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Posts Tagged ‘relatos duros’

“Qué va antes… ¿la realidad o la ficción?”

Por María Jesús Ainaga

Lo habitual es pensar que la realidad, esta tan cruda como bella, esa que te desgarra en las guerras y te enamora en el amor… esa realidad es la que inspira la ficción.

Sin embargo, también es cierto lo contrario. Porque nada puede existir si antes no lo has imaginado. Y ese juego, entre realidad y ficción, cuando es en ambas direcciones, hace de una historia algo excepcional.

Y esto es lo que ocurre en los nueve relatos del libro “Violeta sabe a café” de Manuel Pozo Gómez.

Acabo de terminar de leerlo y estoy… ¡impactada! ¿Qué es realidad y qué es ficción? Las descripciones del autor son… ¡tan verosímiles! ¡tan creíbles! ¡tan reales! Y me refiero a todas las descripciones: de lugares, de personajes, de emociones.

Yo, tonta de mí, me había auto-impuesto leer los nueve relatos del libro con gafas muy críticas, con ojos escudriñadores, con lápiz acechante… para captar alguna incoherencia o un narrador asíncrono o tiempos verbales equívocos. Creía que así iba a aportar más.

Pues bien, hasta yo que empecé a leer el libro sólo con la cabeza, me he visto completa e inmediatamente inmersa en todas y cada una de las atmósferas creadas por nuestro escritor.

He saboreado la timidez del protagonista de la primera historia, que encontró en el trágico suceso del 11-M, la excusa para acercarse a su Violeta, ya antes amada apasionadamente aunque, no conscientemente.

He temblado con el primer beso de Sofía, más que con su pérdida y, extrañamente, he podido empatizar con la acartonada y sincera frialdad del Capitán Wolf que, sólo tras el sufrimiento de muchas guerras, se atrevió a atreverse.

He sentido compasión por Antonio Begines y su inexorable camino hacia la inútil venganza, empujado por esa búsqueda de justicia que la adolescencia necesita para comprender. ¡Perdón!… para aprender.

Inexplicablemente, he gozado con el paseo en carruaje de Diego de Zúñiga. Ese Madrid tan cercano para mí en el espacio y tan lejano en el tiempo. Esa bruma. Esas siempre desasosegantes pinturas de Goya que adquieren, en este relato de Manuel Pozo, nuevos significados. Luego, repentina aunque previsiblemente, he sentido horror. El mismo que el pintor quiso transmitir y que se ha agolpado en sólo unas líneas explotando con ira en mi interior.

Me he embargado de admiración y respeto por Julien Mamet, Mariano Barberán y Joaquín Collar, y su difícil lucha por unos ideales, por volar, por llegar donde nunca nadie antes había llegado. Mientras tanto, de un modo tierno y fuerte, he visto cómo Víctor Olaya admiraba a su abuelo, ahora más que nunca. Porque nunca, hasta ahora, había comprendido tanto.

También he renegado del ser humano que prefiere las balas a los goles y he querido aplaudir a Ignacio y a Iñaki, separados por la guerra y acercados por la afición. No es posible permanecer inerte a la tormenta de emociones que crea la idea de un partido de fútbol en el frente de batalla.

He adorado al protagonista de la fuga a través del muro de Berlín. Sobre todo, su clarividencia al saber qué era lo más importante en su vida, aunque ésta estuviera llena de cambios sin sentido que, extrañamente, dieron más sentido a su vida.

¡Qué puedo decir de Edinka! Creo que conozco su rostro y… ¡su mirada! Creo que comprendo su tristeza y sus razones. Y he sentido una conexión profunda con Dominique Rothen. Yo, que nunca he blandido un arma. Yo, que nunca he vivido una batalla. Yo, que nunca he matado a nadie. Yo, que nunca he visto esos ojos verdes.

Y, el último relato, riza el rizo con una meta-ficción que envuelve la historia lejana de Edinka con otra capa de una historia cercana. Y no he sabido lo que es real ni lo que es ficción. Y me ha dado igual porque mi corazón latía rápido y curioso al ritmo de las palabras. Esas con las que el autor dibuja descripciones tan reales como emotivas. Esas con las que Manuel colorea emociones tan carnales como idílicas.

“Descripciones sentidas”, eso es lo que hay a borbotones en los relatos de Manuel Pozo. Eso es lo que hace que, en sus creaciones, la ficción y la realidad jueguen a cogerse de la mano, a decirse confidencias,… a enamorarse. Pocas veces puede ser uno testigo de un juego tan sublime. Por eso Manuel Pozo es un “autor imperdible”, porque no se limita a crear ficciones con nuestras trágicas o cálidas realidades; sino que con sus ficciones… él cambia la realidad.

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Lola Sanabria nació en Córdoba y vive en Madrid. Ha obtenido premios en numerosos certámenes literarios, por ejemplo en el Premio de Cuentos Gabriel Miró o en el premio Vargas Llosa NH de relatos. Para el certamen Madrid Sky escribió un relato de tono triste y nostálgico, con un lenguaje sencillo en primera persona que nos revela lo traicionera que es la vida.

No acostumbro a entrar si no hay clientes, para no sentir el golpe súbito de la soledad, pero casi nunca ocurre esto, porque es un bar muy concurrido, y yo soy un habitual a pesar de que nadie lo entienda. ¡Déjalo ya!, me dicen mis amigos, con ese tono provocado por el cansancio de tanto repetirlo. Yo me despido de ellos levantando una mano mientras camino hacia La caracola. Un paisaje de mar y cielo revuelto. Eso soy yo

Ella

Alberto Porras Echevarría es otro habitual de los certámenes literarios. Estuvo representado en el acto de entrega de premios por Máxima Porras. Se presentó con un relato divertido, sin artificios ni pretensiones, que consigue arrancar una sonrisa. Tiene un final perfecto, grosero, para un relato que juega con el lector y le sorprende.

No acostumbro a entrar si no hay clientes, ella se lo dijo a su compañera de trabajo mientras frotaba aquel chisme con forma de tetera, ese cachivache dorado de latón o de hojalata o lo que fuese, no sabría decir de qué material estaba hecho pero necesitaba un buen repaso, eso sí lo sabía porque tenía por lo menos tres dedos de polvo.

Mal genio

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Inocencio Javier Hernández fue el primer finalista en llegar a la entrega de premios. Lo hizo desde Tenerife, donde nació y vive. Un joven autor que se presentó tímido, discreto, pero que desarrolla una gran actividad literaria. Su primera novela publicada se titula West country, pero también ha publicado poesía (Eco nocturno) y le gusta escribir teatro. Se presentó al certamen con un relato titulado  D.F.Wall que el jurado valoró positivamente por su originalidad, tanto del fondo como de la forma, con una metáforas demoledoras y un ambiente muy logrado, turbio, cruel, de sicarios secuestros y ajustes de cuentas.

D.F. Wall

La vida era una piedra que lentamente

se iba gastando y afilando.

Raymond Carver

No acostumbro a entrar si no hay clientes, balbucea un vagabundo borracho en mitad de la acera, en mitad de la nada. Un tipo común entrega su cartera hortera al vagabundo que se gana la vida vendiendo estampitas de la Santa Muerte en Ciudad de México. El tipo parece decirle algo al vagabundo, pero en Ciudad de México el aire es ruido. Todo es ruido. Llueve, un extraño diluvio, como si un sicario te arrancara la piel a tiras, la cocinara con saliva, la engullera, y, finalmente, vomitara sobre tu cara un platillo volante.

DF Wall (Relato completo)

 

Daniel Calles Sánchez, que reside en Madrid, comentó que se encontraba cómodo en el certamen, aunque no se había visto con mucha frecuencia entre los finalistas de un concurso. Se presentó con el relato titulado La visita, una historia contada muchas veces, pero desde puntos de vista distintos. El monólogo interior del protagonista tiene mucho ritmo y el tono de chascarrillo es el punto de enganche necesario para que el relato se lea sin descansar.

La visita

No acostumbro a entrar si no hay clientes, o como quiera usted llamarlos. Y normalmente lo hago de incógnito, pero mire, hoy no he tenido tiempo, así que me va a disculpar el atropello. No importa, tranquilo, espero a que recobre la compostura.

Tengo que felicitarle, tiene todo muy limpio y ordenadito. ¡Si viera en qué condiciones trabajan en otros países! En su contra debo decir que hoy no ha tenido mucho ajetreo, ¿verdad? Madre mía, si se viera la cara ahora mismo, ¿no tiene un espejo? Aquí hay uno, mírese.

La visita (Relato completo)

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Muchos en el grupo teníamos la sensación de que este año el compromiso era mayor, de que no podíamos fallar. Con los finalistas siempre ha sido así. Algunos vienen de lejos y la mayoría se van con las manos vacías, por eso tenemos la obligación de ofrecerles un acto literario en el que ellos y sus relatos sean los protagonistas. Claro que nos gustaría ofrecerles también un premio en metálico, pero no tenemos presupuesto para ello y por eso tenemos que volcar todo nuestro cariño, nuestra ilusión y nuestro trabajo en un acto en el que los autores obtengan el reconocimiento por su esfuerzo creativo. Pero este año, quizás por la existencia de los patrocinadores, sentíamos que el compromiso era mayor. El respaldo de unos patrocinadores ha elevado mucho la exigencia. Ya no éramos solo nosotros, sino que habíamos adquirido una responsabilidad ante personas que han confiado en nosotros. No  podíamos fallar y, creo, que no hemos fallado.

El apoyo de bodegas Sameirás, de La Rebujita y de academia Heisenberg, ha sido un estímulo, pero el entusiasmo y la ilusión que ha demostrado el editor de la revista Vinos y caminos, Antón Alonso Suárez, patrocinador del primer premio, sin duda una pieza clave en el éxito de esta cuarta edición, nos estimula a seguir convocando el certamen un año más. Mientras, durante este año, en nuestro Taller de Creación Literaria, una parte del grupo seguiremos con nuestros relatos y comentarios “Primaverales”, y la otra parte con sus escritos “Duros”, pero juntos, tan PrimaDUROverales como hasta hoy, caminaremos rumbo a la quinta edición de nuestro certamen Madrid Sky.

Nosotros también tenemos nuestro premio. Nos llevamos el cariño de los participantes y de los finalistas. Nos quedamos con sus palabras de agradecimiento. Nos quedamos con el hecho de haber conocido a unos escritores y unas personas que amplían nuestro círculo de amigos de la literatura. Todo el esfuerzo en la organización del certamen se sintetiza en el momento de la entrega de premios, en concreto en el momento en que Antón Alonso entregó el primer premio y nuestra admiración a María Posadillo Marín. Nosotros nos quedamos con un relato que recordaremos siempre y que pasará a ser un elemento clave en la literatura de Primaduroverales: el relato ganador, Tal vez mañana, de María Posadillo, que compartimos a continuación.

Tal vez mañana

María Posadillo Marín
Relato ganador del IV certamen Madrid Sky

 No acostumbro a entrar si no hay clientes. Así puedo pasear tranquila por la tienda mientras el propietario atiende a los otros compradores. Escuchar el murmullo de su voz en la distancia me permite moverme sin el sobresalto de descubrir el reflejo de su ojo de cristal destellando en cualquier vitrina.

En medio de la penumbra observo los extraños objetos expuestos en los estantes: pirámides de tres lados, minerales pulidos, pequeños frascos llenos de turbios contenidos. Nada reclama mi atención de manera especial. Sin embargo, estoy segura de que el impulso que me ha conducido hasta este lugar tiene una razón de ser; lo percibo en el aroma a incienso que lo llena todo. Una atmósfera hipnótica me anuda las muñecas con unas cuerdas invisibles que me retienen. Echo un vistazo a mi alrededor; todos parecen seguros de lo que desean adquirir. (más…)

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Todavía seguimos recreándonos en la crónica de Juan Santos del viernes 16 de junio. Si impactante era la versión de El pequeño vals vienés cantada por Leonard Cohen, no lo es menos la que interpreta Silvia Pérez Cruz, a la que hemos llegado gracias a un artículo de opinión publicado en El País por Juan Cruz, el 12 de noviembre de 2016. No acostumbramos a publicar artículos de prensa, pero esta vez merece la pena.

Opinión. Juan Cruz. El País 12 de noviembre de 2016.

Era un milagro. Su risa era la música, esa melancolía.

Ni una palabra se escucha de Lorca, ni una. Rasgueos de piano, suspiros de guitarra. El alma del poeta en algunos celajes de sus amigos, la anécdota de su vida, el drama.

Pero ni una palabra se le escucha en ninguna parte a Lorca. Él es música. Sus palabras son canciones.

El drama, la superstición, la magia; no hay en él una sola palabra que no sea surreal, metida adentro de la alcancía de recuerdos que, palabra por palabra, fueron verdad pero él los convirtió en misterio. Para hacer música.

Es imprescindible tener en cuenta esa premisa (Lorca es música) para aprender de la inteligencia de esa canción, Pequeño vals vienés, que Leonard Cohen, a su vez, convirtió en un revuelo de palomas suaves y del que Sílvia Pérez Cruz, en español, es decir, en la música de Lorca propiamente dicha, hizo un poema salvaje, casi una herida.

Los dos, o los tres, se pusieron a dialogar con esa canción de Lorca, que es vals de principio a fin, y el resultado lo describió ayer en EL PAÍS la poeta española, de raíz de todas partes y finalmente catalana, en uno de los textos autobiográficos que más rinden cuentas, desde la poesía, desde la música y desde la vida, a Federico García Lorca, el poeta doliente que ríe.

Ese drama surrealista que hay en el pequeño vals vienés no es tan solo la crónica de un baile, que también lo es, sino que es en su puridad lingüística más esencial el abecedario del surrealismo que Lorca quiso: no hay una imagen, ni una sola, que no sea precisa, que no ensalce la narración de un sueño, el surrealismo vive ahí como un sueño de arquitecturas maravillosas, volando.

Lorca era esa canción, porque Lorca era música. Y hacían falta músicos (Lorca, Cohen, Sílvia) para aprehender esa sustancia. Ahora publica (EL PAÍS también, casualmente) un disco en el que Lorca es músico de nuevo, porque esa es su sustancia, no es otra. Su misma expresión es musical, cuando canta y cuando ríe.

Decía Brecht que había que cantar en los tiempos sombríos. Cuesta pensar, y decirlo, que en su momento más delicado y más extremo, y más inolvidable para los que después quedaron aquí, vivos, tras aquella guerra que nos sacó los ojos a los españoles viejos y a los españoles que no habíamos nacido, que Lorca tuviera un resquicio de risa en ninguna parte.

Le segaron la voz arteramente, y dejó tal reguero de música como reguero de sangre hubo tras él en el extranjero en el que se convirtió su vida, exiliado en la muerte, roto para el universo de vivir, vivo para el universo de ser misterio y hombre en otra parte, poeta.

Esa esencia musical, aérea, del Lorca más surrealista y más vital, más lorquiano,está en ese pequeño vals que Cohen acarició como si temiera romperlo. Y esa versión con la que se atrevió Sílvia Pérez Cruz, cuando apenas tenía la edad de Lorca, suspira por hacer redondas las esquinas de la vida que abandonó al poeta. Esos versos cantados son la expresión premonitoria que una joven así es capaz de hacer de la música rota de un hombre que en ese momento era surrealista para huir de la realidad, para hacerla aire, suspiro musical, silencio o baile.

Para que las palabras le dieran alcance, lo hicieran un ser vivo imaginándose un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha. Música de palomas y de soledad, de muerte y de coñac, habitantes de este vals de quebrada cintura.

Sólo ese poema, sólo esa música, bastaría para que hoy celebráramos en España, en la lengua española, lo que Cohen quiso decir en honor de Lorca; lo rescató de la tumba de los tristes, lo puso a bailar en el mundo. Y Silvia lo hizo otra vez de aquí, lo hizo gritar ante el mar rojo de la España rota, lo hizo revivir en el silencio oscuro de tu frente.

Ella es una chiquilla aún, los otros dos han muerto. Uno se fue sin querer, empujado a la nada hiriente por este país terrible; Cohen se fue en volandas de un disfraz que tiene cabeza de río. Y Silvia Pérez Cruz, esa estrella de agua, le dijo a los dos, gritando en una plaza donde ellos ya son música y tan solo, te quiero amor mío, amor mío, dejar violín y sepulcro, las cintas del vals.

Los dos, Leonard y Silvia, son Lorca bailando.

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