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Posts Tagged ‘Carlos Cerdán’

El Día Europeo de la Música, se celebra el 21 de junio. El precursor de esta idea fue el músico norteamericano Joel Cohen en el año 1976, quien propuso que los grupos musicales tocaran durante los dos solsticios que se celebran cada año, el primero, el 21 de junio y el otro, el 21 de diciembre, lo cual se convirtió en un hecho a partir de ese mismo año, en Toulouse, Francia. Desde entonces la Fiesta Europea de la Música se ha ido extendiendo y desde 1982 se celebra oficialmente cada año el 21 de junio, días del solsticio de verano, para simbolizar la victoria de la naturaleza a través de este día festivo.

Con el Día Europeo de la Música se pretende un intercambio cultural entre los pueblos del mundo, cada uno con sus estilos y géneros musicales, crear espacios para que los profesionales de la música puedan mostrar su trabajo y compartirlo con el público y vivir la música como un entretenimiento que enriquece la vida y la hace más plena.

La aportación de PRIMADUROVERALES al Día Europeo de la Música es esta conversación entre Vicente Moreno y Carlos Cerdán, llena de secretos y experiencias personales.

Vicente nació en Valladolid. Es coautor del libro de relatos Madrid Sky, en el que publicó el relato El viento de la pradera, y del libro 2056 Anno Domini, en el que publicó el relato Catedrales. En 2018 resultó ganador del certamen de relatos breves Guindostán. Informático de profesión, es un gran lector y un apasionado del cine.

 

 

 

 

 

Carlos Cerdán trabajó en una empresa constructora de contable hasta que se jubiló. Desde el 2012 pertenece al taller de creación literaria Primaduroverales. Es coautor del libro  2056 Anno Domini.

La literatura y la música del siglo XX son sus grandes pasiones, a la que ahora ha añadido la de ser abuelo.

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En el taller de creación literaria de la asociación Primaduroverales estamos escribiendo el diario de un confinamiento. Cada día publicamos una página de este diario junto a un viaje musical. Esperamos, lector, que nuestros textos y nuestra música te acompañen. ¡Cuídate!

Diario de un confinamiento

Diario de confinamiento 32

Por Carlos Cerdán

Día 32. “Todo lo humano es patético. La fuente secreta del mismísimo humor no es la felicidad, sino la tristeza” Mark Twain.

Hoy hace la compra Encarna, anoto las cosas que necesitamos ¿ya has puesto los macarrones? me dice. Sí. Apunta, naranjas de zumo, azúcar, mosto… ¿mosto? pregunto antes de apuntarlo. Sí, menudo tiento le ha dado mi padre, apenas queda un culín. ¿Tú crees que se lo merece? Me mira con expresión de duda ¿Cómo dices? Que si crees… me corta expeditiva, te he oído perfectamente, es una pregunta retórica. Creo que me he metido en un campo de minas. Vale, lo anoto en la lista, una botella de mosto, digo en voz alta, pero ya había pisado la mina y explota. Acaso piensas que mi padre es un crio y hay que castigarle, lo que yo tenga con él es asunto mío. Muevo la cabeza afirmativamente, no quiero decir nada que luego pueda ser usado en mi contra. Apoya las manos en la encimera, aprieta los labios y respira agitada, se contiene. Yo, evito mirarla y apunto, arroz, me parece que hay poco, comento. Y cola cao, me dice con aspereza, no levanto la vista, aunque siento su mirada de fuego. Hemos terminado, le entrego la lista y la repasa como si quisiera aprendérsela de memoria. Con un respingo coge el carro de la compra y según se va me parece que murmura algo entre dientes.

He salido indemne del campo de minas y me pongo a teletrabajar. Llevo poco más de media hora cuando oigo llorar a la niña, salgo a ver qué pasa. Papá, grita Hugo, Sara se ha cortado con unas tijeras. Entro en su habitación y veo el dedo ensangrentado, yo no soporto la visión de la sangre y un leve vahído me obliga a sujetarme a la puerta. La niña llora y me lo muestra, ven, vamos al baño, le digo e intento no mirar la sangre. Pon la mano en el lavabo para no manchar mucho. Me pongo a buscar el algodón en el armarito donde guardamos las cosas de farmacia, saco todo, pero no lo encuentro ¿Dónde coño está? grito. La niña hace un paréntesis en su llanto, has dicho una palabrota. Ya, perdona, y vuelve a llorar. Cojo una compresa y se la pongo en el dedo a modo de venda. Esto es de mamá, me dice haciendo otra pausa. Sí, eso es una compresa, comenta Hugo, que está al lado de su hermana, en plan sabiondo. ¡Ya lo sé! exclamo. ¿Qué ocurre? pregunta Genaro desde la puerta del baño. Sara se ha cortado un dedo y se le ve el hueso, dice excitado Hugo. ¡Mentira, no se me ve el hueso! grita la niña y llora con más intensidad aún. Ana también está en el baño, que por momentos parece el camarote de los Hermanos Marx. ¿Qué le has puesto en el dedo? pregunta mi suegro. A ver, dame un poco de algodón, me dice autoritario. No lo encuentro, digo algo cohibido. ¡Mujer tráeme el botiquín! le grita a mi suegra que, poco después, aparece con un pequeño neceser con una cruz roja dibujada. Me recuerda al maletín de doctora que tiene mi hija. Genaro, saca un poco de algodón lo humedece con el agua del grifo y le limpia la herida. ¿Se le ve el hueso? pregunta expectante Hugo. No, solo es un pequeño corte, responde mi suegro, mientras le pone una tirita en el dedo. Ya está cariño, dice y le besa en la frente. Cierra el botiquín y me mira con suficiencia. Ana, se lleva a la niña ¿quieres que te haga arroz con leche de postre? Vale, responde. Yo también quiero, abuela, dice Hugo. Claro, cariño. Yo estoy a punto de pedir otro, pero me da vergüenza y me callo.

 

Carlos Cerdán trabajó en una empresa constructora de contable hasta que se jubiló. Desde el 2012 pertenece al taller de creación literaria Primaduroverales. Es coautor del libro 2056 Anno Domini. La literatura y la música del siglo XX son sus pasiones, a las que ahora ha añadido una más: ser abuelo.

 

 

Selección de la música: Pura de la Casa.

Leño. Maneras de vivir.

No pienses que estoy muy triste
Si no me ves sonreir
Es simplemente despiste
Maneras de vivir.

 

 

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En el taller de creación literaria de la asociación Primaduroverales estamos escribiendo el diario de un confinamiento. Cada día publicamos una página de este diario junto a un viaje musical. Los diarios serán nuestra ocupación hasta que podamos volver a reunirnos en nuestra clase de cada jueves para hablar de literatura y reanudar el taller. Esperamos, lector, que nuestros textos y nuestra música te acompañen. ¡Cuídate!

 

Diario de un confinamiento

Diario 11 confinamiento

Día 11. Hoy ha sido un día de mierda. Pasé una noche fatal, no sé si me sentó mal la cena o qué. El caso es que apenas dormí, le digo a Encarna que no me apetece hacer yoga y me quedo un poco más en la cama. Al levantarme, me entero que ha fallecido el padre de una amiga y se me desprende una esperanza. Arrastro mi tristeza hasta la ventana para ver la calle; llueve y hace frío. ¿Dónde coño está la primavera?

Los niños también se han levantado revueltos, durante el desayuno no paran de chincharse. Hasta que no lo soporta más, con la palma de la mano doy un golpe seco sobre la mesa y les grito que paren ya. Se sobresaltan, Sara, que es muy llorona, hace un puchero y sus ojos se llenan de lágrimas que no llegan a brotar, Hugo, sin embargo, frunce el ceño y se concentra en sus cereales. Encarna me mira entre sorprendida y molesta, pero no me dice nada. Tenemos un acuerdo tácito de no cuestionar delante de los niños el principio de autoridad.

Me siento mal, creo que me he excedido y deambulo por la cocina como un oso enjaulado. Encarna está en la habitación de Sara, consolándola, imagino. Cuando he terminado de lavar los cubiertos del desayuno aparece mi mujer con semblante serio. Perdona, le digo, creo que me he pasado un poco. No es a mí a quien debes pedir perdón, ¿no crees? dice sin perder la gravedad de su expresión. Asiento en silencio, pero dejo para más tarde el ir a disculparme con mis hijos.

Con el teletrabajo las cosas no mejoran, la conexión falla continuamente y no hay manera de hacer nada. Mi malestar crece, la imagen del desayuno no deja de punzarme. Me pongo a leer hasta que llegue la hora de la comida, aunque me resulta imposible concentrarme.

Ana, ha hecho arroz caldoso, a los niños les encanta. Es un guiso a base de arroz, judías blancas, codillo fresco, un hueso de espinazo, patata y morcilla de cebolla. Mientras Encarna sirve los platos yo bromeo con los chicos, intento demostrar que no estoy enfadado. ¿Por qué me cuesta tanto pedirles disculpas? Terminando de comer, a mi suegra se le cae un trozo de pan, lo coge y lo besa. Sara, sorprendida, le pregunta por qué lo hace. El pan es de Dios, contesta su abuela. ¡El pan es de Mercadona! exclamo yo. Un silencio gélido envuelve la mesa, mi suegro se desprende de la servilleta, que se pone a modo de babero, y se levanta mirándome con rabia. Me voy a echar la siesta, dice. ¿No tomas postre? Le pregunta su mujer con voz queda, pero no contesta. Encarna me mira con gesto de reproche, yo esquivo su mirada y me centro en el trozo de morcilla que estaba a punto de comerme antes de lo del pan. La corto en dos pedazos y me llevo uno a la boca, me cuesta masticar y aún más tragármelo, pero no me atrevo a levantar la vista del plato. Miro el trozo de morcilla que me queda y me surge una duda metafísica ¿me lo como o no? El dulce tono cantarín de Sara preguntando si queda más arroz me saca de mis absurdas elucubraciones.

Meto los cubiertos en el lavavajillas sin mirar la puerta de la cocina, concentrado en las bandejas, y siento la presencia de mi mujer que va y viene con las cosas de la mesa. Cuando está todo recogido se planta frente a mí. ¿A ti, qué coño te pasa? exclama con los brazos en jarras y mirada explosiva. Con un gesto indico que baje el tono de voz. Ella lo ignora y vuelve a preguntarme más irritada. La culpa es de tu madre, respondo yo también con tono de enfado, y de inmediato soy consciente de lo infantil de mí respuesta. Encarna mueve negativamente la cabeza ¿De verdad? Dice con gesto de desdén. Quedamos en que le dirías que no adoctrine a los niños, replico yo, forzando mi enojo sin mucha convicción.  Pero, ¿te estas escuchando? ¿Adoctrinar? Si te parece le pongo a mi madre un pin parental. Será posible, pero si la niña no lo ha dado ninguna importancia, hasta le ha hecho gracia. Tras su enérgica parrafada, se marcha furiosa.

Paso la tarde encerrado con Miles Davis y después de oír “Kind of Blue” me siento un poco más sosegado. Mis suegros no cenan con nosotros, por lo visto han hecho una merienda cena y se han retirado a su habitación. La cena transcurre en silencio, los niños se retiran enseguida. ¿Te apetece ver alguna peli? Le pregunto a Encarna. Me dice que sí y nos sentamos en el sofá, normalmente se acurruca a mí lado, pero hoy se sienta en el otro extremo. Yo suelo manejar el mando de la tele, aunque eso no significa que lo controle, pues siempre vemos lo que ella quiere. Es cierto que solemos coincidir y en caso de duda gana ella; la verdad es que no me importa.

Voy pasando películas hasta que elija una. ¡Esa!, dice y señala “Mi vida sin mí” de Isabel Coixet ¿Estás segura? No hace mucho que la vimos. Segura, responde lacónica. Vale, digo resignado  y pulso el “ok”. Estos últimos días procuramos ver temas de acción, suspense o comedias que nos distraigan sin más. Y hoy, ha elegido una película deprimente como pocas: la historia de una mujer que sabe que va a morir dentro de poco. Un tema cojonudo para estos momentos. Es su forma sutil de machacarme. Aguanto unos veinte minutos, lo que tardo en admitir su victoria, y me voy a la cama a leer un rato. Solo ha pasado media hora cuando llega a la habitación, pregunto si ya ha terminado la película, me contesta que sí. Sé que no es verdad y ella también lo sabe, pero lo dejamos estar. Se quita los pendientes deprisa y los tira sobre la coqueta. Yo sigo con “El halcón maltés”, pero no pierdo detalle. Sale del baño, se introduce en la cama, me da las buenas noches y apaga la luz de su mesilla. “Spade se pasa la lengua por los labios” he perdido la cuenta de las veces que he leído ese párrafo. Cierro el libro y apago la luz. Qué mierda de día, me digo y además no me he afeitado.

 

Carlos Cerdán trabajó en una empresa constructora de contable hasta que se jubiló. Desde el 2012 pertenece al taller de creación literaria Primaduroverales. Es coautor del libro  2056 Anno Domini. La literatura y la música del siglo XX son sus pasiones, a la que ahora ha añadido la de ser abuelo.

 

 

Selección de la música: Francisco Plaza

La Belleza. Luis Eduardo Aute.

Luis Eduardo Aute falleció el 4 de abril de 2020.

Enemigo de la guerra
Y su reverso, la medalla,
No propuse otra batalla
Que librar al corazón
De ponerse cuerpo a tierra
Bajo el peso de una historia
Que iba a alzar hasta la gloria
El poder de la razón.

 

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El madrileño José Manuel Dorrego Sáenz había sido finalista en las edición de 2016 y 2018, por lo que se está convirtiendo en un clásico de nuestro certamen. En alguna ocasión ha manifestado que un par de páginas para un relato le parece un exceso, por lo que podemos considerarle un gran especialista del microrrelato. Ha sido finalista o ganador de certámenes de microrrelato convocados por RENFE, La Razón, El País, Grinch, la Escuela de Escritores, la Cadena SER, Onda Madrid, Radio Nacional, la UNED, o Augusto Monterroso.

Ha publicado con la editorial Atlantis un libro de microrrelatos titulado El contrabajista del Titanic y actualmente está preparando, según palabras del propio autor, Imagina, un híbrido entre la novela y el microrrelato.

En esta edición de 2019 ha sido finalista con el relato titulado Geometría en masa, un título sugerente y original para todo un ejercicio de extrañamiento. Su relato era una apuesta fascinante, con tintes oníricos, por formar parte de un nuevo mundo geométrico, al alcance solo de un autor como José Manuel Dorrego.

 

Carlos Cerdán leyendo el relato Geometría en masa.

 

Geometría en masa

Relato finalista de la VI edición del certamen literario Madrid Sky

José Manuel Dorrego Sáenz

No quería imaginar cómo había llegado hasta allí. Sencillamente aparecí, de golpe, como despertando de un sueño dentro de otro sueño. Miraba arriba, abajo, a derecha y a izquierda y estaba rodeado de tipos circunspectos, concentrados en lo suyo, intercambiándose miradas cómplices, como si funcionasen con una serie de claves, con un lenguaje interno que a mí me era, por aquel entonces, completamente ajeno. Al principio se comunicaban entre ellos ignorando mi presencia. Gesticulaban, fruncían el ceño y se murmuraban al oído mientras me miraban de reojo, en un claro gesto que no dudé en interpretar como una desconfianza absoluta hacia mi persona. Parecía evidente que no encajaba allí, que mi sola presencia era una lacra para llevar a cabo sus propósitos, los que quiera que fuesen. Por fin, uno de aquellos individuos, enjuto y malencarado, se dignó a dirigirse a mí. Apoyó su mano sobre mi hombro y acercando su boca a mi oído, me susurró:

—¡Tú puedes, muchacho, tú puedes!—, dijo. Y puntualizó: —Cuando cuente tres, empújame diagonalmente.

Lo reconozco: no sé empujar en diagonal, no estoy preparado para eso. En realidad, el simple concepto de “Empujar en diagonal” se escapa a mi imaginación, no soy capaz de asimilarlo. Pero algo me decía que no podía fallarles. Por lo visto, ahora sí, mi participación se había vuelto de golpe en imprescindible. Había pasado de ser un forastero, un tipo ajeno, casi invisible, a convertirme en la pieza clave de algo que por entonces no alcanzaba a comprender. Sentí cientos de pares de ojos clavados en mí, esperando mi reacción, rezando para que mi empuje diagonal surtiera el efecto deseado. Decidido, al escuchar la palabra “tres” presioné a bulto y logré mover a aquel tipo hasta colocarlo debajo del señor del bigote. Al instante, yo pasé a ocupar su posición y todos ganaron un espacio, facilitando así un hueco libre para que el último de nosotros se introdujera en el círculo. Al fin, habíamos logrado acoplarnos todos dentro de aquella minúscula esfera. Luego, todo fueron aplausos, felicitaciones y palmaditas en la espalda. Desde entonces, ahora lo sé, soy uno más del grupo.

El sábado que viene intentaremos introducirnos en un poliedro, pero antes nos daremos una tregua: la geometría en masa requiere, como mínimo, de un par de días de descanso.

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Entrevista de Juan Santos

¿Quién es Carlos Cerdán?

  • Nací en Madrid. Empecé a trabajar muy joven; primero de botones (especie extinguida) y después, el resto de mi vida profesional, en el departamento de contabilidad de una importante empresa constructora.                   Evolucionando, claro, pasé del bolígrafo y  calculadora a los primeros ordenadores y a los productos informáticos de gestión empresarial. Ahora soy un feliz jubilado y he encontrado mi verdadera vocación: abuelo.

Sabemos que te gusta mucho la literatura y la música y que consigues enlazar las dos aficiones en tus relatos. Háblanos de tu juventud y de tus gustos musicales, porque me consta que fuiste un entusiasta de la música de vanguardia que venía de fuera en los 60 y 70.

  • Empezar a escuchar aquella música fue como abrir una puerta a un universo lleno de luz y color. En un país donde todo era gris y lleno de prohibiciones (en Semana Santa sólo se oían saetas) aquellos ritmos, las melenas, las ropas estrambóticas y sobre todo la actitud desafiante y descarada de aquellos jóvenes nos cautivó. Fue un modo de posicionarnos y luchar contra un sistema opresivo y al no ser político (pero contenía una gran carga social que los guardianes del régimen no captaron) pudimos vivir con cierta libertad. De hecho fue transformando la sociedad. Bueno, con esto quiero decir que para mí la música fue algo más que una moda y pasó a formar una parte vital de mi vida. Una especie de banda sonora que me acompaña.

¿Te sigue gustando el mismo tipo de música?

  • La música me sigue apasionando. En cuanto a gustos soy muy ecléctico, me gusta casi todo. Y, por supuesto, en la cúspide la pirámide están Los Beatles.

Algunas de tus historias nos llevan a la realidad cruda e la vida, a esos locales de sexo, música y alcohol, ambientes propios del Realismo Sucio ¿Te sientes identificado con este movimiento?

  • Pues no, de hecho no soy consciente de ello. Tal vez el plasmar ese ambiente en los relatos pueda hacer recordar lo sórdido del realismo sucio. Hay de todo, claro pero mis vivencias han sido muy reconfortantes.

¿Tienes preferencia por algún género dentro de la literatura?

  • No especialmente, antes del taller leía novela, ahora procuro leer más relatos. Lo que si me interesa es la profundidad  y la complejidad de los personajes.

¿Qué tal la experiencia en el taller?

  • No me hice ninguna idea sobre lo que podría encontrar. Tal vez teoría, lecturas de textos reconocidos y algo así. Pero que desde el primer día ya tuviéramos que escribir algo, leerlo y escuchar los comentarios de los compañeros fue sorprendente e intimidante. Una experiencia positiva.

¿Qué es lo peor y lo mejor de las clases de creación literaria?

  • Lo mejor escuchar atento los relatos y lo peor cuando me pregunta Pura; casi siempre creo no estar a la altura.

¿Te gusta la dinámica del Taller? ¿Cambiarías algo?

  • No conozco otros talleres, pero la dinámica me parece perfecta. Al enorme talento que hay en el Taller se le une la gran calidad humana de sus miembros y lo hace insuperable. Si pudiéramos ver el aura que emana del grupo quedaríamos  gratamente impresionados.

Entrevista completa a Carlos Cerdán

img_20161030_175352Juan Santos es miembro de la orden literaria Francisco de Quevedo, en Villanueva de los Infantes y es colaborador del periódico local Balcón de Infantes. Amante de la música, de la historia y de la literatura, pertenece a la asociación Grupo de Escritores Primaduroverales desde su fundación.

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Cabo de GataReconozco que no lo he visitado, y por eso no sé lo qué tendrá el cabo de Gata que seduce a todo el mundo que lo conoce.

Ayer nuestro compañero Carlos Cerdán situó su relato en este entorno y nos trasladó a sus playas y a su mar. Tanto gustaron el relato (sobre todo su final) y el escenario elegido que el cabo de Gata será el próximo escenario de nuestros relatos. Seguro que el paisaje lo merece.

“Intrigado me acerqué a un grupo y pregunté qué pasaba. “El Blas, que anoche se metió en el mar para ir a buscar a su hijo” dijo un hombre con un gesto como dando a entender que estaba loco. Observé a los demás y todos asintieron con rostros serios. Me alejé de ellos y paseé con la vista en el horizonte como si pudiera divisar a Blas. Después de un rato pensé en Manuela y su nieta, fui al chiringuito y miré a través de los cristales. “Manuela y su nieta no están, se las ha llevado su hermano a la ciudad” me dijo una mujer desde la playa. Un inmenso pesar llenó mi ánimo, despacio fui a sentarme en el sitio donde Blas lo hacía y consideré que, tal vez, con la paciencia necesaria, en algún momento le vería aparecer junto a su hijo”.

Del relato El hombre que miraba al mar.

Carlos Cerdán. Abril 2015.

cabo de Gata 2

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