Feeds:
Entradas
Comentarios

Por: AITOR MANERO

Y, por fin, llegó la calor. Como es habitual en la meseta, anteayer íbamos con el chambergo y ayer nos sobraba la piel. Quizás sea esa la excusa… El caso es que estábamos, nunca mejor dicho, en familia. Pocos pero bien avenidos. Y trabajadores. La tarde dio para mucho.

Para empezar, Carlos Cerdán, alumno aplicado y que se está trabajando con denuedo ser el primero de la clase, al día que lleva todos los ejercicios el tío, oye, y con buena nota, nos presentó su versión del cuento de Kafka “El jinete del cubo”. “El cubo de Yeke” es una historia que, aunque muchas veces contada, no deja de ser necesaria. Lo más impactante es lo no contado y las imágenes muy potentes y dramáticas, todas ellas relacionadas con el cubo que personifica la vida y la muerte en diferentes momentos del cuento.

“.. Según se acercaba al Land Rover el corazón me dio vuelco: traía el cubo de Yeke agujereado por impactos de bala. Nos miramos sin decir nada. Bajé del coche y me acerqué al lugar donde lo encontró. Vi un rastro de sangre, lo seguí unos metros hasta que desapareció. Miré hasta donde me alcanzaba la vista. Nada, no había nada. Volví al coche y guardé el cubo ..”

XHP-1320El siguiente cuento que leímos fue el de Paco Plaza, “Formas de desaparecer”. Una vez más, la imaginación portentosa de nuestro físico ha dado luz a una de sus criaturas: la re-escritura de su anterior cuento “Las preguntas obvias” mezclado con los penúltimos deberes, que son la versión del cuento de Kafka. Hay muchos temas incluidos en el relato, tantos que al final resulta confuso. Aunque está bien contado y la narración es fluida.

“… El cielo era una preciosa pintura de rojos, naranjas y malvas; Gloria, totalmente desnuda, le miraba con esa cara de viciosilla que le volvía loco; entonces apareció el cubo. Un cubo de plástico azul, descolorido en parte, con el fondo percudido por la suciedad …”

Aunque no sucedió en este orden, dejo la sorpresa para el final, el último en leer fue Luis Marín. Su “Húmedo amanecer” responde al ejercicio del narrador en segunda persona. Ay la segunda persona. Qué problemas nos está dando. En este caso, hay un par de momentos en los que se escapa la primera y, ¡zas!, pues ya nos ha fastidiado los deberes. Eso no quita para que el cuento tenga un buen juego entre dos tiempos.

“… Volviendo a la noche, tenías que haberte visto la cara cuando te trajeron la cena. Estabas mirándote en el espejo del baño, cuando el auxiliar te anunció que te la dejaban en la mesa. Pasó como un fantasma, no viste a nadie, tan solo la voz que te anunció el evento. Estabas contando los cables que habían anudado sobre tu hombro derecho …”

Para terminar, tenemos nuevos deberes. El tema es metafísico: dios, la vida, la muerte. Y la tarea, completar un argumento: un profesor de filosofía universitario de mediana edad y atractivo, desencantado con la vida, con relación con una alumna y otra profesora, escucha una conversación de una tercera mujer que se queja de que va a perder la custodia de sus hijos por culpa de un juez; el profesor decide matar al juez y se siente bien. A partir de aquí, chicos.

Anuncios

La librería. Por Francisco Plaza Nevot.

Entre libros nadie puede sentirse solo.

Hace tiempo que no voy al cine, disfruto mucho más con los libros, pero el otro fin de semana, por motivos que no vienen al caso, mi hermana me dejó a su sobrina de nueve años, Patricia se llama la criatura y, lloviendo como llovía, hice caso de su propuesta de ir al cine a un centro comercial. El caso es que la niña quería ver una película de superhéroes; yo me resigné y no puse ninguna pega a que ella misma pidiera las entradas. Me deje guiar hasta la sala, ya que para mí todo aquel entorno era desconocido, y la pequeña parecía que sabía muy bien lo que hacía. Justo cuando entramos se apagaban las luces y comenzaba la película. Yo creía que mi sobrina se refería a otro tipo de superhéroes, pero hete aquí que el filme  trataba de una mujer sola que quería abrir una librería en un pequeño pueblo que, por demás, me traía efluvios de Joyce. Me empezaba a caer bien la niña. La protagonista, una tal Florence Green, que me recordaba a veces a una Ingrid Bergman en blanco y negro, además se enfrentaba, tímida, educada y sin ningún tipo de armadura, a los poderes fácticos de la villa. Defendía contracorriente y con argumentos contundentes la materialización de sus sueños que no eran otros que los de aprovechar un viejo edificio para abrir una librería. Eso sí que es un ser fantástico y no uno que puede volar porque ha venido de otro planeta (¿qué merito tiene eso?). Para mayor sorpresa mi querida amiga Florence se interesaba por un viejo aislado y cascarrabias al que nadie se acercaba en el pueblo y con el que, no sé porque extraña razón, me sentí inmediatamente identificado; y lo hacía sin hacerse invisible y sin atravesar las paredes. ¡Increíble! En el momento álgido la protagonista atacó al pueblo entero poniendo a la venta, no me lo van a creer, ¡síiiii! ¡Lolita de Nabokov! ¡Bua! Se me saltaron las lágrimas. Y no solo eso, además mi adorable y entrañable Florence, sin ningún tipo de poder telequinético, se preocupaba por inducir el gusto por la lectura a una niña como mi sobrina, quien, por cierto, a la media hora de empezar y tras oírla quejarse un rato por no sé qué, se quedó dormida en el asiento; debía de estar cansada. No contaré el final, porque es sorprendente, pero si diré que es aleccionador. Todos los actores me parecieron de mi vieja época, interpretando a personajes  salidos de películas de  Douglas Sirk o Frank Capra. Fantástico. Estaré atento a otros trabajos de Isabel Coixet. Pero lo que más cautivó es que descubrí que algunas escenas están grabadas en la antigua fábrica de Anís del Mono ¿se puede pedir más? Cuando terminó la película mi sobrina estaba muy enfadada; resulta que no era esa la película de superhéroes que quería ver, que nos habíamos confundido; que ella había comprado entradas para una que era algo como “la Liga de una Jueza”  (vaya cosa más rara, usar una liga como arma, pero se ve que están más en auge las superheroínas  que los superhéroes). Bueno, tal vez la acompañe a verla otro día vista la agradable experiencia. Mientras, me deleitaré recordando a mi delicada Florence luchando con amabilidad y buenas palabras contra todos y contra todo.

Francisco Plaza Nevot es miembro de la asociación Primaduroverales.

Si hay una oportunidad en la que todos los escritores se pueden sentir iguales es una feria del libro y, de todas, la Feria del Libro de Madrid es la estrella. En dos casetas contiguas se pueden encontrar firmando un escritor novel y uno consagrado. Las colas no serán las mismas para uno y otro, claro que no, pero lo indudable es que los dos serán vecinos de firma y durante un rato dispondrán de las mismas oportunidades. La Feria es una gran ocasión para que el escritor que comienza se dé a conocer.

Pero esto se puede acabar. Este año 2018 la comisión organizadora de la Feria del Libro de Madrid ha decidido que no podrán participar los especialistas en facsímiles, mientras que el año pasado ya decidió que las editoriales que se dedican a la autoedición quedasen fuera. ¿Qué significa esto?

En España no es fácil publicar. El escritor que empieza lo tiene muy difícil para encontrar una editorial que apueste por él. En caso de que lo haga se tratará de una editorial pequeña, independiente, a la que le cuesta un mundo abrirse paso entre las grandes editoriales o bien será una editorial que le exija el pago completo de la edición o, al menos, la coedición. Es decir, en las editoriales de autoedición el escritor paga por publicar y en las pequeñas cuesta un mundo meter la cabeza.

Pero este largo camino tenía por fin su recompensa cuando al escritor, aunque fuese gracias a una de estas editoriales de autoedición a las que ahora se les niega la presencia en la Feria del Libro, le llegaba su día de gloria, su día de firma en La Feria del Libro. Esta oportunidad, desgraciadamente, parece que se está terminando.

La imposibilidad de que las editoriales de autoedición participen en la FLM no es el único problema para los escritores desconocidos. La guerra que se ha iniciado entre libreros y editores se puede llevar por delante a los escritores novatos. Los editores que participaban este año en la FLM han pasado de 324 a poco más de 200, y 50 casetas de las que contaban con cuatro metros pasarán a tener solo tres. Esta reducción afecta a los editores, no a los libreros, por lo que el espacio de editores se ha reducido en casi un 40%. Las editoriales pequeñas que no cuentan con títulos suficientes (se exigen más de 320 títulos para poder optar a una caseta propia) se tienen que unir para compartir una caseta de tres metros. El tiempo dedicado a la firma de autores también se ha reducido. Solo se permitirá más de una hora de firma a aquellos autores que tengan una larga cola. La consecuencia es que las editoriales independientes no tendrán ni tiempo ni espacio para promocionar a sus escritores. Todo es muy literario: cuestión de tiempo y espacio.

Los libreros y las grandes editoriales celebran estas medidas, pero los editores independientes, las pequeñas editoriales, se ven claramente perjudicadas y, con ellos, los escritores nuevos que han encontrado su hueco en una de estas editoriales independientes.

De seguir así solo habrá sitio para los autores famosos, para los personajes conocidos de televisión, para aquellos que tengan una legión de seguidores detrás. La igualdad de oportunidades se acaba. El escritor grande se come al chico. Suele suceder, ¿no? Me refiero a eso de que el grande se coma al chico.

Manuel Pozo Gómez es miembro de la asociación Primaduroverales Grupo de Escritores. Es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Mar de relatos (Editorial ECU). También ha sido el coordinador del libro RRelatos HHumanos (Lid editorial).

Este lunes publicamos el relato ganador del II certamen Madrid Sky. Su autor fue Santiago Eximeno, un gran autor de relatos fantásticos que, fiel a su estilo, resultó vencedor de la segunda edición de nuestro certamen con el bellísmo relato titulado A su lado. El esta segunda edición la frase elegida para comenzar los relatos fue Por segunda vez en lo que va de noche, llora.

Bases del V certamen literario Madrid Sky

A SU LADO

(Santiago Eximeno Harnampérez)

Relato ganador del II certamen Madrid Sky

Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Antonio tarda menos de un minuto en levantarse de la cama y acudir al cuarto de María, su hija, pero cuando entorna la puerta ella ya ha callado. Como siempre. La misma rutina que se repite todas las noches desde que encontró a Alicia en la bañera.

En la habitación de la niña hace frío, y Antonio se frota los antebrazos desnudos antes de entrar. Sabe que Alicia, su mujer, está allí. Como siempre. Nunca ha sido capaz de llegar antes que ella a atender a la niña, y por lo que parece eso no va a cambiar. Alicia le sonríe cuando le ve allí, parado en el umbral, con ese esbozo de sonrisa que tanto le entristece. Pero Antonio no protesta, no le reprocha nada. Se limita a quedarse allí, apoyado en la jamba de la puerta del cuarto de su hija, mientras ve cómo su madre la sostiene entre sus brazos, cómo la acuna, cómo le susurra palabras en su oído. Palabras que él no entiende, que prefiere no entender.

María tiene los ojos cerrados, se deja querer. Tiene el chupete en la boca y succiona de esa forma tan característica, tan adorable. Todavía no ha cumplido un año, y Antonio ha pensado varias veces en volver a ubicar la cuna en su dormitorio. No lo hace porque fue una decisión de ambos llevar a la niña a su propia habitación, y no quiere entristecer a Alicia. Eso dice. Eso quiere creer. La realidad es que tampoco se siente con fuerzas para encontrarse con Alicia en su propia cama todas las noches. Allí, en el cuarto de la niña, sentada en la mecedora, con María entre los brazos, se la ve hermosa. Si estuviera más cerca, si pretendiera tocarle, Antonio sabe con certeza que echaría a correr.

María se queda dormida y Alicia la deposita con cuidado de nuevo en la cuna. Mientras lo hace le sonríe, esa sonrisa triste desdibujada, y cuando termina levanta la mano izquierda en señal de despedida. Antonio puede ver las cicatrices en forma de cruz en su muñeca desnuda, porque Alicia está vestida con la misma ropa que llevaba cuando la encontró, hace ya más de dos meses, tumbada en la bañera, medio sumergida en el agua turbia. Solo lleva puesta su ropa interior, y su presencia en el cuarto de la niña es perturbadora. Alicia se despide de nuevo y después, ajena a la gravedad de la situación, simplemente se desvanece. Como si nunca hubiera estado allí.

La temperatura del cuarto asciende con rapidez varios grados, y Antonio se decide, entra y acaricia la cabeza de la niña antes de salir de nuevo y cerrar la puerta tras él.

Vuelve al dormitorio, se tumba en esa cama que ya no es de ellos, sino suya. Una cama demasiado grande, demasiado vacía. Piensa en Alicia. En su sonrisa triste, en su perenne tristeza, en su depresión. Y por segunda vez en lo que va de noche, llora.

La tarde de ayer nos ofrecía un aspecto de primavera otoñal (¿o sería de otoño primaveral?). Y no se me asusten si les cuento que la cosa en el Taller empezó como acabó, a guantazos. No hubo heridos, tengan en cuenta que somos gente muy pacífica. Vayamos por partes.

el-cubo-de-aguaEmpezó Juan leyéndonos su ejercicio sobre imitaciones a Kafka. Lo hizo con el relato ‘el cubo de plata’. Sobrecogió a más de uno la historia. Alguien, sin saber que de que iba el ejercicio, lo llegó a calificar de extraordinario. No se hable más, ahí va un extracto:

“… el cubo, boca abajo, lo utilizo como silla, pero el brasero se ha convertido en un trasto inútil … // … el piso estaba desamueblado, como ahora, pero el cubo lo tenía boca arriba y lleno de ilusiones …

Los guantazos, antes aludidos, tenían que ver con un ejercicio que se hiciera de forma rápida y consistente en un micro-relato que empezara con la frase “Entonces mi padre me dio un guantazo …”. Y es aquí donde se leyó el primero, a cargo de Carlos Cerdán, titulado ‘El guantazo” (Carlos a ver si te curras un poco el título). Propongo que los que no lo hayáis hecho aún, leáis como acaba. El resto de los ejercicios se leyeron al final, como luego veremos.

islandDiego Rinoski nos trató de devolver al asunto kafkiano. A través de su relato ‘Versión ultramarina’ y realizado en segunda persona, nos presentó a un náufrago algo peculiar, que también tenía un cubo en su isla. Independientemente de la calidad habitual de Diego en sus textos, y este no era una excepción, hubo un intenso debate sobre el tema de la segunda persona. Siempre plantea dudas la utilización de este narrador de forma correcta y para ayudar a la concurrencia se terminó leyendo un extracto de la magistral obra de Carlos Fuentes “La muerte de Artemio Cruz”. A ver si por fin … Mientras tanto, un trocito del cuento de Diego:

“… tu cama es la huella que dejas en la arena al tumbarte; tu mayor tesoro es un cubo, un cubo amarillo de juguete que apareció un día en la playa, después de una tormenta. Aquel día fue unos de los mejores que recuerdas en la isla …”

001-slapY sí, ahora sí, ya al final de la clase se leyeron los micro-relatos restantes que debían empezar con la frase ‘Entonces mi padre me dio un …’. Juan Santos, que hacía doblete en la tarde de ayer, nos leyó su contribución. Y no es porque sea Juan, pero nos partimos de risa. Después hicieron lo propio Paco Plaza y Lourdes. Ambos tocaron también la fibra humorística.

Para acabar, Sonia Gasteiz, se estrenó en el Taller aprovechando este ejercicio, con un micro-relato que tituló ‘Miedo’. Siguiendo la costumbre histórica, no hay comentarios críticos cuando uno lee la primera vez. ¡¡Bienvenida, Sonia!!

Aaaahhhh, nos nos olvidemos que en el tiempo “post-talleriano“, nuestra compañera Olga nos presentó su creación enológica ‘Broncas’. Apunta maneras, después de la cata. De momento consiguió un montón de adeptos para futuras añadas.

Y esto es todo por hoy, amig@s.

Los jóvenes que sí amaban a la poesía

Lo que hacen los jóvenes madrileños el primer miércoles de cada mes y no sabes

Chicos y chicas sentados en el suelo, a lo indio, sin dejar ni un centímetro de espacio entre ellos. Chicos y chicas sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, en silencio. Mirando todos hacia el mismo sitio, dando sorbitos de vez en cuando a una cerveza, refresco o copa de vino. ¿Qué están mirando todos estos jóvenes a las diez de la noche el primer miércoles de cada mes en un bar cool en pleno corazón de Malasaña (Augusto Figueroa, 3, para ser más exactos)?: pues, nada más y nada menos, que a la viva imagen de la poesía. La poesía en escena, la poesía escénica, la poesía a micrófono abierto para todos los asistentes.

El poeta existe.
El poeta escribe.
El poeta recita en directo.

Y lo hace durante 3 minutos en el escenario del bar Intruso, sin pasarse, porque si lo hace, pierde puntos. Puntos  que el público, armado con tiza y pizarra, tiene a bien otorgar tras valorar los versos que el poeta acaba de interpretar, pero no solo el texto, sino también su actuación, desenvolvimiento en el escenario, proyección de la voz… Y es que el slam es un tipo de poesía distinto. Es dinámico, moderno, audaz. Y competitivo, ya que su formato está inspirado en el boxeo: doce poetas han de batirse en torneo sin atrezo ni trucos de magia, solo las artes del prestidigitador de la palabra que dominen le respaldarán en ese momento.

Tras la edición mensual celebraba en enero de este año, torneo en que la poeta Alejandra Martínez, la ganadora de la temporada 2017, convirtió en viral su poema feminista compuesto únicamente por versos de canciones machistas, el Poetry Slam de Madrid se ha convertido en toda una revelación de la noche capitalina, y las colas que se forman a la entrada dan fe de ello. Los poetas en efervescencia quieren recitar en directo, pero solamente 12 lo lograrán. Las listas de participantes se completan en unos pocos minutos, quizá menos de cinco.

Diego Mattarucco fue el poeta ganador de la velada de abril. Mattarucco, polifacético actor y escritor venido de Buenos Aires, se colocó en la semifinal con 28 puntos gracias a una poesía sobre el ser humano y su “altura intrínseca”: “Ya somos altos”. Hilvanada a base de aliteraciones, figura retórica que emplea en su producción literaria, siendo de este modo su sello artístico, niega la idea de que el hombre es impuro por naturaleza. Todo lo contrario, para Mattarucco ya somos altos, ya estamos subidos a la vida, las cimas ya las somos, ser ya es ser alto. Los poetas Carmen Sánchez y Luis Olmedo acompañaron a Diego en el podio en calidad de finalistas.

Diego Mattarucco fue el campeón del Poetry Slam de la Comunidad de Madrid los años 2013 y 2014, a quien representó en las finales nacionales celebradas en Madrid y Mallorca. Esta “batalla de gallos” se realiza en un buen número de comunidades autónomas de toda España, desde Barcelona hasta Ciudad Real pasando por Valladolid, y debido al atractivo del formato, más lugares se están sumando a la iniciativa de promover la poesía callejera.

Puedes ver la poesía “Ya somos altos” y el vídeo de la crónica de lo sucedido a través de este enlace de la página de FB de Poetry Slam Madrid. La retransmisión de la noche está a cargo de los poetas Antonio Díez, campeón habitual de este género, y Miguel Martínez, el invitado de este mes.

¿Quieres participar en el Poetry Slam como poeta? Apúntate escribiendo un email a: participarslam@gmail.com. Y consulta las bases.

Y, aunque este formato atrae especialmente a los jóvenes, es una bomba de emoción para todas las edades. No te pierdas la edición de mayo cuyo día aún no ha sido publicado (quizá por el puente de mayo no se celebre el primer miércoles de mes, sino el segundo). Estate atento a través de su FB o web.

Datos prácticos

Intruso Bar. C/ Augusto Figueroa, 3. Metro Chueca, Gran Vía o Tribunal.

Entrada (en taquilla y en metálico) hasta completar aforo: 6 euros* con consumición.

*Poetry Slam Madrid es una asociación cultural sin ánimo de lucro formada por poetas y artistas voluntarios. Su objetivo es la difusión de la poesía oral, y el fomento de la lectura.

La totalidad de la recaudación se invierte en la propia actividad.

María Sánchez Robles

María Sánchez Robles

María Sánchez Robles nació en Madrid. Es periodista, profesora de español y siempre ha estado vinculada al mundo del contenido. Ha trabajado en el periódico “La Razón”. Su gran pasión es la literatura. Escribe relatos cortos y pertenece a la asociación Grupo de Escritores Primaduroverales desde el año 2015.

Poetry Slam Madrid

Con motivo del V certamen Madrid Sky, junto a las bases del certamen del año 2018, publicaremos en este blog durante cuatro semanas consecutivas los relatos ganadores de los cuatro certámenes anteriores. Comenzamos con el relato En un viaje, de Julia Viejo, ganadora de la primera edición. En aquella edición la frase elegida para dar comienzo a los relatos fue Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del invierno. 

 

 Bases V certamen literario Madrid Sky

En un viaje.

Relato ganador del I certamen literario Madrid Sky

Julia Viejo Sánchez

Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del invierno. Mi hermano dibujaba viñetas en el vaho del cristal, y yo miraba al frente por un resquicio, hipnotizada por la rectitud de las líneas de la carretera y haciendo esfuerzos sobrehumanos para no marearme. Entre nosotros dos se alzaba una barricada de cajas y bolsas que dividía el coche en dos países: la isla que habitaba él, donde reinaba mi madre; y el páramo que incluía mi mitad del coche, liderado por mi padre.

De pronto me acordé, como siempre sucede en un viaje, de que me había olvidado algo en casa. Pero no recordaba qué era exactamente. Mi estómago empezó a encogerse y me giré hacia mi hermano en busca de una solución, un consuelo, una mirada. Pero él siguió absorto en el arte del vaho. Mi madre murmuraba tras las cajas la letra de la canción que estaba sonando en la radio, tarareando cada verso hasta el final, donde completaba la rima con las palabras que se sabía. Mi padre aceleró y empezaron a sudarme las manos.

Entre las piernas me habían colocado el retrato de mi abuelo muerto, el padre de mi padre, que había sido capitán y poseía la autoría de casi todas frases que dictaban nuestros preceptos familiares. El marco tenía una placa dorada con una inscripción que llevaba todo el trayecto rozándome las rodillas sin parar. Me acomodé en el asiento como pude entre los bultos.

—¿Qué estás haciendo?

El tono de voz de mi padre me hizo desechar la idea de cambiar de postura. «Egregia estirpe feraz, a ti mi vida confiero». Las rodillas me escocían. Mi hermano y yo teníamos que repetir la frase y darle un beso al abuelo todas las noches antes de dormir. Nunca supe lo que significaba, pero cada vez que la pronunciaba se me ponían los pelos de punta, como cuando salíamos de la bañera en invierno y entraba el aire por la rendija de la ventilación.

Volví a fijar la vista en las líneas de la carretera, blancas, limpias, infinitas. El sol derretía las amapolas que crecían salvajes en el arcén. Entonces vi la torpe silueta de un jabalí que corría solo a lo largo de la carretera. Envuelto en un halo de desesperación animal, parecía estar huyendo de algo, o quizás persiguiendo a alguien que hacía rato que le había dejado atrás. Las flores que iba pisoteando se le pegaban en las pezuñas, y hacían que se tropezara con los matojos más grandes. Pegué la nariz al cristal, y al girarme el corte de mis rodillas se hizo un poco más profundo. Tomamos una curva, el jabato desapareció y a mí me entraron unas repentinas y odiosas ganas de llorar.

Mi padre me observó por el retrovisor y apagó la radio.

—¿Y a ti qué te pasa?

Me mordí los nudillos. En el pecho guardaba un nudo que empezaba a deshacerse sin mi consentimiento. Me quemaba la garganta, y el cuadro, las rodillas. Mi padre gritó en un idioma extraño. Desde el país de la isla vacía de conflicto me miraban con pena sin mover un músculo. Las lágrimas me resbalaban junto a la sangre de las piernas y empezaron formar churretes también en el cuadro de mi abuelo muerto.

Como por orden divina, abrí la puerta y me lancé al asfalto. El impacto de la caída me cortó el llanto y me dio impulso para echar a correr. Los neumáticos del coche chirriaron a mi espalda. Solo tenía que seguir las líneas blancas, delgadas, a veces imperfectas, que me indicaban el camino a ningún lugar o tal vez a alguno que aún desconocía. La alargada sombra de mi padre se iba aproximando más y más, y cuando estaba a punto de alcanzarme recordé, de pronto, lo que me había dejado en casa.