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Por Luis Marín

Se ha escrito mucho sobre la guerra civil española. Historiadores, incluso extranjeros, se han interesado por ese lamentable enfrentamiento que se produjo como consecuencia de un golpe de estado al orden establecido por la república de 1931. Ochenta y cuatro años después, a pesar de la tinta gastada, continúa habiendo un cierto negacionismo en determinados sectores de la sociedad española. Según declaraciones de Almudena Grandes, “… la cultura oficial que ha adquirido mayor difusión tiene mucho que ver con la versión silenciosa y evasiva que mantuvo la generación de los “abuelos”, versión de la que se han alimentado las generaciones posteriores, incapaces de comprender en su totalidad la historia contemporánea española”.

En “La forja de un rebelde”, trilogía de Arturo Barea, se hace un recorrido, con tildes autobiográficos, desde principios del siglo veinte hasta la guerra civil.

José María Gironella, en su trilogía “Los cipreses creen en Dios”, narra los años previos a la sublevación, con dos secuelas que abarcan la guerra y la posguerra.

También Lorenzo Silva le ha dedicado una novela en tono biográfico al general Aranguren “Recordarán tu nombre”.

Otros autores han escrito sobre episodios puntuales de la posguerra y la etapa franquista, como Dulce Chacón en su novela “La voz dormida” o las distintas novelas escritas en honor a las trece Rosas.

Me dejo muchas novelas y ensayos en el tintero, pero hoy me quiero referir al proyecto de Almudena Grandes “Episodios de una guerra interminable”, como ha querido llamarla la autora en homenaje a los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Este año ha publicado la quinta entrega.

Después de su novela “El corazón helado”; donde Almudena Grandes aborda el regreso del cabeza de una familia de exiliados a un país irreconocible donde lo perdió todo a través de engaños; Almudena inició este proyecto con el episodio titulado “Ines y la Alegría” (2010). A este le seguirían “El lector de Julio Verne” (2012), “Las tres bodas de Manolita” (2014), “Los pacientes del doctor García” (2017) y “La madre de Frankestein” publicada en este año 2020.

La serie, pretende cubrir momentos significativos de la lucha antifranquista desde 1939 a 1964. Son novelas independientes que transportan al lector a épocas y situaciones de la era franquista que, para muchos, pueden ser reconocibles. Desde la invasión del valle de Arán por el ejército de la Unión Nacional Española, pasando por la guerrilla de Cencerro y el trienio del terror, el patronato de redención de penas y el nacimiento de la resistencia clandestina, la red de evasión de jerarcas nazis dirigida por Clara Stauffer, hasta la agonía de Aurora Rodríguez Carballeira en el apogeo de la España nacionalcatólica. Los que seguimos esta serie de novelas, esperamos ya con impaciencia la última entrega “Mariano en el Bidasoa” aunque haya que esperar un par de años.

Constituye, por tanto, una visión panorámica de una etapa de nuestra historia nacional que, aún ahora, presenta más sombras que luces acerca del origen de una dictadura que, algunos, pretenden poner en duda. Se confunden los personajes y hechos reales con los inventados en una trama de ficción magníficamente ambientada.

Es de sobra conocida la tendencia política de la autora y su preocupación por el entorno de la mujer que refleja en casi todos sus libros. También es conocida su actividad como columnista, poniendo siempre el acento en las políticas sociales hacia los más desfavorecidos.

Estas novelas tienen una lectura fácil, a pesar de estar llenas de metaficciones y estructuras literarias complejas, con respeto al lenguaje y las palabras. Como dice la propia autora, “Si perdemos palabras que nombren cosas estaremos perdiendo también esas cosas; la gente no llega a comprender hasta qué punto el lenguaje pobre empobrece el pensamiento, las experiencias y los placeres de la vida”.

Luis Marín es un gran lector y aficionado a la escritura, sin embargo se dedicó profesionalmente a las ciencias económicas. Es miembro de la asociación Primaduroverales. Es coautor de los libros Madrid Sky y 2056 Anno Domini. Ha resultado finalista en distintos certámenes literarios, el último de ellos el VI Certamen de Relatos Cortos de la UNED de Alcalá la Real (Jaén), y sus relatos han aparecido publicados en distintas antologías.

Por: Luis Marín

Este año 2020 va a quedar marcado por la pandemia más dura en muchas décadas. Menos mal que no coincide con ninguna profecía del fin del mundo. Aunque quizá eso sea también un indicio, porque los fines del mundo no suelen avisar, se presentan así, de la noche a la mañana.

Después de casi tres meses confinados, con la casa convertida en oficina y aula universitaria y un ojo pendiente de otros asuntos no menos importantes ni graves, había que afrontar unas vacaciones, entre comillas, para recuperar un poco de oxígeno. Aunque los otros asuntos se han venido con nosotros en la distancia.

La planificación fue un poco sobre la marcha, por exigencias del guion. Tuvimos que cancelar la reserva en Vivero por el brote en A Mariña. Pero el norte era nuestro destino y buscamos lugares pequeños, hoteles familiares y playas no muy masificadas. En el concejo de Oles (Villaviciosa, donde el Gaitero) encontramos un hotel de nueve habitaciones a dos kilómetros de Tazones pueblito marinero lleno de restaurantes y con el casco urbano cerrado al tráfico, y a siete de la playa de Rodiles donde desemboca esa ría que esconde toda una vida entre el fango cuando el agua se retira con la bajamar.

Finales de julio, en un año tan atípico, nos sentimos tranquilos con las distancias debidas, las mascarillas obligatorias en todas partes, los geles desinfectantes siempre a mano y esa playa capaz de absorber a los visitantes y con mucha vigilancia por parte de los servicios de socorro.

A un tiro de piedra, Gijón y la playa de San Lorenzo. Aprovechando un día entre semana y los horarios de las mareas, pudimos disfrutar de un día de sol espléndido (poco habitual por esos lares) y un par de baños. Un paseo por sus calles de trazado tortuoso y una cerveza en Cimadevilla para completar el día.

Más allá de la desembocadura de la ría de Avilés, localidad que ha sabido recuperar su casco antiguo, la playa de Salinas ofrece un arenal de más de dos kilómetros coronado con el museo de las anclas Philippe Cousteau, al aire libre sobre el acantilado que vigila la bahía.

Cómo no disfrutar de un tradicional cachopo en uno de los restaurantes al aire libre de un Oviedo repleto de esculturas en sus calles, el Viajero de Úrculo, Tino Casal, Woody Allen, Mafalda, La Maternidad (La gorda de Botero) o el Culis monumentalibus y donde no podía faltar el recuerdo a Ana Ozores, inmortalizada por Leopoldo Alas Clarín en la Regenta. Pasear sus calles en el casco histórico, la catedral y la calle Uría con el Campo de San Francisco, el teatro Campoamor y el hotel Reconquista, es obligado, aunque se haga una visita rápida.

Pero Asturias es más que ciudades, playas y pueblos pesqueros. A lo largo de esa costa, los restos de dinosaurios jalonan playas y acantilados para conducirnos al museo del Jurásico en la localidad de Colunga. Los Picos de Europa abren sus puertas en Cangas de Onís para entrar en el corazón de la legendaria Covadonga. Por detrás, mirando hacia Cantabria espera el, siempre de difícil acceso, Naranjo de Bulnes.

En el mirador del Fitu un monolito recibe al visitante con una placa donde se puede leer “En recuerdo de las víctimas del odio y la intransigencia que pagaron con su vida la defensa de la legitimidad democrática republicana y la libertad. 22-04-2003” Unos escalones conducen a un mirador de cemento erigido en 1927 que nos situará a 597 metros sobre el nivel del mar y salvando la arboleda permite una panorámica de 360º para poder observar desde las sucesivas elevaciones de los Picos de Europa hasta la línea costera desde Ribadesella a Llastres. Unas vistas espectaculares. Pero hay que tener suerte, no siempre se puede disfrutar con un horizonte limpio de esos paisajes, porque una pertinaz niebla acostumbra a subirse en el mirador para dificultar la observación. Hay que tener paciencia y constancia.

Todo lo dicho, con una temperatura de entre veinte y veinticinco grados que a pesar de la alta humedad (nada que ver con la del levante) hace que la estancia por esos parajes proporcione la necesaria paz para el descanso.

Hemos estado en la parte oriental de Asturias. La costa occidental nos ofrece otros acantilados, otros faros y otras poblaciones de interior que…

Pero eso lo dejamos para otra crónica.

Madrid, ciudad bravía

que entre antiguas y modernas

tiene trescientas tabernas

y una librería.

Esto se decía de Madrid en el siglo XVII. Y su fama de ciudad de tabernas no empezó a cambiar hasta mucho después, a finales del siglo XIX. Aunque a Benito Pérez Galdós, que llegó a Madrid en el año 1862, todavía le dio tiempo para escribir en sus memorias lo siguiente sobre la calle Toledo.

Toda la calle es roja, no precisamente por el matadero ni por la sangre revolucionaria, sino por la pintura exterior de las ochenta y ocho tabernas (las he contado) que existen desde la plaza de la Cebada hasta la Puerta de Toledo.

Los cafés de Madrid

Pero en aquella época en la que Galdós llegó a Madrid algo se estaba transformando en la capital. Habían nacido los cafés, que empezaron a ocupar el lugar de las tabernas. Lo había aventurado a finales del siglo XVIII Gaspar Melchor de Jovellanos, afirmando que “en nuestras ciudades hacía falta el establecimiento de cafés o casas de conversación y diversión cotidiana que, arregladas con buena policía, eran un refugio para aquella porción de gente ociosa que como suele decirse, busca a todas horas dónde matar el tiempo”.

En estos cafés se permitirían los juegos sedentarios y lícitos de naipes, ajedrez, damas, chaquete, los de útil ejercicio, como trucos y billar; la lectura de papeles públicos y periódicos, y las conversaciones instructivas y de interés general, según la literatura de la época.

Vista parcial del interior del Nuevo Café San Millán

No es de extrañar que con estas ideas calando en la sociedad, la influencia francesa y el surgimiento de las ideas liberales, los cafés se consolidasen como lugares de ocio a los que acudían multitud de personas para estar al tanto de todas las noticias. Los primeros cafés de Madrid se abrieron alrededor de la Puerta del Sol y en la calle de Alcalá. Eran lugares para debatir de política, con espacios que separaban a la gente de paso de los clientes más habituales. Entre la clientela dominaba la clase burguesa y no estaba bien visto que entrasen las mujeres. Con la expansión de Madrid se fueron abriendo nuevos cafés, entre ellos el café de San Millán, que entonces estaba en el límite de la ciudad y se consideraba bastante apartado de la Puerta del Sol. Se inauguró en diciembre de 1876, en la calle Toledo antes descrita por Galdós, un lugar muy próximo a donde se imparte hoy el taller de creación literaria Primaduroverales.

¿Qué tenía de diferente el café de San Millán?

Los cafés alrededor de la Puerta del Sol eran elegantes, céntricos, con una decoración exquisita y un público seleccionado. El café de San Millán era todo lo contrario, era un establecimiento de un barrio castizo y popular situado junto al mercado de la Cebada, por lo que sus clientes eran, además de toreros, militares, escritores y artistas, los tratantes de ganado, los negociantes de frutas y verduras, los arrieros, los mozos de mulas, los gañanes, los tenderos y el público que acudía al mercado. Además, en el café de San Millán podían entrar las mujeres, ello no suponía ningún escándalo, e incluso podían participar en las tertulias, lo que era un síntoma de modernidad nunca visto. En definitiva, el café de San Millán era un café para todo tipo de gente, un café con cigarreras capaces de guardar todos los secretos y cerilleros, como Manuel Sevilla, que vendió participaciones del número 15.554 del sorteo de Navidad del año 1905, que resultó agraciado con el tercer premio. Los premios se cobraron en el mismo café y la prensa de la época informó detalladamente del hecho en sus páginas.

El café ocupaba la planta baja del inmueble y en ella había una escalera de caracol que conducía a un piso superior destinado a sala de billares. La primera parte comprendía un amplio salón conformado por hileras de columnas, todavía visibles en la actualidad. El techo estaba cubierto con seis óleos de gran tamaño, y las paredes también estaban cubiertas con óleos de temática popular y costumbrista, obra del pintor aragonés Manuel Zapata. Toda esta decoración ha desaparecido y solo ha llegado a nuestros días a través de documentos de la época.

El Nuevo Café San Millán era un café abierto y popular que frecuentaban los escritores de la Generación del 27, en el que la pintora Maruja Mallo ganó un extravagante concurso de blasfemias al poeta Rafael Alberti a mediados de los años veinte. Continuó siendo un café popular y más tarde, durante la Guerra Civil, permaneció abierto haciendo las veces de comedor social, como si con ello quisiera mantener su espíritu vivo y en lucha, hasta que a mediados de los años cincuenta cerró definitivamente.

 

 

 

Personajes de novela

Actualmente existe un café/cervecería en la calle Toledo 61, en la misma esquina en la que se encontraba en Nuevo Café de San Millán, aunque el nuevo local no tiene nada que ver con la decoración ni con el espíritu del Nuevo Café de San Millán de entonces.

¡O quizás sí! Es posible que podamos volver al pasado si forzamos la imaginación, si tomamos un café y cerramos los ojos para ver pasar por la puerta a Vicente Blasco Ibáñez camino del Rastro, o a Maltrana, (personaje de su novela la Horda -1905-) antes de que dejase de ir al mismo; o a Pío Baroja y a sus personajes Manuel y Roberto cuando se citaron con el Tiriti (La busca -1904-), o a Maruja Mallo y Rafael Alberti enzarzados a insultos antes de que la gente supiera que eran amantes. O a Galdós, en su continuo recorrido por los cafés de Madrid. O al cerillero Manuel Sevilla, que sigue vendiendo participaciones de lotería y es capaz de regalarnos un buen pellizco. Yo, por si acaso, compraré un décimo en el próximo sorteo, ya que la de 1905 no fue la única vez que la suerte tocó con su varita al personal y a la clientela del café. En cualquier caso, pasear por La Latina y echar una mirada nostálgica hacia el café de San Millán un día de Rastro sigue siendo una buena opción para todos los que se pasen por Madrid. Y todavía siguen quedando buenas tabernas por la zona. ¡Y librerías!

Fuentes:

http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/. M.R.Giménez

https://historia-urbana-madrid.blogspot.com/

La pintura decorativa y el café de San Millán de Madrid: la decoración de Manuel Zapata y Seta en 1891. Mónica Vázquez Astorga.

 

 

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios y sus relatos están publicados en distintas antologías.

Los Custodios

Una serie de Netflix recomendación de Flor Cuesta

Hoy quiero recomendaros una serie. Es americana. Sobre un caso real.  La desaparición de una persona. Pero os aseguro que no tiene nada que ver que las series al uso que nos tiene acostumbrados “la madre patria”. Está en Netflix y lleva por título The Keepers; se podría traducir como Los Guardianes, pero a mí me gusta más Los Custodios. Los guardianes son los que se preocupan de que cumplas las reglas, por rígidas que sean, pero los custodios son los que se deberían encargar de la educación de las muchachas a las que “custodian”.

En 1969 la hermana Catherine Cesnick dejó el convento para irse a vivir con una compañera a un apartamento cerca del Instituto católico donde impartía clases. El instituto Keoug, situado en Baltimore, lo dirigía el capellán John Maskel, un hombre atractivo, con mucha labia, manipulador.

La llegada al instituto de Cathy fue una bendición para las alumnas: guapa, afable, cercana. Como profesora de Literatura, el primer libro que les pidió que leyeran fue La Letra Escarlata

—¡La letra Escarlata! —comentaron estupefactas las alumnas. Se las ganó en un santiamén.

Una tarde salió de su casa para comprar un regalo de boda y no se volvió a saber de ella. Era una noche oscura, aterradora, las calles estaban vacías e iluminadas por dos simples farolas. ¡Qué diferencia con el Nueva York de las películas que todos conocemos! El de la General Electric. Me acordé de aquella otra noche de verano, en el pueblo, que volvía con dos lecheras a pasitos cortos, erguida y sin mirar atrás, deseando llegar a la esquina iluminada por un poste con una pobre bombilla que daba más sombras que luz. Menos mal que mi tía Rosa había dejado encendido el farol de su puerta. El caso se cerró sin saber qué había ocurrido.

La historia está contada cincuenta años después cuando un grupo de alumnas se empiezan a interesa por ella. El realizador utiliza el flash back con maestría. Nos lleva del presente al pasado, y vuelta, sin que nos demos cuenta; consigue hacernos partícipes de una historia que hasta podría parecer oportunista: pederastia en un colegio católico, corrupción, mentiras.

Estas dos antiguas estudiantes del Keoug hacen un trabajo impresionante, rebuscan en la red, en la hemeroteca; crean una página de FB, consiguen que cien compañeras más confiesen los acosos que sufrieron. Aparecen más testigos, más gente implicada, posibles asesinos que se despreciaron en el primer momento. Y aunque descifran muchas de las incógnitas que habían quedado sin aclarar, no la más importante.

Vedla. Son cuatro capítulos. Merece la pena.

 

 

Flor Cuesta nació en Zamora, pero siendo adolescente vino a Madrid. Dedicó su vida profesional a trabajar en un banco, hasta que dio un giro a su vida para estudiar Filología Inglesa. Eterna estudiante, admiradora de la literatura inglesa y norteamericana, ha asistido a varios talleres de creación literaria. Terminó el doctorado y la tesis, que no llegó a publicar, lo que a veces le crea mala conciencia. Vive con pasión el teatro, el cine y la literatura. Es miembro de la asociación Primaduroverales Grupo de Escritores y coautora del libro 2056 Anno Domini. Actualmente está trabajando en su primera novela.

Una promesa en Montmartre

Luis Fernando Jiménez

Desde el ventanal de la recepción del viejo Gran Hotel, en Montmartre, se contemplaba perfectamente encuadrada la portada de la basílica del Sacré Coeur. No recordaba esa circunstancia, a pesar de que, después de tantos años, nada había cambiado en el hotel. Todo seguía igual que aquel día de verano en que me casé con María. Pero este era un verano diferente, ella ya no estaba. La nostalgia por su pérdida me había llevado a reservar la misma suite nupcial, en el aniversario de nuestra boda. A nadie pareció extrañar que un hombre solo decidiera quedarse en la suite paraíso.

Bajo el sombrero y el uniforme del mozo, creí reconocer la cara de un joven veinte años menor. Me abrió la puerta de la suite, eso sí, esta vez deslizando una tarjeta por la ranura de un lector digital. Dejé la maleta en la puerta, donde la había posado el mozo. No pensaba deshacerla. Quizás, ni pasaría allí la noche. De pronto todo aquello me pareció una desacertada ocurrencia.

Los últimos rayos del ocaso estival encendían los colores de las vidrieras del Sacré Coeur, reflejándolos en el salón principal. Los mismos que años atrás iluminaron nuestra boda en la basílica.

Mis dudas, mis recuerdos, la nostalgia, los colores, todo, me distrajeron del ruido de la ducha procedente del baño de la habitación. La puerta estaba abierta. Observé, a pesar del abundante vaho, como una hermosa silueta femenina enjabonaba sus curvas con delicadeza. Sólo acerté a dar unos pasos hacia atrás y quedé sentado en la cama frente a aquella visión. Tuve la tentación de irme, mi maleta seguía en la puerta, pero permanecí allí sentado y esperé. Un uniforme del hotel y unas braguitas colgaban del pomo de la puerta.

Salió de la ducha y sin secarse, se puso un batín blanco de raso.

¿Quién es usted y que hace aquí? – le pregunté.

¿Ya no me recuerdas, Mario?, siempre supe que un día volverías- contestó.

Sentado en la cama, no conseguí pronunciar ni una palabra. Ella se acercó a mí. Soltó la mano que sujetaba el cinturón del batín de raso, que quedó entreabierto. Las gotas de agua deslizaban de su larga cabellera rubia, precipitaban por el valle de sus pechos, saltando su ombligo y un pubis perfectamente rasurado, para desde los labios de su vulva, gotear entre sus pies. Me desnudó con la rapidez de un truco de magia. Con un sensual desdén, sorteó unos arrogantes pezones y deslizó el batín por su espalda, sorteando sus curvas y cayendo a mis pies.

Me introdujo en ella y gozó de mi sin misericordia y sin tregua. Agotada, derrumbó sus pechos sobre mi torso convirtiéndome en su prisionero, y se durmió.

Yo no pude, ni quise. Había intentado olvidar la única vez que le había sido infiel a María. Y sí, fue con Mónica, en mi noche de bodas. Ella era la camarera de habitación. Mientras mi esposa despedía a los invitados en la estación de París central. Una mutua y súbita atracción sexual nos arrastró a un tórrido y salvaje torbellino sexual. Nunca más volví a sentir nada parecido.

Fue breve, al igual que las promesas que nos hicimos antes de que María volviese.

Cuando Mónica despertó me dio un cálido y húmedo beso en los labios, aún sellados. Deslizó sus pechos hasta mi entrepierna y se incorporó lentamente.

Recogió su uniforme, que ya no era de camarera, pero no se lo puso. Se lo echó al hombro y salió de la habitación dejando sus diminutas braguitas de encaje negro en el picaporte.

Ya sabes dónde encontrarme- dijo.

Salió de la suite, y al cerrar la puerta una corriente de aire abrió de par en par la ventana del salón principal.

Luis Fernando Jiménez cursó estudios de Derecho y Filosofía en la Universidad autónoma de Madrid (1979-1985). Ha vivido muchos años en el extranjero, entre Bruselas y Amsterdam, dando clases en academias, sobre todo para hijos de emigrantes. Siempre tuvo interés por la escritura y a su vuelta a España, en Madrid, un taller de creación literario con Álvaro Pombo como profesor le animó definitivamente a adentrarse en el mundo de la creación literaria.

A Juan Marsé

Una vez más, asistimos a la marcha de uno de los escritores de referencia, Juan Marsé. Como siempre, o casi siempre, pasa justo en el momento después de su adiós, ríos de artículos y homenajes que tratan de hacer justicia a una obra encomiable. Desde la óptica de un blog como este, diríamos que envidiable, ya que la mayor parte de los miembros y seguidores de este foro son (o alguno pretendemos ser) escritores.

Este blog no va a ser menos y trataremos desde aquí de dejar nuestra impronta, en este caso, haciéndonos eco de una cierta impostura institucional que le toco sufrir, solo porque no estaba en una determinada corriente de pensamiento.

En esa línea, hoy mismo, Arturo Pérez Reverte escribe en la edición cultural de un periódico sobre un miserable ninguneo al que fue sometido. En ese contexto, con quizá su obra principal, “Últimas tardes con Teresa”, retrató un mundo y una generación con un trabajo de una minuciosidad tal que cuando uno quiere comprender lo que fue la Cataluña de los charnegos, la Cataluña social, de los años cincuenta y sesenta, es imprescindible acudir a su obra.

Reverte sigue diciendo que Marsé es la Barcelona de mediados del siglo XX de igual modo que Quevedo es el Madrid de los Austrias o Galdós el Madrid del XIX. Se puede o no estar de acuerdo, pero ahí queda.

Ha sido, y será siempre, un novelista español de la llamada generación de los 50, concretamente de la denominada Escuela de Barcelona, corriente que involucraba a sus amigos Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo, Terenci Moix y Eduardo Mendoza.

Y para ir enriqueciendo esta reseña – homenaje, vamos a reproducir algunas frases extraídas de su discurso al recibir el premio Cervantes en 2008:

No me siento a gusto manejando teorías acerca de la naturaleza o la finalidad de la ficción”. /  “No me considero un intelectual, solamente un narrador”. /  “Procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje.” / “Será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, bondad u oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”. / “Soy del parecer que más de la mitad de lo que hoy entendemos por cultura popular proviene y se nutre de lo que no merece ser visto ni oído en la televisión”. / “Hay quien piensa que como se puede ser un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y aunque creo que la inmensa mayoría comparte mi opinión, hay sin embargo quien piensa se trata de una anomalía”. / “La dualidad cultural y lingüística de Cataluña que tanto preocupa, y que en mi opinión nos enriquece a todos, yo la he vivido desde que tengo uso de razón“.

Hoy, en otro periódico, en ese caso catalán, Carlos Zanón, en un artículo titulado ‘La mirada del apache’ dice sobre Marsé “Ese mirar desde fuera hacia dentro de Marsé, esa fuerza narrativa del barrio, su literatura autodidacta, deslumbró desde un principio a una maquinaria intelectual sofisticada

Para finalizar un extracto de ‘Ultimas tardes con Teresa’, que junto a ‘La oscura historia de la prima Montse’, ‘Si te dicen que caí’, ‘La muchacha de las bragas de oro’, ‘Un día volveré’, ‘El amante bilingüe’, o ‘El embrujo de Shanghai’, supondría su obra más representativa:

Y allí aquella noche como en ésta aquí, contestó con fervor: «Es mi novia» ante alguien que sonrió incrédulo, mirándole burlonamente y con algo de pena; y lo mismo que ahora, él sospechó ya entonces que lo más humillante, lo más desconsolador y doloroso no sería el ir a parar algún día a la cárcel o tener que renunciar a Teresa, sino la brutal convicción de que a él nadie, ni aun los que le habían visto besar a Teresa con la mayor ternura, podría tomarle nunca en serio ni creerle capaz de haberla amado de verdad y de haber sido correspondido.“

Hasta siempre, Juan Marsé.

Con motivo de la celebración del 25º aniversario de la creación de la Empresa Municipal Aguas de Cádiz, S.A. y con el objetivo de poner en valor la histórica fuente conocida como “Los niños del paraguas”, del Parque Genovés de Cádiz, tras su restauración, esta empresa ha convocado el concurso de microrrelatos “Los Niños del Paraguas”:

Fuente de los niños del paraguas parque de genovés cadiz ¡ (3)

El concurso constaba de tres categorías diferentes de participación:

  1. FICCIÓN: los autores/as narrarán una historia ficticia ambientada en cualquier lugar, y cuyos protagonistas sean una pareja de niños y un paraguas.
  2. VIVENCIAS: relatos en los que los/as autores/as narren una experiencia o un recuerdo de su vida personal o familiar relacionado con la fuente de “Los niños del paraguas” y el parque Genovés.
  3. INFANTIL Y ADOLESCENTE:

Publicamos en PRIMADUROVERALES dos relatos de este certamen que han participado en la categoría FICCIÓN. El relato ganador, titulado El escondite, de Miguelángel Flores, escritor que resultó ganador de la VI edición del certamen Madrid Sky, y uno de los relatos finalistas, titulado Aprendizajes, de Patricia Collazo, que fue finalista de la V edición del certamen Madrid Sky y lo ha sido en la actual, la VII, en la que todavía no se ha fallado el premio. Nuestras felicitaciones a estos dos autores.

 

El escondite

Miguelángel Flores

Primer premio del concurso de microrrelatos Los niños del paraguas

Categoría ficción

A mi hermana la perdimos esta mañana dentro de un paraguas negro. Era del abuelo, del que se murió de pronto y sin ganas. Siempre está en el paragüero de la entrada. Mi madre no quiere deshacerse de él; para no olvidarlo, dice, o por si llueve.

Rosina lo cogió para jugar y mamá le chilló que ni se le ocurriera abrirlo dentro de casa, que traía mala suerte. Pero ella, que ya lo había abierto, con el grito se puso tan nerviosa que lo cerró estando debajo y la tapó entera. Viendo que no salía, lo desplegaron y Rosina ya no estaba. Mi madre se ha llevado una irritación de las suyas y tuvieron que darle Agua del Carmen. Hay que ir a buscarla, dijo alguien. Y he ido yo, porque si no, me tocaba poner la mesa.

Llevo rato aquí y aún no la he visto. Esto está lleno de niños perdidos o fugados, jugando al escondite. Me he sentado a esperar a que la encuentren o a que salga ella para salvarse. Entonces, me acercaré y le diré que tenemos que irnos, que mamá casi se desmaya y que nos están esperando para comer.

 

Aprendizajes

Patricia Collazo González

Finalista del concurso de microrrelatos Los niños del paraguas

Categoría ficción

Lo del paraguas colgado en el picaporte de la puerta de entrada es de las primeras cosas que aprendimos. Tampoco es tan difícil. Si cuando llegamos del cole, el paraguas rojo de mamá está colgado en la puerta, significa que tenemos que entrar en silencio y prepararnos la merienda. Bueno, yo se la preparo a Jaime, que para eso soy la mayor.

Lo siguiente que aprendimos fue a decirle a papá que mamá salió a hacer un recado si llama desde el barco en tarde de paraguas.

A jugar al ajedrez todavía no aprendimos. Y parece un juego muy divertido. Para eso tenemos que crecer un poco más, dice mamá cuando le pedimos que nos enseñe.

Mientras tanto, estoy aprendiendo a subir el volumen de la tele de la cocina en cuanto las partidas en el cuarto de mamá empiezan a ponerse más reñidas. Para eso soy la mayor, y no puedo permitir que Jaime la escuche gritar palabrotas y chillar amenazando con comerles la torre, cuando sus amigos están a punto de darle jaque mate. Por más tarde de paraguas rojo que sea.

Felicitamos desde estas páginas a Domingo Jiménez Lacaci, ganador del segundo premio en el XIX certamen literario convocado por el ayuntamiento de Iznájar con un extraordinario cuento titulado el Guardamuebles, que publicamos a continuación. Domingo Jiménez Lacaci fue segundo premio en la VI edición del certamen Madrid Sky en 2019, en 2020 ha sido finalista del certamen de microrrelatos Relatos en Cadena, convocado por la cadena SER.

 

ACTA DEL JURADO

XIX CONCURSO DE RELATO CORTO Y MICRORRELATO

En la localidad de Iznájar a las 18:00 horas del día 10 de junio de 2020, reunido el jurado encargado de fallar el XIX CONCURSO DE RELATO CORTO Y MICRORRELATO, que convoca el Excmo. Ayuntamiento de Iznájar y la Empresa Publicidad el Castillo, compuesto por doña Manuela Díaz Lazo, doña Francisca Ramírez Díaz, don José Mª Molina Caballero y don Francisco Martos Muñoz; tras el análisis de los 357 textos presentados al concurso deciden el siguiente fallo:

MODALIDAD A. RELATO CORTO: Otorgar por unanimidad el SEGUNDO PREMIO DE LA CATEGORÍA ADULTOS, dotado con 200 €, al texto titulado “El guardamuebles” que firma con el seudónimo Ernesto de Soto y que corresponde a D. Domingo Jiménez Lacaci, residente en Pozuelo de Alarcón (Madrid).

Otorgar por unanimidad el PRIMER PREMIO DE LA CATEGORÍA ADULTOS, dotado con 400 € y publicación del relato (50 ejemplares), al texto titulado “En fin” que firma sin seudónimo y que corresponde a D. Rafael del Campo Vázquez, residente en Córdoba.

 

EL GUARDAMUEBLES

Segundo premio XIX certamen literario de Iznájar

Domingo Jiménez Lacaci

Mi matrimonio no estaba muerto. Ni vivo. Simplemente no estaba. Tras los entusiasmos iniciales, Enrique había actuado conmigo como con el resto de sus aficiones. Un fuego abrasador al principio, luego una progresiva pérdida de interés y finalmente una indiferencia total. Lo mismo con el golf, con la guitarra, conmigo. El aburrimiento me aplastaba mientras nuestra relación se había quedado en una vía muerta, y yo era el maquinista al que se habían olvidado de recoger al abandonar el tren. Solamente su agencia de viajes permanecía siempre allí, como un decorado de fondo en su vida. Era un buen negocio que le llenaba toda la jornada y le hacía viajar constantemente.

Yo había estudiado Derecho sin haber ejercido jamás, y a mis cuarenta y cinco años no me iba a poder reenganchar fácilmente a la vida laboral. Por eso me intentaba entretener en insípidas comidas con las esposas de matrimonios amigos, pero cada vez se me hacían más cuesta arriba aquellas sobremesas hablando de niños, compras, suegras y cuñadas. Volvía a casa y me encerraba en mis libros, y entonces, por primera vez en el día, abría mi jaula de oro y salía a volar como un gorrión, a vivir mundos y vidas ajenas, a elevarme sobre la ciudad y su demoledor gris constante.

Una tarde, fumando en el salón el único cigarro que solía fumar y que luego negaría haber fumado, miré los suelos, las paredes, las cortinas y tomé la decisión. Después simplemente puse música de Miles Davis hasta su llegada. Pasadas las diez de la noche, entró por la puerta, me besó como haber besado a una cortina y se derrumbó en el sofá abriendo una lata de cerveza.

—Enrique, quiero darle otro aire a la casa. ¿Recuerdas las ideas que tuvimos al comprarla? —le dije dejándole un sándwich sobre la mesita.

—Uffff —resopló mirando al techo—. Es cierto, Sandra. ¿Pero de verdad te ves con ánimos? Recuerda. Seis meses fuera de casa en opinión del decorador.

Se resistió como pudo, pero en dos días ya había claudicado. El constructor nos confirmó el medio año de plazo y empecé a buscar guardamuebles. Vinieron tres a dar presupuesto. El tercero no me dio el mejor precio, pero me impresionó por su aplomo. Julio estaría en los sesenta. Alto, huesudo, pelo corto canoso y fina nariz aguileña. Un hombre de pocas palabras. No te vendía su empresa como los otros dos charlatanes. Al contrario, su ligero desdén al relatar sus servicios me causaba curiosidad y al mismo tiempo, la parca forma de expresarse y sus movimientos seguros entre mis muebles me transmitía una extraña sensación de solidez. No esperé y esa tarde firmamos el contrato. Se entretuvo en fotografiar minuciosamente toda la casa para adjuntar las fotos al inventario. Fijamos la fecha del traslado en dos semanas.

Al día siguiente empecé a empacar en las cajas que trajeron, con Enrique asistiendo como un espectador desganado al que le hubieran regalado entradas para la función. Me obsequió unos cuantos ratos sueltos en fin de semana y de nuevo volvió a su mirada de lubina con su indiferencia más absoluta. Y al final, llegó el día. Todo a los camiones, y luego al guardamuebles en un polígono del extrarradio. Y Enrique y yo, con la ropa de una temporada a un apartamento amueblado no muy lejos de su agencia.

Al cuarto día, claro, ya estaba echando de menos cosas que se habían ido en las cajas. Llamé al guardamuebles y me cogió el teléfono Julio. Su voz era igual de sólida que su aspecto. Me dio la dirección y me fui al guardamuebles a media mañana. Quería llevarme media docena de libros, y esas cajas estaban en un sitio complicado. El propio Julio se subió a una escalera para bajarme las cajas. Se apartó mientras yo, agachada, iba sacando libros. Julio miraba en silencio apoyado en la estantería metálica.

—En esto ya no puedo ayudarla, lo siento —dijo a mi espalda—. Lee usted mucho, ¿no?

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Presentamos un nuevo capítulo de CINEKLUB. En esta ocasión Vicente Moreno dialoga con José Sainz de la Maza sobre la película El sur, dirigida por Víctor Erice y protagonizada por Omero Antonutti, Lola Cardona, Sonsoles Aranguren e Iciar Bollaín. La película se basa en la novela El sur, de la escritora Adelaida García Morales.

Estaba previsto que la película iba a tener una segunda parte, pero surgieron problemas de financiación. Mientras se resolvían los problemas económicos El sur fue seleccionada en el festival de Cannes y ganó varios certámenes, por lo que se decidió dejarla tal y como estaba.

Sus escenas se rodaron en Ezcaray, en Logroño y en el café Barbieri de Madrid, entre otros sitios. Destaca de esta película su comienzo, rodado con una cámara fija, que determina el ambiente del resto de la cinta. Pero serán Vicente Moreno y José Sainz de la Maza quienes nos vayan desvelando sus secretos en esta interesante conversación.

 

 

Vicente nació en Valladolid. Es coautor del libro de relatos Madrid Sky, en el que publicó el relato El viento de la pradera, y del libro 2056 Anno Domini, en el que publicó el relato Catedrales. En 2018 resultó ganador del certamen de relatos breves Guindostán. Informático de profesión, es un gran lector y un apasionado del cine. Actualmente dirige la sección Cineklub del blog Primaduroverales.

 

 

José Sainz de la Maza es miembro de la asociación Primaduroverales. Ha resultado ganador de varios certámenes literarios, entre ellos el V certamen literario Villa de Cabra del Santo Cristo y el IV certamen de relato Navidad Solidaria, organizado por la biblioteca de Castilla La Mancha. Es coautor de los libros Madrid Sky (Uno editorial), 2056, Anno Domini, Incómodos (editorial Relee), Error 404 (editorial Relee) y Arritmias (editorial Relee).

 

 

 

 

 

He decidido empezar (y titular) esta última crónica del curso con la cita de Miguel Hernández. Este año, como todos sabéis, ha sido duro. Se da la circunstancia de que empezamos con proyectos de novela que deberían usar el recurso de la ucronía. Aquel proyecto quedó interrumpido por la llegada de la pandemia.

Mientras empiezo a recapitular me viene inmediatamente a la cabeza una idea ucrónica ¿qué hubiera pasado sin pandemia? ¿se habrían cumplido aquellos deseos que todos nos planteamos en la noche del treinta y uno de diciembre, mientras tomábamos las uvas? Quién sabe.

 

Sin pandemia, a cambio de tanto sufrimiento vivido y acumulado, no hubiéramos conocido a algunos personajes, ya inolvidables, como la ‘Encarna’, de Carlos Cerdán, quitándose los pendientes antes de irse a dormir, o el ‘Clodoviro’ de Paco Plaza, que engordaba tranquilo mientras un poto impertinente no callaba nunca, o la zapatilla de José Sainz de la Maza, que, cansada de la vida, nos enseñó ‘carne’ por un agujero. Y, claro, no habríamos hecho los viajes a los que nos llevaba, bailando cada mañana, Alicia Gallego.

Y ¿qué hubiera sido de las guerras vecinales que tan bien nos documentó Manuel Pozo o los enfados de Luis Marín, perfectamente reflejados en sus diarios? No hay que olvidar el toque de lirismo de Lourdes Chorro, que lo ha mantenido durante el confinamiento (Lourdes a la que hay que leer más de una vez, porque, como sabéis, se le reconoce autoridad). Qué decir de un personaje sabio y real, un tal Fabio, del que Olga Torralba nos contó algo o mucho.

Sin confinamiento, tampoco hubiéramos tenido la oportunidad de ver la maestría de Juan Santos sobre cómo limpiar pueblos en un libro. Y no habríamos conocido o recordado tantas mujeres olvidadas, que también nos documentó Pilar Couso.

En esta cara de la ucrónica, la de la dureza de la pandemia, nadie nos hubiera retratado mejor que Luis Jiménez haciendo cola para entrar en un supermercado, mientras Juan-Jo Valle-Inclán nos puso ante el espejo con un método para conseguir el perfecto cuerpo esférico. Y quién no conoce a otro personaje muy real, Laira, alrededor de la que María Sánchez nos obsequió algunos textos magníficos (claro, cuándo no es jueves cuando escribe María, incluso en confinamiento).

Bueno, me cuesta seguir recreando lo que no hubiéramos vivido o leído sin la pandemia. Sé que, en esta cara de la ucronía, han escrito más, que ha habido más personajes. Sé que me dejo gente en el tintero. Que me perdonen. Pero no paro de pensar en los deseos y proyectos planteados la nochevieja, con las uvas y las campanadas.

Ayer hubo taller, claro, y por eso hoy sale una crónica, la última de este curso. Y conviene recordar que hubo cuatro textos (retomando los autores sus proyectos de novela con ucronía) que se leyeron y criticaron, y también ocurrió algo inusual. Las críticas se vierten normalmente hacia los textos presentados, pero ayer también recibió un aluvión de críticas un crítico. Qué cosas.

Asistió como invitado especial nuestro buen amigo, y mejor escritor, Domingo Jiménez Lacaci, quién hizo aportaciones muy interesantes.

Empezó María Sanchez Robles, que continúa con su proyecto sobre Van Gogh y nos trajo XXX. PIETÀ. Excelente texto, como las anteriores entregas. La verdad es que no cuesta reconocer un personaje atormentado, magníficamente retratado, mientras da lo mismo que se sepa que es un personaje histórico o no. Aquí queda un pasaje para ilustrar: “Se sienta frente a un cuadro y libera el color del amor y la muerte con pinceladas agresivas, vivaces, terribles, que le llegan como un discurso

A continuación, Luis Marín nos presentó un momento muy importante de su proyecto “La boda de Manuel”. Luis nos cuenta de una forma muy gráfica, la escena y los personajes de una boda humilde de hace mucho tiempo. Además, deja trazos de conflictos que aunque no evidentes se apuntan y dejan ganas de más. Un trozo: “Curro rasgueaba la guitarra, aunque ya no había voces para acompañarla. Sus sentimientos temblaban en las cuerdas con sus dedos agarrotados en un silencio íntimo”.

Paco Plaza nos leyó un capítulo, el capitulo F, de su proyecto. En esta ocasión sitúa la acción en un escenario tan seco, tan duro, que todos lo vimos más que leerlo. Tal como nos tiene acostumbrados, allí donde menos te lo esperas, aparece un giro mágico que realza el texto. Un extracto para comprobar: “Así, como el ojo de un caracol ancestral, el hombre pasaba el tiempo entre sol y sol fuera de la casa, siempre encontraba labor qué hacer y si no la había vigilaba, sentado a la sombra de un viejo castaño que hermoseaba una loma

Para finalizar, Carlos Cerdán, también continuando con su proyecto, nos trajo un espacio y una acción que se desarrolla en un convento cisterciense. Allí, Anselmo, su personaje central, trata de encontrar la paz y el sosiego, mientras ayuda en el huerto y, por supuesto, en una pequeña plantación muy especial. Una muestra: “A las diez de la mañana la mitad de los monjes dejan sus tareas, se reúnen en la capilla y celebran la comunión diaria. Es una ceremonia en la que tras una serie de salmodias se fuman de modo colectivo…

Y esto es todo por hoy, y por este curso, amig@s. Este blog continuará activo durante todo el verano para, ya en octubre, reiniciar esta costumbre de las crónicas del Taller de Creación literaria de cada jueves.

“No hay beso que no sea principio de despedida, incluso el de llegada (George Bernard Shaw)”