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Posts Tagged ‘Julio Llamazares’

En el punto más oriental de la península ibérica, el Cap de Creus es un inmenso museo que te enseña la dimensión del agua, todo el mar Mediterráneo se encuentra allí, el que esculpe con fuerza natural las figuras imposibles de los cuadros de Dalí. Pero yo encontré un mar calmo, artificial, plano, sin el aliento tramontano que me permitiera observar, como un convidado de piedra, la manera bronca en que, en invierno, talla los esqueletos rocosos de las pesadillas que, todavía, provocan amaneceres tormentosos. Paseo por el Parque Natural que en este rincón toma el nombre de “Paraje de Tudela”, una Tudela que se engalana con agua salada, traicionando la corriente del Ebro. El paseo transcurre entre figuras dalinianas, el águila o el camello, pero sobre todo la roca Cavallera, conocida como la del Gran Masturbador, todas asombrando al viajero que descubre formas quebradas y nobles.

No había allí, no podía haber, ni un soplo de aire que justificase aquél taller donde no hay manos sino lanzas, que vienen del mar y que modelan la roca a su antojo. No estaba el viento. Y sin embargo se intuía su furia.

Josep Pla escribió aquí su libro “Cadaqués” y nos dejó con poesía y prosa una evocación de este paisaje roto, pero que en la calma de sus calas se hace suave y provoca al baño tierno del verano, sin las amenazas de fantasmas que allí se erigen, tranquilos, a la espera de una nueva acometida.

Recorro algunos kilómetros hacia el interior, hasta el Lago de Banyoles donde me doy de bruces con otras aguas, las de la masa lacustre azul turquesa, tan remansada como el mar en el Cap de Creus.

Banyoles es el lago más grande de toda Cataluña que se formó por los movimientos tectónicos que crearon los Pirineos durante su formación. Frente al lago leo a Julio Llamazares que me habla en “Distintas formas de mirar el agua” de un embalse que cubrió con sus aguas el pueblo y las vidas de los protagonistas. En el fondo del de Banyoles no existió una vez un pueblo, pero se dice que si atraviesas el lago en calma en una noche de verano, como la de hoy, es fácil que oigas el melancólico sonido de las campanas de la Iglesia de Porqueres, que quedó engullida por las aguas.

Hay gente paseando por sus orillas que se saluda como se saludaban las clases aburguesadas de principios de siglo, las que construyeron las pesqueras, esas casitas cuadradas terminadas en almenas que jalonan la orilla del lago, con escaleras para descender de forma privada a las aguas templadas.

Me es grato contemplar este lago, tan solo su visión alivia del calor fuerte del mediodía en el interior de Gerona en el mes más caluroso, para este viajero que recién viene de probar los baños en la Costa Brava. Aquí, como allí, el sol implacable no da tregua y el uso de la pegajosa mascarilla, en este verano incómodo de pandemia y extrañeza, se torna en obligación acaso indeseada debido al calor, que las cifras de contagios con que nos bombardean insistentes los medios, hacen que tomemos como la única precaución posible. Antes que Cataluña visitó el viajero el sur de Francia, y observó, curioso, como dos países en teoría tan diferentes, terminan pareciéndose tanto al encarar una adversidad o una tragedia.

Sigo mi periplo de agua en agua que me alivie del calor tórrido, y la siguiente parada me regala una tormenta de agua perfecta en Besalú. Lo primero que me pregunto al llegar a Besalú es porqué he llegado hasta aquí, y si este bonito pueblo medieval estaba en este itinerario raro de verano excepcional. Pero pronto me doy cuenta de que al viajero le llevan los pasos -ahora las ruedas de una furgoneta- por inercia a veces, o acaso, sin ser consciente, buscaba ya las huellas de “El puente de los judíos”, la novela de Martí Gironell que describe una localidad antigua de intrigas y traiciones. Sobre el río Fluviá se alza mágico este  Besalú judío cuyas calles, ahora anegadas por la lluvia de un fuerte aguacero, me atolondran y, refugiado bajo el techar exiguo de un garaje atemporal, no dejo de admirar las curvas, las corrientes y los aluviones que la lluvia sin tregua dibuja en el suelo, impecablemente empedrado, ahogando los suspiros de los judíos, anegando los sueños de los comerciantes del Medievo. El agua cae a borbotones bien dirigida entre  chorreras, provocando burbujas, hacia el Fluviá, donde un verdor de selva crece en sus orillas, y donde el viajero cree haber encontrado una paz ruidosa, monótona y refrescante ¿Hay otra paz distinta a la de la lluvia en el verano?

Y aún es otra agua la que provoca mi deseo en el retorno, y que me lleva hasta Alhama de Aragón, a su embalse de La Tranquera, también manso, también sin viento, pero implacable en sus orillas caprichosas, donde se miran las rocas de un color rojo fuego, y donde se tolera el baño manteniendo esa distancia nueva e imprescindible.

El viajero -cualquier viajero- encontrará placentero rememorar aquellas aguas y todas, antes de regresar al asfalto sereno de la gran ciudad sin agua que, abrasadora, redime al retornado en el conjuro de la rutina necesaria, donde hace tiempo que encontró su lugar, para soñar tal vez con huir, tal vez con volver, siempre.

Josu Bilbao. Periodista.

Josu Bilbao Munitiz es Licenciado en Periodismo y miembro de la asociación de escritores Primaduroverales desde 2015. Es coautor en los libros de relatos “Madrid Sky” y “2056 Anno Domini”. El cine y los viajes son dos de sus grandes pasiones.

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Por Francisco de Paz Tante.

En mis años universitarios, en los que ya prevalecían las inquietudes literarias, estudié la denominada geografía humanística, que utiliza la literatura como una de sus fuentes de información, para adentrarse en las emociones que brotan en los lugares vividos y sentidos, en los sentimientos de pertenencia, en las verdades trascendentales que surgen de las relaciones entre los seres humanos y los espacios que ocupan. Luego, cuando ya trabajaba de profesor de geografía e historia en un instituto del norte de Palencia, profundicé en el estudio de los pueblos deshabitados, en los paisajes del abandono, acudiendo a las novelas, a la literatura, para sentir, con más intensidad, las emociones de aquellos procesos geográficos y humanos. Fue entonces cuando leí La lluvia amarilla, de Julio Llamazares.

            La lluvia amarilla es la novela más emblemática de la literatura de los pueblos abandonados, una fuente inagotable para la geografía humanística, para sentir la rabia, el dolor, los estragos de la soledad y el silencio en un mundo que se muere, como se moría ese pueblo del Pirineo aragonés cuyo crepúsculo se describe en el libro, Ainielle, que desaparecerá definitivamente cuando se acabe la vida y la memoria de su último habitante.

Pero La lluvia amarilla es también una hermosa obra literaria que estremece y emociona. Yo la leí durante un invierno en un pueblo del norte de Palencia, en unos momentos fundamentales de mi vida, de cambios y soledades. Nunca se me olvidará la desolación que sentí sumergido por las noches en las páginas de ese libro tristísimo, mientras escuchaba las brisas de diciembre sobre las ramas de los álamos y, yo también, sentía la brutal melancolía que exhalaba aquella lluvia amarilla de hojas secas sobre la ribera del Carrión.

Julio Llamazares escribió un libro estremecedor sobre la soledad y la muerte de los pueblos. En él, un hombre rememora su vida, su abandono, hasta que se queda solo, bajo la lluvia amarilla de las hojas muertas, en un otoño definitivo.

Llamazares nació en Vegamián, un pueblo de León, al final, sepultado por el pantano de Porma, que -paradojas del destino- había construido el ingeniero y escritor Juan Benet, creador de los territorios literarios de Región. Por ello, según ha confesado en alguna ocasión el escritor leonés, su vida y su literatura estuvo marcada por los pueblos perdidos, los paisajes rurales tradicionales desaparecidos por la llamada modernidad, o sepultados bajo los pantanos del supuesto progreso que entonces se predicaba, solo contestado por aquellas primeras sensibilidades, aún embrionarias, que clamaban por la preservación de los paisajes naturales y los lugares humanizados, vividos, enraizados, engarzados, en ellos.

Y, junto a la literatura de Julio Llamazares, también me adentré entonces en las obras de otros escritores que reflejaron en sus libros, con belleza y emoción literaria, la desaparición de aquel mundo rural tradicional. Entre ellos, Luis Mateo Díez –La ruina del cielo es otro de mis libros emblemáticos-, José María Merino, e incluso Miguel Delibes, que, en El disputado voto del Señor Cayo, dejó escrito: «No hay derecho (…), a que hayamos dejado morir una cultura sin mover un dedo». Era esa cultura que conocía bien Daniel el Mochuelo, según se cuenta en El Camino; y el Nini, el niño sabio de Las Ratas; o Lorenzo en Diario de un cazador.

Después de leer La Lluvia amarilla, estuve mucho tiempo buscando y leyendo libros de la memoria de los paisajes rurales tradicionales, de los pueblos deshabitados, del éxodo que los dejó vacíos de gente y despojados de futuro, con la carcoma del abandono anegando las casas ya vacías y desvencijadas, que enseguida ocupaban los pájaros y los reptiles, con el acecho de las ortigas y la maleza, para invadir unos espacios, ahora vacíos, que en otros tiempos estuvieron rebosantes de vida y de gente.

Por eso, cuando decidí contar la vida, escribirla, lo hice con varias historias sobre la soledad y el abandono de los pueblos, de los paisajes rurales ya invadidos por las brumas del olvido. La lluvia amarilla me dejó su impronta, y los deseos crecidos de escribir, para emocionar y conmover.

Francisco de Paz Tante es catedrático de Geografía e Historia y escritor. Fue finalista en la IV edición del certamen literario Madrid Sky. Ha resultado ganador en numerosos certámenes de novela y de relato y ha publicado varias novelas: Las cigüeñas de Yenné (2002), Los cielos de Samarcanda, con la editorial Premium (2007), Los versos de Arabí (2011), De ninfas y faunos (2017), Zamila (2016) y recientemente Cuando anochece y crece el cielo. Puedes saber más de este escritor y de su obra en su blog

El taller de la buhardilla.

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