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Jesús Tíscar Jandra fue el ganador del tercer premio de la VI edición del certamen Madrid Sky, en el año 2019, con el relato Escena sobre la persistencia de las luces. Como otros finalistas del certamen fue entrevistado en nuestro blog. En esta entrada Jesús Tíscar nos cuenta algo más sobre su particular visión de la literatura.

Acarreando un cántaro

Jesús Tíscar Jandra

Paco UmbralLa primera novela española literariamente seria que compré y leí fue El fulgor de África, de Francisco Umbral. Mi evolución lectora había sido: etiquetas de las botellas de vino Sinforoso y Tres Pistolas (presumía en la mesa de saber lo que decían, insistentemente), tebeos de la colección Olé (sobre todo Rompetechos, mi héroe, yo también tenía gafas), novelitas quiosqueras de la colección Terror (más Bruguera, esa editorial hizo mucho por muchos), El resplandor, de Stephen King (los Jet de Plaza & Janés, gorda, a la película de Kubrick no pude entrar, por menor, la compré en un puesto de chanclas y flotadores de una playa alicantina) y, por último, eso, El fulgor de África, adquirida en un cortinglés de los que había en todas partes menos en mi ciudad, aunque ya mismo lo iban a poner, ya mismico, verás como sí… Yo tenía veintipocos años y con Umbral —un tío también con gafas y voz acojonante que todavía, por fortuna, no había dicho lo de «yo he venido aquí a hablar de mi libro», que es por lo que los imbéciles lo conocen— rompí la promesa que durante la infancia y por culpa de los libros de Senda de la escuela me había hecho a mí mismo: nunca leería literatura española, nunca leería a esos tostones que se llamaban Marqués de Santillana, Valle-Inclán y Dámaso Alonso (este último, por cierto, era el que más ridículo quedaba con los pendientes y los bigotes y los pelos tiesos que le añadíamos a aquellas fotos marronáceas que ilustraban sus biografías resumidas), yo estaba muy a gusto y me divertía muchísimo leyendo a los estadounidenses, o sea a los novelistas de verdad: Peter Straub, Ramsey Campbell, Robert Bloch, el ya mencionado King y hasta a un tal George R. R. Martin, quien, a principios de los ochenta y aún sin tronos, escribió una maravilla titulada Sueño del Fevre, sobre vampiros en tiempos de los vapores que surcaban el Misisipi, y que publicó en español Grijalbo, una editorial que no distribuía en Jaén, así que tuve que pedirla a la casa, porque entonces las cosas se pedían a la casa, no a Amazon, ¿sabes, chiquillo?, a la casa. Yo sólo leía terror y escribía terror; las novelas de terror, entre otras cosas, me enseñaron a tildar sólo cuando se puede sustituir por solamente y no hay RAE que me lo cambie. Al igual que hoy no concibo el teatro sin el esperpento (todo lo que no sea teatro del esperpento es comedieta de sofá o tostonazo simbolista para espectadores que se planchan los calzoncillos, hay que mantener alguna que otra convicción radical, si no, estás perdido en la tibieza), yo no concebía la lectura y la escritura sin el género de terror. Sin embargo, y de pronto, El fulgor de África. ¿Por qué? No tengo ni idea, o no me acuerdo. Fue un rito de paso espontáneo, o algo así. Me gustó que en la sinopsis nombraran a una tal tía Algadefina. No sé qué fue. La portada de Seix Barral, desde luego, no: una pava antigua y exótica acarreando un cántaro entre arcos. El caso es que, a escondidas, muerto de vergüenza, muy nervioso, me fui con el libro a la caja y lo compré. (¿Que si alguna vez he robado un libro? No, yo no soy un mierda, siempre me ha sobrado el dinero y no he tenido la necesidad de ser un mierda). Y me encerré a leerlo, en principio desde lejos, desde muy lejos, como con aprensión, pero poco a poco me iba acercando, confiado, sin darme cuenta, y, cuando desperté, ya tenía en mi estantería, con los de terror, intercalados, Travesía de Madrid, El Giocondo, Los cuadernos de Luis Vives, Mortal y rosa, Nada en el domingo, La forja de un ladrón, Memorias de un niño de derechas… Etcétera. No todo el etcétera, porque eso es imposible (¿para cuándo las obras completas, cojones?), pero sí mucho del etcétera umbraliano que ha elevado a los arribotes la literatura española contemporánea. Puedo decir, porque es la verdad, que Francisco Umbral me reconcilió con los libros de Senda, ya irrecuperables, me apartó de las traducciones de los terroríficos (no todas buenas), me acercó a la opinión de los periódicos y me llevó a Cela, a Delibes, a Marsé, a Mendoza, a Vázquez Montalbán, a Carmen Laforet, a Aldecoa y a los puntos suspensivos de casi todas las hornadas, latinoamericanos también, latinoamericanos por supuesto. A los clásicos no, ¿ves tú? Los clásicos me aburren, como la mayoría de los poetas; con ellos no he experimentado mudanza alguna. A Umbral, claro, tal y como él decía que tenía que hacer un escritor que empieza, lo plagié estilísticamente en una novela corta que me publicó la Diputación de Jaén en el noventa y pocos, Vía Crucis (relato de una noche perdida), creo que aún quedan ejemplares amontonados en el depósito, y a partir del maestro me hice mi estilo. Porque Francisco Umbral es alta prosa viva —con gusto, olfato, tacto, oído, vista y más— y genericidio literario. O sea, lo mejor para comenzar y aprender en este oficio del que absolutamente todo el mundo sabe mucho. Y lo ejerce. Los domingos. Con natillas.

Jesús Tíscar Jandra ha ganado dos de los premios de novela más importantes de este país: el premio de novela negra «Ciudad de Getafe» con La japonesa calva (Edaf), y el premio de Novela «Felipe Trigo» con La Poetisa (Algaida). También ha publicado Memorias de un gusano y un libro con tres novelas cortas publicado por el Grupo Tierra Trivium, Yo, señor, no soy malo.

Ha ganado numerosos certámenes de relatos, y quince de sus relatos premiados están recogidos en el libro La camarera que me escupía en los chupitos de whisky.

 

Si quieres saber más sobre Jesús Tiscar:

https://jesustiscar.wixsite.com/escritor/blank-cee5

Queremos felicitar a nuestro compañero Luis Marín que ha resultado finalista en el VI Certamen de Relatos Cortos Cursos de Verano UNED de Alcalá la Real – Jaén.

Uned alcala la realEl próximo viernes 29 de noviembre,  coincidiendo con la inauguración del Curso Académico 2019/2020 en la UNED de Alcalá la Real, se incluye la presentación del Libro del VI Certamen de Relatos Cortos “Cursos de Verano de la UNED”.

La publicación recoge los trabajos finalistas de este concurso literario cuya temática en la presente edición ha sido la de “La mujer en La Mota”.

 

LuisA continuación incluimos el texto completo del relato “Tiempo de esperanza” de Luis Marín.

 

TIEMPO DE ESPERANZA

Leonor está casi preparada para acudir al rezo poco antes de que las campanas de la iglesia abacial toquen al Ave María. Las mujeres que llegaron tras la conquista de la fortaleza quizá no sabían el tipo de vida que les esperaba. Esposas de jóvenes guerreros sobre las que recaería la responsabilidad de consolidar el asentamiento en esa plaza estratégica de la frontera con el reino de Granada. Después de la firma de una nueva paz, las tropas no descansan, continúan las patrullas que garantizan la tranquilidad de la población. El contingente militar acampado en los arrabales mengua poco a poco por el traslado a otras posiciones. La vida en la Mota transcurre lenta para las mujeres que alternan los servicios religiosos, que se cumplen de forma escrupulosa, con el cuidado de los hijos demasiado pequeños para tomar las armas o de las hijas que se instruyen en las tareas femeninas.

Adiila, como una sombra, camina sigilosa por las callejas de la alcazaba. El velo, que solo deja al descubierto sus ojos negros, le agobia por el calor pero todos los días, al anochecer, sube hasta el adarve para contemplar en la distancia el pico Veleta que aún conserva un pequeño nevero. Allá en Granada están los hombres que tuvieron que abandonar la plaza dejando a sus familias y enseres. Pronto volveré a buscaros mi amor, le había dicho su esposo cuando las tropas que defendían la fortaleza salieron, derrotados, rumbo a la capital del reino. De aquellas palabras hacía ya varios meses y todas las tardes mira hacia el sureste y lanza sus pensamientos hacia el hombre que ama. Protegida por las sombras de la muralla, observa a las cristianas que abandonan el templo de regreso a sus hogares. Espera unos momentos hasta que todas desaparecen en el laberinto de calles. Los suyos no pueden ir a rezar, la mezquita fue clausurada con la llegada de las tropas del rey. Pero en su casa se encarga de orar con sus hijos y les enseña las suras del Corán que su madre le transmitió a ella. Cuenta unos segundos y cuando calcula que no se cruzará con las otras mujeres desanda el camino hacia la alcazaba.

Al doblar una esquina, un leve gemido hace que se detenga y se arrime a la pared. Escucha con detenimiento mientras se desplaza lentamente pegada al muro. Unos pasos más allá un bulto oscuro se queja en el suelo. Se acerca con precaución y ve el rostro de una mujer con lagrimas que resbalan por sus mejillas. Calcula que tendrá poco más o menos su edad y lleva sobre el pelo uno de esos velos cristianos que ella hila para ganarse el pobre sustento de la casa. Leonor se agarra el tobillo con una de sus manos y su mirada denuncia miedo. Piensa Adiila que cuando los hombres estaban en la fortaleza, las calles se mantenían perfectamente transitables, sin esos agujeros que pueden provocar accidentes.

Adiila mira a Leonor con sus ojos negros y profundos y se aparta el velo de la cara para intentar transmitirle tranquilidad. La ayuda a levantarse y sirviéndole de apoyo la lleva hasta el zaguán de su casa que está apenas a unos pasos. Leonor sentada en un taburete espera a la mujer que ha desaparecido tras una tupida cortina. Solo unos segundos, enseguida regresa con un ungüento y un trozo de tela con la que envuelve el pie después de unas friegas. Vuelve a desaparecer, pero la cortina queda enganchada permitiendo la visión del interior. En una mesa baja descansan varios libros y abierto sobre un atril uno de mayor tamaño en el que a pesar de la distancia puede distinguir colores. Será su biblia, piensa Leonor. En otra mesa tres platos alrededor de una fuente con cuscús amarillo que esperan a unos comensales que lo tomarán como único alimento. Tras beber un poco de agua que su anfitriona le ha traído se pone de pie. El dolor punzante que la hizo caer ha desaparecido, mi nombre es Leonor y te quedo muy agradecida mujer. ¿No hubieras tú hecho lo mismo por mi? Un silencio prolongado se instala entre las mujeres mientras se sonríen. Yo soy Adiila.

Unos golpes en la puerta sobresaltan a Adiila que trajina por su casa desde antes del amanecer. Una cesta llena de verduras y hortalizas descansa junto al dintel. Mira a izquierda y derecha y no ve a nadie, ninguna sombra que se escurra entre las primeras luces. La escena se repite durante días. Hoy, del cesto sobresale un papel doblado. Lo lee y lo aprieta contra su pecho, mientras una lágrima resbala por su mejilla.

Desde la torre del homenaje Adiila contempla a lo lejos el tono rojizo de la campiña cordobesa y las sombras de los olivares al pie de la fortaleza. Sus ojos recorren el paisaje desde las sierras Subbéticas hasta el noreste como si recorriera toda la frontera, más allá de sierra Mágina. Al fin el Veleta le indica el lugar donde le espera su marido en el reino de Granada. No puede entretenerse, sus hijos están al pie del adarve con tres bultos de distinto tamaño. Leonor les acompaña hasta la puerta de la fortaleza donde un grupo de hombres les espera para acompañarlos, con la complicidad de la noche, en los primeros tramos de su viaje.

Las mujeres, con las manos agarradas, pronuncian palabras inaudibles para el resto del grupo. Sus miradas se cruzan en una despedida cómplice. Leonor vuelve sobre sus pasos mientras la puerta se cierra. Adiila se detiene cuando llegan a la llanura para lanzar una última mirada al que fue su hogar.

Dentro de las tareas del taller de creación literaria de este curso, inmersos ya en el desarrollo de la ucronía y la forma en que cada escritor la va enfrentando, a su manera, a través de sus historias. Y a fe que se van conociendo ya las primeras páginas de algunos autores, páginas que van cobrando vida nocturna.

La noche es el compromiso inicial donde todos los textos echarán a andar. La noche donde los distintos personajes entrarán en acción. Algunas noches se atisban tranquilas, otras placenteras, otras que esconden la ansiedad de algún personaje, así como el insomnio o la inseguridad de otros.

Ayer tuvimos oportunidad de irnos adentrando las historias de Luis Marín, Carlos Cerdán y José Sainz de la Maza. Por partes.

Luis Marín nos presentó una escena que corresponderá al capítulo V de su obra. Todos coincidimos en que el tono que consiguió y el ritmo narrativo se corresponden ya con una novela, habiendo superado con éxito el salto necesario a los requerimientos en este sentido de la novela frente al relato. Enhorabuena, compañero.

tormenta… un relámpago ilumina el cielo y la sobrecoge esperando el trueno, mientras cuenta los segundos como le enseñaron de niña. El día que Antonio salió hacia casa de su madre enferma también había tormenta. Destierra el pensamiento y se acerca al portalón. Hay otra sombra junto al quicio que pregunta a quien pasa por la “Castreña”, pero no obtiene resultado. A esa mujer la ha visto en el convento rodeada de sus tres hijos. Trabaja en las cocinas y ya debería estar preparando las cenas. La misma inquietud que siente Carmen la tiene anclada en la puerta …

A continuación, Carlos Cerdán, nos leyó una escena en la que su personaje central anda buscando transporte en su huida. Buenos diálogos y el descubrimiento ciertos rasgos de Anselmo que irán teniendo influencia en del devenir de la historia.

conduciendo“… la foto de una mujer …  atrae su atención. Es una de esas fotos que, te pongas donde te pongas, siempre te mira. Sonríe, en ese instante el camionero abre la puerta y Anselmo puede escuchar: Adiós mi amor, diles a Candy y Mandy que las echo de menos …”

Es posible que en el futuro estos dos personajes citados, Candy y Mandy, den juego en las historias de Carlos; O eso creemos.

Finalmente, José Sainz de la Maza, nos leyó el inicio de su trabajo. Hora de comienzo de la acción: las 23:00 horas. Se nos presenta a Eva y a Wanda, su asistente domótico. El ambiente y las inquietudes del personaje son descritos con la sensibilidad y buen hacer habituales de José, lo que nos augura unas entregas futuras que ya esperamos impacientes.

pies“…  de haber prestado atención, Eva habría escuchado el ligerísimo crujido que indica que la renovación del aire se ha conectado. No estaba programada, así que ha debido ponerse en marcha porque haya subido levemente la temperatura ambiental o porque Wanda haya registrado una deficiencia en la calidad del aire, como suele ocurrir con frecuencia cuando se acerca la media noche. Eva percibe un aroma fresco a vainilla y magnolia y se siente reconfortada. Nico eligió esa fragancia después de que ella no acabara de decidirse entre tres o cuatro diferentes. El rostro de Eva se relaja y sus ojos adquieren un brillo inusitado mientras aspira profundamente …”

Y esto es todo por hoy, amig@s. El jueves que viene más.

 

Breve crónica del acto de entrega del Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández en Orihuela, el 16 de noviembre de 2019.

Yolanda Izard

Yolanda Izard Anaya fue finalista de la segunda edición del certamen Madrid Sky con el relato titulado La primera. Para el grupo Primaduroverales es un placer recoger en nuestras páginas los éxitos de aquellos finalistas de nuestro certamen que, con su paso por el Madrid Sky, se convierten en nuestros amigos de las letras.

Por Yolanda Izard

Hasta que Álvaro Giménez se puso en contacto conmigo para darme a conocer que había resultado ganadora del Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández a mi libro Lumbre y ceniza, no sabía nada de la asociación Auralaria de la que él forma parte. Así que entré en el bello auditorio oriolano de La Lonja en estado virginal y, de inmediato, me sedujeron la cálida acogida de Álvaro y de Luisa Pastor, acompañados de su hija Alba, que con solo trece años ha creado la ilustración del cartel y de los dípticos, de una fuerza y  simbolismo sorprendentes en alguien tan joven. Sin embargo, poco a poco fui apercibiéndome de que su espíritu creador le venía dado por doble herencia: una búsqueda posterior me permitió saber que Álvaro y Luisa viven para la creación artística en las más variadas expresiones: música, vídeomontajes, creación literaria (poesía,  principalmente). Ganadores ambos de múltiples premios poéticos, su amor a la literatura se expresa también en la lectura y  homenaje a grandes poetas en audios y vídeos al alcance de todos. Basta emprender un breve paseo por algunos de los poemas y poetas rescatados para darse cuenta de su gusto por la buena literatura, por su profundidad y su belleza expresiva (entre otros muchos, y empezando por Miguel Hernández, Emily Dickinson, Paul Celan,  Marina Tsvietáieva, Anna Ajmátova, León Felipe, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik). Y es que vivir junto al amparo de los buenos poemas ayuda a entender mejor el mundo, a laborar la empatía, y es un acto de agradecimiento a la vida, esa misma vida que, como diría Fernando Aramburu, “ataca y destruye, desangra y agoniza pero es capaz de suscitar la belleza”.

Porque en realidad estoy hablando todo el tiempo de belleza. La belleza extraña, marginal, luminosa, de Orihuela; la belleza en la sonrisa de sus agradables gentes; la del auditorio engalanado con tantos ramos de flores frescas bajo el embrujo de la música (Beautiful Tango) que nos regalaron Luisa Pastor con su elegante interpretación y su voz sensual y arrebatadora, Eva García Lorca al acordeón, José Jimeno con su guitarra y Raúl Pina a la percusión. La belleza de la presentadora, Ángeles Vidal, que condujo con acierto todo el acto. La bella hospitalidad de Aitor Larrabide, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández, que me acompañó todo el tiempo y con el que me sentí protegida, a salvo de todos mis miedos ocultos.

Aún me recorre por dentro un escalofrío procedente de toda esa belleza, el mismo escalofrío que sentí cuando proyectaron, en medio del acto,  en medio de  la conversación que mantuvimos  sobre el libro Álvaro y yo, el videopoema Huellas, inspirado en uno de los poemas de mi libro, Las cosas sienten piedad, y realizado por él mismo y Luisa, y en el que intervienen alrededor de una docena de personas para hablarnos de algunos sueños perdidos en forma de objetos. Grandioso.

Ese escalofrío y esa belleza me recorren aún por dentro, con su ternura y una humilde emoción y un sincero agradecimiento,  porque sé que tras toda esa puesta en escena del buen gusto hay mucho esfuerzo, talento y soledad, rasgos que suelen acompañar a toda creación artística.

POEMAS DEL LIBRO Lumbre y ceniza, de Yolanda Izard

Las cosas sienten piedad

Las cosas sienten piedad de sus dueños.

Pareciera que el aire que las cobija,

que la luz que las enciende

no existieran para trasgredir el orden humano

sino para hacerles más fácil la vida.

Yo he visto cómo unas zapatillas se movían de noche hasta la alcoba

para que la anciana enferma cobijara sus pies

en el recóndito lecho de lana de cuadros.

Yo he visto cómo el corazón de un perro de peluche ardía

cada vez que la niña huérfana lo apretaba

con ese desgarro solo propio de los niños.

Por eso, ¿qué hace ahí un despertador hecho trizas

y la mano violenta que lo ha arrojado?

¿Qué tiene esta casa abandonada que no tenga la mía,

con ese secreto de puertas abiertas para que desayunemos la luz,

qué hace ese violín apaleado con las notas a la deriva,

qué ese papel a medias donde la poeta adolescente

pergeñó con dolor las más bellas metáforas?

Si recordáramos cómo besaba a su amado en el pasillo en penumbra

junto a la reproducción del beso de Klimt colgado en el muro,

jamás habríamos cerrado los pestillos para siempre

ni permitido que el taxidermista congelara la voz de nuestros muertos.

Porque ahora, mientras recojo a solas los restos de la ruina

(un pedazo del mecanismo de la tele, un enjambre de tornillos y de muescas,

una rueda de la bicicleta azul,

una tapa de zapato infantil del treinta y dos,

una fotografía de familia bajo la aurora boreal, con su marco roído,

la rota cristalería con los últimos labios que besaron un sueño),

solo me consuela la labor de las cosas que nos amaron:

tiernamente, como quien aún, después de tanto tiempo,

añora a sus desaparecidos,

van cubriendo los restos con un delicado velo de polvo

para que las huellas de sus dueños sigan acostadas, como dormidas,

como a la espera, como si nunca hubieran sido abandonadas

por otros sueños igual de inconstantes y de breves.

 

 El huevo de la serpiente

El huevo de la serpiente nació de una estilográfica.

Creció sabiendo geometría y calculando los límites de la persuasión.

Antes de que alguien pergeñara la insondabilidad del universo

alojada en una hoja de níspero,

ya estaba el plumín de una mujer

develando la razón de ser de su naturaleza oprimida.

Si no hubiera sido por la herida,

nadie se habría cuestionado la realidad ni puesto en entredicho las apariencias.

En verdad, fue el lápiz con su humilde carbón

el que permitió desglosar la anatomía humana

y  ubicar en el cerebro la raíz de la belleza.

Seguro que el maestro sin nombre enseñó al genio

a medir las multitudes y la labor trascendente de los insectos.

Que el alma nos posea desde que nacemos,

y que ilumine en la noche al discípulo de Confucio

para que guíe con su lámpara a los que se pierden,

quizá se deba a  que en Cancún,

mientras se bañaba en las aguas de un río cansado,

una niña depositó sus versos en una botella de cristal.

Ayer jueves 28 de noviembre, como otros jueves de hace años, acudí a la cita literaria con los compañeros del taller. Parecía que todo había cambiado, para empezar, la ubicación y el espacio.

La tarde tenía un programa muy completo: la asamblea anual de la asociación de Primaduroverales, la presentación del libro Sobremesas manchadas de café y tinta, de nuestras antiguas compañeras, y la invitación personalizada que quería transmitir para la puesta de largo de mi primer poemario.

El aula, 1.3, es luminosa, pintada de un ocre amarillento, pero enseguida mis ojos buscaron las ventanas e incluso se dirigieron al techo en busca de las abatibles de la buhardilla, la antigua sede del taller en La Casa del Reloj. Me gustaba sentarme bajo la ventana, en ocasiones algún fragmento de estrellas se filtraba por allí o, con el buen tiempo, la fugaz presencia de algún pájaro despistado… La asamblea transcurrió entre bromas y risas con todos los puntos aprobados por unanimidad. Luego me encontré con la sorpresa de que entre las siete y las ocho continuarían con la clase conforme a la dinámica de este curso. Pura, amablemente, nos invitó a quedarnos a los ex alumnos y así lo hicimos. La “ucronía”, palabra un tanto espesa para mí, se fue adueñando del espacio como un punto de inflexión que termina por cambiar el discurrir de los acontecimientos… y cuyo objetivo es, partiendo de esa premisa, la escritura de una novela, mejor dicho, tantas novelas como alumnos estén dispuestos a enfrentarse a tan ardua tarea. Desde luego que, visto desde fuera, parece muy, pero que muy difícil… Pero enseguida comenzó la lectura de los deberes con los proyectos iniciales y el primero en tomar la palabra fue Manuel Pozo, sentado junto a mí como en otros tiempos, y su lectura nos llevó al supuesto de que los Reyes Católicos no hubiesen conquistado Granada a través de “La predicción de Ben Maj Kulmut” o a la alternativa de lo qué habría podido pasar si Argentina hubiese sido eliminada por Inglaterra en 1986, para continuar con “La batalla de Appomattox Court House” y el supuesto de que la esclavitud no hubiese sido eliminada… Alternativa que me pareció más original que el resto. Acto seguido le tocó el turno a Juan Santos, por lo que comprobé, tan aplicado como siempre, y nos leyó los dos primeros capítulos de su futura novela cuyo protagonista, Matías, nos trasladó al ambiente rural que tan bien conoce y la alternativa de haber podido estudiar el bachillerato que su padre le negó… Desde luego que el primer capítulo podría haber quedado como un buen relato desde mi punto de vista y el segundo dejaba abiertos mucho frentes para trabajar… Entretanto también se hicieron referencias al boceto de Carlos Cerdán, aconsejándole que el narrador se separara del personaje, que tomara distancia para ayudarle a crecer… Con las lecturas y la crítica literaria me ubiqué en tiempo y espacio como si en realidad no hubiesen pasado los años desde que dejé de ir a las clases, y me sentí cómoda e integrada, mucho más cuando Blanca Armenteros, Mercedes Lázaro, Lourdes Chorro, Carmen Soteres y Yolanda López fueron tomando la palabra para repasar su proceso creativo, las dificultades, los logos, la amistad…

Todo resultó muy gratificante, entrañable y divertido. Por un espacio de tres horas del jueves en la fría tarde de Madrid, el tiempo se detuvo enzarzado en sonrisas, cariño y amistad.

Mientras bajaba caminando a casa meditaba sobre mi propia ucronía y lo que hubiese pasado de no haber dejado el taller hace ya, ¿cuántos años? ¿Estaría  a punto de presentar mi primer poemario editado por Tierra Trivium el próximo martes 17 de diciembre a las siete de la tarde…? Me da la sensación de que no. Feliz, llegué a mi casa, entusiasmada por esta oportunidad que la vida me ha brindado.

Muchas gracias a todos por vuestra compañía.

María Isabel Ruano es miembro de la asociación Grupo de Escritores Primaduroverales. Es coautora de los libros Primaduroverales, cuentos (2007), Madrid Sky (2013) y 2056 Anno Domini (2018). Tiene publicados relatos en distintas antologías y libros de carácter profesional relacionados con la enseñanza. El 17 de diciembre presentará su primer poemario, Entre el asfalto y el mar, editado por el grupo Tierra Trivium.

Una larga sobremesa.

Ayer vivimos una de aquellas tardes de otros tiempos en la que la literatura rezumaba por los muros de la vieja buhardilla impregnando la piel de todos los que estábamos allí. Fue una sobremesa larga, un reencuentro con el pasado, con la literatura de cinco mujeres que desde aquellas tardes de letras íntimas han evolucionado y madurado hasta crear una obra del empaque y la fuerza que tiene Sobremesas manchadas de café y tinta. Allí estaba Carmen Soteres, a la que estaré agradecido porque fue la primera persona que me dijo tú y yo nos vamos a ayudar con nuestros relatos y la que de alguna manera me dio la primera prueba de confianza; Lourdes Chorro, silenciosa, prudente, dejando la palabra a sus compañeras, pero haciendo pensar que en algún momento los que callarán serán los lectores embobados al leer alguno de sus potentes relatos; Blanca Armenteros, a la que siempre admiré por su voz grave, serena, y que siempre regala su literatura con cuentagotas haciendo desear con fuerza un nuevo encuentro; Mercedes Lázaro, que con su chispa y su mirada pizpireta es capaz de agitar cualquier tertulia, ya sea literaria o no; y por último Yolanda López, que parece que no está, pero que es el pegamento capaz de mantener unido cualquier grupo.

Pero las cinco autoras de Sobremesas no fueron las únicas personas que nos ayudaron a recrear aquellos momentos de literatura añeja. Ayer, en la larga sobremesa manchada de tinta tuve la suerte de estar sentado junto a María Isabel Ruano, que fue mi compañera de asiento durante años, y a su lado pude observar a Antonio Blázquez metiéndose en los relatos que está oyendo como si entablase una conversación con sus personajes, y de ver a Josu Bilbao, generoso al disfrutar de los relatos de los demás como si fueran suyos.

Pero era el día de Lourdes, BlancaMercedes, Carmen y Yolanda, que estaban con nosotros para hablarnos de Sobremesas manchadas de café y tinta, alegres, vitalistas, orgullosas de una obra que no para de crecer. Disfruté atento a sus explicaciones sobre el proceso de creación del libro, sobre la forma de superar las dificultades para entenderse, sobre su amistad reafirmada por un conjunto de relatos inspirados en Jenny Offil, otra mujer de armas tomar. Sobremesas manchadas de café y tinta es un libro con unos relatos impactantes, duros, crudos. Remueven al lector. Que nadie espere una lectura pausada, lenta, complaciente. Los relatos de estas autoras son todo lo contrario, son un choque frontal contra la realidad: te zarandean, te conmueven, te estremecen con un lenguaje metafórico, llenos de símbolos y poesía, que hacen preguntarte por qué.

Salí dándole vueltas a una idea. No me gusta releer un libro, igual que tampoco me gusta ver una película dos veces. Me parece que le robo tiempo a un libro o a una película que está por descubrir. Pero con Sobremesas manchadas de café y tinta haré una excepción. Lo voy a releer, o quizás haga algo mejor. Lo voy a dejar en mi mesilla de noche como libro de cabecera. Para beber un sorbito de él igual que se hace con el vaso de agua que reposa junto a la cama. Se lo merece. El libro y ellas se lo merecen.

Sobremesas manchadas de café y tinta es un libro de dieciséis relatos escrito por cinco mujeres que derrochan energía narrativa. Es un texto noble inspirado nada más y nada menos que en el compromiso de escribir bien y de no dejar indiferente al lector. Se puede adquirir en Librería Mujeres y cía (calle Unión 4, Madrid) y en la librería Embajadores de sueños de la calle Embajadores, 181, de Madrid.

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y RRetratos HHumanos (editorial Kolima).

Por José Manuel Dorrego Sáenz

Está científicamente demostrado que la edad en la que las personas son más influenciables y tienen experiencias que les marcarán de por vida, son los 12 años. ¿A que suena bien? ¡¡Falso!! Sucede que la expresión “científicamente demostrado” ejerce sobre el lector una fascinación casi hipnótica, comparable a la que se produce cuando antecedes una noticia con la entradilla “Según estudios de la Universidad de Stanford…”. Pero a lo que vamos. Verdadero o no, lo cierto es que en mi caso fue precisamente a la casi inocente edad de los 12 años cuando descubrí a los autores que me harían entrar definitivamente en el mundo de la literatura, un mundo en el que una vez que estás dentro, es para toda la vida. Para mí, que venía de Mortadelo y Filemón, Asterix y Obelix la factoría Marvel o el Vívora, aquella biblioteca de mi casa con cientos de lomos de color oscurísimo y volúmenes llenos de letra mínima era hasta entonces un lugar perfectamente evitable. La sola idea de estirar la mano y coger un libro me daba la sensación de estar profanando un mausoleo (tan de moda, hoy, los mausoleos…). Pero con 12 años, quien más quien menos, está en el mundo con vocación de profanar. Así que un buen día me subí al brazo del sillón, estiré la mano y cogí tres libros al azar. Y salió lo que salió: “Rayuela” de Cortázar, “Moby Dick” de Melville y “Greguerías” de Gómez de la Serna ¡Bingo! De que la azarosa elección no pudo ser más acertada da muestras el hecho de que a los tres los he vuelto a releer durante todos estos años, y sin necesidad alguna de que alguien me pusiera una pistola en la cabeza. De Cortázar he aprendido que se puede escribir sin complejos, a lo ancho, que lo importante no es tanto cómo lo dices sino que realmente tengas algo que decir. Un buen día Cortázar decidió que quería escribir una novela que no fuese una novela, y escribió Rayuela. La leí de las tres formas que nos sugiere el autor: en orden cronológico, alternando capítulos que él mismo nos señala o de manera anárquica, para mí esta última la más aconsejable (leyéndola de atrás hacia delante te encontrarás una historia fascinante, probablemente una historia única, ya que sospecho que Rayuela tiene tantas historias como lectores que se acercan a ella). De “Moby Dick” me quedé con que basta un sencillo argumento (la persecución obsesiva de un cachalote) para tratar temas universales (idealismo, venganza, política, racismo, religión…) sin necesidad de ponerse circunspecto ni estar todo el día mesándote la barbilla. Y de Gómez de la Serna y sus greguerías, claro, me quedé en la fascinación por el detalle, al cual él llega, básicamente y como es lógico, a través de la observación, que es donde está la clave. ¿Cómo no admirar a un tipo capaz de dar una conferencia en un circo subido a un elefante? Un ejemplo, también al azar, de greguería: “Amor es despertar a una mujer y que no se indigne” ¡Cuantas mujeres hay que haber despertado indignadas para llegar a esa conclusión¡ Y por supuesto, de Gómez de la Serna, como de Cortázar, me quedó la admiración por el texto breve, el relato, el microrrelato, género que con mayor o menor fortuna cultivo desde entonces.

Y tras esos tres magníficos, vinieron ya el resto de lecturas que no he abandonado desde entonces: Quevedo, Truman Capote, Carver, Stephen King, Dorothy Parker, García Márquez, Hemingway, Proust, Poe, otra vez Quevedo… Luego, claro, están lo huesos duros de roer. La odisea, por ejemplo, se me ha resistido hasta en tres ocasiones y he terminado dándome por vencido. Tú ganas, Odisea. “El Quijote” se me resistió un par de veces, pero insistí, tomé aire y a la tercera fue la vencida. Y mereció la pena, desde luego. O El Aleph de Borges. Mucha gente me decía “¿Qué no has leído El Aleph, cómo que no has leído El Aleph?”, como quien te pregunta si no te has tomado la pastilla. Pues no, mire usted, que no he podido con él, qué quiere que le diga, no he podido, lo confieso. Y entre lectura y lectura, lógico, siempre guardo un hueco para releer a mis clásicos:, Jabato, Asterix y Obelix, Mortadelo y Filemón… Y así, con los años, he ido conformando mi propio panteón de libros colocados en un perfecto desorden y donde, en perfecta armonía, conviven Fray Luis de León y Bukosky, Bécquer y el marques de Sade o Anna Frank, codo con codo, con algún superhéroe de la Marvel.

El madrileño José Manuel Dorrego Sáenz ha sido finalista en las edición de 2016, 2018 y 2019, en esta ocasión con el relato titulado Geometría en masa. Alguna vez ha confesado que un par de páginas para un relato le parece un exceso, por lo que podemos considerarle un gran especialista del microrrelato. Ha sido finalista o ganador de certámenes de microrrelato convocados por RENFE, La Razón, El País, Grinch, la Escuela de Escritores, la Cadena SER, Onda Madrid, Radio Nacional, la UNED, o Augusto Monterroso.

Ha publicado con la editorial Atlantis un libro de microrrelatos titulado El contrabajista del Titanic y actualmente está preparando, según palabras del propio autor, Imagina, un híbrido entre la novela y el microrrelato.