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Archive for the ‘Relatos breves’ Category

Por Manuel Pozo Gómez

Dicen de él que hizo de la poesía un género universal, la democratizó y la bajó de esos elevados altares a los que los lectores tienen vetado el acceso. Dicen que es el poeta más cantado, y que cantantes como Joan Manuel Serrat y Nacha Guevara han dado voz a sus poemas. Dicen también que introdujo en la lectura a dos o tres generaciones de jóvenes, y que hizo leer a una parte de la sociedad que no consumía literatura. Se trata de Mario Benedetti, uruguayo, y hoy cumpliría cien años.

Benedetti murió hace once años en Montevideo. Escritor comprometido políticamente, tras el golpe de estado militar de 1973 renunció a su cargo en la Universidad y se exilió. En su obra poética se vieron reflejadas las circunstancias políticas y vivenciales del exilio uruguayo, pero también en su teatro, en sus ensayos y en sus relatos. Volvió a Uruguay en 1985, iniciando una nueva época en su obra. Como miembros de una asociación cultural que organiza desde hace años un taller literario dedicado al relato, el mejor homenaje que podemos hacer hoy a Mario Benedetti es publicar uno de sus relatos. Uno de los mejorar relatos que se hayan escrito nunca.

 

Los pocillos. Mario Benedetti.

 

 

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Antonio Lobo Antunes nació en Lisboa en 1942. Es uno de los más destacados escritores del mundo y eterno aspirante al Nobel. Estudió medicina y se especializó en psiquiatría. Como médico militar vivió la crueldad de la guerra colonial de Angola, lo que marcó muchas de sus novelas. Dicen que se le puede reconocer por las primeras líneas de sus novelas (ha escrito treinta y dos). Sus libros no son fáciles de leer, tiene Lobo Antunes un estilo difícil, a menudo se deja ir en un fluir de la conciencia que formalmente se refleja en textos sin puntuación, que arremeten contra la sintaxis para avanzar a base de continuas asociaciones de conceptos y de imágenes. Sin embargo, debajo de sus escritos líricos y melódicos laten profundas emociones, tramas complejas y personajes impregnados de situaciones reales. Su creación literaria es un inmenso edificio de estructuras de ficción que se entremezclan con la realidad y viceversa como se ve en el relato que vamos a comentar.

 

TOM Un relato de Lobo Antunes.

Argumento: Una mujer recibe una carta anómima. La mujer describe las sensaciones que le produce la carta, presenta a la familia del hombre que se la envía (que firma como Solitario Orgulloso) y la suya propia.

Narrador. Un narrador en primera persona. Cuenta su propia experiencia.

Lenguaje: Utiliza Lobo Antunes un lenguaje aparentemente sencillo que le sirve para estructurar un relato donde se mezcla la fantasía con las imágenes reales, típico de su estilo, hasta el punto de que al final el lector no tiene la seguridad de si la carta que recibe la protagonista es real o ficticia.

Ya en la primera línea Lobo Antunes presenta la carta (el objeto sobre el que gira el relato), del que podríamos decir que es el auténtico protagonista del relato y a la mujer, de una forma directa, sin adornos.

Hay sorpresas así: he recibido una carta de amor anónima.

Es un relato triste porque refleja la soledad de una mujer y sus deseos no cumplidos. En el fondo presenta una vida llena de insatisfacciones. Sin embargo, mezcla esta tristeza de fondo del relato con una narración amena y un gran sentido del humor.

Personajes

Queda dicho que se presenta a la protagonista al comienzo del relato, en la primera línea.

El resto de personajes que aparecen son los dos personajes inventados: Solitario Orgulloso y el vaquero. A Solitario Orgulloso se le inventa incluso una familia para entremezclar más los elementos reales con los de ficción.

Otros personajes son el marido y la hija de la protagonista, que son descritos muy sucintamente por la mujer.

La protagonista describe a su hija de la siguiente manera […] Si consiguiese un novio pienso que su odio se mitigaría. Pero no consigue ninguno. Se encierra en la habitación, en caso de que la llame grita Ya voy y casi nunca viene y, si viene, es a mirarme de reojo, refunfuñando. […]. Nos podría parecer que se trata de un relato machista, pero hay que entender la literatura desde el punto de vista de los personajes, y no desde nuestro punto de vista ético como lectores.

La descripción que hace de su marido resulta desgarradora. Con una sola frase revela lo que ha sido una vida entera.

Mi marido cierta vez una postal, cuando fue por motivos de trabajo a Galicia, pero insulsa, sin ternura: llego sábado João.

Es en este punto donde podemos pensar que la mujer tiene una evolución. El lector puede empezar a pensar que la carta es inventada, estableciéndose la duda entre la ficción y la realidad tan típica de Lobo Antunes. Esta fantasía crece y la mujer sustituye en su imaginación al primer hombre que le escribe por un vaquero del oeste. En su imaginación piensa que le ha escrito Solitario Orgulloso, sin embargo este modelo de hombre evoluciona y al final ella piensa en un vaquero como amante. Es evidente la progresión de la fantasía y de lo irreal. El presunto amante es un personaje idealizado, sin embargo la mujer sigue apegada a la realidad. Esto es claro cuando describe la entrada del vaquero en su cocina y el miedo que tiene a que se le raye el suelo de la cocina:

Yo en la cocina con el agobio de la cena, ceñida por el sostén de la rosa, claro, y Tom dejando el sombrero sobre el frigorífico y acercándose a mí, ojalá que sin estropearme las baldosas con las espuelas.

Símbolos: Es posible que en la descripción del vaquero exista una referencia al director de Johnny Guitar (Nicholas Ray). La mujer piensa en un nombre para el pistolero, y dice Ray o Nick.

Debe de tener un nombre estadounidense, Ray, Nick, Bob. Bob ni por asomo, que es el perro de la planta baja. Ray o Nick. O Tom. Tom me gusta.

Espacio: Aunque el relato se basa en los pensamientos de la mujer, hay una constante sensación de movimiento. La narración comienza con el hombre observando cómo la mujer viaja en autobús de casa al trabajo y como regresa también en autobús. También se desarrolla una parte de la acción en la casa de la mujer, en distintas habitaciones, y hay referencias al viaje de su marido a Galicia. Más tarde se recrea el paisaje del Oeste. Es decir, la mujer podría estar en cualquier sitio, pero la sensación de movimiento es constante.

Tiempo: Hay un referencia temporal clara, el veintisiete de julio, que es el día en que la mujer recibió la carta. Desde que recibe la carta hasta el momento de la narración transcurren dos meses.

Es un relato magnífico, muy breve, que recoge las características de Lobo Antunes.

TOM Un relato de Lobo Antunes.

 

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros de relatos Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima).

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Queremos felicitar a nuestro compañero Luis Marín que ha resultado finalista en el VI Certamen de Relatos Cortos Cursos de Verano UNED de Alcalá la Real – Jaén.

Uned alcala la realEl próximo viernes 29 de noviembre,  coincidiendo con la inauguración del Curso Académico 2019/2020 en la UNED de Alcalá la Real, se incluye la presentación del Libro del VI Certamen de Relatos Cortos “Cursos de Verano de la UNED”.

La publicación recoge los trabajos finalistas de este concurso literario cuya temática en la presente edición ha sido la de “La mujer en La Mota”.

 

LuisA continuación incluimos el texto completo del relato “Tiempo de esperanza” de Luis Marín.

 

TIEMPO DE ESPERANZA

Leonor está casi preparada para acudir al rezo poco antes de que las campanas de la iglesia abacial toquen al Ave María. Las mujeres que llegaron tras la conquista de la fortaleza quizá no sabían el tipo de vida que les esperaba. Esposas de jóvenes guerreros sobre las que recaería la responsabilidad de consolidar el asentamiento en esa plaza estratégica de la frontera con el reino de Granada. Después de la firma de una nueva paz, las tropas no descansan, continúan las patrullas que garantizan la tranquilidad de la población. El contingente militar acampado en los arrabales mengua poco a poco por el traslado a otras posiciones. La vida en la Mota transcurre lenta para las mujeres que alternan los servicios religiosos, que se cumplen de forma escrupulosa, con el cuidado de los hijos demasiado pequeños para tomar las armas o de las hijas que se instruyen en las tareas femeninas.

Adiila, como una sombra, camina sigilosa por las callejas de la alcazaba. El velo, que solo deja al descubierto sus ojos negros, le agobia por el calor pero todos los días, al anochecer, sube hasta el adarve para contemplar en la distancia el pico Veleta que aún conserva un pequeño nevero. Allá en Granada están los hombres que tuvieron que abandonar la plaza dejando a sus familias y enseres. Pronto volveré a buscaros mi amor, le había dicho su esposo cuando las tropas que defendían la fortaleza salieron, derrotados, rumbo a la capital del reino. De aquellas palabras hacía ya varios meses y todas las tardes mira hacia el sureste y lanza sus pensamientos hacia el hombre que ama. Protegida por las sombras de la muralla, observa a las cristianas que abandonan el templo de regreso a sus hogares. Espera unos momentos hasta que todas desaparecen en el laberinto de calles. Los suyos no pueden ir a rezar, la mezquita fue clausurada con la llegada de las tropas del rey. Pero en su casa se encarga de orar con sus hijos y les enseña las suras del Corán que su madre le transmitió a ella. Cuenta unos segundos y cuando calcula que no se cruzará con las otras mujeres desanda el camino hacia la alcazaba.

Al doblar una esquina, un leve gemido hace que se detenga y se arrime a la pared. Escucha con detenimiento mientras se desplaza lentamente pegada al muro. Unos pasos más allá un bulto oscuro se queja en el suelo. Se acerca con precaución y ve el rostro de una mujer con lagrimas que resbalan por sus mejillas. Calcula que tendrá poco más o menos su edad y lleva sobre el pelo uno de esos velos cristianos que ella hila para ganarse el pobre sustento de la casa. Leonor se agarra el tobillo con una de sus manos y su mirada denuncia miedo. Piensa Adiila que cuando los hombres estaban en la fortaleza, las calles se mantenían perfectamente transitables, sin esos agujeros que pueden provocar accidentes.

Adiila mira a Leonor con sus ojos negros y profundos y se aparta el velo de la cara para intentar transmitirle tranquilidad. La ayuda a levantarse y sirviéndole de apoyo la lleva hasta el zaguán de su casa que está apenas a unos pasos. Leonor sentada en un taburete espera a la mujer que ha desaparecido tras una tupida cortina. Solo unos segundos, enseguida regresa con un ungüento y un trozo de tela con la que envuelve el pie después de unas friegas. Vuelve a desaparecer, pero la cortina queda enganchada permitiendo la visión del interior. En una mesa baja descansan varios libros y abierto sobre un atril uno de mayor tamaño en el que a pesar de la distancia puede distinguir colores. Será su biblia, piensa Leonor. En otra mesa tres platos alrededor de una fuente con cuscús amarillo que esperan a unos comensales que lo tomarán como único alimento. Tras beber un poco de agua que su anfitriona le ha traído se pone de pie. El dolor punzante que la hizo caer ha desaparecido, mi nombre es Leonor y te quedo muy agradecida mujer. ¿No hubieras tú hecho lo mismo por mi? Un silencio prolongado se instala entre las mujeres mientras se sonríen. Yo soy Adiila.

Unos golpes en la puerta sobresaltan a Adiila que trajina por su casa desde antes del amanecer. Una cesta llena de verduras y hortalizas descansa junto al dintel. Mira a izquierda y derecha y no ve a nadie, ninguna sombra que se escurra entre las primeras luces. La escena se repite durante días. Hoy, del cesto sobresale un papel doblado. Lo lee y lo aprieta contra su pecho, mientras una lágrima resbala por su mejilla.

Desde la torre del homenaje Adiila contempla a lo lejos el tono rojizo de la campiña cordobesa y las sombras de los olivares al pie de la fortaleza. Sus ojos recorren el paisaje desde las sierras Subbéticas hasta el noreste como si recorriera toda la frontera, más allá de sierra Mágina. Al fin el Veleta le indica el lugar donde le espera su marido en el reino de Granada. No puede entretenerse, sus hijos están al pie del adarve con tres bultos de distinto tamaño. Leonor les acompaña hasta la puerta de la fortaleza donde un grupo de hombres les espera para acompañarlos, con la complicidad de la noche, en los primeros tramos de su viaje.

Las mujeres, con las manos agarradas, pronuncian palabras inaudibles para el resto del grupo. Sus miradas se cruzan en una despedida cómplice. Leonor vuelve sobre sus pasos mientras la puerta se cierra. Adiila se detiene cuando llegan a la llanura para lanzar una última mirada al que fue su hogar.

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A continuación, podemos leer el relato íntegro, de nuestro compañero Juan Santos, que resultó ganador del XVII Certamen Literario “Lorenzo Serrano” Vinos de La Mancha, organizado por la Denominación de Origen La Mancha.

Juan Santos Premio VI

“La caja de puros”, de Juan Santos

Sabes que el abuelo fue jornalero y la abuela ama de casa. Hoy te contaré algo más sobre sus vidas y sus ilusiones.

El afán de mi padre era tener una viña propia y el sueño de mi madre, una salita de estar. Durante muchos años se vio obligada a estirar de forma milagrosa un mísero jornal que le entregaba mi padre. Bueno, todo el jornal, no. Una parte del mismo nunca formó parte del estiramiento. En lo más recóndito del almario guardaba una caja de puros donde iba apartando la cantidad destinada para comprar la viña. Era lo primero que hacía. Con el resto del dinero se buscaba las mañas para llegar a fin de mes. La comida era primordial, por eso en ropa se gastaba lo imprescindible y sólo cuando no podía pasar por otro punto. Lo de comprar la salita iba para largo. Teniendo otro escondite secreto, como lo tenía, raras veces sisaba algunas pesetillas. Más bien ocurría todo lo contrario, con frecuencia echaba mano a su nido para salir de algún apuro. Tampoco tenía valor para comprar los muebles a plazos como habían hecho algunas de sus amigas. Pero ella no perdía la esperanza, algún año con la ayuda de Dios le llegaría el turno a su capricho. No pasábamos hambre. Jamás nos faltó un trozo de pan en la mesa, ni recuerdo nunca haber cenado sin vino. Siendo los guisos de patatas escasos en aceite y generosos en agua y ajos sabían a gloria, sobre todo si llevaban algo de carne de pescuezo o una raspa de bacalao. A partir de San Antón las gallinas empezaban a poner y eran deliciosas las tortillas que hacía mi madre. Todos los años engordábamos un cerdo. La matanza era fundamental. Tener un jamón colgado en la pared y dos ladrillos de tocino en la despensa nos daba tranquilidad. Si además la orza estaba medio llena de chorizos, de morcillas y de lomo, no había mayor placer que hurgar con la paleta entre la pringue para sacar la pieza deseada.

Éramos pobres, pero nos conformábamos con lo poco que teníamos. Mi madre daba gracias a Dios todos los días por tenernos en el mundo con salud y con trabajo. Eso no quita que nos diéramos cuenta de que las familias que tenían viñas con buenas cosechas, vivían mucho mejor que nosotros. Mi padre lo sabía, por eso no cesaba en su empeño. Nadie de sus antepasados había tenido un majuelo y él sería el primero en conseguirlo.

Vivíamos en una casa destartalada de muchos vecinos. A nuestra morada se entraba por el patio. Tenía pocos lujos, pero siempre estaba ventilada y limpia, con el humero de la lumbre blanco y la ceniza recogida. Mis padres dormían en una cama de hierro y latón heredada de mis abuelos. Una preciada reliquia a pesar del desagradable gruñido de sus muelles. Mi hermano y yo nos acostábamos en la habitación de al lado, uno a la cabeza y al otro a los pies en una cama turca de cuerpo y medio. La compartimos desde niños hasta que cumplí los diecinueve años que me vine a Madrid. Las dos camas tenían sus colchones de lana y su par de cobertores en invierno. Cuando el frío apretaba echábamos varios abrigos por encima y por dentro metíamos una botella de agua hirviendo para calentar las sábanas. Hacíamos la vida prácticamente en la cocina. Teníamos un infernillo para cocer la leche y poco más. Mi madre prefería utilizar la lumbre porque los guisos estaban mejor y no cogían sabor a petróleo. El único adorno de la pared era un almanaque. Casi siempre tenía imágenes de santos, menos el  año 1968 que la fábrica de gaseosas los hizo con el cuadro de La Vendimia de Francisco de Goya. Justo enfrente, sobre una repisa de madera a la altura de la cabeza, teníamos la radio con su antena y su voltímetro. Era de la marca Philips y para ser de segunda mano apenas hacía ruidos y no se le iba la onda. Por las tardes mi madre oía la novela y por las noches mi padre escuchaba el parte en radio nacional. Nos mandaba callar a todos. Tenía que enterarse bien del pronóstico del tiempo para preparar el capote o no.

En casa no teníamos agua corriente ni colector. Nos lavábamos como los gatos en una palangana blanca llena de porcinos. Para otros menesteres el corral con el basurero colectivo estaba siempre a nuestra disposición.

Mi madre lavaba en la pila de piedra que había en el patio. Normalmente utilizaba agua del pozo para la ropa de color. Para la blanca gustaba darle el último aclarado con agua de la fuente. Por eso era preciso que mi hermano o yo echáramos un par de viajes con los cubos antes de ir a la escuela. Tampoco teníamos televisor. Para ver el futbol o los toros tenía que ir al bar de la esquina y no siempre me dejaban entrar. La mayoría de las veces el muy borde del camarero nos espantaba a los muchachos enchufándonos en la cara con el chorro de un sifón. Yo estrené pocos pantalones y jerséis. La ropa que se le iba quedando pequeña a mi hermano me quedaba perfecta a mí. Zapatos sí gasté unos negros seminuevos con punta en cola de golondrina y agujerillos por arriba. Me los dio mi tío que era cartero y le apretaban para repartir.

Mi padre tenía una bicicleta bh comprada con el dinero que le dieron por una borrica vieja que vendió para la carne. Durante muchos años fue su medio de locomoción para ir al campo. En tiempo de poda solía llegar al anochecer sudando con un saco de ceporros cargado en el portaequipajes. Así estuvo hasta que los jornaleros empezaron a comprarse motos. Mi padre para no menos se compró una mobylette. Con dolor de su corazón, no tuvo más remedio que coger dinero prestado de la caja de puros. Desde aquel momento la bici hecha un trasto pasó a nuestras manos. Le quitamos las agüerillas y le raspamos el barro seco de los bajos. Despojada de aparejos y bien  limpia parecía otra. Nos hizo mucha ilusión. Mi hermano se hacía el amo, pero yo también la cogía de vez en cuando, además era el que arreglaba los pinchazos.

Aquel año, mis padres estimaron que ya tenía cuerpo para ir a vendimiar. Mi hermano que ya estaba zapateado no necesitaba ir de pareja con mi madre. Esa temporada sería a mí, al que sacara de culero.

Imaginaba que trabajar en el campo era duro, pero no tanto. Casi todas las mañanas hacía frío, las cepas estaban llenas de escarcha y meter la mano entre las pámpanas era peliagudo. Mi madre se afanaba en acabar pronto su cepa para venirse a la mía. “Vamos que no muerden” me decía en voz baja. Después me animaba: “Sé fuerte y aguanta que el primer hilo es el peor”. Y no quiero ni acordarme de cuando llovía y el manigero nos aguantaba en el tajo hasta que estábamos chorreando. Menos mal que eso ocurría poco. Lo normal en esas fechas era que a media mañana hiciera muchísimo calor. Momento perezoso que mi madre resolvía dándome almendras peladillas. Me las dosificaba de una en una hasta la hora de comer. Cuando pillaba lejos el remolque para descargar, mi hermano me sacaba alguna espuerta que otra, aunque yo me negaba. No quería quedar como un blando ante toda la cuadrilla. Además el peso no era mi problema, lo más duro para mí era doblarme y cortar las uvas. En aquel código de honor, no estaba permitido ponerse en cuclillas. Aún recuerdo lo mucho que me dolían los riñones sobre todo al caer la tarde. A última hora cuanto más larga era mi sombra, más largo era el hilo para llegar a la punta. Confieso que empecé a odiar a mi padre por la maldita obsesión de comprar una viña, sabiendo él mejor que nadie lo mucho que había que penar.

Pero a él le daba igual lo que yo pensara y lo que yo sufriera. Encima, el dinero que ganamos aquel año mi madre, mi hermano y yo, se lo apropió como algo natural. Le vino muy bien para reunir la cantidad que le faltaba. Se salió con la suya. Había una postura en venta a un precio razonable a la que ya le había echado el ojo. En menos de una semana hizo el trato y la compró.

Lo perdoné porque era mi padre y porque el pobrecillo daba saltos de alegría. Se lo tomó con ganas. Trabajando como trabajaba, de sol a sol durante toda la semana, estaba como loco por que llegara el domingo para irse a trajinar a su viñeja.

En época de injerto, a mi hermano con catorce años y a mí con doce, nos hacía madrugar a las siete de la mañana para ir a echarle una mano. A mí me llevaba de paquete en la moto. Mi hermano nos seguía detrás con la bicicleta. Había tramos del camino, arenosos, donde patinaban las ruedas y era inevitable pasarlos andando.

Aquella navidad nos trajeron los reyes dos azadones un poco más pequeños que el suyo. Con uno de ellos, mi hermano descubría la planta para que mi padre la injertara y luego yo detrás con el otro la iba tapando. Tenía que hacer el panete con mucho cuidado para no estremecer la púa. A cada momento, teníamos que escupirnos en las manos para que el astil se agarrara a los dedos. Al final siempre acabábamos con las manos sangrando. “Es la falta de costumbre”. “Mirad como yo no sangro” decía con sorna mi padre mostrándonos las suyas plagadas de callos.

De todas maneras, he de reconocer que si no era necesario, como desarmentar o cosas puntuales, no nos complicaba a nosotros. Él prefería irse solo a quitar sierpes o a abrir cepas con la satisfacción que le daba trabajar en lo suyo, aun quitándoselo de sus horas de descanso.

La viña dio su fruto. Llegó septiembre y la vendimia. El hecho de que tuviéramos nuestra propia viña no fue motivo de que no vendimiáramos ajeno. Ese año, tenía experiencia y lo llevé mejor. No rechistaba al despertarme por las mañanas y era consciente de que éramos pobres y había que arrimar el hombro en la economía familiar. Contaba chistes y cantaba coplas cuando iba el primero y el día del remate fue una juerga para mí. Me sentía orgulloso de haber estado la altura de mi hermano y de cualquier persona mayor.

Al fin de semana siguiente, tocó ir a lo nuestro. Bastó el sábado y el domingo para vendimiarla entera. Juntamos cuatro parejas con nosotros, mi abuelo, mi tía y dos de mis primos. En familia daba gusto vendimiar. Íbamos más pausados, sin carreras y sin el estrés de quedarnos atrás. Recogíamos del suelo hasta el último grano y los cigarros eran más largos y relajados. Recuerdo aquellos días de trabajo como dos jornadas de excursión en el campo. El tiempo acompañó y todos compartimos con mi padre la alegría de haber cumplido el sueño de su vida.

Una noche cuando los primeros fríos desnudaban los sarmientos de la llanura manchega, mi padre se presentó en casa con un sobre lleno de billetes.

–Es el dinero de la uva. Toma guárdalos en la caja de puros –le dijo a mi madre.

Mi madre, sin rechistar y sin mostrar el mínimo entusiasmo, los cogió y los guardó en el almario. Enseguida volvió a la cocina.

– ¿Qué te pasa mujer? ¿Es que no te alegras? Cualquiera diría que lo he robado.

Mi madre esbozó una sonrisa.

–Estoy muy contenta. Perdóname que no lo demuestre. Lo has ganado a fuerza de sacrificio con el sudor de tu frente, como todo lo que ganas.

–Entonces… no entiendo tu cara de enfado.

–Es que  no tengo ganas de reír.

– ¡Alégrate mujer! Pronto compraremos otra viña y todo nos irá mejor.

Mi madre no pudo contener las lágrimas.

– ¿No te das cuenta que a mí lo que me hace ilusión es tener una salita de estar con un mueble bar, un tresillo y dos sillones?

– ¿Con dos sillones, dices?

–Sí, con dos sillones. Uno para que descanses tú y otro para que descanse yo.

Juan Santos

 

 

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La asociación PRIMADUROVERALES, organizadora del concurso anual de relatos cortos MADRID-SKY, presenta para el nuevo curso 2019-2020 las siguientes iniciativas:

Logo Madrid Sky Primaduroverales TallerA: Taller de iniciación a la creación literaria (todos los martes, desde el 1 de octubre próximo)

B: Nuevo curso del tradicional taller de creación literaria (escritores con experiencia), desde hace más de 20 años (todos los jueves, desde el 3 de octubre próximo)

La inscripción y solicitud de información se puede realizar a través de correo electrónico (asociacionprimaduroverales@gmail.com) o bien por teléfono (+34 600855711). Lugar: C/ Sebastián Herrera 12/14, edificio abogados de Atocha, en Arganzuela. Horario de 19 a 21 horas.

Programa inicial para el TALLER DE INICIACIÓN (1º Trimestre)

Martes 1 de octubre: Los primeros pasos de la creación literaria. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 8 de octubre: Las características del relato. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 15 de octubre: El tema, el argumento y la trama. Diferencias. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 22 de octubre: El narrador. Distintos tipos de narrador. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 29 de octubre: El narrador en primera persona. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 5 de noviembre: El narrador en primera persona. Continuación. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 12 de noviembre: Análisis de un relato en primera persona.

Martes 19 de noviembre. El narrador en tercera persona. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 26 de noviembre: El narrador en tercera persona. Continuación. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 3 de diciembre: Otros tipos de narrador. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 10 de diciembre: Introducción al tiempo y al espacio. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Martes 17 de diciembre: Concurso navideño de relatos. Propuesta de ejercicio. Bibliografía.

Taller de creación literaria curso 2019 – 2020

Puesto que se trata de un taller de escritores con experiencia –unos más que otros, algunos incluso novísimos– proponemos un trabajo que estimule la creatividad a lo largo del curso con la intención, en este caso, en este curso, de que cada uno de los integrantes pueda a llevar a cabo, si así lo desea, una obra completa.

Siempre repasaremos la técnica, algo consustancial a la literatura. Por eso al taller se puede sumar todo aquel que lo desee, tenga poca o mucha experiencia en la escritura creativa. A quien le gusta escribir le será fácil integrarse en un grupo con experiencia que le ayudará a avanzar ofreciéndole nuevas perspectivas.

Para este nuevo curso la propuesta es la siguiente:

Las vidas paralelas o alternativas. Así, a grandes rasgos (pues nos gusta que las propuestas estén vivas y experimentar) la idea es seguir la premisa: ¿Qué hubiera pasado si en lugar de tomar una decisión, un camino… se hubiera elegido otra decisión, otro camino…? Determinaremos cómo lo enfocará cada uno: de modo personal, lateral, histórico…

Continuaremos aprendiendo narrativa (nunca se acaba de aprender) de los grandes maestros, y también de la poesía.

En este curso nos centraremos también en la influencia de elementos externos, naturales o artificiales. Tomar conciencia de nuestro “ser” cósmico.

Esperamos que esta propuesta sea atractiva. Si no lo fuera, seremos como Groucho Marx, que tendremos otras. Propuestas no faltarán para dar vivacidad al nuevo curso. Somos persistentes, trabajadores…, pero no tozudos, si algo no cuaja, viraremos los grados que sean precisos en busca de un nuevo objetivo.

Proponemos a los nuevos alumnos asistir sin compromiso a la primera clase. La incorporación se puede producir en cualquier momento del curso. Lo importante es que, si te gusta, no te quedes sin escribir. ¡Nosotros te ayudaremos en el Taller de Creación Literaria de la asociación Primaduroverales!

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SEDES DEL TALLER LITERARIO: PAZO DE LOS ULLOA EN ESPOSENDE (RIBADAVIA) Y MUSEO ETNOLÓXICO DE RIBADAVIA (OURENSE).

La UNED de Ourense desarrollará en Ribadavia un taller literario sobre el relato breve.

Esta actividad formativa será impartida en lengua castellana por Manuel Pozo Gómez el fin de semana del 18 al 20 de octubre, con una duración de 20 horas (15 presenciales y 5 a distancia).

El taller literario contará con dos sedes: El Pazo de los Ulloa en Esposende (Ribadavia) y Museo Etnolóxico de Ribadavia, que acogerán un maximo de 18 alumnos.

 

Manolo Pozo Manuel Pozo Gómez (Madrid, 1961). Licenciado en Filología Alemana en la Universidad Complutense de Madrid. Miembro de la asociación Primaduroverales.

 

Ha resultado premiado en varios certámenes literarios, entre ellos el Concurso de Cuentos Puente Zuazo en el año 2008, organizado por la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes de la ciudad de San Fernando, el certamen literario Roger de Lauria en 2011, organizado por la Generalitat de Cataluña y el Ministerio de Defensa y los certámenes literarios Cuentos sobre ruedas y Ciudad de Bargas en el año 2013.

 

En el año 2008 publicó su primer relato en la antología titulada A contrarreloj II, de la editorial Hipálage. Posteriormente ha publicado con regularidad. En 2011 publicó el relato La preguntita del taquillero, contenido en la Antología V del premio ediciones OROLA. En 2013 publicó el relato Fabían Casares, en el libro de relatos Madrid SKY, cuentos, con la editorial QVE y El tiempo en el acantilado, en el libro Mar de relatos, con la editorial Club Universitario. En el año 2014 publicó con la editorial Verbum El día que me encontré con Pirri, en la antología Cuéntame un gol. Cuentos de fútbol y El Amaru, en la antología Cuentos Junto a la Laguna, editado por la Diputación Provincial de Zaragoza.

Modalidad matrícula online, Pulsar AQUÍ

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El concurso Cuentos sobre ruedas, convocado por ALSA con el fin de fomentar la creación literaria referida al ámbito de los viajes, es uno de los certámenes más prestigiosos de España. En la XVIII edición la ganadora ha resultado ser María Emma González Arribas, de Arcos de la Frontera (Cádiz), por su relato “CATTLEYA AUREA”.
Los otros cuatro relatos seleccionados por el jurado para ser publicados junto al ganador fueron:
• Pedro Maestre Herrero, de Elda (Alicante), por “Historia de la Literatura”.
• Alberto Palacios Santos, de Salamanca, por “El viaje de Ramón del Castillo”.
• Esperanza Ruiz Adsuar, de Elche (Alicante), por “Allegra”.
• José Ángel Corral Suárez, de Bertamiráns-Ames (La Coruña), por “El vagabundo de Texas”.
Es una satisfacción para la asociación Primaduroverales ver a Alberto Palacios Santos entre los finalistas del certamen Cuentos sobre ruedas, hecho que se produce por segunda vez. El salmantino es un viejo conocido de la asociación, ya que obtuvo el tercer premio en la V edición del certamen Madrid Sky con el relato Los vecinos, y fue primer finalista en la II edición con el relato The woman in the window.

Estamos convencidos de que ante tanta insistencia acabará ganando alguno de estos dos certámenes. En este caso le rendimos homenaje publicando su relato finalista en la edición XVIII de Cuentos sobre ruedas.

El viaje de Ramón del Castillo

Finalista en el XVIII Concurso de relatos breves Cuentos sobre ruedas-Alsa

Alberto Palacios Santos

El 15 de noviembre Ramón del Castillo, conocido como El Sucio, tenía una pelea en Los Mochis, en el estado de Sinaloa.

Esa noche, la mujer de Ramón, la india Jimena, había soñado, como si fuera Calpurnia, la última esposa de Julio César, que alguien iba a acabar con la vida del boxeador antes de que acabara el día.

Ramón El Sucio, no podía permitirse no pelear una noche por un mal sueño de su mujer, aunque fuera descendiente directa de los chamanes de Copán. A la una menos cuarto salió de casa, un cuarto de hora después tomó el autobús en la Plaza de Abastos y se dispuso a viajar durante seis horas.

La india se había quedado en casa en completo silencio, mirándole meter sus guantes negros, su calzón rojo y su camiseta brillante en la bolsa de deporte. La india Jimena sabía hacer cosas que Ramón no había visto hacer a nadie, como dormir sin cerrar los ojos, hablar sin mover la boca o llorar vertiendo las lágrimas hacia su interior. En el momento en el que Ramón del Castillo salió de casa estaba haciendo alguna de estas tres cosas, pero no supo cuál.

Cuando el autobús hizo la segunda parada, subió una chamaca linda, de no más de veinte años, que se sentó junto a Ramón a quien se le encendió algo por dentro, una especie de chispa cálida que ya solo sentía después de un combate especialmente duro, o cuando el empresario de turno le daba su bolsa. Con las mujeres hacía tiempo que sentía muy poco, y la india Jimena siempre había sido tan parca en la cama como en el resto de su vida.

Aquella chamaca del autobús olía a flores maceradas en alcohol, de su cuerpo le llegaba un olorcillo dulzón con un final ácido que excitaba a Ramón por más que tratara de distraerse mirando hacia el paisaje que corría tras la ventanilla. Después de un bache espléndido en el que todo el pasaje dio un respingo, Ramón se dirigió sonriente a la muchacha, la miró por primera vez a la cara y, aunque se la había imaginado más hermosa, quedó entusiasmado con sus labios carnosos que le sonrieron sin excusas.

̶ Estos trastos acaban con uno antes de llegar a su destino.

La chica miró a Ramón como si lo conociera, le sonrió con sus labios de carne y le contó que ella tomaba todos los días esa línea y sabía exactamente dónde estaban situados cada uno de los baches, las curvas más peligrosas y los cambios de rasante en los que podían cruzarse con algún auto despistado.

Ramón estaba encantado de la locuacidad de la muchacha, según hablaba podía mirarla sin disimulo, recorrer con la mirada sus cabellos largos y rizados, tan morenos como los de su esposa pero mucho más suaves, fijarse en sus pechos generosos, en sus brazos firmes y en sus orejitas pequeñas perforadas con varios aretes plateados.

Después de que la chica le señalara con precisión matemática dos baches y un cambio de rasante en el que se cruzarían con un auto amarillo, Ramón le extendió su mano derecha para presentarse.

‒ Me llamó Ramón del Castillo, soy boxeador.

A la chica le brillaron los ojos, el olor dulzón de su cuerpo se hizo más intenso y Ramón supo que tenía que seguir atacando.

‒No sé si ha oído hablar de mí, me llaman El Sucio, hoy tengo una pelea en Los Mochis.

A la chamaca le despertó el apelativo de Ramón.

‒ ¿Le llaman El Sucio?

‒ Me quedé con ese nombre por culpa de una pelea de hace muchos años en la que dicen que gané de forma ilegal y, aunque expliqué mil veces qué pasó, me quedé con el mote, solo siento que al pendejo al que tumbé le pusieron El Ángel. Nunca he podido demostrar que me la jugó para perder y hacerse con ese nombre. Yo me llevé la bolsa y él la gloria.

‒ ¿Hubiera preferido perder y llevarse la gloria?

‒Por supuesto señorita, ¿por quién me toma?

Es ahora la chica, que solo acierta a decir que se llama Rosa y que es estudiante de administración de empresas en Los Mochis, la que apenas escucha a Ramón, la que solo logra fijarse con detenimiento, casi con mimo, en ese hombre menudo, de pelo ensortijado y nariz deformada.

‒ ¿Su nariz está rota?

‒Lo estuvo alguna vez   ̶ Ramón ríe con ganas― ahora solo es un trozo de carne pegado a mi cara.

Rosa también ríe y alguien, una voz femenina situada unos asientos por detrás, pide silencio. Ramón aprovecha para acercar su cara a la de Rosa y hablar muy cerca de esos labios de los que no puede apartar la imaginación.

‒Hay partes de mi cuerpo que han recibido tantos golpes que han pasado de la categoría de carne a la de pedazo de corcho.

Rosa siente muy cerca el olor a sudor de Ramón mezclado con el de la espuma de afeitar, un aroma que le recuerda lejanamente el de su cuarto de baño, cuando su padre aún estaba en casa, antes de fugarse a Puebla con aquella chamaca de ojos verdes.

‒ ¿Y no le duele?

Ramón no entiende bien la pregunta.

‒ ¿Qué no duele? ¿La nariz? ¿Los músculos? ¿Los huesos?

‒No sé, todo… ¿No le duele cuándo le pegan en las peleas?

‒En las peleas no hay dolor, chamaquita, el dolor llega todo junto cuando termina el combate y vuelves a casa o a la fonda. En las peleas solo hay tensión, no puedes despistarte, no puedes pensar en nada, si cierras un momento los ojos cuando los abres ya estás en la lona.

Rosa se imagina ahora a Ramón tumbado en la lona, con los ojos cerrados y la nariz rota, sangrando.

‒ Es usted un valiente, a mí me daría mucho miedo.

‒A mí también me da miedo, Rosita.

La forma en cómo ha dicho su nombre, hace que Rosita se sonroje, para disimular inclina su cuerpo y recoge del suelo del autobús un bolso dorado que tiene junto a sus pies, lo abre y busca algo a lo que sujetarse, no tarda en encontrar un caramelo de menta envuelto en papel verde muy brillante que ofrece a Ramón, que niega con la cabeza mientras sonríe. Rosita desenvuelve el caramelo con cuidado y Ramón retira la mirada, como si estuviera mirando más de lo que se le permite cuando el caramelo roza los labios carnosos de la chica.

En el momento en que Ramón intuye que el caramelo ya está en la boca de la chamaca vuelve la cara hacia ella, al hacerlo siente el olor a menta muy intenso e intuye que está demasiado cerca. Rosita también piensa en algo que no debería pensar y, para no hacerlo, sigue hablando con el boxeador.

‒ ¿Cuándo va a ser la pelea de Los Mochis?

‒ ¿La pelea? Hoy mismo, mija, es el primer combate de la velada, así que voy directo a la Ciudad Deportiva, del autobús al cuadrilátero, sin pensar.

‒ ¿No le dará tiempo a almorzar y descansar?

‒Ya estoy descansando. En cuanto llegue a Los Mochis comeré algo con muchas proteínas en cualquier parte, y después directo al combate.

Rosita imagina a Ramón buscando un sitio barato para comer, y subiendo a un autobús lleno de gente con su bolsa de deporte, y llegando al pabellón muy tarde, vestido ya de boxeador, mientras la gente le espera y le silba.

‒Si no le importa puedo invitarle a comer cuando lleguemos, conozco un restaurant pequeñito cerca de donde para el autobús, tiene comida italiana, ¿le gusta la comida italiana?

Ramón escucha muy atento y se enternece al oír como la chica pronuncia restaurant, el olor a menta lo ha llenado todo y los labios de Rosita parecen menos carnales.

‒Claro que me gusta, la pasta es muy importante en la alimentación de un deportista.

‒Pues allí donde le digo la preparan de mil formas, y todas están deliciosas, ya verá.

‒La acompañaré con mucho gusto señorita, pero seré yo el que invite.

Rosa no sabe qué decir, se da cuenta de que el boxeador la mira como miran los ojos de los hombres mayores, que su pelo es escaso y su gesto el de un guerrero cansado. Rosita sabe, como si alguien se lo estuviera diciendo al oído, que Ramón del Castillo va a perder esa noche algo más que la pelea y que solo ella puede evitarlo.

‒Está bien, cada uno podemos pagar lo nuestro, lo importante es que cargue bien sus energías para ganar la pelea.

El autobús abandona la Carretera Federal 15 para hacer una nueva parada, muchos de los pasajeros comienzan a levantarse y a uno de ellos se le cae al suelo una caja de cartón agujereada que se abre y de la que escapa un animalito de color verde, una iguana de unos treinta centímetros que provoca una especie de pánico contenido entre el pasaje y la bronca del conductor que detiene el vehículo pidiendo calma. El animal acaba apareciendo entre las piernas de Rosita que lo alza del suelo con serenidad y se lo entrega en las manos a su dueño, un hombre con aspecto indígena que la mira como si quisiera decirle algo, pero al que el conductor obliga a bajar del autobús allí mismo.

Rosa se queda largo rato mirando por la ventanilla del autobús al hombre de la iguana, como si tratara de averiguar qué es lo que ha estado a punto de decirle.

Cuando llegan a Los Mochis el sol le da a la ciudad un tono anaranjado de película vieja, el autobús serpentea por las calles y los automóviles se pegan a sus costados como las moscas a un buey.

Ramón saca del bolsillo del pantalón un papel arrugado donde está escrita la dirección del pabellón y el nombre de la persona encargada de recogerle junto al número de un celular, mientras tanto Rosita busca algo en su bolso.

Unos minutos más tarde el autobús para y los dos se ponen de pie, Ramón ve frente a él a una chica de espaldas anchas y piernas largas enfundadas en unos tejanos azules muy ajustados. Rosa ve a un hombre pequeño y robusto, demasiado mayor para el papel que está interpretando, que sonríe y mira nervioso a los lados. Los dos bajan cómo si fueran una pareja de turistas y caminan juntos hasta el restaurante italiano que está a dos calles de la parada.

Apenas hay clientes, tan solo tres obreros de la construcción con sus monos de trabajo charlan en la barra, miran sin disimulo a Rosa y comentan algo que Ramón no puede oír pero que intuye. El comedor es grande, los manteles son de cuadritos rojos y blancos y, sobre ellos, hay lamparitas apagadas esperando la hora de la cena. Una camarera muy joven, vestida con una camisa blanca y el pelo recogido en una coleta les acerca una carta. Ramón se siente extraño y desprotegido desde que salió del autobús, echa de menos el calorcito, y el espacio reducido del vehículo, y hablar con Rosa sin necesidad de mirarla a la cara, como ahora, que la tiene delante y no sabe qué decirle.

Es ella la que habla primero.

‒Yo siempre pido raviolis, los hacen muy bien, con gorgonzola, espinacas y salsa de pesto.

Ramón no sabe qué son exactamente los raviolis, ni conoce muy bien el resto de ingredientes. Pero tiene hambre y dice que le parece bien. Rosita le explica que también puede pedir pizza o cualquier otra cosa y Ramón, apurado, dice que así está bien.

Mientras esperan la comida, Rosa le pide a la camarera que les lleve unas cervezas, Ramón no dice nada y en cuanto llegan las jarras se agarra a su asa como un náufrago.

Hasta el tercer trago no comienza a hablar.

‒No puedo pasarme con la cerveza, tengo que ver con claridad la cara de mi contrincante para poderle golpear.

‒ ¿Quién es?

‒ ¿Mi rival? Un chico nuevo, un chamaco de Los Mochis que se llama ‒Ramón saca de nuevo el papel arrugado y lo lee entornando los ojos‒ Lucio Puñal, creo que su padre también fue boxeador, me suena mucho, seguro que hemos peleado en alguna parte.

‒ ¿Con el padre? ¿Y ahora va a pelear con el hijo?

‒Ese chico está bien relacionado, necesitaba a un rival con experiencia, dicen que es muy bueno y que está harto de pegar a los de su edad, que necesita machacar a un veterano para que se empiece a hablar de él.

‒ Y ese veterano es usted.

‒ Buena bolsa, buen ambiente… si ese niñato quiere un buen sparring no hay problema, yo hace tiempo que perdí los escrúpulos.

La camarera lleva hasta la mesa los platos con los raviolis humeantes, el olor a albahaca invade la mesa. Ramón come con apetito y Rosa pide dos cervezas más. Cuando la camarera las deja en la mesa Rosita se fija en que tiene una iguana tatuada en el antebrazo derecho.

‒ La cerveza de este restaurant es excelente, es una de esas cervezas artesanas que no hacen daño.

‒ No sé si no hará daño, chamaca, pero te aseguro que calienta cuerpo y espíritu.

Antes de que traigan el segundo plato ya han llegado otras dos jarras y, cuando terminan de comer, Ramón siente una especie de felicidad interior que hacía tanto que no sentía que duda de si es él quien está sentado en aquel restaurante o si todo aquello solo es la imagen de algún recuerdo olvidado.

Antes de marcharse aún les da tiempo a brindar con una botella de tequila que la camarera ha dejado en la mesa junto a dos vasitos.

Cuando salen por la puerta del restaurante, Ramón ha perdido su combate particular con Rosita y ésta lo lleva del brazo hasta un taxi, y el taxi los conduce hasta un hotel pequeñito donde Rosa pide una habitación a su nombre y paga por adelantado.

El 15 de noviembre Ramón del Castillo tenía que haber peleado en Los Mochis, en el estado de Sinaloa. Esa noche, la mujer de Ramón, la india Jimena, había soñado, que alguien iba a acabar con su vida antes de que terminara el día.

Por suerte para Ramón, los recursos de una descendiente directa de los chamanes de Copán son infinitos.

 

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La tarde de ayer resultó prolija en relatos, análisis y buen humor. Tanto es así que no había forma de titular esta crónica sino fuera haciendo referencia a todo lo que se leyó.

Los wiki’s siguen llegando sin parar, cada autor (¿loco?) con su tema y sus personajes, que siguen yendo y viniendo. En cualquier momento, me temo, algún personaje se va a terminar preguntando quién es realmente, a que cadena de wiki’s pertenece y, quizá lo más importante, quien es su autor.

Bueno, pues empecemos por Luis Marín, que ya va por su cuarta wiki-entrega. Nos leyó ‘Me bajo en la próxima’. Un vagón de tren, un viaje a no importaba donde. Una mujer en el mismo compartimento, un libro al que no se presta atención, y conversaciones figuradas. Una frase “… su matrimonio podía haber sido un final feliz para su historia …

Charo nos leyó “La herida”, su tercera wiki. Un diálogo interior de un personaje con su propio dolor, su intenso dolor. Otra frase para ilustrar: “… le engaño a él, pero no a mí, es insufrible, este sentir el cuerpo …

Lourdes nos contó, a través de su segunda wiki, ‘El muerto’. Un texto complejo, que necesita más de una lectura. Sus toques habituales y alguna broma acerca de la geometría aplicada a una escena literaria. Un trozo para ilustrar: “…  alrededor un silencio de marea muerta. Era algo de ellas dos y el silencio. Ni un balbuceo se permitieron …

Juan-Jo Valle-Inclán se presentó con ‘El sonido del silencio’. Su tercera wiki. El título sugirió alguna broma sobre una canción de un dúo norteamericano de hace algunos (muchos) años. Pero el texto realmente estaba en otra onda y en un espacio más bien claustrofóbico. Y otro muerto, pero eso sí, éste rodeado de hábiles diálogos. Una extracto: “… una de las dos figuras borrosas parece estar gritándome, la otra se ha agachado …

descarga (1)Finalmente, Carlos Cerdán, nos presentó, su cuarta wiki “Una imagen cubierta de nieve”. Dos escenas que se nos cuentan en paralelo pero que transcurren en distinto tiempo, para acabar confluyendo en el desenlace. Ah! y una canción “Lucy in the sky with diamonds”. ¿No os parece raro que Carlos hable de música en sus textos?. Ahí va un extracto: “…  miró sus huellas sobre la nieve y buscó otras. Unas huellas tapadas por el tiempo y el olvido …

Pues eso es todo por ayer, que no es poco, … hasta el jueves que viene

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Por: Luis Marín

Cuando empecé a escribir, creí que un cuento consistía en poner unas palabras detrás de otras. Cuestión de sentarse delante de un folio en blanco y empezar a dejar ideas puestas en orden, cuidando las expresiones que se utilizan, para expresar una historia. El día que alguien, con cariño, me dijo que eso se podía definir como un ‘juntaletras’, consideré al que me lo decía como un pedante.

Aquel pedante, me generó una duda. ¿Era eso suficiente? Yo quería escribir, primero, para mi desahogo, pero también con la idea de que alguien me leyera y no arrugase la nariz al hacerlo.

Leía mucho y procuraba sacar conclusiones e ideas que podía trasladar a mis escritos. Un día saqué del cajón todas las hojas que había manchado y comprobé que mis pensamientos eran reconocibles, para mí, pero que no transmitían nada que pudiera resultar atractivo a un tercero.

Recursos literariosAlguien me habló de escuelas de expertos que enseñan a escribir y ofrecían visiones diferentes sobre cómo afrontar un texto. Descubrí un mundo nuevo y desde entonces, no voy a decir que haya eliminado el desasosiego, pero sí que estoy seguro de que quiero seguir este camino y trabajar con modestia para crecer en mi trabajo narrativo.

Diréis que vale, pero que dónde quiero llegar con este discurso aburrido.

Hoy, cuando hemos leído en el taller dos relatos de lo que pretendemos que sea una sucesión de escritos con alguna interrelación (podríamos llamarlo wiki personal) me reafirmo en la idea de que esto de escribir es un largo camino. Quizá un camino personal al que no debemos poner lugar de destino. Cada cual parará en la estación que considere oportuno.

Ya hablamos de narrador, de dónde está situado en la historia, tiempo narrativo, de espacio, trama, estructura, metaficción y más y más. Pero cuando hay que enfrentarse a determinadas figuras literarias, uno acaba dándose cuenta de que apenas ha dejado los pañales para iniciar los primeros pasos balbuceantes.

Cuando se enfrenta al reto de introducir en un relato una sinécdoque, lo primero que hace es ir al diccionario para investigar qué demonios significa ese palabro. Pero cuando aún no se ha recuperado del impacto aparece la sinestesia, o el calambur (con sentido – consentido) y después la aliteración y más tarde la paradoja y vete a saber qué más figuras tendrás que trabajar.

Parece una broma, pero no lo es. Cuando se escribe con el objetivo de emplear esas figuras literarias se borra la sonrisa que se ha podido tener hasta ahora. Sí, te he visto sonreír cuando las he nombrado, pero cuando te pongas delante de tu pantalla a intentar meterlas en un texto coherente, no a martillazos, de forma sencilla para que el lector lo pueda digerir sin necesidad de antiácidos, yo mismo te prestaré el paño que seque tu sudor.

calamburHoy Alicia y Paco se han enfrentado a la puesta en común de su trabajo en relatos que van conformando su wiki particular. Y nos han deleitado con fragmentos estupendos, con el uso del calambur “Tomasa con su escoba va riendo, Tomasa con su escoba barriendo” y de la aliteración “has bloqueado la puerta, escuchas cómo las zarpas de los zombis rozan el zócalo, rezas” que nos han hecho conscientes de la dificultad que representan. En semanas sucesivas irán cayendo otros intentos que nos harán discutir de la esencia de esas figuras que, probablemente, estamos cansados de leer y que pasan inadvertidas por su integración en el texto pero que lo hacen más bello.

Cuando empecé a escribir, no conocía muchas de estas cosas. Pero ahora espero cada jueves, con ansia, para seguir avanzando.

Después leímos un poema de Jacques Prévert “Para hacer el retrato de un pájaro”, de Amado Nervo “En paz” y de Emily Dickinson “Soy nadie ¿tu quién eres?” y “Ensueño”. De ahí salieron nuevas condiciones para la siguiente fase de nuestras wikis que va a iniciar Paco que con su diligencia va en primera posición con varios cuentos de ventaja. Se va a enfrentar al reto de escribir en clave de paradoja con el concepto de modestia sobrevolando en él.

Seguro que nuestro compañero ya le está dando vueltas en la cabeza a los personajes que ha seleccionado y nos deleitara con su originalidad.

Amigos del blog, ya tendréis noticias

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El próximo 17 de mayo, a las 8:00, Juana Muñoz presenta en nuestro taller, el del grupo Primaduroverales, su libro de fotos y microrrelatos “Voces del villar”.

portada Juana Muñoz (1)“Un pueblo muerto, mujeres muertas y voces vivas, siempre vivas. Voces que han pasado a la eternidad, el llanto de mujeres en su destino de haber sido y ser mujeres.

Gritos ahogados de mujeres que retumban en el silencio mesetario, un pueblo abandonado, casas hundidas y las historias que rondan, que están en el aire, en la memoria, en el olor, en los nombres, en este tejido del alma que no acaba de desenredarse. Algo así debía de ser la idea del purgatorio”.

En el siguiente link podéis oír un maravilloso y tremendo audio con las lecturas de los relatos, en las que, además, se incluyen las voces de nuestras compañeras del grupo: Carmen Aguilera y Ascensión Sánchez: https://vimeo.com/264586051

Para finalizar, un ‘autorretrato’ de Juana Muñoz
Imagen1 (2)“No me gusta ser esto o aquello, ni escritora, ni fotógrafa, ni mujer de nadie, ni empresaria, ni madre, ni hija, ni nada. Me molesta que se dé por sentado que tengan que caerte bien los niños por ser niños, los ancianos por ser ancianos, o los de tu pueblo por ser de tu pueblo. Amo las cosas bellas.

He ido descubriendo con el tiempo que la aceptación reporta cierta paz. Necesito nadar para desinflar mi mente, y me gustaría bailar a todas horas. Comparto la sensación existencial de Pessoa.

 “Todos tenemos dos vidas: la verdadera, esa que soñamos en la infancia y seguimos soñando, adultos, en un sustrato de niebla. Y la falsa, esa que vivimos en convivencia con los otros, la práctica, la útil, esa en la que acaban por meternos en una gran caja.”

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