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Posts Tagged ‘Silvia Pérez Cruz’

Todavía seguimos recreándonos en la crónica de Juan Santos del viernes 16 de junio. Si impactante era la versión de El pequeño vals vienés cantada por Leonard Cohen, no lo es menos la que interpreta Silvia Pérez Cruz, a la que hemos llegado gracias a un artículo de opinión publicado en El País por Juan Cruz, el 12 de noviembre de 2016. No acostumbramos a publicar artículos de prensa, pero esta vez merece la pena.

Opinión. Juan Cruz. El País 12 de noviembre de 2016.

Era un milagro. Su risa era la música, esa melancolía.

Ni una palabra se escucha de Lorca, ni una. Rasgueos de piano, suspiros de guitarra. El alma del poeta en algunos celajes de sus amigos, la anécdota de su vida, el drama.

Pero ni una palabra se le escucha en ninguna parte a Lorca. Él es música. Sus palabras son canciones.

El drama, la superstición, la magia; no hay en él una sola palabra que no sea surreal, metida adentro de la alcancía de recuerdos que, palabra por palabra, fueron verdad pero él los convirtió en misterio. Para hacer música.

Es imprescindible tener en cuenta esa premisa (Lorca es música) para aprender de la inteligencia de esa canción, Pequeño vals vienés, que Leonard Cohen, a su vez, convirtió en un revuelo de palomas suaves y del que Sílvia Pérez Cruz, en español, es decir, en la música de Lorca propiamente dicha, hizo un poema salvaje, casi una herida.

Los dos, o los tres, se pusieron a dialogar con esa canción de Lorca, que es vals de principio a fin, y el resultado lo describió ayer en EL PAÍS la poeta española, de raíz de todas partes y finalmente catalana, en uno de los textos autobiográficos que más rinden cuentas, desde la poesía, desde la música y desde la vida, a Federico García Lorca, el poeta doliente que ríe.

Ese drama surrealista que hay en el pequeño vals vienés no es tan solo la crónica de un baile, que también lo es, sino que es en su puridad lingüística más esencial el abecedario del surrealismo que Lorca quiso: no hay una imagen, ni una sola, que no sea precisa, que no ensalce la narración de un sueño, el surrealismo vive ahí como un sueño de arquitecturas maravillosas, volando.

Lorca era esa canción, porque Lorca era música. Y hacían falta músicos (Lorca, Cohen, Sílvia) para aprehender esa sustancia. Ahora publica (EL PAÍS también, casualmente) un disco en el que Lorca es músico de nuevo, porque esa es su sustancia, no es otra. Su misma expresión es musical, cuando canta y cuando ríe.

Decía Brecht que había que cantar en los tiempos sombríos. Cuesta pensar, y decirlo, que en su momento más delicado y más extremo, y más inolvidable para los que después quedaron aquí, vivos, tras aquella guerra que nos sacó los ojos a los españoles viejos y a los españoles que no habíamos nacido, que Lorca tuviera un resquicio de risa en ninguna parte.

Le segaron la voz arteramente, y dejó tal reguero de música como reguero de sangre hubo tras él en el extranjero en el que se convirtió su vida, exiliado en la muerte, roto para el universo de vivir, vivo para el universo de ser misterio y hombre en otra parte, poeta.

Esa esencia musical, aérea, del Lorca más surrealista y más vital, más lorquiano,está en ese pequeño vals que Cohen acarició como si temiera romperlo. Y esa versión con la que se atrevió Sílvia Pérez Cruz, cuando apenas tenía la edad de Lorca, suspira por hacer redondas las esquinas de la vida que abandonó al poeta. Esos versos cantados son la expresión premonitoria que una joven así es capaz de hacer de la música rota de un hombre que en ese momento era surrealista para huir de la realidad, para hacerla aire, suspiro musical, silencio o baile.

Para que las palabras le dieran alcance, lo hicieran un ser vivo imaginándose un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha. Música de palomas y de soledad, de muerte y de coñac, habitantes de este vals de quebrada cintura.

Sólo ese poema, sólo esa música, bastaría para que hoy celebráramos en España, en la lengua española, lo que Cohen quiso decir en honor de Lorca; lo rescató de la tumba de los tristes, lo puso a bailar en el mundo. Y Silvia lo hizo otra vez de aquí, lo hizo gritar ante el mar rojo de la España rota, lo hizo revivir en el silencio oscuro de tu frente.

Ella es una chiquilla aún, los otros dos han muerto. Uno se fue sin querer, empujado a la nada hiriente por este país terrible; Cohen se fue en volandas de un disfraz que tiene cabeza de río. Y Silvia Pérez Cruz, esa estrella de agua, le dijo a los dos, gritando en una plaza donde ellos ya son música y tan solo, te quiero amor mío, amor mío, dejar violín y sepulcro, las cintas del vals.

Los dos, Leonard y Silvia, son Lorca bailando.

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Crónica de Juan Santos

Mientras en algunas comunidades celebraban el Corpus Christi, ayer en Madrid era un jueves normal, muy caluroso pero lectivo. Así que, como buenos colegiales, acudimos a la escuela-taller.

De vuelta con los espejos, nuestra flamante compañera Soledad Hernández, como carta de presentación, nos deleitó con un relato a ritmo de vals, lleno de sensibilidad y poesía. Me mata levemente frente al espejo es la historia de una mujer que viaja hasta Viena para reconciliarse con su amor. La voz cálida de Leonard Cohen suena en el ambiente a lo largo de la lectura. Los versos intercalados del poema de Lorca “El pequeño vals vienés” Este vals, este vals, este vals… alimentan de  surrealismo el cuento “El espejo le devolvió un rostro cansado y feliz. Ya le había perdonado y sólo deseaba verle” Le había perdonado… ¿De qué? ¿Se merecía un tipo con unas gafas de espejo ese amor? Las cosas vistas desde cuatro espejos, se ven diferentes. Pobre chica, viajar tantos kilómetros para tener un final así.

En un instante, José Sainz nos hizo dar un salto de Viena a Londres con sus Espejos convexos. Empezó bien, fue un alivio que en el primer párrafo dijera “Hace frío, los adoquines del suelo emiten brillos y siento cómo la humedad traspasa las suelas de mis botas y enfría mis pies como si los mojara”. Podíamos haber apagado el aire acondicionado porque ya estábamos inmersos en la margen izquierda del Támesis en una madrugada de invierno. La infidelidad vista a través de un espejo convexo también duele “Sus gestos, sus movimientos y caricias no eran los de una simple amante sino los de una mujer enamorada, las imágenes, aunque distorsionadas por el espejo, no movían a engaño, ni siquiera quedaba lugar a duda. Ella ya no me amaba a mí, sino a ese otro que había dejado sobre la butaca un traje azul y un bastón con empuñadura de plata”. Hoy ha vuelto de madrugada a esperar a su rival tras los callejones, cuando aparezca por el espejo lo matará, no por acostarse con su mujer, sino por habérsela robado. El relato encuadrado a las orillas del río, nos ha recordado a Dickens y a sus personajes fantasmales.

Con un estilo más distendido Carlos Cerdán nos presentó una historia confeccionada a base de diálogos. Bajo el título de Para eso están las amigas, nos fue desgranando, paso a paso, las vicisitudes de dos amigas con problemas sexuales, una por exceso y la otra por defecto. Con gran finura, sin caer en lo grotesco, los diálogos surgen de forman natural. Un humor muy bien repartido hacen que el relato tenga una lectura amena y simpática.

– Serás asquerosa. Y yo pensando que era una estrecha por no hacerlo. Aún recuerdo que la primera vez que lo hice se me apareció la imagen de la hermana Fuensanta diciéndome que iba a ir al infierno…

– Menuda bruja la hermana Fuensanta. Siempre pensando en lo mismo: qué si vais con chicos, qué si os tocan, qué si os tocáis…

Al final, todos contentos, muchas veces no hacemos más cosas por no hablarlas.

Por último, Paco Plaza nos leyó una segunda versión de su Muerte dulce. El relato sigue siendo igual de bueno que el primero, lo que pasa es que ahora, los que no sabemos jugar al mus, lo entendemos mucho mejor. Órdago a la grande. Sí. Tú ganas, Paco.

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