Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 30 octubre 2019

A continuación, podemos leer el relato íntegro, de nuestro compañero Juan Santos, que resultó ganador del XVII Certamen Literario “Lorenzo Serrano” Vinos de La Mancha, organizado por la Denominación de Origen La Mancha.

Juan Santos Premio VI

“La caja de puros”, de Juan Santos

Sabes que el abuelo fue jornalero y la abuela ama de casa. Hoy te contaré algo más sobre sus vidas y sus ilusiones.

El afán de mi padre era tener una viña propia y el sueño de mi madre, una salita de estar. Durante muchos años se vio obligada a estirar de forma milagrosa un mísero jornal que le entregaba mi padre. Bueno, todo el jornal, no. Una parte del mismo nunca formó parte del estiramiento. En lo más recóndito del almario guardaba una caja de puros donde iba apartando la cantidad destinada para comprar la viña. Era lo primero que hacía. Con el resto del dinero se buscaba las mañas para llegar a fin de mes. La comida era primordial, por eso en ropa se gastaba lo imprescindible y sólo cuando no podía pasar por otro punto. Lo de comprar la salita iba para largo. Teniendo otro escondite secreto, como lo tenía, raras veces sisaba algunas pesetillas. Más bien ocurría todo lo contrario, con frecuencia echaba mano a su nido para salir de algún apuro. Tampoco tenía valor para comprar los muebles a plazos como habían hecho algunas de sus amigas. Pero ella no perdía la esperanza, algún año con la ayuda de Dios le llegaría el turno a su capricho. No pasábamos hambre. Jamás nos faltó un trozo de pan en la mesa, ni recuerdo nunca haber cenado sin vino. Siendo los guisos de patatas escasos en aceite y generosos en agua y ajos sabían a gloria, sobre todo si llevaban algo de carne de pescuezo o una raspa de bacalao. A partir de San Antón las gallinas empezaban a poner y eran deliciosas las tortillas que hacía mi madre. Todos los años engordábamos un cerdo. La matanza era fundamental. Tener un jamón colgado en la pared y dos ladrillos de tocino en la despensa nos daba tranquilidad. Si además la orza estaba medio llena de chorizos, de morcillas y de lomo, no había mayor placer que hurgar con la paleta entre la pringue para sacar la pieza deseada.

Éramos pobres, pero nos conformábamos con lo poco que teníamos. Mi madre daba gracias a Dios todos los días por tenernos en el mundo con salud y con trabajo. Eso no quita que nos diéramos cuenta de que las familias que tenían viñas con buenas cosechas, vivían mucho mejor que nosotros. Mi padre lo sabía, por eso no cesaba en su empeño. Nadie de sus antepasados había tenido un majuelo y él sería el primero en conseguirlo.

Vivíamos en una casa destartalada de muchos vecinos. A nuestra morada se entraba por el patio. Tenía pocos lujos, pero siempre estaba ventilada y limpia, con el humero de la lumbre blanco y la ceniza recogida. Mis padres dormían en una cama de hierro y latón heredada de mis abuelos. Una preciada reliquia a pesar del desagradable gruñido de sus muelles. Mi hermano y yo nos acostábamos en la habitación de al lado, uno a la cabeza y al otro a los pies en una cama turca de cuerpo y medio. La compartimos desde niños hasta que cumplí los diecinueve años que me vine a Madrid. Las dos camas tenían sus colchones de lana y su par de cobertores en invierno. Cuando el frío apretaba echábamos varios abrigos por encima y por dentro metíamos una botella de agua hirviendo para calentar las sábanas. Hacíamos la vida prácticamente en la cocina. Teníamos un infernillo para cocer la leche y poco más. Mi madre prefería utilizar la lumbre porque los guisos estaban mejor y no cogían sabor a petróleo. El único adorno de la pared era un almanaque. Casi siempre tenía imágenes de santos, menos el  año 1968 que la fábrica de gaseosas los hizo con el cuadro de La Vendimia de Francisco de Goya. Justo enfrente, sobre una repisa de madera a la altura de la cabeza, teníamos la radio con su antena y su voltímetro. Era de la marca Philips y para ser de segunda mano apenas hacía ruidos y no se le iba la onda. Por las tardes mi madre oía la novela y por las noches mi padre escuchaba el parte en radio nacional. Nos mandaba callar a todos. Tenía que enterarse bien del pronóstico del tiempo para preparar el capote o no.

En casa no teníamos agua corriente ni colector. Nos lavábamos como los gatos en una palangana blanca llena de porcinos. Para otros menesteres el corral con el basurero colectivo estaba siempre a nuestra disposición.

Mi madre lavaba en la pila de piedra que había en el patio. Normalmente utilizaba agua del pozo para la ropa de color. Para la blanca gustaba darle el último aclarado con agua de la fuente. Por eso era preciso que mi hermano o yo echáramos un par de viajes con los cubos antes de ir a la escuela. Tampoco teníamos televisor. Para ver el futbol o los toros tenía que ir al bar de la esquina y no siempre me dejaban entrar. La mayoría de las veces el muy borde del camarero nos espantaba a los muchachos enchufándonos en la cara con el chorro de un sifón. Yo estrené pocos pantalones y jerséis. La ropa que se le iba quedando pequeña a mi hermano me quedaba perfecta a mí. Zapatos sí gasté unos negros seminuevos con punta en cola de golondrina y agujerillos por arriba. Me los dio mi tío que era cartero y le apretaban para repartir.

Mi padre tenía una bicicleta bh comprada con el dinero que le dieron por una borrica vieja que vendió para la carne. Durante muchos años fue su medio de locomoción para ir al campo. En tiempo de poda solía llegar al anochecer sudando con un saco de ceporros cargado en el portaequipajes. Así estuvo hasta que los jornaleros empezaron a comprarse motos. Mi padre para no menos se compró una mobylette. Con dolor de su corazón, no tuvo más remedio que coger dinero prestado de la caja de puros. Desde aquel momento la bici hecha un trasto pasó a nuestras manos. Le quitamos las agüerillas y le raspamos el barro seco de los bajos. Despojada de aparejos y bien  limpia parecía otra. Nos hizo mucha ilusión. Mi hermano se hacía el amo, pero yo también la cogía de vez en cuando, además era el que arreglaba los pinchazos.

Aquel año, mis padres estimaron que ya tenía cuerpo para ir a vendimiar. Mi hermano que ya estaba zapateado no necesitaba ir de pareja con mi madre. Esa temporada sería a mí, al que sacara de culero.

Imaginaba que trabajar en el campo era duro, pero no tanto. Casi todas las mañanas hacía frío, las cepas estaban llenas de escarcha y meter la mano entre las pámpanas era peliagudo. Mi madre se afanaba en acabar pronto su cepa para venirse a la mía. “Vamos que no muerden” me decía en voz baja. Después me animaba: “Sé fuerte y aguanta que el primer hilo es el peor”. Y no quiero ni acordarme de cuando llovía y el manigero nos aguantaba en el tajo hasta que estábamos chorreando. Menos mal que eso ocurría poco. Lo normal en esas fechas era que a media mañana hiciera muchísimo calor. Momento perezoso que mi madre resolvía dándome almendras peladillas. Me las dosificaba de una en una hasta la hora de comer. Cuando pillaba lejos el remolque para descargar, mi hermano me sacaba alguna espuerta que otra, aunque yo me negaba. No quería quedar como un blando ante toda la cuadrilla. Además el peso no era mi problema, lo más duro para mí era doblarme y cortar las uvas. En aquel código de honor, no estaba permitido ponerse en cuclillas. Aún recuerdo lo mucho que me dolían los riñones sobre todo al caer la tarde. A última hora cuanto más larga era mi sombra, más largo era el hilo para llegar a la punta. Confieso que empecé a odiar a mi padre por la maldita obsesión de comprar una viña, sabiendo él mejor que nadie lo mucho que había que penar.

Pero a él le daba igual lo que yo pensara y lo que yo sufriera. Encima, el dinero que ganamos aquel año mi madre, mi hermano y yo, se lo apropió como algo natural. Le vino muy bien para reunir la cantidad que le faltaba. Se salió con la suya. Había una postura en venta a un precio razonable a la que ya le había echado el ojo. En menos de una semana hizo el trato y la compró.

Lo perdoné porque era mi padre y porque el pobrecillo daba saltos de alegría. Se lo tomó con ganas. Trabajando como trabajaba, de sol a sol durante toda la semana, estaba como loco por que llegara el domingo para irse a trajinar a su viñeja.

En época de injerto, a mi hermano con catorce años y a mí con doce, nos hacía madrugar a las siete de la mañana para ir a echarle una mano. A mí me llevaba de paquete en la moto. Mi hermano nos seguía detrás con la bicicleta. Había tramos del camino, arenosos, donde patinaban las ruedas y era inevitable pasarlos andando.

Aquella navidad nos trajeron los reyes dos azadones un poco más pequeños que el suyo. Con uno de ellos, mi hermano descubría la planta para que mi padre la injertara y luego yo detrás con el otro la iba tapando. Tenía que hacer el panete con mucho cuidado para no estremecer la púa. A cada momento, teníamos que escupirnos en las manos para que el astil se agarrara a los dedos. Al final siempre acabábamos con las manos sangrando. “Es la falta de costumbre”. “Mirad como yo no sangro” decía con sorna mi padre mostrándonos las suyas plagadas de callos.

De todas maneras, he de reconocer que si no era necesario, como desarmentar o cosas puntuales, no nos complicaba a nosotros. Él prefería irse solo a quitar sierpes o a abrir cepas con la satisfacción que le daba trabajar en lo suyo, aun quitándoselo de sus horas de descanso.

La viña dio su fruto. Llegó septiembre y la vendimia. El hecho de que tuviéramos nuestra propia viña no fue motivo de que no vendimiáramos ajeno. Ese año, tenía experiencia y lo llevé mejor. No rechistaba al despertarme por las mañanas y era consciente de que éramos pobres y había que arrimar el hombro en la economía familiar. Contaba chistes y cantaba coplas cuando iba el primero y el día del remate fue una juerga para mí. Me sentía orgulloso de haber estado la altura de mi hermano y de cualquier persona mayor.

Al fin de semana siguiente, tocó ir a lo nuestro. Bastó el sábado y el domingo para vendimiarla entera. Juntamos cuatro parejas con nosotros, mi abuelo, mi tía y dos de mis primos. En familia daba gusto vendimiar. Íbamos más pausados, sin carreras y sin el estrés de quedarnos atrás. Recogíamos del suelo hasta el último grano y los cigarros eran más largos y relajados. Recuerdo aquellos días de trabajo como dos jornadas de excursión en el campo. El tiempo acompañó y todos compartimos con mi padre la alegría de haber cumplido el sueño de su vida.

Una noche cuando los primeros fríos desnudaban los sarmientos de la llanura manchega, mi padre se presentó en casa con un sobre lleno de billetes.

–Es el dinero de la uva. Toma guárdalos en la caja de puros –le dijo a mi madre.

Mi madre, sin rechistar y sin mostrar el mínimo entusiasmo, los cogió y los guardó en el almario. Enseguida volvió a la cocina.

– ¿Qué te pasa mujer? ¿Es que no te alegras? Cualquiera diría que lo he robado.

Mi madre esbozó una sonrisa.

–Estoy muy contenta. Perdóname que no lo demuestre. Lo has ganado a fuerza de sacrificio con el sudor de tu frente, como todo lo que ganas.

–Entonces… no entiendo tu cara de enfado.

–Es que  no tengo ganas de reír.

– ¡Alégrate mujer! Pronto compraremos otra viña y todo nos irá mejor.

Mi madre no pudo contener las lágrimas.

– ¿No te das cuenta que a mí lo que me hace ilusión es tener una salita de estar con un mueble bar, un tresillo y dos sillones?

– ¿Con dos sillones, dices?

–Sí, con dos sillones. Uno para que descanses tú y otro para que descanse yo.

Juan Santos

 

 

Read Full Post »

Por: Lourdes Chorro

El vuelo empieza muy genovés, la tripulación disimula los granos adolescentes con maquillaje, se abre la cabina y ves el pelo del piloto blanco como las nubes que os esperan en ese cielo que aún no habéis sobrevolado. La azafata os hace la demostración de seguridad con cara de crisálida. No entiendes su inglés, el tuyo es de supervivencia. Flotáis en esas costillas de las nubes que parecen dar cuerpo al cielo. En un duerme-vela el avión se aproxima a la pista entre las montañas y el mar, entre  montículos y valles. Aterriza y el mar se apodera de los dos lados del tren de aterrizaje. Silencios que duran lo mismo que una nota. En tu cuerpo adagios y presagios de una  caricia de colibrí.

genova 04aCamino al hotel, por mirar a dos ciegas relamerse un trocito de focaccia en la puerta de una forneria fantásticamente deprimida, casi te adentras en la estrechez de una calle con tres rótulos iluminados a plena luz del día que rezan: cerca, torna, gira. Un hombre descarnado te aborda y regresas de dos zancadas a la plaza, mientras las ciegas sonríen al infinito degustando su inacabable focaccia. Dejas la maleta y vas a comer una porción de esa focaccia. Sabe a boccone di cardinale. Comienzas a recorrer el casco antiguo. Los frescos del palacio San Giorgio dividido en dos como tantos corazones mitad medievo, mitad renacentista, son el primer regalo de Génova. Sobre los edificios pintados en las fachadas, historias con héroes, guerreros, princesas, todos al amparo de esas pequeñas iglesias que cada noble construía para su uso particular. Si miras a lo alto crees que estás viviendo una aventura mítica en otra época. La enorme bola de vidrio no se cansa de jugar a adivinar las vidas de tantos cómo suben y bajan de esos inmensos cruceros que fondean un día, de paso, en el puerto guiados por la Lanterna, ese faro que desde  el siglo XII ha guiado a varios de los mejores marinos de la historia. Mástiles fusas y semifusas como si una batuta los moviera. Un compás de pares e impares animan a este puerto aburrido de tanto turista mirón que solo está de paso.

Genova 03Ha sido una tarde de sol radiante. Ahora en la oscuridad de la primera noche no dejas de caminar sin rumbo fijo y ansías volverte a perder entre sus callejuelas llenas de ojos que fotografiar. La algarabía del puerto resuena en tus oídos como los truenos en la tormenta. Los rayos convierten la oscuridad en explosiones de luz, pegándose al calor del cristal igual que las salamandras. El dormitorio se ilumina, ahora sí ahora no, como si estuviera deshojando la margarita. En esa hora desierta en que te crees dueña de la ciudad, un silencio ligero como tu sueño se refleja en el espejo del agua de la fuente Ferrari. Tras el paréntesis del desvelo, de nuevo el sueño te acaricia. ¿Por qué en otoño necesitamos que nos quieran más?

Al día siguiente madrugas, te encanta hacerlo cuando viajas. Además es tu segundo día y los pares son tus favoritos. La acera emborronada como su salsa de nueces te guía por iglesias, palacios, edificios en esa decadencia que a primera vista inquieta pero después como todo lo bello engancha, incluso villas que añoran aquellos tiempos en que la ciudad fue importante. Podrías hablar de su Catedral San Lorenzo, pero prefieres hacerlo de San Giovanni de Pré que convive con magrebíes y paquistaníes. Normal, ya que estaba acostumbrada a acoger peregrinos del mundo entero. San Mateo y su plaza, o mejor dicho la de Los Doria, donde te sentaste y te hubieras quedado el día entero. Divagas: los Fieschi, los Doria, los Spínola y los Grimaldi; todo en poder de unos pocos ¡que premisa tan invariable! En Génova el tiempo revolotea de un siglo a otro sin dejar paso a la modernidad. Encuentras plazas en las que sin pestañear haces un promenade sous la peau; una droguería de especias con filtros de amor tal cual surtían efecto hace 200 años, pero no te dicen a qué edad surtían efecto. Los genoveses se abigarran alrededor de su puerto, les gusta vivir de cara al mar, sin separarse de él. Ese mar que nunca parece enfadado aunque lo esté. Los genoveses se semejan a su mar, a su Pandolce, su Dolce di rosa, alegres como su Rosolio. Recuerdas esos versos de Alberti “¿Cómo decirte, amor, en esta noche solitaria de Génova, escuchando el corazón azul del oleaje, que eres tú la que vienes por la espuma?” Génova extravagante, encantadora, alguna vez, no vas a decir que no, será mala pero poco refinada en el odio. Que ella como Clytie se transforma en girasol por los amores imposibles. Su muchedumbre callejera es como una carga de expansión. En “La Gaviota”, Chejov es tan certero cuando el doctor Dorn al ser preguntado por Medvedenko sobre la ciudad que más le gusta del extranjero contesta: “Génova – ¿Y por qué Génova? – Porque su muchedumbre callejera es magnífica… Sale uno de la fonda y ve toda la calle inundada de gente… Luego, uno se mezcla a esta muchedumbre, camina entre ella sin rumbo, de aquí para allá en una línea sinuosa…, vive uno con ella, se siente psíquicamente unido a ella, y empieza a considerar, posible la existencia de una sola alma mundial…”

Rendida vuelves al hotel deseando que amanezca el tercer día. Te espera Boccadasse, ese antiguo pueblo de pescadores a pocos metros del centro de la ciudad cuyas casitas colorean el mar con sus lápices Alpino. Casitas colgadas que desafían a los acantilados que tiene debajo. Suspendidas como si el aire las sostuviera. Te sientas a mirarlas. Ellas también te observan con ojos pintureros, extravagantes. Te quedas a la deriva en Boccadasse. Por la tarde en Villa Durazzo Pallavicini donde la elegía de la Divina Comedia se representa en una impronta de la masonería, paseas entre camelias y palmeras, colina arriba en busca de ese templo a Diana que está en el corazón de un lago custodiado por cuatro tritones.

Genova 02El día se acaba tan aprisa que sólo te queda tocar retirada y preparar el trayecto del día siguiente. Las ganas de ver el Sendero Azzurro de Cinque terre te pueden pero tienes que dormir. Tu cuarto día comienza y acaba en una estación de trenes donde la megafonía repite idénticas palabras en círculos concéntricos “allontanarsi dalla via gialda” Y piensas allontanarsi da un amore, allontanarsi nella notte… de esos colores que parecen pintados con una varita mágica que a pinceladas se balancean en tus ojos como nenúfares bajo la luna llena que va siempre por delante del tren. Está ahí, ¿no la ves? Se cuela entre los recovecos de este tren que se aleja en línea recta porque recto es el camino de vuelta a Génova, mientras ligera, ingrávida te alejas como si te alejaras del centro de la tierra. Aunque sean cinco pueblos, los acantilados que los bordean hacen que a lo lejos te parezcan islas abiertas al mar como amantes primerizas. Entonces, quién sabe por qué, recuerdas la Metamorfosis de Ovidio: «Qué lugar, dijo, y con el dedo lo muestra, y la isla qué nombre lleva aquella, enséñanos; aunque no una parece». «No es, dice, «lo que divisáis una cosa: cinco tierras yacen como si el mundo se hubiera vuelto a poblar tras el diluvio”. ¡Los enamoramientos tantas veces acaban en tragedia aunque la de los héroes la pinten poética! Quizá Perimele ignoraría la suerte que corrieron las cinco náyades convertidas en islas por haber despreciado al rio Aqueloó. El primer sueño y una pesadilla te convierte en isla. Pasas toda la noche en un eco del mar.

Te levantas y aún no puedes olvidarlas. ¡Quién podría olvidar un lugar donde confitan pétalos de rosa y violeta! Lo consigues visitando el Palacio Rojo, Palacio Blanco, Palacio Ducal, Palacio Real, Palacio Spinola. Comiendo este quinto día te enteras de que Dante y Guy de Maupassant estuvieron en Portofino y allí te vas sin más en su busca sin pensarlo dos veces. Camino de Santa Margherita, en cada parada del Interciti un hombrecillo limpia a ciegas los asientos que quedan libres en el vagón quizá para no ver el color del paño con el que lo limpia. Santa Margherita, solo de paso para coger el autobús a Portofino aunque en ella naciera Sbarbaro el poeta, que como a ti, le gustaba escribir las sensaciones que le inspiraban las cosas pequeñas. Llegas al atardecer. El mar color lapislázuli. La luna  sale antes de que, se ponga el sol, pero el rastro de ellos sólo lo encuentras en una placa del puertito. Te conformas. Esperando el autobús de vuelta ves un jeep aireado y sin puertas con dos cuerpos morenos al lino blanco que atraviesa la piazzeta seguido sin distancia de seguridad de tres monovolúmenes con cristales ahumados. Frenazo y comienzan a, salir como del árbol de la vida sin engendrar jóvenes atléticos que envuelven, cuesta abajo camino del puerto a los dos cuerpos de blanco lino. No puedes por menos que, perseguirlos embozada bajo los soportales. Un barco marrón plateado atracado en el puerto los engulle. Resultan dos jeques Árabes. Dante te había enviado esta humana comedia del siglo XXI.

Sexto día: Visitas la Villa del Príncipe, il Castello d’Albertis donde los ojos del capitán se perdían viendo desde lo alto la ciudad. Senza nostalgia, no como la desafortunada esposa de Oscar Wilde, Constance, que se refugió en Génova de los escándalos de su esposo, miras la nubes. A veces se mantienen encima del mar varadas como sirenas, otras se quedan lejos detenidas a la espera de poder adentrarse en la ciudad disimuladamente. Solo esa tarde tuviste una tormenta, el resto un sol que parece que no conociera ocasos ha sido el padrino absoluto de la ciudad. Deambulas por la ciudad. Las Torres de la Puerta Soprana, el inabarcable laberinto del casco antiguo. Callejuelas que se precipitan como cataratas al mar. En algunos ángulos y frisos San Giorgio con su caballo aplastando al dragón mientras éste espera que alguien le saque del olvido. A veces, por descuido o adrede, dejan una puerta abierta y puedes ver ese jardín que muchas casas ocultan como a un amante que no quiere dejar de serlo. Chirría el elevador y casi os quedáis atrapados. No te sientes okupa, te crees propietaria de cada rincón, cada calle perdida, cada plaza, cada palacete decrépito pero bello, digno. Bajo el agua como en todos los mares habrá plásticos convertidos en despojos verdes pero arriba la vida se balancea al compás de las olas. La noche no detiene esa quimera de alegría y algarabía que envuelve a la ciudad. Una quimera de alegría ecos y risas que se despeñan calle abajo porque siempre hay una calle abajo y luego una arriba de regreso.

Has dejado atrás sotavento. Todo te parece venir de barlovento porque el viento siempre está a favor de Génova. Viento de poesía a orillas del mar, noches de poesía, caminos poéticos, descubrir Génova con los ojos de un poeta. Poder asistir a su festival de poesía en junio sus “Parole Spalancate” (Palabras de par en par). Escribir un poema mientras te inspiras con un helado de chocolate a la pimienta. Un solitario poema que dejará de serlo cuando lo leas. Génova torbellino de metáforas, turba de aliteraciones, alegoría titánica. Génova de la que Lope de Vega dijo que “un día vino a ser  tan rica y temida” que “La soberbia fue llamada”. Esta Génova del dios Jano y no eres tú la que así la llama sino Cervantes. Cenas en De María, una casa con habitaciones transformadas en comedores, mientras la brisa-vals en tres tiempos mece los manteles de cuadritos rojos en el tendedero. Pansoti con salsa de nueces, trofie al pesto y encuentras la coartada perfecta para saborear unos camogliesi rellenos de crema pastelera al ron de esa que te induce al sueño.

Séptimo día y no por ello descansaste. Camino a Nervi, en la lejanía Génova es una impresionante vista panorámica. Es tu penúltimo día. Paseas por sus jardines y encantadores museos. De regreso en este último anochecer tus pies se aproximan al nivel del mar y esperas paciente. Aún no es hora, pero esperas. La sonrisa del mar te adormece. Con suerte hoy saldrá el rayo verde. ¡El sol está tan cerca de ese horizonte paciente como un dromedario atravesando desierto! Empieza a caer, tus ojos abiertos como un bulbo florecido; no consientes que parpadeen. Al fin el sol cae, va a desaparecer, se pone y un fogonazo de rayo verde estalla en el azul enfurecido del cielo. No quieres que las ondas del agua cambien de dirección. Te das la vuelta y de regreso al hotel ves el reflejo del brillo púrpura de las fachadas del mármol en su mejilla y sientes nostalgia sin haberos marchado ya de allí. Y comprendes que el mar de Génova se ha apegado a ti como la arena en tu cara humedecida por dos lágrimas, la que ella nunca derrama y la tuya.

Ahora, en el avión, mientras escribes esta crónica, temes que estos recuerdos como una rima intercalada sin técnica de movimiento poético que los ampare ni censor que los depure, se conviertan en una quimera. La chica que nunca sonríe a la derecha, la que nunca cesa de sonreír a la izquierda y tú como una mujer a contraluz con el sol cayendo a su espalda llevas en la mano una nube que recorre el cielo e imploras que este avión del regreso se niegue a aterrizar.

 

Read Full Post »

El mono científico

A voz en cuento

Monos

Además de ser un maestro de la aventura y el misterio, Robert Louis Stevenson, autor de “La isla del tesoro”, nos demuestra con este “El mono científico” que también se desenvolvía sin problemas por el terreno de lo sarcástico. Ideal para tiempos transhumanistas…

Puedes escuchar el audio en este enlace.

Música: Haydn-Piano Sonata, Hob Xvi-49, Ii-Adagio E Cantabile.

Ir a descargar

Ver la entrada original

Read Full Post »

Por: Vicente Moreno

La última película de Alejandro Amenábar evidencia el progreso técnico de su cine desde el punto de vista fílmico. Una extraordinaria fotografía de Alex Catalán, patente desde el plano inicial de una bandera descolorida que se va revelando en los tres colores de la enseña republicana, hasta les escenas de interior de las habitaciones oscuras en la casa de Unamuno o las dependencias de la Universidad de Salamanca. También destaca un gran trabajo de ambientación histórica demostrando que la industria española puede rodar grandes superproducciones equiparables a cualquier cinematografía.

Sobresale el gran trabajo de los actores Karra Elejalde como Unamuno en un registro más contenido de lo habitual en él y Eduard Fernández que desaparece en el papel del histriónico Millán Astray, sin desmerecer la actuación del resto del reparto. Para el guion Amenábar ha contado en esta ocasión con el cubano Alejandro Hernández, ganador de un Goya al Mejor Guión Adaptado por “Todas las Mujeres” en lugar de su colaborador habitual Mateo Gil.

MientrasLos espectadores que esperen ver una película de guerra con batallas y bombardeos se verán defraudados porque el objetivo de su autor no es tanto dar su versión sobre el conflicto, como reflexionar sobre el papel del intelectual inmerso en él. No se ven matanzas ni fusilamientos en pantalla aunque se habla de ellos y aparecen cadáveres en las cunetas. La narración de Amenábar es fría, objetiva pero no equidistante entre los dos bandos, el relato de los entresijos del golpe de estado de Franco muestra un grupo de militares más interesados en conseguir el poder que en las consecuencias de iniciar una guerra civil. Del bando republicano no aparece ningún dirigente importante pero su punto de vista está representado por los personajes del cura anglicano y el catedrático socialista. Y entre los dos bandos se erige la figura de Unamuno como la representación del intelectual, comprometido sólo con la razón.

El escritor y ensayista vasco es el protagonista de la película, en la que vemos su evolución desde la aceptación inicial del golpe de estado, que él supone va a ser un golpe de timón a la deriva socialista del gobierno del Frente Popular que le había destituido de su cargo de Rector de la Universidad, hasta la denuncia final a los golpistas que le valió una nueva destitución por parte de los franquistas.

Es, por tanto un relato de la vertiente política del escritor pero también de la biografía personal de este hombre lleno de contradicciones, lo que se refleja claramente en su obra literaria, en su relación con sus hijas y nieto, o con las esposas de sus amigos represaliados. Es este ámbito más cercano y familiar destacan los personajes femeninos que, como en todas las guerras, sufren las consecuencias de las guerras iniciadas por los hombres.

Vicente Moreno

Read Full Post »

The Joker, reseña

Por: Paco Plaza

Quien vaya a ver The Joker que no espere una película de superhéroes. Nada que ver. Entre otras cosas es un descarnado retrato de la maldad humana y de esa incomprensión de las enfermedades mentales que tenemos en nuestra sociedad; como se dice en el film: “lo que se la sociedad espera de un enfermo mental es que no se comporte como un enfermo mental”.

Joker 01Arthur Fleck, el personaje interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix,  padece enuresis risosa; trastorno que le hace reír incontroladamente, incluso en los momentos más inoportunos en los que una carcajada es justo la reacción contraria a lo esperado. Arthur acepta su enfermedad y busca una ayuda que no recibe de la sociedad en la que malvive. A pesar de todo es, podríamos decir, bueno, un bueno Machadiano. Cuida con cariño de su madre, su sueño es hacer reír a la gente, trabaja de payaso de anuncio y trata, inocentemente, de ser un cómico de monólogos (a pesar de su evidente carencia de aptitudes) y, como todo hombre, desea una compañía amorosa por la que su extrema timidez le impide luchar.

La sinfonía de golpes de todo tipo que Arthur recibe nos lleva a ver la  conversión de Arthur en The Joker como algo lógico, al igual que la evolución de la población de Gotham hacia una horda violenta que clama por las injusticias y las diferencias sociales. Alguien podría ver en esta película una apología de la violencia; una justificación. Pero no, no es eso, el film nos enseña que la violencia es la cloaca de la humanidad y que cuando “el dolor de la muerte no puede ser mayor que el dolor de la vida” y ya no hay nada que perder es cuando el hombre se convierte en un animal peligroso.

Joaquin Phoenix suele dar a sus personajes una pátina de lánguida melancolía (recordémosle en Her, o en El Bosque, o en Señales) y muchas veces cierta inexpresividad (como el Kómodo de Gladiator). Pero en esta ocasión su personaje está lleno de matices, contradicciones, escenas que le transportan por una increíble montaña rusa de sentimientos; no solo nos habla con la voz o el rostro, Phoenix nos habla con todo el cuerpo; todo él nos habla de lo atormentado que está. Mas cuando marcha hacia su “liberación final” nos deleita con un baile bajando unas escaleras en el que derrama felicidad en cada gesto. Es la catarsis. Ya no hay marcha atrás.

The Joker es una película para saborear lentamente, de esas que hay que ver varias veces. Muy recomendable. Parece mentira que su director, Todd Phillips, haya hecho hasta la fecha principalmente comedias, algunas buenas otras no tanto, como la serie de Resacón en las Vegas o Salidos de cuentas. Bienvenido sea el nuevo Todd Phillips.

El resto de los personajes, todos secundarios, quedan eclipsados por Phoenix, incluso Robert de Niro, que realmente aparece haciendo de sí mismo.

Paco Plaza

Read Full Post »

Por: Luis Marín

La bruma matutina atraviesa el valle y da un toque fantasmagórico al paisaje. El olor a tierra mojada recuerda la lluvia caída durante la noche. El regato que transcurre por delante de la casa transmite un rumor que ayuda a sentirse bien. Apoyado en la barandilla del balcón disfruta de los sonidos del campo que empieza a despertar. Eligieron ese destino después de leer la trilogía del Baztán atraídos por la descripción de sus bosques.

Baztan 01Las botas y los calcetines de montaña están preparadas junto a los pantalones llenos de cremalleras y las camisetas térmicas. La mochila con ropa de repuesto, las cantimploras de agua refrigerada por la noche y los bastones de senderismo. Todo está listo para acercarse a la cascada de Xorroxin. Es el nacimiento del río Baztán que cambiará su nombre en Oronoz-Mugaire, más allá de la localidad de Elizondo. A partir de ahí será el Bidasoa, el que pasa por Bera, donde la familia Baroja tuvo su residencia en la casona Itzea, a las afueras de la localidad. Allí residió el insigne escritor Pío Baroja y después su sobrino Julio Caro, reconocido historiador y antropólogo. Conserva una biblioteca con 30.000 ejemplares que les hubiera gustado visitar.

Baztan 02Comienzan la ruta en el centro del pueblo de Erratzu. Enseguida atraviesan varios regatos de agua cristalina. Las primeras praderas con almiares dispersos acogen ganado que pasta con placidez. Vacas, ovejas, caballos y ponis, dan buena cuenta de los pastos. Poco a poco se van adentrando en el bosque de hayas, castaños y robles que los protegen del sol que se va elevando. El silencio los envuelve a medida que avanzan por el sendero hasta que sólo se oyen sus pasos sobre las hojas que empiezan a alfombrar el suelo. El rumor del agua anuncia la proximidad de la cascada. Primero a su izquierda un riachuelo se abre paso entre las rocas formando una pequeña balsa de agua que hay que salvar pisando sobre las piedras. Unos metros más allá, el río cae en una cascada de cuatro metros formando una poza protegida por rocas. Allí sentados consumen los minutos escuchando la vida del bosque. El chasquido de las castañas que caen al desprenderse del árbol y abren su cáscara erizada les provoca algún sobresalto.

Baztan 03Conocen la leyenda del Basajaun (señor del bosque) y su pareja femenina Basandere (señora del bosque). Están tranquilos porque ellos, a su manera, también son protectores del bosque. Recogen los envoltorios de sus bocadillos y los guardan en la mochila, tienen que reemprender el camino hacia las cuevas de Zugarramurdi, famosas por los juicios inquisitoriales de la Edad Media. Raro es el pueblo de esos valles navarros que no se hayan visto afectados por aquellos autos de fe.

En el camino se encuentran con una comunidad de agotes asentados en Arizkun. Son un grupo social minoritario cuyos descendientes quedaron en áreas apartadas de los valles de Baztán y Roncal, en Guipúzcoa y el País Vasco Francés. Eran artesanos que trabajaban la piedra y la madera, posteriormente también el hierro. Durante casi ocho siglos fueron víctimas de discriminación socioeconómica. No constituían un grupo étnico ni religioso diferenciado. Su lengua y fe eran las de la población de la zona en que se hallaban, por lo que su condición de minoría social era exclusivamente fruto de la marginación.

Baztan 04En fin, al igual que los señores que protegen los bosques forman parte de la leyenda y, por qué no, de la mitología local.

Un museo compuesto por ocho bordas que contienen esculturas en madera, en un espacio de más de tres hectáreas con obras en piedra y metal, promocionado por el escultor Xabier Santxotena forman un museo al aire libre que bien merece una visita. En una de las bordas, una estatua en madera de Unamuno preside el espacio.

Las cuevas cársticas de Zugarramurdi, apenas a unos cientos de metros de la población, recuerdan los supuestos aquelarres que se llevaban a cabo. Akelarres o contrabando, que también eso forma parte de las leyendas y los mitos de estas tierras.

Read Full Post »

Por: Juan Santos

Cuando llevamos varios días con el otoño alojado en las calles de Madrid, ayer al aula de la clase, llegó la primavera. Al primaduroveral Manuel  le ha salido un retoño. Se llama Víctor Manuel Pozo y vino a leernos su relato ganador. Bajo el título de Joaquín Sabina, su trabajo fue merecedor del premio revelación en el Certamen Literario  José Luis Gallego, creado por la Asociación de Vecinos de Aluche y en colaboración con la biblioteca pública “Ángel González”.

Aunque ya lo habíamos leído casi todos los presentes, fue un placer escucharlo de su voz y aplaudirle al terminar por la calidad en el fondo y la forma del relato, a pesar de su corta edad. Inspirado en un viaje con la banda sonora de Joaquín Sabina. Las primeras líneas ya enganchan:

Sabina“Acaba de finalizar el puente de marzo y la operación retorno hacia la capital ha comenzado. Un Citroën gris avanza lentamente, sumergido en uno de los inmensos atascos de la A4, con un matrimonio de cincuentones y sus mellizos adolescentes, que pasan por poco de los diecisiete. El padre va conduciendo con el codo apoyado en la ventanilla. Apenas avanzan. Van todos callados, escuchando, o haciendo que escuchan a Joaquín Sabina, cuya voz resuena en el interior del coche. Es la misma música que llevan en todos los viajes, la misma música de siempre. Las veintitrés canciones que se saben de memoria de tanto repetir el disco, grabado por el padre años atrás”.

Al terminar la lectura, el chaval agradecido y arropado por la mirada orgullosa de su padre, nos habló de sus inquietudes y sus gustos musicales, formándose en la sala un pequeño debate sobre el “rap”, esa música callejera que incorpora rima, ritmo y jerga, que a decir de algunos pierde autenticidad cuando se comercializa. Antes de marcharse, todos le animamos a que siguiera escribiendo y él nos prometió que sí.

Después nosotros, nos pusimos a lo nuestro. Tomó la palabra José Sainz de la Maza para leernos su wiki numero 5 titulado La Patria. Una vez más nos sumergimos en el mundo mágico que nos tiene acostumbrados.  En esta ocasión, un globo de nieve se pone en movimiento con el giro de muñeca de una niña, creando un mundo de ilusión. Ruby se siente reflejada en ella. El trasfondo de la Navidad y el desamparo, dan al relato un tono desolado no exento de belleza.

Bola de nieve III“¿Se trata de un simple recuerdo hasta hoy perdido? No, es otra cosa. Ruby siente que esa niña a quien llama Robeina, de algún modo es ella misma y que el episodio que presencia es una vivencia incuestionablemente suya, hasta el punto de que cree adivinar lo que piensa la pequeña en ese preciso instante: que los copos flotan porque son mágicos, que en la aldea del globo viven seres diminutos como hormigas y que su mano es tan poderosa como un rayo. Siente incluso, como si fuera en el suyo, que en el paladar de la pequeña Robeina persiste el regusto del chocolate caliente que está segura de que ha tomado en una pastelería del River-in-mall.”

Llegó el turno de estrenarse Elvira Lorenzo López. Nuevas incorporaciones de este tipo son las que nos gustan. La chica ha entrado con paso firme. Ayer nos sorprendió con dos relatos, uno cortito y otro más largo, de esos que hacen pensar. Primero leyó el titulado En unas horas, donde una hija se siente impasible ante la muerte de su padre.

“En realidad… ocultaban un hecho que cada uno guardaba de diferente manera: en el caso de ella, un profundo desconocimiento de su padre. La enfermedad había comenzado siendo pequeña, y se formó una idea de la figura de su padre a partir de los recuerdos y comentarios de su madre, sus hermanos…; no siempre positivos. En ese instante se sentía desorientada: no sentía dolor, o lo que ella pensaba que debía sentir una hija en una situación similar ante su padre moribundo. Esa apatía se mezclaba con momentos de pena y preocupación, y una aparente indiferencia…”

Pas_de_deux_C-438160670-mmedA continuación, en la extensión de un folio escaso y con el título de Pas de deux, nos habló del desdoblamiento de una persona al morir. Según ella, se trataba de un experimento de un trabajo anterior. Resultó interesante.

Sirva esta entrada para dar la bienvenida a Elvira o Veriel, como ella prefiera que la llamemos, después del nombre genérico de primaduroveral.

Todavía quedó tiempo para que Paco Plaza nos diera un avance de su relato de ucronía. Ya habrá tiempo de entrar en harina, pero en principio promete. Su Antonio González tendrá la suerte de vivir varias vidas alternativas, todas abocadas, excepto la última, a un mismo destino, o como vulgarmente se dice: “vayas por donde vayas, bocadillos de caballas”

Read Full Post »

Older Posts »