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Por Vicente Moreno

Después de varios años asistiendo al taller de creación literaria uno acaba pareciéndose al modesto operador de cámara que se encargaba de proyectar las películas producidas por los grandes estudios, cuando todavía existían estudios y sobre todo cuando había películas. Este hombre, que se ocupaba de extraer los rollos de celuloide y cargarlos en el proyector para el visionado diario, acababa, sin pretenderlo, siendo un experto crítico cinematográfico no por sus conocimientos artísticos, sino por la acumulación de filmes revisados y criticados por productores, directores o cualquiera que estuviera invitado a esas proyecciones previas al estreno.

Im 01Esa misma sensación se obtiene en el taller, en el que hemos asistido a la lectura semanal de relatos extraordinarios escritos por miembros del taller, con la ventaja añadida de establecer un diálogo con su autor sobre cuestiones técnicas de la creación literaria: porqué ha elegido ese narrador, o si ha tenido dudas sobre la estructura o los tiempos verbales.

De la misma forma que en la sala de proyección le preguntaban a Orson Welles el motivo de que se vieran los techos en Ciudadano Kane, así nosotros hemos podido aprender de gente como Antonio Blázquez, o J. J. García Rueda que durante su paso por el taller nos leyeron una ristra de grandes relatos. O más recientemente hemos disfrutado de los éxitos editoriales de Manuel Pozo, y seguimos aprendiendo de Lourdes Chorro o José Sainz de la Maza, por mencionar sólo algunos de los componentes actuales del taller, a los que tenemos la oportunidad de interrogar sobre su particular proceso creativo.

Pero además de la producción propia del taller, también analizamos cuentos de autores consagrados, igual que en la sala de proyección se veían películas extranjeras, para decidir si se distribuía la última obra de Rosellini, o si se hacía un remake de Kurosawa con el título de “Los siete magníficos”.

Este jueves ha sido día de clásicos en el Taller y hemos leído dos cuentos propuestos por Pura que, como siempre, elige relatos que tengan elementos comunes que propicien su comparación. En este caso hemos hablado de Chejov y de Kawabata.

A la hora de analizar el relato titulado “Gracias” del premio Nobel japonés Yasunari Kawabata nos encontramos con varias dificultades. Por un lado, la falta de contexto cultural sobre una época y un espacio tan lejano para nosotros como es el Japón de la primera mitad del siglo XX, por otro el estilo minimalista del autor que hace más difícil entender lo que nos quiere decir.

im 02Aun así no deja de ser una obra modélica por su concisión, la descripción de los paisajes y la creación de los personajes del conductor del autobús y de la madre y la hija que hacen un viaje de ida y vuelta que se sospecha que no será el último. Observamos también la inclusión de elementos como la focalización puntual en el personaje de la niña, para mostrar la atracción hacia el personaje del conductor.

“El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados…”

De Kawabata podemos decir que fue periodista y escribió novelas y cuentos que le convirtieron en el primer japonés que recibió el Nobel de Literatura (1968), Se suicidó en 1972, poco después de la muerte de su amigo y alumno Mishima.

De Anton Chejov, el gran maestro del cuento, leímos y comentamos el titulado “Un viaje de novios” que perfectamente podía ser una escena de una obra teatral, por su ubicación espacial y temporal en un vagón de tren durante un viaje entre San Petersburgo y Moscú.

Im 03En este vagón, en el que viajan varias personas, aparece el protagonista para hablarnos de su viaje de novios.

Se aprecia la gran maestría del autor para la creación de personajes, como este Iván Alexievitch que, según nos cuenta bajó del tren para tomar una copa o dos, en una de las paradas del tren y se equivocó de tren al reanudar el viaje. Esta peripecia cómica sirve a Chejov para confrontar dos modos de afrontar la vida; la serena y aburrida de los viajeros del vagón frente a la despreocupada y divertida del recién casado que ha dejado a su esposa en un tren diferente.

“Ustedes, empero, no se casan. Siempre andan por caminos extraviados. Diré más todavía: la Sagrada Escritura dice que el vino alegra el corazón humano. ¿Quieres beber más? Con ir al buffet, el problema está resuelto. Y nada de filosofía. La sencillez es una gran virtud. “

Como siempre en las obras del gran maestro ruso, la sencillez de la trama no impide ver los rasgos habituales en Chejov, la descripción de la clase media, en situaciones cotidianas pero que revelan las contradicciones de la vida moderna. Lo que se denomina “acción indirecta” en la que parte de la trama ocurre fuera del marco narrativo, como en este caso concreto, en el que no vemos lo que ha sucedido realmente en el andén de la estación y mucho menos lo que ocurre en el otro tren que se menciona en el relato.

Como siempre las dos horas del taller fueron pocas para comentar todo lo que dan de si las obras de los grandes maestros, pero así es la vida. También en las salas de proyección los productores se ponían nerviosos si una película duraba más de 120 minutos.

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Por Xuan Folguera.

Yo nunca he sido del Madrid. Tampoco he sido muy futbolero. Y, sin embargo, ahí estaba esa noche. Escuchando a Valdano en un programa deportivo de la radio. Al parecer, le acaban de destituir como entrenador del Real Madrid. El periodista le preguntó a qué se iba a dedicar a partir de ese momento. Valdano contestó que a releer Rayuela.

−¿Rayuela? −preguntó el periodista−. ¿Esa novela que se puede leer al derecho, al reves y dando saltos?

No sé si el periodista se la había leído. Yo desde luego que no. Aunque ya me entusiasmaba la literatura hispanoamericana, aún no conocía a Julio Cortázar. Pero me llamó tanto la atención que pudiera leerse de forma distinta a la lineal que, en cuanto pude, hice una incursión a la biblioteca de mi barrio.

La primera vez que leí Rayuela no entendí nada. O bueno, más bien, no la entendí del todo. De hecho, aún continúo sin intenderla. Pero me fascinó. Y no solo por la forma en que podía leerse. De un lado. Del otro. Capítulos prescindibles. Parecía todo un poliedro literario. Tampoco la historia es muy importante. Lo que, en realidad, me deslumbraba era la forma en la que estaba escrita. Rayuela no es un libro para lectores. Es un libro para escritores. Un experimento exigente que enseña a escribir. O, al menos, otras formas de lenguaje. Como el glíglico: Apenas le amalaba el noema, caía en sústalos exasperantes.

A continuación vinieron sus cuentos. Una colección completa de la editorial Alfaguara que también encontré en la misma biblioteca de barrio. Supongo que ese fue el momento que me convirtió en cuentista. Hasta entonces intentaba ser poeta y exhibía a través de los versos mis entrañas. Pero después de leer Casa tomada o Carta a una señorita en París, sentí que debía escribir como él. He imitado muchas veces sus historias. He desmontado con un lápiz en la mano, todos sus engranajes, para volver a montarlos con mis propias palabras, con mis propios relatos. La noche bocarriba se ha convertido, por ejemplo, en un relato que he títulado Cinco de Noviembre. He sido también un verdadero cronopio, húmedo y de color verde, que, a pesar de odiar a los famas, se ha enamorado de una esperanza a la que he escrito cartas de amor en los que he bailado tregua y en los que he bailado catala.

Inevitablemente llegaron sus poemas, sus ensayos, sus otras novelas y el resto de libros suyos tan diferentes como la Vuelta al mundo en ochenta días o Fantomas contra los vampiros multinacionales que, de un modo u otro han ido, poco a poco, cayendo primero en mis manos y, después −porqué no reconocerlo−, en el olvido.

Y, sin embargo, seguimos todos tan enamorados de Julio. Y lo digo en plural, porque no somos uno, sino también legión. No es infrecuente coincidir con un julioadicto. Se les puede encontrar junto a unos dibujos de tirza. Tienen una piedrita en la mano que, después de lanzarla, mueven con la punta de un zapato. Como yo, están convencidos de que el Cielo está en el mismo plano que la Tierra, en la acera roñosa de los juegos.

Xuan Folguera Martín fue el ganador del V Certamen Literario Madrid Sky, en junio de 2018.

Tarde intensa la de ayer en el taller, hasta el punto de que no dio tiempo a leer y analizar todo el material previamente aportado. Al hilo de los ejercicios que nos traemos entre manos (una cadena de tres eslabones) algunos compañeros ya fueron presentando la segunda entrega de esta cadena, otros la iniciaron y alguno aún estamos en la parrilla de salida. En todo caso, no hay como tener un camino trazado para que los miembros del taller arranquen su creatividad y nos obsequien con estupendos relatos.

Así, la tarde la inicia Paco Plaza. Paco, uno de los más ‘aplicados’ del taller y que leyó la segunda entrega de su cadena, aquella que ha de empezar por la frase “La caja estaba en el centro de la habitación y alrededor solo había silencio”. Su relato “Un paquete de ida y vuelta” nos enfrenta a un problema social y migratorio tremendo y bastante desconocido, eso sí, con una dosis de humor (¿negro?). Una familia china que vive en España y recibe, por fin, una esperada caja:

chinese“… Yuan y Min trajeron dos destornilladores grandes e hicieron palanca para desclavar una de las paredes laterales, al conseguirlo salieron rodando de su interior un montón de pilas y trozos de plástico, papel y cartón, tras los materiales un hedor asqueroso invadió la estancia…”

José Sainz de la Maza nos obsequió un extraordinario relato (uno más): “Wiki punto 01. Semanas azueles”. Cumpliendo con el primer eslabón de su cadena, nos introduce en una celda carcelaria en la que habita un personaje que mantiene una dura contienda con un ojo intruso. Personaje y lector llegan a las puertas mismas de un abismo que solo se resuelve en el final.

big-eye… pasaba el tiempo y aún no había visto a aquel ojo en un rostro y menos aún como parte del cuerpo de una persona, sino siempre, sin excepción, como si fuera un órgano desmembrado y autónomo …

Y entonces, va Luis Marín y nos lee su ‘Abismo’, para que veáis. Así inicia su personal cadena. El relato nos ambienta en el despacho de un ejecutivo al que abandonan sus pies (¿o su conciencia?) y se ve obligado a entablar una dura negociación con ellos.

human-ankle“…la puerta del aseo se abrió, Ernesto con el nudo de la corbata aflojado, el cuello desabotonado y las mangas recogidas en dos vueltas, llevaba la chaqueta sobre el brazo izquierdo, mientras con la mano derecha hacía ademán de despedida …”

El turno de Lourdes Chorro. Con ‘El solsticio’ nos lleva de la mano (con su personal y exquisito estilo) a un lugar y a una noche en la que un abuelo sabio, sale a la mar, como siempre, sin guías ni brújulas. Pero esa noche el abuelo tarda mucho más en volver y cuando lo hace viene transformado y con nuevo ojo, el de la sabiduría.

“… El foco del faro dejó de girar. Su luz de ojo de sabueso que no parpadea se dirigió hacia la orilla como si acabara de descubrirlo. Stefan se interpuso entre ella y la barca. Le enfocaba fijamente, pero se mantuvo impertérrito. Un guardaespaldas no lo habría hecho mejor. La luz se mantuvo fija a la expectativa como una sicaria del faro bien amaestrada. Ninguno de los dos cedía hasta que la luz se dio por vencida y volvió a girar …”

Y para acabar, Juan Santos nos presentó ‘La Palmeta’. Juan es otro de los ‘aplicados’ y con este relato cumplía con el segundo eslabón. La historia de un maestro, que rechaza el regalo de sus alumnos, una palmeta de madera, de buena madera. El maestro se va transformando a ojos del lector a través de cada párrafo. Una guerra abierta entre alumnos y maestro. ¿Quién creéis que la ganará?

palmeta“… lleno de curiosidad, casi temblando, se dispuso a abrirlo. Al ver su contenido, se quedó con la boca abierta: venía envuelta entre pajas como si una frágil pieza de porcelana, fuera. No era ni más ni menos que una sugerente palmeta de madera …”

Y eso es todo por hoy, amig@s. ¡¡Vaya tarde!!

Hasta la semana que viene y … mientras tanto … mucho cuidadito con los ojos que os vigilan … mientras comprobáis si dejáis huellas al caminar.

Tarde de ¿miedo?

Por: Juan Santos

1506201191-elvira-sastre-2Dicen que la primavera y el otoño son estaciones propicias para la poesía. Y este jueves de finales de octubre, disfrazado de verano, los Primaduroverales hemos dado buena cuenta de ello. Todo empezó con la lectura del poema  “Mi vida huele a flor” de Elvira Sastre.

Después de escucharlo dos veces,  fue inevitable sentir envidia sana de esta gran poeta, que a pesar de su juventud, sabe plasmar con gran belleza, experiencias y sentimientos que todos hemos sentido, como ella lo expresa.

Pero allí habíamos ido a trabajar y Pura, que sabe los buenos resultados de la improvisación, nos mandó escribir un relatito, inspirado en  tres párrafos del poema:

  • He huido // con los ojos abiertos // y el pasado me ha alcanzado 
  • He escrito mi vida // y no me he reconocido 
  • He perdido el rumbo // pero he conocido la vida en el camino …

Acostumbrados al ordenador, el boli se resistía en arrancar, pero no había tiempo que perder y nos pusimos manos a la obra. Unos en pocas líneas, otros en una hoja, y otros en dos o tres, escribimos los relatos, todos buenos, fieles al estilo y nivel de cada cual.

En la segunda hora, leímos y comentamos un relato inédito de María, que se había quedado sin leer el pasado curso, referente a la tarea con las frases “Los dioses te ofrecerán oportunidades” y “El miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Miedo era el título y miedo es lo que nos transmitió su lectura. La protagonista, metida en una espiral, hace un viaje a Lisboa (tal vez sin moverse del ordenador) donde pasa dos momentos de miedo psicológico, propios de una película de Hitchcock. He aquí un retazo:

bethlehems-tower“El tic tac del reloj marca la hora del mediodía. De nuevo, solo tu silueta y tú camináis por el contorno del mar. El acantilado. Un ruido leve, como de un motor, acaricia tus tímpanos, embotados por el constante rumor del océano. El sonido crece y alucinas pensando que una carretera partirá en dos las aguas del mar para dejar que los coches pasen. Te huele a asfalto y el motor es cada vez más fuerte… El tiempo se congela, como una fotografía. La moto queda suspendida en el aire…”

Terminamos la clase con varios testimonios de miedo sufridos por algunos compañeros. Está visto que, a veces, utilizamos la imaginación, aunque no estemos escribiendo.

Por: María Sánchez Robles

Qué necesidad de quebrarse la cabeza, decía la madre, pero la hija salía de casa en busca de letras. Letras que volaban por las calles, que se escondían bajo las tejas, que en forma de gatos negros cruzaban los callejones. Tardes otoñales. Octubres literarios.

Así recordaría las puestas de sol de la buhardilla y otras aulas, mientras el cielo plomizo caía y la calle bostezaba detenida como en una fotografía en blanco y negro.

Interesante pero pequeña foto (1)Llovía fuera y llovían dentro historias apasionantes en las que ojos de cristal, lenguas de un largo incontable y expresos hacia la muerte nos conducían a espejismos, a realidades paralelas de las que a veces nos costaba un rato salir, tales eran los personajes creados por los artesanos de las letras.

rock-and-roll¿Qué lee tras las ventanas que por las noches parecen espejos? Letras lee, responde el calambur, que unidas forman sinestesias, que huelen a cursiva y versal, que bailan la sinécdoque rápida y el twist, y que cada jueves pintan un lienzo nuevo y maravilloso.

Gracias por las intervenciones valientes y brillantes de Paco Plaza, que con “El expreso de la muerte” nos presentó un relato digno de un premio literario, ambientado en los billares, antros de droga y connivencia; Juan Santos, que con “La Una versiónlengua mordida” nos hizo reír y disfrutar de unas imágenes preciosas, “Juan en su esencia”, en palabras de Pura; y Carlos Cerdán que, con “El ojo de cristal”, nos devolvió a cada uno de los afortunados testigos a un hogar donde, solo por aquella noche (esperamos), cualquier ventana se convertiría en un ojo de buey a lo Gran Hermano que nos observaba incesante. Un ojo que nos haría meternos entre las sábanas, extrañamente más frías que de costumbre, y susurrarnos con su insistente mirada fija: cierra el ojo de la literatura por hoy.

El próximo jueves más.

Si quieres formar parte de este y otros mundos que cada jueves transitamos, escríbenos a pscasacasa@gmail.com o asociacionprimaduroverales@gmail.com y nos pondremos en contacto contigo enseguida.

María Sánchez Robles

El aura de la Matute

Por Julia Viejo

Todavía no me atrevo a escuchar las cintas. Bueno, las cintas, como si esto fuera un drama indie de los noventa. Realmente no eran cintas porque estábamos en 2014. Es un archivo mp3 grabado con el iPod que unos meses después me robaron mientras iba dormida en el autobús. La grabación empieza con una risa nerviosa, un rumor lejano y constante de pasos y maletas y una voz que sé que es la mía pero que me cuesta reconocer. «¿Le importa si dejo esto grabando?», pregunto. Y entonces su hilito de voz, frágil pero despierto: «Claro, ¡pero tutéame, por favor!». Ya no me acuerdo de más; no me he atrevido a escucharlo por si me da un terrible ataque de bochorno. Solo la retengo a ella en mi memoria, y eso es lo importante.

Ana María Matute

Entrevisté a Ana María Matute a finales de marzo de 2014. Yo, que no soy periodista ni pretendo serlo, había recibido el encargo un mes antes en una charla casual de tres minutos con el director de una conocida revista literaria. Pretendía desplazarme a Barcelona para la entrevista, pero resultó que ella tenía que venir a Madrid a entregar el premio Primavera (ese año fue para Màxim Huerta, más tarde conocido como el ministro más fugaz de la democracia). Durante ese mes me estuve empapando de la historia vital de mi escritora favorita, una de las pocas autoras vivas que aparecía en los libros de texto, donde era nombrada junto a Carmen Laforet, Martín Gaite o Miguel Delibes. Había ganado casi todos los premios literarios importantes en España: el Planeta con Pequeño teatro, el Nadal con Primera memoria, el Cervantes, y hasta fue candidata al Nobel en alguna ocasión. Cosechó éxitos hasta los años setenta y después de un largo periodo de inactividad, en los noventa publicó la que es su novela más famosa: Olvidado rey Gudú. Su obra está marcada por el pesimismo, el desarraigo, siempre alternando temas realistas y mundos fantásticos, eso decían los libros de texto. Apuntes bibliográficos que solo pueden entenderse acompañados de apuntes personales, íntimos, todo aquello que le pregunté sentada a su lado en el hall del hotel Wellington de la calle Velázquez.

Ana María Matute y Julia Viejo, autora del artículo

Me habló de Mansilla de la Sierra, el pueblo de sus abuelos donde pasó los veranos de su infancia hasta que un embalse lo cubrió por completo. Curiosamente esta pequeña Atlántida ha estado sumergida hasta 2017, cuando después de sesenta años ha vuelto a salir a la luz por culpa de una sequía, permitiendo a los lugareños pasear entre las ruinas de las casas, calles e iglesias de su infancia y de la de Ana María Matute.

Mansilla de la Sierra emergida durante la sequía

Después, siguió contando, vinieron las bombas cayendo sobre Barcelona, que impactaron también en su memoria e irremediablemente en su literatura. La posguerra y sus gritos silenciosos, aquel hombre al que vio morir mientras comía pan con chocolate, su posterior matrimonio fracasado, las tertulias del Café Gijón: un auténtico aburrimiento, ¡alguien tenía que decirlo! A la Matute, como se llamaba a sí misma, lo que le gustaba eran los bares del barrio chino, los gintonics, los amigos, escribir, viajar. Después de tener a su hijo Juan Pablo (quien durante la entrevista estuvo dando un paseo cerca, sin alejarse de su madre) decidió separarse y fue tachada de «mujer impetuosa» por un famoso escritor de cuyo nombre no quiso acordarse. Después luchó por la custodia de su hijo y poco más tarde conoció al compañero de su vida, Julio. Escribía, daba clase en las mejores universidades, viajaba y amaba como nunca lo había hecho, pero todo eso no le impidió sufrir una larga depresión. La suya era esa tristeza profunda de los que se sienten ajenos en las fiestas, incomprendidos, caídos quizás de galaxias diferentes.

Todo eso y más me contaba sentada en una butaca con la cara iluminada y las manos abiertas al cielo mientras yo la miraba embobada. Durante aquella hora se creó un aura cómplice entre nosotras, dos chicas, una de 22 años y otra de 88, desconocidas y separadas por un abismo de experiencia, pero con un destello similar en la mirada. Cuando me despedí de ella le susurré algo al oído que no diré jamás a nadie y que le hizo sonreír y apretarme la mano.

Ana María Matute (Gregori Civera)

Ana María Matute

La entrevista fue publicada en la revista Qué Leer en junio de 2014 y fue la última entrevista de Ana María Matute. Todavía seguía en los quioscos cuando ella murió el día 25 de ese mismo mes. Y sí, lloré como si hubiera perdido un órgano vital. Por si fueran pocas casualidades, justo al día siguiente me dieron el primer y único premio que he ganado nunca, en el I Concurso de Cuento de Madrid Sky, convocado por las bellas gentes que dan nombre a este blog: el grupo Primaduroverales. Me hizo feliz porque fue el mejor broche para aquella etapa de magia, esa magia contagiosa, secreta, matutiana.

Julia Viejo fue la ganadora del I Certamen Madrid Sky, en junio de 2014.

Por: Carlos Cerdán

Este jueves, la víspera del puente del Pilar se notaron las ausencias. Fuimos pocos pero bien avenidos. Pura propuso un ejercicio de escritura rápida. Es algo que hemos practicado poco en el taller y que en principio nos produce un cierto reparo, pero una vez superado resulta muy estimulante.

Podíamos elegir entre dos opciones:

ear“Amelia una mujer que ha perdido su oreja derecha y que no soporta escuchar conversaciones a su espalda”

“Josefina comenzó a ser feliz después de perder los dedos anular y meñique de la mano izquierda en una picadora de carne”

El resultado fue que nos salieron unos relatos interesantes y amenos. Una experiencia divertida que tal vez podríamos practicar más a menudo.

Ya en la parte final de la clase leímos dos cuentos cortos: “El episodio del rostro de la muerta” de  Yasunari Kawabata y  “La mano” de Patricia Highsmith.

Y terminamos la clase con esa grata sensación de haber compartido otra magnífica tarde de literatura.