturalistas.

La obsesión por la fidelidad hasta los más mínimos detalles dificultó y retrasó la publicación del libro unos diez años, que además no tuvo muy buena acogida al principio. Sin embargo, con el tiempo Los muertos (último relato de Dublineses) ha sido definido frecuentemente como uno de los mejores cuentos en lengua inglesa de la historia.

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Crónica de Juan Santos. Segunda parte.

A continuación Pura, nombró a Luis.

imagesEl copista (sobre la pasión)

Luis nos contó la historia de un pintor estudiante, que cree encontrar en el cuadro de un museo, la modelo de la que tiempo atrás se enamoró, cuando posaba para él en una clase de pintura.

─ ¿Ha visto qué belleza? Desde el primer día que fue a posar a la escuela me captó. ¿La imagina sobre la tarima, algo elevada, posando como una diosa? Fui incapaz de trazar una línea aquel día. Ni una, ya le digo. Pasé la hora mirándola, calculando sus proporciones, observando el color verde de sus ojos, un verde que me hacía caer en un pozo sin fondo. Cuando sonó la campana, desapareció tan rápido como había llegado. Corrí al pasillo para intentar abordarla, pero sólo pude alcanzar a ver como giraba a la derecha en busca de la salida. La angustia me invadió pensando en cuándo sería la próxima sesión de dibujo al natural. ¡Una semana!, ¡Teníamos una clase a la semana!.

Con su caballete frente al cuadro, el pintor perdió la noción del tiempo y metió en escena al vigilante y al director del museo. Luis nos presentó un relato sorprendente y fantástico con una estructura y una minuciosidad de detalles que se notaba que se lo había currado bien, no obstante hubo a quien le parecía todo un poco rocambolesco.

Se resaltó el acierto en los diálogos, tanto directos como indirectos, con los que Luis crea un ambiente idílico entre realidad y fantasía entre los personajes existentes a cada lado del lienzo.

Se le recomendó modificar el comienzo, ya que parecía un inicio un poco trabado en comparación con el resto del texto de un estilo más directo.

Al principio se da por hecho que el personaje principal es el pintor, pero después la focalización se desvía al director del museo por lo que se produce un cambio de protagonista descuadrando un poco el sentido del relato quedando la pasión del pintor en segundo plano.

Se le recomendó que el director fuera el impedimento para cumplir el deseo del pintor.

Después del recreo, Pura nombró a María.images (1)

Destino Destierro (relato libre)

En un único folio, María nos transportó al año 1986 para contarnos la tragedia de un pueblecito de siete familias que tienen que dejar su casa a consecuencia de accidente nuclear de Chernóbil.

 Mientras Neptunio “el manitas” se dedica a escribir su nombre en la puerta de la casa con el rotulador azul cielo de su hijo (aunque desde ayer el cielo es más bien de color frambuesa brillante), su esposa esparce grano para los pájaros, deja comida para el perro y el gato, uno a uno acaricia los manzanos del jardín y a todos les susurra palabras hermosas. Familia desorganizada donde las haya, apenas si tienen tiempo de guardar los documentos en un bolso, junto con el dinero y los papeles más importantes que a última hora encuentran.

Los nombres metálicos de los personajes, cada uno con su condición y circunstancia, transmiten uno por uno la angustia  a su manera, incluso uno de ellos planea volver para hacer acopio de lo que queda.

María, una vez más, nos dio muestras de la sutil sensibilidad que transmite en sus escritos.

Por último, Pura miró a su izquierda y nombró a Carlos. images (2)

 Triple salto mortal (cuento empezado por el final)

En esta ocasión Carlos nos llevó a todos al circo y como si hubiéramos llegado tarde lo primero que nos encontramos fue la caída mortal, desde lo más alto, del personaje principal.

A continuación nos contó, con todo detalle, los acontecimientos que tiempo atrás habían ocurrido para justificar ese desenlace.

“Vamos cariño, ¿Qué haces? Ven que ya casi hemos llegado”. Valentina le llamaba mientras iba desnudándose. Milo, bebía el café con pequeños sorbos para dilatar el tiempo e impacientarla, de ese modo se excitaba aún más. Siempre, antes de entrar en una ciudad, donde el circo tuviera alguna función, debían  hacer el amor.  Ella decía que de ese modo se llenaba de  energía positiva y que, según hubiera sido el sexo, así sería el éxito en la ciudad. Milo, aunque escéptico, nunca cuestionó esa especie de fe tan maravillosa, pues participaba gustoso del ritual.

Como todas las historias que nos cuenta Carlos se trataba de un cuento precioso, con engaños y sexo. Con una maldición que pesaba generación tras generación sobre una familia de la que es imposible escapar.

Después de elogiar los aciertos, identificamos al narrador llegando a la conclusión de que se trataba de una tercera persona objetiva testigo con focalización interna fija.

Aunque era exigencia de la tarea empezar por el final, la opinión general fue que debía de haber dejado algo de misterio para el final. Fernando apuntilló que las que saltan suelen ser las mujeres que nos más livianas. Alguien sugirió que a Valentina le faltaba brillo. Y el viaje de Milo de volver andando del hospital pareció poco coherente.

Por último Pura, animó a Carlos, diciéndole que le faltaba un pelo para que fuera un cuento bien hecho. Le recomendó repetir el relato reduciendo el tiempo y el espacio.

Y cuando quisimos darnos cuenta eran las nueve pasadas y era el momento de pasar al tercer espacio.

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La número veintidos

Crónica de Juan Santos (primera parte)

En nuestras reuniones de los jueves, se supone que lo más importante es la clase sin menospreciar el momento de las cañas que tanto nos gusta. Pero no quisiera marcharme de la sala Biribó sin resaltar otro momento y otro lugar muy  agradable, al menos para mí. Se trata de esos minutillos previos a la clase, cuando vamos acudiendo y nos vamos arremolinando a la puerta del teatro. Esos saludos y esas sonrisas son la muestra de la alegría colectiva que sentimos al reunirnos todos una semana más. La templanza de este invierno ha permitido que algunos jueves, los primeros en llegar pudiéramos sentarnos en el banco de enfrente, como en un parque. Nuestra pasta de observadores nos has llevado a comentar, con cierta sorna, la llegada habitual de los grupos de chinitos al restaurante de al lado. Y así, una semana tras otra, como un grupo de obreros que esperan pasar a la fábrica, los fumadores han ido apurando sus pitillos, hasta que Pura, con voz de capataz,  nos ha dicho: “Adentro chicos”

Ayer, una vez acomodados en nuestro sitio, Pura dijo en voz alta: Jose

Se hizo un silencio y empezó la clase.

 La Número veintidós (sobre la obsesión)

Desde el primer momento, José Sainz de la Maza, a pesar de sus buenos modos y la tranquilidad que transmite al leer,  nos puso en ascuas mostrándonos a un Marcel afeitándose con una navaja barbera mientras se observaba en el espejo la herida fresca del costado

herida… En su costado izquierdo se aprecia un gran corte de al menos quince centímetros. Es un corte limpio y superficial que parece como si hubiera sangrado hasta sólo unos minutos antes. Marcel sin embargo no parece sentir dolor, concentra toda su atención en el afeitado como si ninguna otra cosa lo apremiara. Estira la piel con sus dedos, pasa la cuchilla y aclara la navaja en agua caliente. De vez en cuando, se acerca un poco más al espejo y ataca con el ángulo de la navaja los lugares de acceso más complicado, junto a la aleta de la nariz, el hoyuelo del mentón… En su mano, la navaja no parece un objeto peligroso, sino algo inofensivo que se desliza con agilidad y precisión, como si la dirigiera un artilugio mecánico en lugar del brazo de un hombre con una herida en el costado.

Con la destreza que nos tiene acostumbrados, el autor fue dando forma a su relato, jugando con el tiempo en los espacios precisos, dando la estructura adecuada para crear una historia inquietante hasta el final, con unos personajes muy bien amueblados.

Después de que alcanzara el clímax, cuando aún se encontraba sobre ella, esa misma mujer, la que llamamos Berenís, le hizo un corte en el costado izquierdo con un cúter de hoja retráctil, tan afilado o más que la navaja de afeitar con que Marcel la había amenazado. Berenís apenas oprimió la carne de Marcel, no profundizó, la rasgó con la punta en ángulo del cúter con tanta calma y calculada limpieza, que Marcel no percibió dolor alguno y sólo se dio cuenta de que tenía una herida abierta cuando notó que le manaba sangre y lo mojaba.

Al finalizar la lectura, antes de las opiniones, Pura (obsesionada por que nos sepamos al dedillo los tipos de narradores), preguntó a este humilde cronista que me pronunciara en este sentido. Ante mi balbuceo, tuvo que ser ella la que dijera que se trataba de un narrador retórico en primera persona del  plural, que funciona como un omnisciente.

Metidos en harina, a todos gustó la asociación del sexo y el miedo en unos personajes tan terribles. Aunque el  hecho de ser una violación consentida, donde los intervinientes estaban encantados de conocerse, dio pie a diferentes opiniones en la sala sobre la existencia o no del conflicto.

Lo del cazador cazado o lo de la mujer vengadora, se comentó que es una práctica habitual en los relatos de Jose. Igual que se sabía que este cuento estaba en conexión con otros del autor y por eso podía parecer que quedaba corto.

A este relato, cuyo contenido recordó a Aitor a los de Poe, le puso Pura una pequeña pega, al considerar que el narrador tiene la misma elevación que los personajes, según ella si no hubiera puesto los párrafos en cursiva, costaría ver el diálogo.

Cabe destacar el acierto en poner el nombre de Berenís, inspirado en la La cabellera de Berenice, constelación escondida nada vistosa a simple vista.

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Entrada de Juan Santos.

La palabra HALDA es utilizada en Villanueva de los Infantes como sinónimo de regazo.

El halda es la zona ahuecada que se forma entre la cintura y las rodillas de una persona cuando está sentada, y que sirve de cobijo, resguardo o apoyo.

Aunque el halda es inherente tanto al hombre como la mujer, siempre se ha asociado más a las mujeres que llevaban faldas o faldones.

niño en el halda 2Tal vez las nuevas modas de vestir y el uso de los pantalones hayan contribuido a ir utilizando cada vez menos esta expresión.

No obstante, a nadie le extraña oír que las mujeres ponen el bebe o la costura sobre su halda.

O también cuando un niño está muy apegado a su madre, se dice que está apegado a las haldas de su madre.

Las mujeres todavía utilizan el halda del mandil como bolsa, por tanto una “haldá” o una haldada es lo que cabe en el mandil, de uvas o de huevos.

Hay un refrán que confirma el valor entrañable de esta palabra:

“Más vale halda de madre que teta de nadie”.

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A veces la muerte es caprichosa y el viernes 19 de febrero de 2016, con pocas horas de diferencia, en uno de esos caprichos quiso juntar a dos grandes escritores, la norteamerica Harper Lee y el italiano Umberto Eco.

Harper Lee y G PeckHarper Lee desapareció como vivió: lejos del mundanal ruido y sigilosamente, como si no quisiera llamar la atención más de la cuenta. Cuando saltó la noticia se desconocía dónde, cuándo y cómo había. Unas horas después un sobrino suyo informó que fue este viernes, en la residencia donde vivía en Monroeville (Alabama), su pueblo natal de 6.500 habitantes, y mientras dormía. Nelle Harper Lee tenía 89 años. No estaba casada ni tenía hijos.

A Harper Lee le costó digerir la fama de  Matar a un ruiseñor, premiada con el premio Pulitzer, y la posterior película, protagonizada por Gregory Peck, ganadora de tres oscars. La novela ha vendido más de treinta millones de ejemplares desde su publicación en 1960 y en Estados Unidos es un monumento literario. Es difícil encontrar otra novela contemporánea que haya tenido un impacto tan duradero como esta, la historia semiautobiográfica sobre un abogado sureño blanco, Atticus Finch, que defiende a un negro acusado injustamente de violar a una blanca en la Alabama racista de la Gran Depresión. Escrita en los años cincuenta, en el momento más feroz del terrorismo blanco contra los negros, la novela se publicó en el momento adecuado, cuando el movimiento de los derechos civiles tomaba fuerza y, con la complicidad de los presidentes Kennedy y Johnson y del Tribunal Supremo, que estaba a punto de lograr el fin de la segregación racial. Ha pasado más de medio siglo, pero los valores que defiende Matar a un ruiseñor –la solidaridad, la justicia, la amistad, la lucha contra los prejuicios– siguen tan vigentes como entonces. La obra de Lee predijo, y a la vez impulsó con su éxito, un cambio gigantesco: el movimiento de los derechos civiles y la lucha por la igualdad.

Umberto EcoUmberto Eco odiaba los lugares comunes y las frases hechas, y tal vez para evitar las inevitables —“Italia está de luto”, “Ahora somos más pobres”, “El hombre que lo sabía todo”—, el escritor, filósofo y semiólogo italiano dispuso que la noticia de su muerte, acaecida la noche del viernes a los 84 años en su casa de Milán, fuese acompañada por la de la publicación de un nuevo libro, como una invitación a recoger el testigo de su mirada crítica, a veces divertida y a veces voraz, de ese ensayo del mundo que es Italia. Autor de otras ficciones como ‘La isla del día antes’, ‘Baudolino’ o ‘La misteriosa llama de la reina Loana’, Eco fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el 2000, y a lo largo de su vida profesional también fue responsable de numerosos ensayos sobre semiótica, estética medieval, lingüística y filosofía.

Cuando, a finales de 1980, el profesor Eco publicó ‘El nombre de la rosa’ ya era uno de los intelectuales italianos de referencia en ámbitos tan dispares como los estudios semióticos, medievalistas o de cultura de masas, pero aquella quimérica obra, mezcla de novela de detectives, evocación histórica y ‘thriller cultural’, le iba a convertir en bestseller planetario. Ocho años después de ‘El nombre de la rosa’ (1980), publicó ‘El péndulo de Foucalt’, la otra gran novela de su trayectoria.

En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”. El viernes a las 22.30, en Milán, frente al castillo Sforzesco, Italia perdió un pedazo de inmortalidad.

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EL LENGUAJE POPULAR

Semana a semana, relato a relato, nuestro compañero Juan nos obliga a poner los pies en el suelo, estirar el brazo y alcanzar el diccionario de la RAE, y todos los canales de información disponibles, para acercarnos al significado de palabras y expresiones que han quedado en desuso o circunscritas a zonas concretas.

No pudo ser menos en la tarde de ayer, cuando dio lectura a su relato “Mi bisabuela”, donde se pueden destacar varios de estos ejemplos.

Empecemos por el orden en que aparecen en el relato:

“…Un único viaje con el carro, bastó para hacer la mudanza. Formando una montaña cargaron la cama de los boliches dorados, la mesa camilla, las cuatro sillas y los dos posones de anea

El Dicciona8351735rio de la Real Academia Española lo vincula al concepto de posar y lo define como “asiento cilíndrico de esparto o anea”. Como suele ser costumbre, el lenguaje popular es sencillo a la hora de definir las cosas que nos rodean con el significado de su propio uso.

Y qué me decís de este lujo. …”Mi abuelo había enviudado con cinco criaturas, la mayor de doce años y a las ancas, una suegra muy buena pero ciega y achacosa”…De esta expresión no he encontrado referencia alguna, pero según el autor se refiere a echarse una carga más, a modo de “por si fuera poco”.

Continuando el texto, tropezamos con “..La silla baja la colocó mi abuelo de tal forma que mi bisabuela pudiera ir encaramada en ella con el niño en el halda”. Alex Gruijelmo, en su obra “Palabras moribundas” le dedica una entrada a la palabra de la que se extraen aquí algunos párrafos.

“La Academia dice que es poco usada como ‘falda’ y que en Aragón, Salamanca y Vizcaya significa «Regazo o enfaldo de la saya». Este «enfaldo» sí que suena desusado. Mucha gente la recuerda de su infancia porque en Salamanca, por ejemplo, se decía halda para ‘regazo’. Los gallegos utilizan colito y colo para un concepto cercano, dos palabras entrañables que varios diccionarios gallegos recogen para el regazo de la persona, el cuello. Halda está más relacionada con la ropa con la que se envuelve en el regazo, como su sinónimo asturiano somantu, que literalmente significa ‘debajo del manto’…”

”…Nuestra palabra halda no es latina, ni árabe, sino germánica, y tiene el mismo origen que falda…”

”…Halda tiene otras palabras cercanas, algunas literarias, como el verbo haldear, que utilizó Valle-Inclán, pero también alguna derivada, como ocurre en Bezas (Teruel), donde conocen halda, y también haldada, para referirse a lo que cabe en el halda, generalmente el delantal lleno de algo, ya sean flores, leña o manzanas. Como en Cuenca, donde también llaman halda a lo que se recoge en el mandil, y dicen «una halda de pimientos».

En conclusión, hay zonas donde halda ya no se usa nada, otras donde se usa poco —y su misma pronunciación la señala como un arcaísmo —y otras donde todavía es de uso normal, con una geografía mayor que la que apunta la Academia”

Y a las ancas, la bisabuela dio en “caer de porras” sobre lDe porrasa lumbre, por culpa de  su edad y la escasa visión. Y siguiendo con la sabiduría popular, “una imagen vale más que mil palabras”.

Gracias Juan por mantener vivas las palabras que al final, de alguna manera, son las que nos definen.

 

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Psiquiatra

Crónica de José Sainz de la Maza.

En una ocasión me dijo un psiquiatra amigo mío, que una de las vivencias que más perturban a las personas son las mudanzas y que esta perturbación es tanto mayor cuanto más tiempo se haya vivido en el lugar del que nos trasladamos. Según esta consideración, no deberíamos sentirnos demasiado consternados por dejar el Biribó, porque llevamos en este lugar apenas cinco meses pero, ¿quién hace caso de los psiquiatras?

Este cronista estima, sin embargo, que los aires de cambio han calado efectivamente en los sufridos primaduroverales, que siendo tan sensibles como son, han canalizado sus perturbaciones personales con lo único que tienen a mano, es decir con un folio en blanco. De forma que ayer, 18 de febrero, se leyeron en un taller un tanto desangelado cuatro relatos, de los que tres de ellos llevaban a primer plano el “traslado” de sus personajes. Curiosamente, Lourdes y María subieron a sus personajes en un autobús y los dejaron dando vueltas a sus asuntos mientras daban vueltas por la ciudad. Juan, en cambio, llevó a una familia entera de un pueblo al pueblo vecino y luego la volvió a trasladar al primero (mi amigo el psiquiatra encontraría en este argumento un anhelo velado por regresar a la buhardilla de la Casa del Reloj). El cuarto relato, el que no movía a sus personajes, lo escribió Nieves. Mi amigo psiquiatra diría en este caso que como ella ha empezado este año en el taller, no siente como con tanta intensidad el desgarro del traslado y que por eso, en su relato, el único viaje que sublima su inquietud (que también la tendrá aunque más atenuada) es el que hace su niña protagonista del colegio a casa y de casa al colegio.

Centrémonos y vayamos al detalle. Decía que el taller estuvo un tanto desangelado. Y es verdad. Estuvimos sólo 18 primaduroverales, de los que 10 fueron del sexo femenino y tan sólo 8 del masculino, invirtiéndose así la tendencia que este cronista creía asentada por completo. Hasta ayer los varones casi multiplicaban por dos a las señoras en lo que a asistencia se refiere. ¿Qué diría mi amigo el psiquiatra? Pues diría que como los hombres somos mucho más sensibles, el síndrome de la mudanza nos ha afectado más que a ellas, hasta el extremo de que muchos de nosotros no seamos capaces de soportar estar entre las cuatro paredes que tan pronto vamos a perder de vista. De ahí que faltaran tantos caballeros.

María leyó “Un trozo de carne” con esa cadencia suya que tan a tono va con sus relatos, y nos llevó hasta lo más profundo del mundo interior de Carmen, una anciana que nos muestra la vaciedad de su vida durante en un viaje en autobús mientras se masajea el lóbulo de la oreja. Transmitir lo que no se cuenta era el objetivo y lo logró. Muchos conocemos a cármenes como la del cuento de María y tampoco estas que conocemos cuentan a nadie sus penas, las guardan en trozos de su propia carne para que nadie las vea.

Lourdes utilizó de una manera muy graciosa la regla de la proporcionalidad inversa en su relato “De esos días”, así, tachado, porque a última hora renegó del título y lo quitó, las de Badajoz son así. A este cronista le divirtió la idea de que se arrepintiera de ese título por el indudable parecido que tenía con las frases utilizadas para publicitar los productos que en los supermercados se exponen bajo el impagable anuncio de “higiene femenina”.  Decía lo de la proporcionalidad inversa porque la protagonista del cuento (¿qué diría mi amigo el psiquiatra de un comportamiento como éste?) sólo sentía alivio de su persistente dolor de pies si su compañera de asiento en el autobús sufría de algún modo, le valía igual que se pasara de parada o que le oprimieran los zapatos. Le alimentaba la adversidad ajena, lo cual, por otra parte, es un comportamiento muy extendido.

Nieves leyó su cuento “Sola, solísima” con esa voz suya, tan bonita, que ella modula especialmente bien en las lecturas. Si no recuerdo mal, no erró ni una sola vez, ni una pausa mal traída, ni una repetición, ni una palabra por otra… Impecable. El relato nos transmitió la enorme soledad de una niña a la que le cuesta, incluso, ganarse la amistad de una amiga imaginaria. Me gustaría destacar especialmente su ambientación y la riqueza de las aportaciones de los personajes secundarios: el miedo de la madre que la aparta de la ventana, los juegos y abrazos con el padre, los temores de ambos… Un bello relato que nos recordó también los peligros de narrar en presente.

Juan se atrevió a escribir un relato empezando por el final. Su título: “Mi bisabuela”. Los relatos de Juan entre sus muchas peculiaridades, tienen el efecto de producir carcajadas normalmente entre el primer y segundo párrafo. En el caso de Pura el efecto se amplifica por alguna extraña razón (para cosas que afecten a Pura no pienso citar a mi amigo psiquiatra). El caso es que el hecho de que una octogenaria se ahogara en un pozo y que la Guardia Civil no diera importancia a unos escapularios rotos y a un rosario cuyas cuentas rodaban por el suelo, provocó tal aluvión de risas que hubo que traspasar la lectura del cuento de Juan a Paco. A este cronista la elección de Paco para que no hubiera más ataques de risa no le pareció muy acertada, pero nuestro compañero hizo acopio de esa seriedad que a veces esconde y pudimos terminar de escuchar el cuento. Una vez me dijo Juan que él se ponía a escribir queriendo hacer un relato serio, pero que luego salían cosas que hacían reír a la gente. Será cosa de ambientar en la Mancha, a Cervantes le pasó algo parecido, creo yo, que se puso a hablar de las excentricidades y locuras de un viejo hidalgo y terminó haciendo reír al mundo entero.

Aún dio la tarde para añadir algunos comentarios al cuento de Aitor de la semana pasada. Aitor, sacúdete la pereza, elimina las siestas de tu vida, limita la ingesta de líquidos alcohólicos y madruga los fines de semana, pero no tardes tanto en escribir otro cuento, por favor.

Lástima que mi amigo el psiquiatra no viniera a las cañas con nosotros. De haberlo hecho me habría dicho: “¿Y vosotros escribís a menudo sobre niñas solitarias con un mundo interior que más bien parece un mundo paralelo, sobre señoras mayores cuyos hijos no felicitan por su cumpleaños y sobre asesinatos de ancianas por ahogamiento?”. Si eso hubiera ocurrido, este cronista habría llamado la atención de los primaduroverales del bar y les habría pedido que brindáramos por Sigmund Freud, sin el cual no podríamos escribir ni una línea. Y cuando todos nos riéramos del complejo de Edipo, del yo, el ello y el superyó y de los estadíos psicosexuales, le miraría con mucha ternura y le diría ¿Pero tú crees que alguien hace caso de los psiquiatras?

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