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Por: Paco Plaza

Estaba la tarde fría y desapacible, una tarde de invierno, vamos. Pero en nuestro taller teníamos calor a raudales, tanto ambiental, a veces parece que nos quieren asar lentamente (usando el calambur de Carlos diría que nos van a dorar), como sentimental, por lo que dispusimos a pasar un par de placenteras horas literarias. Continuamos con el juego de las wikis, esos cuentos interrelacionados en los que nos ha metido Pura este curso. Poco a poco vamos completando las distintas etapas propuestas. Esto parece una gincana.

trenEste jueves empezamos con la cuarta entrega de Carlos Cerdán, con su relato “Unos dedos gordos”. Carlos Cerdán acostumbra a dar un tono de novela negra a sus relatos y sus personajes nos evocan a las películas de John Huston (El halcón maltés) o Carol Reed (El tercer hombre); esta vez faltaba el fondo musical que Carlos suele imprimir en sus creaciones; pero teníamos el traqueteo de un tren, por lo que la película perfecta para asociar a su relato sería “Extraños en un tren” de Alfred Hitchcock. Dos desconocidos, un cura y un policía, entablan una conversación en un tren y a través del diálogo descubrimos los repulsivos hábitos de uno y las aviesas intenciones del otro. De nuevo dos personajes oscuros muy bien dibujados por Carlos sin descripción alguna, solo con un uso inteligente del diálogo. Lo de la paradoja y la modestia requeridas en el ejercicio estaban un poco cogidos con hilo pero el relato gustó, he aquí un extracto:

  “… – Jajaja, dejémoslo estar – con una risa fingida, el sacerdote cerró el tema – Sabe, su trabajo y el mío tienen muchas cosas en común.

– ¿Lo dice porque los dos damos hostias?

-¡Por Dios, no! ¡Qué ocurrencia!

– Entonces no veo en qué.

– Sí hombre, a los dos nos hacen confesiones.

Beltrán lo miró con sorna. Las que me hacen a mí no suelen ser voluntarias …”

calabacinContinuamos con la primera entrega de una participante recién llegada al taller:  Charo. Muy atrevida nos divirtió con un relato cargado de sensualidad y sin tapujos titulado “Falocracia”. Usó una sinécdoque perfecta al representar a un hombre por su pene, ¿para qué hace falta el resto?¿no? Hizo también un buen ejemplo de sinestesia: “…Dejo el teléfono y sumerjo mi mano derecha en la bañera en busca del pene. La voz al otro lado del teléfono que acabo de oír me trae añoranzas de esta madrugada. Jaime deja en el aire un blanco perfume de ensueño.  Me entretengo palpando tu pene, esta erecto. Quiero que recorra todo mi cuerpo. Al igual que una relajación lo voy pasando desde el pie hasta la nuca, siendo consciente de cada parte de mi cuerpo, sintiendo su contacto y me invade la alegría…”.

Después José nos volvió a deleitar con su segunda entrega de la wiki: “La ley del Pana”. Relato que nos traslada a los bajos fondos de una gran ciudad americana en la que los chicos y jóvenes dominicanos no tienen otra salida que la delincuencia o las bandas de gansters. Relato con narrador omnisciente en el que se mezclan con maestría los diálogos directos, los directos libres y los pensamientos del narrador. Además supo incluir con elegancia algún que otro calambur:

“… Salió de la cárcel a las doce en punto y llegó a su casa muy contento. Silbando,

sonriendo y con ganas de broma. Quien primero lo vio fue Robe. De un salto se

enganchó a su cuello con todas sus fuerzas.

-¿De qué te reías? –Le preguntó el chico.

-Yo no me reía –respondió el Pana.

-¿Cómo que no?

-A ver, ¿son risas las sonrisas? No, las sonrisas no son risas –dijo, y Robe al oírlo

agachó la cabeza un poco avergonzado. Entonces su hermano añadió–, aunque

sí son rojos los sonrojos.

Así era el Pana, tenía labia y se enrollaba. Un tío simpático con los mayores y

sobre todo con los niños. ¿Quién no era colega del Pana? ¡Nadie! …”

Por último Carlos Valle-Inclán nos leyó su segunda entrega: “La prueba”. Un relato corto pero inquietante, del que emana el ambiente claustrofóbico y opresor de un psiquiátrico en el que podemos ver cómo un hombre desesperado por haber perdido un brazo puede perder también la cabeza. Aquí va un extracto con el calambur que requería el ejercicio:

“… Esos asquerosos doctores. Creen que pueden jugar a ser Dios. Que todos debemos adorarlos, pensó.

– Lo que voy es a dorarlos, dijo en voz alta. Los voy a quemar vivos si piensan que pueden jugar conmigo. Malditos malnacidos, gritó sin darse cuenta de que había cogido la caja con su única mano, la derecha, la tonta; la había levantado sobre su cabeza y la había lanzado contra el suelo.

El golpe resonó seco, airado, violento. Primero en la habitación y a continuación se fugó por el corredor de un modo lastimero, casi sucio. Su respiración era animal y agitada ….

Antes de salir Pura solicitó ideas para hacer el análisis de una novela clásica corta. Se propusieron algunas novelas de Stefan Zweig, pero finalmente Pura se quedó con “Otra vuelta de tuerca” de Henry James. Así es que ya sabéis, para finales de febrero haremos análisis de dicha novela.

El próximo jueves vendrán las amigas de Pura a presentarnos su libro en la segunda hora.

En fin, una tarde divertida que terminó regada con las cervezas que tan bien tira nuestro amigo Juan.

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OTRA NOCHE EN LA FRONTERA

Como si de una plaga venenosa se tratara, les impiden el paso. Alba quiere pensar que su padre tenía razón, que tarde o temprano los dejarán entrar. Pero la noche cae, y nada ha cambiado. Se ovilla bajo la tienda que comparten con otras familias. Alba no puede conciliar el sueño. Las tripas le rugen, el llanto de su hermana pequeña le hiere la piel, y la humedad se cuela bajo su ropa. Pero lo peor está por llegar. Él esperará los ronquidos de los otros y se acercará, como cada noche. Alba vomitaría si tuviera qué. Pero lo dejará hacer. Él ha prometido que nunca las abandonará.

Con este relato Patricia Collazo González ha ganado el XII Concurso de Microrrelatos CientocinCuenta, organizado por el Ayuntamiento de Graus, que este año tenía a la luna y la noche como argumentos. El jurado, que se reunió el 27 de diciembre, hizo una mención especial para el relato ‘Y soñar que existen otras lunas’, de la madrileña Purificación Ruiz Gómez.

La organización ha comunicado que se presentaron al concurso un total de 200 originales llegados desde toda España. El jurado estuvo compuesto por los profesores de Literatura del IES Baltasar Gracián de Graus Carlos González y Carlos Bravo, y por el técnico de cultura del Ayuntamiento de Graus Jorge Mur.

Patricia Collazo González ha publicado en diversas antologías. En 1997 publicó un libro de relatos titulado Intermediarios Abstenerse (Buenos Aires, 1997). Ha obtenido diversos premios en distintos certámenes literarios y ha sido varias veces finalista mensual en el concurso ‘Relatos en Cadena’ organizado por la Escuela de escritores y la Cadena Ser. Es la autora del blog literario laletradepie.com

En 2018 fue finalista de la V edición del certamen Madrid Sky con el relato Si te fueras de una vez.

Por Santiago Eximeno.

Para Primaduroverales he pensado en un relato que esté libre de derechos y que me marcara especialmente, y me ha venido a la mente “La gallina degollada”, de Horacio Quiroga. ¿Por qué? Porque cuando lo descubrí todavía no estaba leyendo a Quiroga. Fue en un cómic, en el Almanaque 1984 de la revista Creepy. Carlos Trillo había adaptado la historia y Alberto Breccia, con su forma personal de concebir el cómic, la había ilustrado. Un cómic en blanco y negro salpicado de rojo por todas partes para narrar una historia cruel y aterradora. Fantástica. Ese cómic fue el que me animó a devorar toda la literatura creada por Quiroga. Es curioso, para mí el cómic de Trillo y Breccia es superior a la historia original, quizá porque llegué a él primero, quizá por esa primera página magistral.

LA GALLINA DEGOLLADA

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del mal, en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el instinto; pero la inteligencia, el alma, aún el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido!—sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!… ¡sí!…—asentía Mazzini.—Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló su amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaba maldito! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aún sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hijos. Y como a más del insulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece—díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.

—Es la primera vez—repuso al rato—que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así?—alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no!—se sonrió Berta, muy pálida—¡pero yo tampoco, supongo!…
¡No faltaba más!…—murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos!—articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fricción, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían aún por la común falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fué, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?…

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa:

—¡No, no te creo tanto!

—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti…¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿qué dijiste?…

—¡Nada!

—¡Si, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin!—murmuró con los dientes apretados.—¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez:

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hiriente fueron los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba, escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, su gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándola con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vió a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritable era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Echelos! ¡Echelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fué a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡dejáme!—gritó sacudiendo la pierna. Pero fué atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá!—lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma…—No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio:

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita!—alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fué tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija!—corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vió en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Santiago Eximeno fue el ganador de la II edición del certamen Madrid Sky (año 2015) con el relato titulado A su lado. Ha publicado varios libros de relatos, entre ellos Lo grotesco (editorial Enkuadres), Umbría (El humo del escritor) y Bebés jugando con cuchillos (Ediciones del cruciforme). También es autor de varias novelas, entre otras, Alienígena (Suseya 2017), Alicia en el sótano (Libros.com 2015) y Ostfront (ediciones del Cruciforme), esta junto a Eduardo Vaquerizo y José Ramòn Vázquez. Santiago Eximeno ha ganado varios de los premios más importantes de literatura fantástica y de terror que se convocan en España.

Por: Juan Santos

Después del parón navideño, era de esperar una vuelta al cole-taller  tranquila y relajada, pero nada más lejos de la realidad. Que la inspiración y las ganas de escribir no entienden de vacaciones, lo demuestran los seis relatos que los compañeros han pergeñado entre un trocito de turrón y una copa de cava. Así que no había tiempo que perder y sin contarnos nuestros regalos de reyes, nos pusimos manos a la obra.

wiki

Cada loco con su wiki, podía ser el pie de foto de los asistentes. Paco abrió plaza con su cuarta entrega, titulada A la espera del cielo. La pobre Anselma, acaba de morir, pero le queda conciencia y, en una especie de soliloquio,  va alternando la primera y la segunda persona,  para verse a sí misma y hacer un recorrido por las vidas de los marqueses gorrones, los criados sufridos y los amores  frustrados. La estructura de viaje está clara, la idea de modestia y la paradoja, nos indicó Paco dónde encontrarla. Ya estamos deseando de leer la quinta.

figura 2A María en su segundo wiki, le tocaba empezar con la frase “La caja estaba en el centro de la habitación y alrededor sólo había silencio”. Con El cuento del fontanero, metió en la casa de una señora rica, vieja y pelleja, a Hipólito, un fontanero ambicioso y sin escrúpulos que, mientras hace su trabajo, encuentra la caja con un lujoso reloj dentro. El resultado nos hizo reflexionar y a ser cautos cuando metamos algún extraño en casa.

Forjando el futuro es el título del tercer wiki de Luis Marín. Un relato duro donde, Juana, la hija de unos criados, es obligada a trabajar como asistenta en contra de su voluntad. Esto se agrava con el acoso de la señora. Juana que saca buenas notas y quiere estudiar, toma el camino de medio para forjarse su futuro.  Luis tenía que pelear con las aliteraciones pero la fuerza de las rimas ganaron la batalla.

figura 1Por fin se estrenó Juanjo Valle Inclán con su wiki número uno y lo hizo con Aroma a tabaco. El relato se desarrolla en una única escena muy bien detallada. En primera persona, como era  prescriptivo, un hombre fracasado es agredido por su pareja, supuestamente defraudada. Después lo intimida con una pistola. El juego del brazo izquierdo y el ojo derecho, hace dudar si la mano ejecutora es de su pareja o la suya propia.

Quedaron pendientes los relatos de Carlos y Jose, para dar la bienvenida a Charo (María del Rosario García Aldea). Una nueva compañera que nos deleitó con un relato, del que omito título y contenido por estar presentado a un concurso.

Y esto fue todo, amigos. Pura insistió en la importancia de incorporar en los relatos las figuras retóricas exigidas en cada wiki, para aproximarnos a la buena literatura.

Amadeo Laborda, que fue finalista de la V edición del certamen Madrid Sky, acaba de publicar su segunda novela, titulada Zambuch. Su anterior libro, La memoria de tu nombre, resultó todo un éxito, alcanzando el autor un reconocimiento generalizado entre la crítica. Su segunda novela ha llegado con la editorial Olé Libros. Entre la primera novela y Zambuch Amadeo Laborda ha sido finalista en seis premios literarios de carácter internacional, entre ellos el Madrid Sky con el relato La noche de las voces, que está integrado en la novela Zambuch. En este tiempo también ha resultado ganador del Certamen Internacional de Poesía Castillo de Cortegana con el poemario La piel de las cerezas.

zambuch. amadeo labordaZambuch es una historia de amor. Un amor de verano de esos que tenían el color de la tierra y la cadencia de las canciones italianas, un amor que se desarrolla en la edad de los baños de río. La narración cuenta el viaje en el tiempo del protagonista, que busca a la muchacha que conoció en la infancia. Durante ese trayecto los trenes o las fotos ocupan el espacio de cuanto quedó en las orillas discretas de las verbenas y de la memoria.

Zambuch se ha presentado en el Ateneo Mercantil de Valencia y en diversas librerías de grandes superficies de la ciudad levantina. También está prevista la presentación de la novela en Madrid y posiblemente en alguna otra ciudad fuera de la comunidad valenciana. Desde la asociación Primaduroverales felicitamos a Amadeo Laborda por su nueva publicación y le deseamos un éxito que esperamos compartir en su visita a Madrid.

amadeo labordaAmadeo Laborda (Valencia, 1969) cursó estudios de Filosofía y Letras. Actualmente es colaborador de diversas productoras de televisión. Es autor de la novela La memoria de tu nombre, publicada con la editorial Lletra Impresa en 2017, y de la novela Zambuch, publicada en 2018 con la editorial Olé libros. Fue finalista en la V edición del certamen Madrid Sky con el relato La noche de las voces.

Si ayer publicábamos le relato de Rakel Ugarriza, hoy es una enorme alegría dar la noticia de que Patricia Collazo, finalista en la V edición del certamen Madrid Sky, ha conseguido otra vez ser la ganadora de la final semanal del certamen de microrrelatos convocado convocado por la cadena Ser y Escuela de escritores. Patricia Collazo, tiene un dominio extraordinario de los relatos breves, se siente cómoda en este género, y es capaz de escribir bellas y originales historias en menos de cien palabras. Publicamos su microrrelato Perseidas, con el que ha conseguido colarse en la final mensual del mes de enero, compitiendo con otros 645 textos. La última frase de su relato, “me quedé dormido hilvanado constelaciones”, deberá ser el comienzo de los microrrelatos de la semana 15. Te deseamos muchísima suerte, Patricia.

 

Fecha: 07/01/2019 | Semana 14. Relatos recibidos: 646

Ganadora: Patricia Collazo           

 

 

 

Perseidas

Ordenó sin pestañear que no pestañeara. —Eso es imposible, papá. Tarde o temprano, se nos cerrarán los ojos —dije mientras los abría mucho para seguirle el juego. Estábamos mirando las estrellas recostados en el prado de la casa del pueblo. Era verano. —Si los mantenemos abiertos, este momento durará para siempre —aseveró enigmático. Entonces no lo comprendí. Hoy, mirando su nombre en la lápida recién estrenada, quisiera poder pestañear y borrarlo. Pestañear para regresar a aquella noche de verano en que con su brazo bajo la cabeza, me quedé dormido hilvanando constelaciones.

En más de una ocasión navegar por Internet ofrece a los lectores sorpresas más que agradables. Hoy me ha ocurrido al encontrarme con un concurso de microrrelatos organizado por Miguel Ángel Page a través del blog Realidad ilusoria. Es un blog modesto que se centra en en el certamen de microrrelatos, que también se llama Realidad ilusoria, del que se acaba de fallar la VI edición, pero que refleja el amor por la literatura y el esfuerzo que muchos escritores realizan aisladamente por los mundos virtuales y no tan virtuales de las letras. Y ha sido también una alegría descubrir que los Reyes Magos le han traído en este certamen el premio de primera finalista a una gran amiga de PRIMADUROVERALES, Rakel Ugarriza, ganadora de la III edición del certamen Madrid Sky.

A Miguel Ángel Page por su tarea en la difusión de la literatura y a Rakel Ugarriza por su nuevo premio les dedicamos la primera entrada de 2019 de nuestro blog.

Rakel Ugarriza

 

Rakel Ugarriza Lacalle. Lardero (La Rioja)

PRIMERA FINALISTA de la VI edición del certamen de microrrelatos Realidad Ilusoria 

Dos años, once meses y veinte días

 

Tras dar innumerables vueltas a lo largo de la playa, por fin, encontró la botella. Esta vez escondida bajo las escaleras que llevaban al paseo marítimo. La recogió, extrajo el papel, lo desenrolló y observó con el ceño fruncido el movimiento anotado por su adversario: ¡jaque mate! Regresó a casa furioso y recolocó las piezas sobre el tablero para iniciar una nueva partida. Ya se lo advirtió cuando respondió a su primer mensaje de auxilio, de manera que, si aquel jodido náufrago se empeñaba en seguir ganando, él nunca movería un dedo para rescatarlo.