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Archive for 30 abril 2018

 

Estamos a punto de entrar en el mes de mayo. El día 20 de mayo se cierra el plazo de entrega de los relatos para participar en la V edición del certamen Madrid Sky. Publicamos hoy el relato ganador de la IV edición, Tal vez mañana, de la malagueña María Posadillo Marín, que tenía la condición de comenzar con la frase No acostumbro a entrar si no hay clientes. Es un maravilloso relato de género fantástico con el María Posadillo conquistó al jurado de nuestro certamen y que merece la pena leer con detenimiento.

Bases V Certamen Madrid Sky

Tal vez mañana

María Posadillo Marín

Relato ganador del IV certamen Madrid Sky

 No acostumbro a entrar si no hay clientes. Así puedo pasear tranquila por la tienda mientras el propietario atiende a los otros compradores. Escuchar el murmullo de su voz en la distancia me permite moverme sin el sobresalto de descubrir el reflejo de su ojo de cristal destellando en cualquier vitrina.

En medio de la penumbra observo los extraños objetos expuestos en los estantes: pirámides de tres lados, minerales pulidos, pequeños frascos llenos de turbios contenidos. Nada reclama mi atención de manera especial. Sin embargo, estoy segura de que el impulso que me ha conducido hasta este lugar tiene una razón de ser; lo percibo en el aroma a incienso que lo llena todo. Una atmósfera hipnótica me anuda las muñecas con unas cuerdas invisibles que me retienen. Echo un vistazo a mi alrededor; todos parecen seguros de lo que desean adquirir.

En una esquina, descubro una mujer que suspira mientras escoge un filtro de amor. Los lamentos por su soltería rebotan como un eco por las paredes y se quedan prendidos en las costuras de su rancia vestimenta.

Un anciano de cabellos blancos discute con el dueño. Se queja de que las velas que le despacha son de tan mala calidad que ni la mecha se presta a arder. El hombre lo mira con el lento parpadeo de su único ojo y, con paciencia infinita, enciende una cerilla frente al cliente descontento hasta prender el pábilo de una vela. El viejo se acerca desconfiado a la luz. La llama oscila iluminando su rostro cerúleo y amenaza con quemar la fina telaraña de su barba. Duda. Blasfema. Y, finalmente, se aleja dejando una estela de palabras malhumoradas que caen sobre los libros de hechizos.

Nadie parece inmutarse por el alboroto. Cada cual deambula abstraído en su propia búsqueda. Solo el tintineo inesperado de unas campanillas en la puerta rompe ese halo de indiferencia.

Es Miguel. No logro entender cómo mi esposo me ha localizado. Parece que no se ha percatado de mi presencia pues, al hallar al dueño del establecimiento, ha caminado hacia la trastienda. Ahora sé que no es a mí a quien busca.

Está distinto. Unas sombras bajo los ojos le oscurecen el gesto, y esas arrugas que desconocía han dibujado un mapa diferente en su rostro. Pero son sus manos, esas que tan bien conozco, las que delatan que algo no va bien. Están enrojecidas por la presión con la que mantiene sus puños cerrados. Me pregunto si su crispación tiene que ver con nuestra última discusión. Escoger un nombre para el bebé no debería habernos enfrentado, le dije que lo hablaríamos al llegar a casa. A casa…

No recuerdo por qué estoy aquí. De repente hay demasiado silencio. Las imágenes acuden a mi memoria en sacudidas: la lluvia en los cristales del coche, nuestras voces enfadadas, el vacío bajo las ruedas. Y esa extraña luz.  La mirada huérfana del tuerto restalla como un látigo en mis pensamientos.

—¡Tiempo!—le grito al fin—¡Eso es lo que he venido a buscar! ¡Necesito más tiempo para vivir a su lado! ¡Para tener a nuestro hijo!

El hombre, con el semblante triste, me hace una señal para que le siga.

La pequeña habitación me es familiar. Miguel llora como cada vez que nos reunimos. Hoy tampoco podrá verme.

―Han pasado ya tres meses ―anuncia el mediador. ¿Listos para despediros?

―Necesito más tiempo― pronunciamos ambos, a la vez.

―Hola, amor― murmura él para sí con voz serena―. Tal vez mañana.

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Como la tarde era calurosa terminamos por irnos de piscinas, pero vayamos por partes. Ayer tuvimos ejemplos de todo tipo de narradores. Empezamos con “Conectadas a Internet” de Nieves, un  relato en primera persona con tres mujeres buscando en internet a “guerrilleros” reales o imaginarios. Con un lenguaje dulce y un sutil toque de humor logra unos personajes entrañables que nos dejan con una sonrisa en el rostro.

“Te digo de veras que, pasado un tiempo, las tres aprovechábamos cualquier momento para navegar frenéticas por internet. Yo no conseguía hablar con Marcos. En cambio ellas encontraron en la red un pasatiempo sin igual y cada una tuvo su propia experiencia.

“Continua primavera” la historia de Lourdes, también en primera persona. Como es habitual en ella, llena de símbolos e imágenes, aunque, esta vez, algo más contenida, donde nos muestra a un matrimonio con un marido obsesionado por tener un hijo y la  relación de la mujer con la isla en la que habitan.

“De pronto apareció la luna y toda aquella oscuridad se llenó de luz. Y la luna y yo en una posición de acoplamiento de marea y tiempo de rotación nos abrimos al universo. Después se juntaron el anochecer y el amanecer. Y allí estaba yo sin rastro alguno en mi vientre”

“Cuando ya no estés”  el relato de Diego, en segunda persona (que consigue de pleno). Con su habitual soltura y ágil narración, nos cuenta la presencia de un espectro en casa de su verdugo. Allí se instala y convive con él, hasta el punto de que el asesino se compadece y consuela a su víctima.

“Te lo quieres ganar, enmendar tu error de algún modo, por eso te despertarás como cada noche al oír sus gritos y dejarás caer tu mano a un lado de la cama para que él la agarre y se calme.”

Y llegó el momento de irnos de piscinas. Lo hicimos de la mano de John Cheever a través de su esplendido relato “El nadador”. La historia de Neddy Merrill, que pretende llegar a su casa, situada a doce kilómetros del lugar donde se encuentra, nadando por las piscinas de los vecinos  imaginando un río que llama Lucinda. Una metáfora del viaje de una vida. Tras un interesante debate que degustamos con intenso placer nos quedó el dulce sabor de una tarde de buena y sabrosa literatura ¡Qué más se puede pedir!

EL NADADOR, un cuento de John Cheever

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.

–Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.

–Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.

–Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy–. Bebí demasiado clarete.

Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad –vistos desde la proa de un barco que se acercaba– que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto –parecía tener la especial esbeltez de la juventud– y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.

Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.

Para leer el relato completo El nadador. www.narrativabreve.com John Cheever.

 

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Por Manuel Pozo Gómez

Cuando leí el primer párrafo de Ausencias tuve que tragar saliva. Me dije que tenía dos posibilidades: o seguir leyendo de un tirón o me tomaba el libro con calma y lo leía como si me estuviese relamiendo como un postre sabroso. Me decidí por la segunda opción. Ausencias es el primer relato del libro del mismo nombre, escrito por Raúl Clavero y publicado por la editorial La isla de Siltolá. Fue el primer premio del XXVI certamen literario Camilo José Cela, de Padrón. Viene a cuento Ausencias porque en el Taller de creación literaria Primaduroverales estamos trabajando con el narrador en segunda persona, y este relato es un magnífico ejemplo de narrador en segunda persona.

Pero Ausencias no es bueno solo porque su autor maneja con maestría el narrador en segunda persona. Es un buen relato porque técnicamente lo tiene todo: un principio que engancha, un final que no se espera, una tensión narrativa que impide dejar el relato a medias, una estructura coherente, unos diálogos ágiles pero, sobre todo, y esto es lo más importante, despierta las ganas de volver a leerlo otra vez, volver a leerlo para captar los detalles que se han escapado en una primera lectura atenta, sus sutilezas, la poesía que le hace avanzar lentamente. Y esa es la mejor prueba de que estamos ante un relato extraordinario, las ganas de volver a leerlo de inmediato.

¡Compruébalo!

Ausencias

Primer premio XXVI certamen literario Camilo José Cela.

Su voz suena a cristales rotos y en cada uno de sus gestos se filtra una cierta melancolía, como de palacetes abandonados. Como de lápidas enmohecidas. Tú buscas detrás de sus hombros algún lugar hacia el que huir, pero este apeadero desierto es una condena de una hora de espera inevitable hasta que llegue el tren.

La reconociste de inmediato, hace unos minutos, en cuanto su silueta desgarbada, similar a un nido deshecho, dio los primeros pasos hacia ti desde el otro extremo del andén, supiste que se trataba de Verónica. En aquel instante lamentaste que este episodio no se hubiera producido en otra época y en otro lugar, cuando aún era frecuente encontrar entre los bancos o en las papeleras algún periódico olvidado en el que refugiar tu rostro. Tuviste que mirarla, sostener sus ojos en los tuyos y asentir. Verónica es la soga que te une al pasado, una soga que se anuda a tu cuello, que te asfixia despacio, sometiéndote, obligándote cada día a recordar quién eres. No, en absoluto deseabas concederle a aquel encuentro más duración que la que otorga la cortesía de un saludo y de un par de preguntas de rigor, pero ella, por el contrario, no parecía dispuesta a soltarte con facilidad. Se sentó junto a ti y comenzó a hablar en un tono tan neutro que cubrió de escarcha cada uno de tus músculos. Era como si acabara de regresar de hacer la colada y se acurrucase a tu lado, en un sofá de una casa compartida en una dimensión paralela.

–Cuánto tiempo –dijo.

–Treinta años, por lo menos.

–Treinta y dos –afirmó, cargando sobre sus palabras el peso de todos los segundos transcurridos desde la última vez que os habíais visto cara a cara. A continuación echó un vistazo a los raíles que se extendían más allá del horizonte y tú hiciste lo mismo, sólo para confirmar que sí, que daba la impresión de que en aquel momento erais vosotros los únicos habitantes del planeta, los únicos actores de una escena que durante años has intentado no representar. El silencio entre los dos se espesó después hasta levantar un muro a vuestro alrededor, y sólo ahora, cuando ha comenzado a amanecer, sólo cuando ya es innegable el paisaje deshabitado que os envuelve, Verónica te ha forzado de nuevo al diálogo.

–Estás distinto –dice observándote de arriba abajo–, pero eres inconfundible, nadie más tiene esto –añade, dibujando con uno de sus dedos la cicatriz con forma de triángulo de tu frente.

–Tú no has cambiado nada.

–Bueno, ya no estoy bañada en sangre –ríe, con una carcajada surgida de quién sabe qué pozo, e imita la imagen con la que la recuerda todo el país: las manos tapándose las orejas, los ojos en blanco, el cuello arqueado hacia atrás, a punto de quebrarse en una torsión imposible–. Me ha costado mucho encontrarte –dice devolviendo su expresión al presente–, ¿quién iba a imaginar que acabarías trabajando de médico aquí, en mitad de la nada?

–Es un sitio tranquilo.

–He dado contigo por casualidad. Soy escultora, ¿sabes?

–No, no lo sabía.

–Pues sí. Han escrito sobre mí que soy la artista que mejor ha manejado los espacios vacíos en las últimas dos décadas, ¿qué te parece? Sí, no hace falta que contestes, ya te lo digo yo: una gilipollez. En fin, vine ayer para negociar con el Ayuntamiento la venta de una obra y un tipo ojeroso me habló de ti. El otro vive en este pueblo, me dijo, en las afueras.

–¿El otro?

–El otro superviviente.

–Ya, claro –dices oteando en todas direcciones. La prensa siempre quiso retrataros juntos. Quizá esto no sea más que una encerrona de Verónica, piensas, pero no ves a nadie. Respira, te dices, relájate–. A la gente le gusta hablar.

–A ti no. Nunca me devolviste ninguna llamada.

–No soporto los teléfonos.

–Ni las cartas, ni los funerales, ni las reuniones familiares… Una vez fui a ver a tu madre. Le pedí que me diera tu dirección y me dijo que no sabía nada de ti desde hace años.

–No me caen bien. Ni mis padres, ni mis hermanos. Uno no puede elegir la familia que le toca.

–Pero sí puede elegir los amigos que conserva.

–Yo elegí no conservar ningún amigo.

–No tenerte a mi lado ha sido lo peor de todo esto. Te he echado de menos. Antes solíamos charlar durante horas, ¿te acuerdas?

–Ya… Lo… lo siento. Siento no haber estado cerca de ti.

–No es a mí a quien debes decir “lo siento”.

–¿Qué?

(más…)

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Texto de AITOR MANERO

¡Alto ahí, don San Jorge! Este dragón es mi novio (“Te quiero, Valero”, de Fernando Lalana)

Hoy es día grande en mi casa. Dragones y libros, lo que más me gusta, y todo en un solo día. Fecha en la que murieron, con unos años y un calendario de diferencia, Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Por eso, internacionalmente, es el Día del Libro.

sant-jordiEn el folklore popular, San Jorge, patrón de muchos lugares a lo largo y ancho de Europa: Grecia, Rusia, Inglaterra… La hagiografía dice que fue un soldado romano del siglo IV, procedente de Capadocia, torturado y ejecutado tras recibir una orden de perseguir cristianos y negarse a llevarla a cabo por serlo él mismo. La leyenda del dragón es posterior, fue publicada en la recopilación de vidas de santos Legenda sanctorum o Legenda aurea en el siglo XIII, y no es más que, al fin y al cabo, el trasunto mortal de la batalla entre el arcángel San Miguel-el Bien y Lucifer-el Mal. Pero se hizo tremendamente popular hasta el punto de que parece ser el origen de todos los cuentos de “caballero salva a princesa del dragón”. El suceso ocurrió, por lo visto, en muchos sitios porque cada tradición lo coloca en un lugar… por ejemplo, Montblanc; pero también Beirut. La leyenda lo tenía todo: una buena historia (aventuras, horror, amor…) y simbolismo a montones (el dragón, el caballo, el propio santo); esto último la hacía especialmente útil para los estados cristianos enfrentados con los musulmanes. Jorge anduvo apareciéndose en mogollón de batallas a un lado y otro del Mediterráneo, razón por la que tantos países lo adoptaron como patrón. En lo que a mí me toca, hacia 1096, en la batalla de Alcoraz, donde fueron derrotados cuatro reyes islámicos y que abrió las puertas de Huesca a Pedro I de Aragón. Por eso el tercer cuartel del escudo aragonés es una cruz de San Jorge rodeada de cuatro cabezas de moros (detalle un tanto sádico e intolerante, por cierto). Y por eso, se convirtió en santo patrón de los reyes en Aragón y también en otros territorios relacionados con ellos.

Pero San Chorche, Sant Jordi es algo más que religión. Es una festividad especialmente bonita que aúna folklore y cultura intelectual. Y que celebrar algo con libros siempre está bien, oye. La tradición más conocida es la catalana en la que al hombre se le regala un libro (costumbre moderna de principios del siglo XX) y a la mujer una rosa (una espiga de trigo en su origen, y sólo a las jóvenes casadas o casaderas, rito de fertilidad; la rosa parece ser que proviene del mercado de las flores del siglo XV que se celebraba en primavera en Barcelona); afortunadamente, la tradición ya no se cierra a géneros, vamos avanzando pasito a paso, y todos podemos disfrutar de dar y recibir libros y flores.

te_quiero_valeroPerdonad, que me lío. Lo que yo quería era celebrar este día grande con la recomendación de un libro en concreto, por cierto, muy relacionado con la leyenda. Te quiero, Valero es obra de Fernando Lalana, prolífico autor zaragozano especializado en literatura juvenil, pero no sólo, que escribe con chascarrillos y de una manera cercana pero no por ello deja de lado temas como las drogas (Morirás en Chafarinas), cómo afrontar el fracaso personal (El truco más difícil) o la excepcionalidad que no lo es tanto (Aurelio tiene un problema gordísimo). En esta ocasión, Lalana revisita la leyenda de San Jorge y el dragón; no es, por tanto, una obra que podamos decir original en este sentido. Pero sí lo es en el punto de vista. Algo muy necesario en el mundo actual, dado a (post)verdades absolutas maniqueas y sin matices. En Te quiero, Valero se mira con otro ojos al Bien y al Mal (el dragón Valero, aficionado a excursiones con sus chirucas y a cuidar plantas, rosas entre otras), a la belleza (“… una auténtica princesa aragonesa, de fuerte mandíbula y nariz más que respetable…”) o a los héroes (los guerreros no lo solucionan todo matando ni las princesas se sientan a un lado a ver cómo les salvan… si es que quieren ser salvadas).

Tanto niños como adultos nos merecemos historias que nos hagan pensar, ver el mundo de manera diferente y pasar un buen rato, bien riendo, bien llorando. Esa es la magia de los libros. Esa es la magia de un día como hoy. Un día de dragones y libros.

Goyoso San Chorche. Feliç Sant Jordi. Feliz San Jorge.

Leed mucho.

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La escritora Rakel Ugarriza Lacalle obtuvo el primer premio del III Certamen Literario Madrid Sky con el relato titulado Ladridos. Un relato, como en la edición anterior, de género fantástico. En esta edición el relato enviado debía comenzar por la frase Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre, que aparece en el libro Madrid Sky, en el relato titulado El viento de la pradera, de Vicente Moreno Nieto. Su publicación hoy es nuestro homenaje a la literatura en el día del libro.

Bases del V certamen literario Madrid Sky

Ladridos

Rakel Ugarriza Lacalle

Relato ganador del III Certamen Madrid Sky

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre y se cierra sin parar. También se escucha el ladrido incansable de un perro desde hace varias horas o puede que sean días. No sé, aquí abajo es difícil medir el tiempo. En este minúsculo espacio nos hemos llegado a hacinar hasta diez, once, doce personas, puede que trece, no recuerdo bien. Sin ventanas, sin luz, solo una trampilla en el techo ya desvencijada tras los últimos ataques de esos malditos animales salvajes. Seguro que al principio eran dóciles, pero desde la catástrofe todos actúan como bestias. Nosotros también.

Hace demasiado tiempo que ya no se escuchan los helicópteros ni las explosiones, solo los ladridos que con el paso de las horas terminan convirtiéndose en espeluznantes aullidos. Y el escarbar de las fieras, un incansable rascar de uñas contra la madera, que termina desquiciándonos a todos. Antes los animales no insistían demasiado, se marchaban pronto y entonces llegaba el silencio, mucho más aterrador. Sin embargo, a medida que las condiciones van empeorando allá afuera, sus intentos por entrar duran más. Si hasta yo soy capaz de oler el miedo que desprenden nuestros cuerpos, ¿cómo iban los animales a ignorarlo?

Ninguno de los que se atrevieron a salir ha vuelto. Huyeron todos, uno tras otro. Unas veces solos, otras en pequeños grupos. El último ni siquiera se despidió. Por suerte nos quedan una manta y un par de botellas de agua, aunque yo no dejo de pensar en toda la comida que esos desertores se han ido llevando.

El bebé también llora sin parar desde hace días. Me ocupo de él, pero desde que la comida se acabó, yo estoy seca.

Aquí solo queda el ladrido del perro, el chirriante sonido de la verja, el inconsolable llanto del bebé y la seguridad de que tengo que defenderlo. Debo protegerlo, no puedo permitir que ningún perro hambriento termine arrancándomelo de los brazos.

El bebé es mío.

El bebé es el último alimento que me queda aquí abajo.

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Por: AITOR MANERO

Y, por fin, llegó la calor. Como es habitual en la meseta, anteayer íbamos con el chambergo y ayer nos sobraba la piel. Quizás sea esa la excusa… El caso es que estábamos, nunca mejor dicho, en familia. Pocos pero bien avenidos. Y trabajadores. La tarde dio para mucho.

Para empezar, Carlos Cerdán, alumno aplicado y que se está trabajando con denuedo ser el primero de la clase, al día que lleva todos los ejercicios el tío, oye, y con buena nota, nos presentó su versión del cuento de Kafka “El jinete del cubo”. “El cubo de Yeke” es una historia que, aunque muchas veces contada, no deja de ser necesaria. Lo más impactante es lo no contado y las imágenes muy potentes y dramáticas, todas ellas relacionadas con el cubo que personifica la vida y la muerte en diferentes momentos del cuento.

“.. Según se acercaba al Land Rover el corazón me dio vuelco: traía el cubo de Yeke agujereado por impactos de bala. Nos miramos sin decir nada. Bajé del coche y me acerqué al lugar donde lo encontró. Vi un rastro de sangre, lo seguí unos metros hasta que desapareció. Miré hasta donde me alcanzaba la vista. Nada, no había nada. Volví al coche y guardé el cubo ..”

XHP-1320El siguiente cuento que leímos fue el de Paco Plaza, “Formas de desaparecer”. Una vez más, la imaginación portentosa de nuestro físico ha dado luz a una de sus criaturas: la re-escritura de su anterior cuento “Las preguntas obvias” mezclado con los penúltimos deberes, que son la versión del cuento de Kafka. Hay muchos temas incluidos en el relato, tantos que al final resulta confuso. Aunque está bien contado y la narración es fluida.

“… El cielo era una preciosa pintura de rojos, naranjas y malvas; Gloria, totalmente desnuda, le miraba con esa cara de viciosilla que le volvía loco; entonces apareció el cubo. Un cubo de plástico azul, descolorido en parte, con el fondo percudido por la suciedad …”

Aunque no sucedió en este orden, dejo la sorpresa para el final, el último en leer fue Luis Marín. Su “Húmedo amanecer” responde al ejercicio del narrador en segunda persona. Ay la segunda persona. Qué problemas nos está dando. En este caso, hay un par de momentos en los que se escapa la primera y, ¡zas!, pues ya nos ha fastidiado los deberes. Eso no quita para que el cuento tenga un buen juego entre dos tiempos.

“… Volviendo a la noche, tenías que haberte visto la cara cuando te trajeron la cena. Estabas mirándote en el espejo del baño, cuando el auxiliar te anunció que te la dejaban en la mesa. Pasó como un fantasma, no viste a nadie, tan solo la voz que te anunció el evento. Estabas contando los cables que habían anudado sobre tu hombro derecho …”

Para terminar, tenemos nuevos deberes. El tema es metafísico: dios, la vida, la muerte. Y la tarea, completar un argumento: un profesor de filosofía universitario de mediana edad y atractivo, desencantado con la vida, con relación con una alumna y otra profesora, escucha una conversación de una tercera mujer que se queja de que va a perder la custodia de sus hijos por culpa de un juez; el profesor decide matar al juez y se siente bien. A partir de aquí, chicos.

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La librería. Por Francisco Plaza Nevot.

Entre libros nadie puede sentirse solo.

Hace tiempo que no voy al cine, disfruto mucho más con los libros, pero el otro fin de semana, por motivos que no vienen al caso, mi hermana me dejó a su sobrina de nueve años, Patricia se llama la criatura y, lloviendo como llovía, hice caso de su propuesta de ir al cine a un centro comercial. El caso es que la niña quería ver una película de superhéroes; yo me resigné y no puse ninguna pega a que ella misma pidiera las entradas. Me deje guiar hasta la sala, ya que para mí todo aquel entorno era desconocido, y la pequeña parecía que sabía muy bien lo que hacía. Justo cuando entramos se apagaban las luces y comenzaba la película. Yo creía que mi sobrina se refería a otro tipo de superhéroes, pero hete aquí que el filme  trataba de una mujer sola que quería abrir una librería en un pequeño pueblo que, por demás, me traía efluvios de Joyce. Me empezaba a caer bien la niña. La protagonista, una tal Florence Green, que me recordaba a veces a una Ingrid Bergman en blanco y negro, además se enfrentaba, tímida, educada y sin ningún tipo de armadura, a los poderes fácticos de la villa. Defendía contracorriente y con argumentos contundentes la materialización de sus sueños que no eran otros que los de aprovechar un viejo edificio para abrir una librería. Eso sí que es un ser fantástico y no uno que puede volar porque ha venido de otro planeta (¿qué merito tiene eso?). Para mayor sorpresa mi querida amiga Florence se interesaba por un viejo aislado y cascarrabias al que nadie se acercaba en el pueblo y con el que, no sé porque extraña razón, me sentí inmediatamente identificado; y lo hacía sin hacerse invisible y sin atravesar las paredes. ¡Increíble! En el momento álgido la protagonista atacó al pueblo entero poniendo a la venta, no me lo van a creer, ¡síiiii! ¡Lolita de Nabokov! ¡Bua! Se me saltaron las lágrimas. Y no solo eso, además mi adorable y entrañable Florence, sin ningún tipo de poder telequinético, se preocupaba por inducir el gusto por la lectura a una niña como mi sobrina, quien, por cierto, a la media hora de empezar y tras oírla quejarse un rato por no sé qué, se quedó dormida en el asiento; debía de estar cansada. No contaré el final, porque es sorprendente, pero si diré que es aleccionador. Todos los actores me parecieron de mi vieja época, interpretando a personajes  salidos de películas de  Douglas Sirk o Frank Capra. Fantástico. Estaré atento a otros trabajos de Isabel Coixet. Pero lo que más cautivó es que descubrí que algunas escenas están grabadas en la antigua fábrica de Anís del Mono ¿se puede pedir más? Cuando terminó la película mi sobrina estaba muy enfadada; resulta que no era esa la película de superhéroes que quería ver, que nos habíamos confundido; que ella había comprado entradas para una que era algo como “la Liga de una Jueza”  (vaya cosa más rara, usar una liga como arma, pero se ve que están más en auge las superheroínas  que los superhéroes). Bueno, tal vez la acompañe a verla otro día vista la agradable experiencia. Mientras, me deleitaré recordando a mi delicada Florence luchando con amabilidad y buenas palabras contra todos y contra todo.

Francisco Plaza Nevot es miembro de la asociación Primaduroverales.

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Si hay una oportunidad en la que todos los escritores se pueden sentir iguales es una feria del libro y, de todas, la Feria del Libro de Madrid es la estrella. En dos casetas contiguas se pueden encontrar firmando un escritor novel y uno consagrado. Las colas no serán las mismas para uno y otro, claro que no, pero lo indudable es que los dos serán vecinos de firma y durante un rato dispondrán de las mismas oportunidades. La Feria es una gran ocasión para que el escritor que comienza se dé a conocer.

Pero esto se puede acabar. Este año 2018 la comisión organizadora de la Feria del Libro de Madrid ha decidido que no podrán participar los especialistas en facsímiles, mientras que el año pasado ya decidió que las editoriales que se dedican a la autoedición quedasen fuera. ¿Qué significa esto?

En España no es fácil publicar. El escritor que empieza lo tiene muy difícil para encontrar una editorial que apueste por él. En caso de que lo haga se tratará de una editorial pequeña, independiente, a la que le cuesta un mundo abrirse paso entre las grandes editoriales o bien será una editorial que le exija el pago completo de la edición o, al menos, la coedición. Es decir, en las editoriales de autoedición el escritor paga por publicar y en las pequeñas cuesta un mundo meter la cabeza.

Pero este largo camino tenía por fin su recompensa cuando al escritor, aunque fuese gracias a una de estas editoriales de autoedición a las que ahora se les niega la presencia en la Feria del Libro, le llegaba su día de gloria, su día de firma en La Feria del Libro. Esta oportunidad, desgraciadamente, parece que se está terminando.

La imposibilidad de que las editoriales de autoedición participen en la FLM no es el único problema para los escritores desconocidos. La guerra que se ha iniciado entre libreros y editores se puede llevar por delante a los escritores novatos. Los editores que participaban este año en la FLM han pasado de 324 a poco más de 200, y 50 casetas de las que contaban con cuatro metros pasarán a tener solo tres. Esta reducción afecta a los editores, no a los libreros, por lo que el espacio de editores se ha reducido en casi un 40%. Las editoriales pequeñas que no cuentan con títulos suficientes (se exigen más de 320 títulos para poder optar a una caseta propia) se tienen que unir para compartir una caseta de tres metros. El tiempo dedicado a la firma de autores también se ha reducido. Solo se permitirá más de una hora de firma a aquellos autores que tengan una larga cola. La consecuencia es que las editoriales independientes no tendrán ni tiempo ni espacio para promocionar a sus escritores. Todo es muy literario: cuestión de tiempo y espacio.

Los libreros y las grandes editoriales celebran estas medidas, pero los editores independientes, las pequeñas editoriales, se ven claramente perjudicadas y, con ellos, los escritores nuevos que han encontrado su hueco en una de estas editoriales independientes.

De seguir así solo habrá sitio para los autores famosos, para los personajes conocidos de televisión, para aquellos que tengan una legión de seguidores detrás. La igualdad de oportunidades se acaba. El escritor grande se come al chico. Suele suceder, ¿no? Me refiero a eso de que el grande se coma al chico.

Manuel Pozo Gómez es miembro de la asociación Primaduroverales Grupo de Escritores. Es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Mar de relatos (Editorial ECU). También ha sido el coordinador del libro RRelatos HHumanos (Lid editorial).

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Este lunes publicamos el relato ganador del II certamen Madrid Sky. Su autor fue Santiago Eximeno, un gran autor de relatos fantásticos que, fiel a su estilo, resultó vencedor de la segunda edición de nuestro certamen con el bellísmo relato titulado A su lado. El esta segunda edición la frase elegida para comenzar los relatos fue Por segunda vez en lo que va de noche, llora.

Bases del V certamen literario Madrid Sky

A SU LADO

(Santiago Eximeno Harnampérez)

Relato ganador del II certamen Madrid Sky

Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Antonio tarda menos de un minuto en levantarse de la cama y acudir al cuarto de María, su hija, pero cuando entorna la puerta ella ya ha callado. Como siempre. La misma rutina que se repite todas las noches desde que encontró a Alicia en la bañera.

En la habitación de la niña hace frío, y Antonio se frota los antebrazos desnudos antes de entrar. Sabe que Alicia, su mujer, está allí. Como siempre. Nunca ha sido capaz de llegar antes que ella a atender a la niña, y por lo que parece eso no va a cambiar. Alicia le sonríe cuando le ve allí, parado en el umbral, con ese esbozo de sonrisa que tanto le entristece. Pero Antonio no protesta, no le reprocha nada. Se limita a quedarse allí, apoyado en la jamba de la puerta del cuarto de su hija, mientras ve cómo su madre la sostiene entre sus brazos, cómo la acuna, cómo le susurra palabras en su oído. Palabras que él no entiende, que prefiere no entender.

María tiene los ojos cerrados, se deja querer. Tiene el chupete en la boca y succiona de esa forma tan característica, tan adorable. Todavía no ha cumplido un año, y Antonio ha pensado varias veces en volver a ubicar la cuna en su dormitorio. No lo hace porque fue una decisión de ambos llevar a la niña a su propia habitación, y no quiere entristecer a Alicia. Eso dice. Eso quiere creer. La realidad es que tampoco se siente con fuerzas para encontrarse con Alicia en su propia cama todas las noches. Allí, en el cuarto de la niña, sentada en la mecedora, con María entre los brazos, se la ve hermosa. Si estuviera más cerca, si pretendiera tocarle, Antonio sabe con certeza que echaría a correr.

María se queda dormida y Alicia la deposita con cuidado de nuevo en la cuna. Mientras lo hace le sonríe, esa sonrisa triste desdibujada, y cuando termina levanta la mano izquierda en señal de despedida. Antonio puede ver las cicatrices en forma de cruz en su muñeca desnuda, porque Alicia está vestida con la misma ropa que llevaba cuando la encontró, hace ya más de dos meses, tumbada en la bañera, medio sumergida en el agua turbia. Solo lleva puesta su ropa interior, y su presencia en el cuarto de la niña es perturbadora. Alicia se despide de nuevo y después, ajena a la gravedad de la situación, simplemente se desvanece. Como si nunca hubiera estado allí.

La temperatura del cuarto asciende con rapidez varios grados, y Antonio se decide, entra y acaricia la cabeza de la niña antes de salir de nuevo y cerrar la puerta tras él.

Vuelve al dormitorio, se tumba en esa cama que ya no es de ellos, sino suya. Una cama demasiado grande, demasiado vacía. Piensa en Alicia. En su sonrisa triste, en su perenne tristeza, en su depresión. Y por segunda vez en lo que va de noche, llora.

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La tarde de ayer nos ofrecía un aspecto de primavera otoñal (¿o sería de otoño primaveral?). Y no se me asusten si les cuento que la cosa en el Taller empezó como acabó, a guantazos. No hubo heridos, tengan en cuenta que somos gente muy pacífica. Vayamos por partes.

el-cubo-de-aguaEmpezó Juan leyéndonos su ejercicio sobre imitaciones a Kafka. Lo hizo con el relato ‘el cubo de plata’. Sobrecogió a más de uno la historia. Alguien, sin saber que de que iba el ejercicio, lo llegó a calificar de extraordinario. No se hable más, ahí va un extracto:

“… el cubo, boca abajo, lo utilizo como silla, pero el brasero se ha convertido en un trasto inútil … // … el piso estaba desamueblado, como ahora, pero el cubo lo tenía boca arriba y lleno de ilusiones …

Los guantazos, antes aludidos, tenían que ver con un ejercicio que se hiciera de forma rápida y consistente en un micro-relato que empezara con la frase “Entonces mi padre me dio un guantazo …”. Y es aquí donde se leyó el primero, a cargo de Carlos Cerdán, titulado ‘El guantazo” (Carlos a ver si te curras un poco el título). Propongo que los que no lo hayáis hecho aún, leáis como acaba. El resto de los ejercicios se leyeron al final, como luego veremos.

islandDiego Rinoski nos trató de devolver al asunto kafkiano. A través de su relato ‘Versión ultramarina’ y realizado en segunda persona, nos presentó a un náufrago algo peculiar, que también tenía un cubo en su isla. Independientemente de la calidad habitual de Diego en sus textos, y este no era una excepción, hubo un intenso debate sobre el tema de la segunda persona. Siempre plantea dudas la utilización de este narrador de forma correcta y para ayudar a la concurrencia se terminó leyendo un extracto de la magistral obra de Carlos Fuentes “La muerte de Artemio Cruz”. A ver si por fin … Mientras tanto, un trocito del cuento de Diego:

“… tu cama es la huella que dejas en la arena al tumbarte; tu mayor tesoro es un cubo, un cubo amarillo de juguete que apareció un día en la playa, después de una tormenta. Aquel día fue unos de los mejores que recuerdas en la isla …”

001-slapY sí, ahora sí, ya al final de la clase se leyeron los micro-relatos restantes que debían empezar con la frase ‘Entonces mi padre me dio un …’. Juan Santos, que hacía doblete en la tarde de ayer, nos leyó su contribución. Y no es porque sea Juan, pero nos partimos de risa. Después hicieron lo propio Paco Plaza y Lourdes. Ambos tocaron también la fibra humorística.

Para acabar, Sonia Gasteiz, se estrenó en el Taller aprovechando este ejercicio, con un micro-relato que tituló ‘Miedo’. Siguiendo la costumbre histórica, no hay comentarios críticos cuando uno lee la primera vez. ¡¡Bienvenida, Sonia!!

Aaaahhhh, nos nos olvidemos que en el tiempo “post-talleriano“, nuestra compañera Olga nos presentó su creación enológica ‘Broncas’. Apunta maneras, después de la cata. De momento consiguió un montón de adeptos para futuras añadas.

Y esto es todo por hoy, amig@s.

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