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Trieste. Por Lourdes Chorro.

Aquí va mi recuerdo a otros muchos escritores relacionados con Trieste, de lengua italiana como Susanna Tamaro;  dialectales como Giotti; alemanes: Däubler o Hamerling; de habla inglesa: Francis, Morris; eslovenos Bartol, Pahor, Škamperle; franceses: Bergère y Stendhal.

Para mí no había caminata sin tropezón aunque siempre hiciera una filigrana en el aire y nunca cayera al suelo. No me preguntéis cómo lo hacía porque la respuesta la tenía el aire que me sustentaba hasta que he hecho el camino de Rilke. Esta vez, a punto de terminarlo, besé literalmente la tierra con sus piedrecillas, palos y hasta alguna raíz despistada que se había salido de madre. Verdad es que yo siento veneración por Rilke, pero no hasta el punto de besar el suelo del sendero que él pisaba. Allí me teníais como una novicia que tomara sus votos, con todo mi cuerpo postrado y sin atreverme a mover ni una pestaña por miedo a que me hubiera roto entera. Y así tendida oí, os juro que le escuché, reírse a carcajadas a un demonio y mi corazón se aterrorizó. Y entonces, la voz del ángel que me acompaña dijo “levanta, tú nunca te has puesto a los pies de nadie”. Me levanté de un salto aunque me doliera hasta el último huesecillo del oído. Miré el reloj eran las dos menos diez, no podía ser otra hora, por eso había pasado el ángel. Reanudé aprisa los escasos metros de caminata que me restaban, no fuera a ser que ese demonio regresara y me “Sepultara como oscuro sollozo”. Acabé comiendo en el restaurante más alejado del Castillo de Duine al que mis pasos me llevaron y festejé que mientras comía me miraras con esos ojos que siempre saben devolverme entera y viva al camino. A gloria bendita me supieron aquellos espaguetis frutti di mare y no digamos las vieiras envueltas en arroz crujiente. Era mi primer día en Trieste

Al segundo día me levanté de madrugada dispuesta a recorrerla a una hora en que el mar estaba tan silencioso como la ciudad. Divagando por callejuelas ascendí al Castillo de San Justo oculto entre árboles junto a esa hermosa y tímida catedral. Desde su pequeña pendiente fotografié los restos de lo que fue el templo romano, vigía de la ciudad. En Trieste todo cuesta arriba, siempre encuentras algo que te invita a seguir subiendo sin encontrar el momento para el descenso. Poco a poco la algarabía, el ruido moderno se fueron quedando lejos y cerca porque parecía que nunca los perdería de vista. El silencio borró el bullicio con su goma de nata y las puntillas voladoras de mi soplo de niña que yo creía extraviado las encontró e hizo volar. Volaron y volaron hasta juntarse allá abajo, en el molo audace con la poesía de Saba. Corrieron y recorrieron todas aquellas calles que conducen al mar que son muchas porque a ella le gusta mirar al mar al amanecer. La Bora monótona se llevó la niebla matutina y luego campeó veraniega a su libre albedrío por cada rincón. Recordé ese poema tan conocido de Saba que le dedica “Trieste ha una scontrosa grazia… come un amore con gelosia” y pensé en esos amores no correspondidos y por eso imposibles de olvidar. La luz amarilla se reflejaba en un charco inesperado. El cielo de Trieste a finales de junio es de un azul raso y sereno. El mar se balancea en los peldaños que le impiden besar la piaza de l’Unitá y poder mirarse en los espejos de uno de sus cafés más famosos. Y esa sensación de haber escapado del tiempo aunque solo fuera por unos breves instantes me sobrecogió. La miré y remiré desde el muelle. Seguía siendo una ciudad imperial, llena de una diversidad que no te hace sentir extranjero. A mí que me gusta que me dejen vivir en mi propio exilio, reinventarme, por eso de ser uno mismo y tener muchas identidades. Estaba feliz. No he tenido la oportunidad de que la Bora me entristezca porque a ella le gusta rugir desairada en invierno, llevarse todo volando. Al pensar esto de pronto La Bora sopló y dibujó la cara de Saba. El mar que parecía nunca enfadarse, embravecido salpicaba de salitre sus lágrimas camino de su querida librería Antica e moderna. Tan amada como la ciudad de la que escribió “Fu un bene per la mia pesia che si alimentò di quel contrasto, e un male per la mia, diciamo così, felicità di vivere.” El fascismo le obligó a irse pero él regresó junto a ella “La mia città che in ogni parte è viva/ ha il cantuccio e me fatto,  alla mia vita pensosa e schiva” Desde niño dividido en dos, una madre hebrea y un padre católico que los abandonó “eran due razze in antica tenzone”  Y corrí a agarrarme al brazo de su estatua y él se dejó, qué remedio le quedaba. Allí a los pocos pasos que le separan de su librería, estático pero sin perder de vista a quien se encamina hacia ella como me encaminé después yo. Miré mi mano y en ella había depositado un libro con sus poemas. Y comenzaron a escaparse de él similitudes, personificaciones, hipérbatos, anástrofes, quiasmos, oxímoros. Con ellos atravesé la estrecha puerta de aquella librería alargada y oscura que iluminaban su cerro de libros apilados por el buen hombre que ahora la lleva. Me sentí hundida ante ellos como Trieste ante el monte Carso, áspero, agujereado, estéril.  Trieste orgullosa como una dama exquisitamente educada que ha ido perdiendo sus ilusiones pero eso no le hace cerrar los ojos al futuro.

El tercer día tocaba la ruta de los cafés. Fui a tomar un chocolatito de esos que alegran la vida al café Stella polare a ver si encontraba el rastro de Joyce con su licorcito y el descuidado bigote de Svevo degustando su café. El autor de “Ulises” encontró en Svevo un lector cómplice, y los manuscritos de éste gracias a aquél lograron difundirse. Hay quién dice que les unió más una relación paterno-filial que una verdadera amistad, hasta el punto de colocar una fotografía de Svevo en su escritorio. Yo quemé en un cenicero un papel con mis gracias a Svevo por regalarnos esas inaparentes, calladas transformaciones maravillosas de sus personajes. A Joyce todo el mundo se lo ha agradecido ya. Una gaviota con mirada de carabinieri que se paseaba arriba y abajo del puente, me liberó por unos instantes del rumiante sentimiento de culpa que siempre me acompaña. Allí sentada el canal grande se me hacía más pequeño que cuando lo atravesaba cada anochecer camino del hotel, así que continué mi ruta. Pongo el acento cuidadosamente, no vaya a producirse un hiato, y creáis que aún continúo en aquella terraza.

En el Caffè Tommaseo, el más antiguo me quedé hipnotizada por su decoración. Los antiguos cafés de Trieste prefieren guardar en el interior su encanto del pasado. Ya al atardecer en el café San Marcos, me llamó la atención un hombre sin saber quién era, sólo le vi escribir y por deformación no pude dejar de echarle encima varios ojos a ver si se traslucía en su cara algo de lo que escribía. No lo vi, pero comprendí por qué Magris dedica a Trieste un capítulo en su Microcosmos.  Un microcosmos que continuamente vuelve sobre sus pasos. La gente entraba y salía del café, a sus espaldas las hojas de la puerta continuaban oscilando a la deriva como el mundo. Una bocanada de aire hacía ondear el humo estancado. Las partículas de polvo suspendidas en busca de la luz de una lámpara que las hacía brillar. Entonces mis manos calentaron el frío de la mesita de mármol. Aún me quedaba por ir al Caffè Torinese pero me conformé con ver desde la puerta su espectacular araña de cristal. Preferí ir a comprarme el pastel que a media noche, cuando me despierto, el estómago me reclama para dejarme dormir. En la pastelería Pirona donde Joyce degustaba su putizza de chocolate y ron, el polvo se dispersaba hacia la luz como magnetizado por ella. Distraída escuchaba al dependiente asegurarme que conservaban las mismas paredes, los mismos veladores e idéntico mostrador en que bebía cada mañana su copa de vino mientras escribía los primeros capítulos de su Ulises. El reloj incrustado en la pared seguía marcando la hora, nostálgico por los ausentes. La madera de sus estanterías retenía el aroma dulzón de los pasteles y me costó marcharme.

De regreso, al entrar en el hotel, alguien dijo “Attenzione al gradino”. Siempre hay un escaloncito que evitar al entrar o salir de muchos lugares, pero yo ya me había acostumbrado a buscarlos como no hago en la vida. Admito que es así porque, si algo  niegas mucho, acabas deseándolo.

Y me acosté recordando las palabras que dedicó Josep Pla a esta ciudad: “¡Tristeza de Trieste, poblada de contables neutros, entre casas de granito monumentales y provincianas, las montañas peladas de Istria y el verde miope del Adriático!”

El día que me marché dije adiós mirando hacia atrás desde el ferry a este Trieste abierto al mar que cuando llegas parece que pudieras cogerlo con la mano y cuando te vas abre su mano y te deja ir. Me fui con la sensación no de abandonarla sino de que la abandonada era yo. No le hice promesa alguna de que volvería, aún no he aprendido a establecer la linde entre promesa y compromiso. Me marché en busca de aquellos irrendentistas que aún hoy se resisten a dejar de hablar italiano en Istría.

Filóloga por vocación, bibliotecaria por trabajo, Lourdes Chorro pasa la mitad de su vida rodeada de libros de los que sólo lee la portada y en la otra, amontona tal cerro de lecturas que con solo mirarlas se siente inspirada para escribir. Cuando conoció a los Primaduroverales descubrió que la prosa también podía ser poética y ya ha visto publicados algunos de sus relatos. Es coautora de los libros Primaduroverales, cuentos; Madrid Sky (UNO editorial), 2056 Anno DominiSobremesas manchadas de café y tinta.

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