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Por: LUIS MARIN

Esposende es un pueblo de apenas nueve mil habitantes en el Parque Natural del Litoral Norte de Portugal. Un paseo por ese pequeño pueblo, lleva al museo municipal construido en 1908, por el arquitecto Miguel Ventura Terra para albergar el Teatro-Club de Esposende, inaugurado en 1911.

Luis 01Un poco más adelante, la biblioteca pública Manuel de Boaventura se encuentra en la llamada Casa do Arco, un conjunto arquitectónico formado por una casa del siglo XVII con dos pequeños edificios adosados del XVI, unidos entre sí a través de un arco. Lleva el nombre del escritor portugués Manuel Boaventura. En esta biblioteca se puede consultar todo el archivo documental sobre la historia y las tradiciones locales  del concejo. Tiene también sala de lectura, un pequeño auditorio, sala de exposiciones, y sala de ordenadores con conexión a internet. Además, dispone de un servicio de “bibliotecas de playa”, operativas durante el periodo estival en las playas de Ofir, Farol, Apúlia, Suave Mar y Cepães. También dispone de un premio literario con el nombre del escritor nacido en la villa.

Luis 03En Suave Mar cerca de las dunas que se acercan al mar, o quizá se alejan, se ven unas mesas protegidas de blancas sombrillas. Temprano, ya hay consultando la prensa algún paseante local que hace una alto antes de retomar el largo paseo marítimo de regreso al pueblo al lado de las residencias unifamiliares. A esas horas las dunas se llenan de campamentos de verano, niños de todas las edades que comparten juegos en la arena, el mar y acompañados por el viento casi habitual, vigilados por sus cuidadores.

No llama la atención la existencia de campamentos de verano pero sí, sin embargo, la cantidad que se congrega en esa playa extensa. Cada cual con las camisetas escolares de su colegio y una gorra distintiva, se pueden congregar hasta diez o quince grupos entre las casetas de alquiler y las sombrillas de los veraneantes.

Luis 04Y en una radio de cincuenta kilómetros localidades como Viana do Castelo, Braga, Guimaraes a cual más histórico y monumental. Y Oporto, Porto para los portugueses, desembocadura (foz) de uno de los ríos que nacen y atraviesan más de media península ibérica, adornada de sus puentes entre los que destaca el de Don Luis I, que vigila y protege la Ribeira enfrentada a las bodegas del tradicional vino de la otra orilla en la población de Vila Nova de Gaia.

Oporto, el sube y baja de sus callejas, la plaza de la Liberdade, la Catedral, la Torre de los Clérigos, el Palacio de la bolsa y un número inmenso de iglesias y torres que a vista de pájaro se esparcen por toda su extensión. La rua de Santa Catarina y ese olor a ciudad añeja que desprende el café Majestic nada más traspasar el dintel.

Dice el refrán popular que “Lisboa se divierte, Coimbra canta, Braga reza y Oporto trabaja”. Sirva como ejemplo el tesón de los propietarios de la librería Lello.

Luis 05 (2)Allá por el año 1869 Ernesto Chardron fundó una empresa con el nombre “Livraria Internacional de Ernesto Chardron” en la Rua de los Clérigos de Oporto. Su muerte súbita y prematura, hace que la librería sea comprada por “Lugan & Genelioux Sucessores”, que en poco tiempo quedó solamente con un único proprietario, Mathieux Lugan. En el año 1891 la Librería Chardron adquirió los fondos de tres casas de venta de libros de Oporto, que pertenecían a A. R. da Cruz Coutino, Francisco Gomes da Fonseca y Paulo Podestá.

En 1894, Mathieux Lugan vendió la librería a los hermanos Lello, Sousa y Antonio, que tenían un establecimiento de comercio y edición de libros, fundado en 1881. Cambiaron el nombre por “José Pinto de Sousa Lello & Irmão” manteniéndola hasta 1919.

Luis 06En 1906 el ingeniero Francisco Xavier Esteves proyectó el edificio de la librería que tuvo un gran impacto en la cultura, sobre todo, por sus decoraciones y su estilo. Durante la inauguración del edificio, el 13 de enero de 1906, estaban presentes importantes personas de la literatura portuguesa, algunos políticos y artistas.

A lo largo del siglo XX, la librería fue cambiando de nombre, pero siempre manteniendo algún propietario ligado a la familia Lello.

En 2015 y tras haber servido de inspiración para el diseño de la escalera de la escuela Hogwarts de Harry Potter, la librería empezó a cobrar por su visita (en la actualidad cuatro euros) que luego descuentan del precio si haces una compra. De esta forma, están acometiendo la reforma de la fachada y la decoración de la librería.

Como librería tiene buen espacio repartido por temáticas y reserva alguno para otros idiomas. No me atrevo a valorar la iniciativa, que se puede considerar plausible por mantener un comercio centenario de rentabilidad reducida, o por el contrario considerarla estratégicamente demasiado agresiva.

Pero siempre queda el Duero, para seguirlo en sentido inverso que va separando los distritos de Oporto y Viseu, después este último y el de Villa Real, para finalizar dividiendo los distritos de Braganza y Guarda hasta llegar al tramo internacional que hace frontera entre Portugal y España durante ciento doce kilómetros.

Este Duero internacional, conocido como los Arribes se incrusta en profundas barrancas y ofrece su belleza a través de miradores a veces accesibles, a veces más agrestes, obligando al viajero a reconocer lo minúsculos que es ante tanta grandeza.

Luis 07Un punto intermedio, en los cuatrocientos metros de desnivel que recorre el río en su tramo internacional, es Miranda do Douro. Su casco antiguo, sobrio, protege una concatredal con gran gusto y un Palacio Episcopal en ruinas del que tan sólo se conserva un claustro parcialmente reconstruido. Pero al caminar por sus callejas el visitante se tropieza con la Antigua Eigreija de I Cumbento de is Frailes Trinos sec XVIII, convertido en biblioteca municipal.

Y alrededor de todo, acompañando la nostalgia, o saudade, que invade cuando esa tierra, el Fado, el lamento, la traición, la amargura, esa forma poética de expresar los sentimientos.

Como es agosto y habrá pocas ganas de leer post largos, os comparto una información relacionada con el Arte y la Inteligencia Artificial. Ya veremos que pasa con la Creación Literaria en este futuro cercano que nos espera.

A ver quien adivina cuáles de las imágenes de la figura han sido creadas por máquinas inteligentes (la respuesta al final del post (*))

machine-art

Esto se ha conseguido tras entrenar una máquina con el objetivo de generar imágenes que sean reconociblemente similares al arte humano.

Dado que todo es discutible y opinable, aquí dejo el tema de la CREATIVIDAD que, al menos hasta ahora, había sido seña de identidad del ser humano (solo de algunos).

Igual se están entrenando otras máquinas para crear historias, relatos, …. quién sabe. Si me entero, el año próximo invitamos a alguna al taller.

Que sigáis disfrutando del verano, calor, … y lecturas, muchas lecturas.

(*) Efectivamente, todas las imágenes han sido creadas por la susodicha maquinita.

 

Pues resulta que Pamplona ya era conocida en el mundo antes de que apareciese Hemingway con su novela Fiesta y su descripción de los Sanfermines. Pamplona era la primera gran ciudad a la que llegaban los peregrinos que recorrían el camino francés o el aragonés, y ya lo hacían en el siglo IX, aunque el Camino de Santiago no se consolidó hasta el siglo XII. A ello contribuyó el libro La Guía del Peregrino de Santiago de Compostela, escrita por Aimeric Picaud, que traza el itinerario por los pueblos que cruza el Camino, determina las jornadas de marcha y advierte acerca de la hospitalidad o la barbarie de las gentes con las que se puede encontrar el peregrino. Este libro se incluye dentro del Códice Calixtino de la catedral de Santiago, aquella joya de la literatura medieval que un empleado de la catedral robó de la caja fuerte de la biblioteca en el año 2011 y que apareció un año más tarde envuelto en un trapo, en un garaje de una localidad cercana a Santiago.

Pero volvamos al Camino. La entrada en Pamplona es un momento inolvidable que se produce al cruzar el puente de la Magdalena, sobre el rio Arga. Este puente fue construido en el siglo XII, tiene origen románico y detalles góticos. El cruce del puente supone un momento de mucha alegría. El peregrino solo ha podido ver las siluetas de la catedral por encima de las murallas y aún no tiene conciencia de aproximarse a una gran ciudad, a la que entrará siguiendo las murallas por el Portal de Francia (cuyo puente levadizo se baja actualmente cada cinco de enero para que lleguen a la ciudad los Reyes Magos de Oriente). Este momento es para el caminante como desprenderse de unos cuantos siglos de historia y volver a la Edad Media.

La primera calle que se encuentra tras cruzar el Portal de Francia es la calle del Carmen, antigua Rúa de los Peregrinos, que ofrece un bullicio colosal, estrecha, peatonal, llena de vida, todo lo que puede desear un peregrino medieval cansado. Siguiéndola se llega a la calle Mercaderes, después a la Plaza del Ayuntamiento y el tránsito a la época actual es inevitable. Ya estamos en Sanfermines: en 1776 se construyó el primer vallado hasta la plaza de toros, en 1856 se regula el encierro, que llega a la calle de la Estafeta, en 1923 los presenció Ernest Hemingway por primera vez, en 1926 publicó su novela Fiesta (The sun also rises), en 1954 recibió el premio Nobel y desde entonces los Sanfermines y Pamplona no han parado de evolucionar y de recibir a millones de personas cada año para hacer de Pamplona y su fiesta una ciudad mundialmente conocida. Mucho más conocida por los Sanfermines que por ser fin de etapa del Camino de Santiago. ¿O no?

Sin duda la figura de Hemingway es fundamental para esta evolución. Visitó Pamplona en nueve ocasiones, siempre en Sanfermin, siete veces desde 1923 a 1931, año en que se impuso un paréntesis para participar en la Guerra Civil española a favor de la República, presenciar el desembarco de Normandia, la liberación de París y residir durante dos décadas en Cuba haciéndose amigo íntimo de Fidel Castro.

La primera vez que llegó a Pamplona su presupuesto solo le dio para alojarse en una modesta pensión cerca de la plaza del Castillo. Los años posteriores se alojó en el hotel Quintana, con cuyo dueño le unió una estrecha amistad hasta su muerte. Hemingway comió, bebió y fumó lo indecible en Pamplona, compartiendo sonadas juergas con amigos de la ciudad y extranjeros, como él, entre ellos el escritor John dos Passos. Protagonizó sonados escándalos sexuales y frecuentó cafés y tabernas por los que aún hoy se distingue su huella. El más conocido sin duda es el café Iruña, en el que se puede ver una estatua del escritor, a tamaño natural, junto a la barra (no podía ser de otro modo). Cuando volvió en 1953 lo hizo con su cuarta esposa, y ya era un conocido escritor que había obtenido el premio Pulitzer un año antes. Cuando regresó a Pamplona por última vez, en 1958, ya era premio Nobel, había sufrido dos graves accidentes aéreos en África y arrastraba graves problemas de salud, en gran parte ocasionados por el alcohol. En estos dos últimos viajes se alojó en el carísimo hotel La perla, en la plaza del Castillo, que todavía hoy mantiene en uso la habitación que ocupó el escritor norteamericano, aunque bien es verdad que a precios difícilmente asumibles para la inmensa mayoría de los mortales y, por supuesto, para la casi totalidad de los peregrinos que se dejan caer por Pamplona camino de Santiago.

Pamplona siempre se ha mostrado agradecida al escritor. En el año 1968 se inauguró un monumento en el paseo que lleva su nombre, junto a la plaza de toros, y en la actualidad el visitante puede recorrer la ciudad siguiendo un itinerario que lleva por los lugares emblemáticos que frecuentó Ernest Hemingway, un magnifico novelista y, además, un extraordinario autor de relatos.

Por Manuel Pozo Gómez

Jesús Gella Yago nació en otoño de 1977 Zaragoza, donde sigue viviendo. Su profesión no tiene demasiado que ver con la literatura, aunque implica darle mucho a la tecla o al bolígrafo, pero el resultado son informes fríos, objetivos y sin alma.

En el colegio empezó a montar sus primeras historias. La biblioteca era enorme (aunque hace poco volvió a visitarla y comprobó que en realidad él era muy pequeño). En ella conoció a compañeros de aventuras extraordinarias como Verne, Stevenson, Twain y Salgari, o London, Zane Grey y Karl May.

Estaba en el instituto cuando ganó algún certamen local y, al terminarlo, fue también cuando aparcó esta afición.

¿Por qué dejaste de escribir, Jesús?

La carrera y el trabajo para poder pagarla, además de alguna circunstancia más (de esas que se empeñan en complicarnos los planes), me distrajeron y dejé de escribir por placer. A veces digo que fue la peor decisión de mi vida pero, si me paro a pensarlo, ni siquiera fue una decisión: simplemente ocurrió.

Ha sido en los últimos años cuando he recuperado ese vicio (porque sin duda lo es), especialmente durante el último, después de decidir distanciarme temporalmente de mi entorno profesional.

La verdad es que fue una sorpresa ser convocado como finalista del “IV Concurso Madrid Sky”, ya que no he participado en demasiados concursos (quizá seis o siete en total, en los últimos diez años): sí que en 2010 un relato mío fue seleccionado para ser publicado a partir de mi participación en el “VII Premio Luis del Val”, y que el año pasado la web “Ociozero” (revista de género fantástico) reconoció el mérito de otro relato que tampoco llegó a ganar.

Así que, ciertamente, el “IV Madrid Sky” ha sido mi primera vez. ¡Espero que hayáis inaugurado una fructífera racha!.

¿Dejas leer tus relatos a alguien antes de tenerlos terminados o antes de publicarlos?

A Silvia, mi compañera (de toda la vida, casi) y acompañante (el día de la entrega de premios), le toca de vez en cuando darme una opinión. La verdad es que no suelo compartir lo que escribo, no sé si en un acto de egoísmo o de pura timidez. Probablemente las dos. Aunque, después de la experiencia con “Primaduroverales”, me apetece dar guerra a mi alrededor.

Viniste desde Zaragoza y estuviste un rato con nosotros para marcharte enseguida. ¿Te mereció la pena tanto trajín?

¡Por supuesto! Como te he dicho antes, esta ha sido mi primera convocatoria como finalista de un certamen literario. Cuando recibí vuestra comunicación ni siquiera me paré a valorar la dotación económica de los premios o la posibilidad de quedar descartado, ni siquiera la de resultar uno de los premiados. Bastó con pensar que a alguien le había convencido algo de lo que yo había escrito para tomar la decisión de que, sí o sí, iba a merecer la pena viajar para conocer a ese alguien. Afortunadamente no me equivoqué ya que, además de llevarme un segundo premio a casa, fue un encuentro muy agradable. Creo que hablo por todos los convocados al encomiar el esfuerzo que hicisteis desde “Primaduroverales” para crear un ambiente muy grato, por lo acogedor y distendido, sin menoscabo de la seriedad y significado que un acto como este debe tener.

¿Te habías visto antes en una encerrona parecida?

La verdad es que no. Pero, desde luego, si eso fue una encerrona… ¡pues que vivan las encerronas!

No esperaba que el acto se alargara tanto y la hora del billete de vuelta obligaba a dejaros pronto, apenas comenzada la celebración posterior. Intenté saludar al mayor número de los presentes por lo que me llevé, además de muestras de cariño y simpatía, un torbellino de caras y nombres en la cabeza.

Sí que me gustaría mencionar expresamente el elogio y ánimo que me regaló Teresa Núñez al bajar de vuestro autobús. Cuando esa persona te menciona detalles de su carrera literaria y reconoces en ella nada menos que a Paul Lattimer, también caes en la cuenta de que es un auténtico mito del western español (cuya calidad como autora está más que respaldada por numerosos premios) quien te acaba de echar una flor y además te anima a seguir. Y eso emociona, ¡vaya si emociona!

Lo dicho: ¡vivan las encerronas! ¡Los médicos recomiendan una a la semana!

¿Qué te parece que haya empresas comprometidas, como la academia Heisenberg, que apuesten por la cultura y patrocinen un certamen literario como el nuestro?

El impulso de cualquier iniciativa cultural en estos tiempos de desencanto es esperanzador. Y sobre eso, podríamos filosofar y disertar entre cañas hasta terminar arreglando el mundo.

Pero además, en el caso de la combinación de “Primaduroverales” con “Heisenberg” (y “Vinos y Caminos” y “La Rebujita”), también resulta estimulante.

Me explico: creo que comentasteis que veníais dotando los premios con vuestros propios medios hasta que este año habéis contado con patrocinadores. Entiendo que este apoyo garantiza la supervivencia y consolida certámenes como “Madrid Sky”, tan necesarios entre cientos de convocatorias amparadas por ayuntamientos, instituciones y marcas potentes.

¡Ojo! No digo que “Madrid Sky” sea un certamen pequeño (¡ya es la cuarta ocasión y habéis recogido casi 400 textos de 15 países, con algún finalista de larga trayectoria!) o que otros certámenes y sus benefactores sean sospechosos.

Simplemente quiero decir que la participación de una academia como “Heisenberg”, especializada en inglés y ciencias, en las aventuras de un grupo de escritores como “Primaduroverales”, hace que apetezca intentarlo y animan a dar el paso. Se percibe la ilusión de quienes estáis detrás y se adivina la transparencia y honestidad.

De no haber transparencia y honestidad, desde luego yo (como emborronador de papeles, novel a la par que tardío) no habría podido compartir una tarde tan encantadora con vosotros.

Así que aprovecho este hueco tan oportuno para agradecer a Sergio Torres (de “Academia “Heisenberg”) su compromiso y participación.

Una de las cosas que más llama la atención de tu relato es la riqueza de vocabulario. Palabras como carozo, cellisca y arrabel han entrado en el vocabulario de nuestro blog como palabras cazadas. ¿Son propias de tu lenguaje o de tu entorno?

No, no son palabras que use en mi vida normal. De hecho, dudo que alguna vez las haya utilizado u oído en una conversación, pero sí leído en algún momento.

Disponemos de un idioma con un vocabulario vastísimo y que ofrece infinitas posibilidades para jugar con él, e incluso retorcerlo para conseguir nuestro objetivo narrativo en un texto. Creo que, evitando caer en pomposidades que pueden distraer al lector, es imprescindible mimar la selección de las palabras. Sobre todo en determinados géneros y siempre en función de unos fines premeditados. La palabra adecuada puede lograr o dar al traste con la idea que era tan prometedora mientras bullía aún sin forma en nuestra cabeza, hasta que al intentar fijarla en el papel su volatilidad nos desanima.

Tan importante me parece lo que se cuenta, como cómo se cuenta. Antes de cerrar un texto debe haber un trabajo de pulido, casi de orfebrería, que ha de notarse pero que debe proporcionar un acabado que impacte en el lector y, con suerte, lo haga perdurar en su memoria.

Esas palabras que destacáis en vuestro blog fueron elegidas para afianzar la atmósfera del relato y porque me pareció que su sonoridad podía dotar de una musicalidad interesante a algunos párrafos. Además creo que, aun si se desconoce su significado, no cuesta intuirlo dentro del contexto y el ambiente. Lo contrario podría provocar que el lector tenga la impresión de haber tropezado con un estorbo que le haga salirse del relato y que, una vez rota la magia de la ficción, ya no le apetezca volver.

Un relato propio leído por otra persona parece distinto, en cierto modo nos es ajeno. ¿Qué te pareció la interpretación que hizo Alicia Cereceda de tu relato?

Va a sonar a tópico, pero… “me alegra que me haga usted esa pregunta”.

Yo sí que suelo leer en voz alta lo que escribo para comprobar la fluidez y el ritmo interno del texto, pero nunca había oído ninguno en la voz de otra persona. 

Cuando Alicia leyó el título y mi nombre y luego hizo aquella enorme pausa antes de empezar con el relato en sí, creo que no exagero si digo que todo el salón se sobrecogió. No por lo que yo había escrito sino por la voz de Alicia (¡qué voz!). Ennobleció el relato con una lectura que, sin limitarse a ser tal, fue una verdadera interpretación.

Fue un día de muchas emociones: el viaje con la ilusión de un fallo pendiente, el encuentro con vosotros y los demás finalistas, la presentación del acto y nuestras intervenciones, estar entre los ganadores, las fotos de familia, la celebración posterior y el viaje de vuelta pensando “¿qué ha pasado? “.

Pero sin duda, para mí, el momento de mayor emoción fue precisamente el de la lectura (insisto, interpretación) de Alicia. Alicia es actriz y locutora, y demostró profesión midiendo pausas y énfasis y haciendo suyo un texto que se engrandeció de tal forma con su declamación, que me hizo sentir verdaderamente orgulloso de haberlo escrito.

¡Una lástima no tenerlo grabado!

¿Cuál fue el origen del cuento? ¿Cómo se te ocurrió la idea de recrear a la muerte en un personaje?

“No acostumbro a entrar si no hay clientes”.

Esta fue la frase seleccionada del libro “Madrid Sky” para convertirse en el pie forzado que abriera los textos participantes. Estaba claro que la palabra “clientes” iba a decidir los diferentes argumentos. Las posibilidades ambientales de esa palabra eran enormes, no hay más que leer algunos de los relatos: desde el México traicionero y traicionado que dibujó Inocencio Javier Hernández en “DF Wall” o el banco para el que Alberto Ramos propuso un atraco moral en “Por Sonsoles, a mi manera”,  hasta la tienda esotérica de “Tal vez mañana”, el texto ganador de  María Posadillo.

Debo reconocer que lo primero que se cruzó por mi mente fue un local de mala nota de esos donde todo y nada puede suceder, impregnado de desdicha y frecuentado por sombras tristes. Como vimos, de eso se ocupó Francisco de Paz Tante en “Neones rosas”. Del drama pasé a jugar con la idea de un sainete en un restaurante chino, y también en un desencuentro con filosas en una tanguería de arrabal.

Esas primeras ideas me llevaron a pensar que quizá podría hacer que los anfitriones de mi relato fueran algo más “selectos”: pensé primero en un infierno regentado por un Diablo socarrón, pero no veía la forma de encajar la frase de apertura. Así que decidí situarme cerca de ese infierno pero fuera, y enfocar a la Muerte que acompaña a los desafortunados cruzando la puerta del infierno con ellos. Así, el Diablo inicial se convirtió en una presencia apenas insinuada y que además queda en segundo plano, detrás del perro que guarda la entrada y que quizá (solo quizá) aúlla por tres gargantas.

Los atributos e imaginería clásica de la Muerte son más que populares (capucha, guadaña, calavera y ocasionalmente un reloj de arena), por lo que me pareció esencial explotar el ambiente donde se desarrolla el relato para crear un interés y una expectativa: un acantilado es apropiado para sugerir la idea de un final abrupto y dar con el topónimo Pembroke (muy próximo a nuestro “finis terrae”) hizo el resto.

Ya ves, las incertidumbres del papel en blanco te llevan a donde menos esperas.

¿Esto significa que te desenvuelves bien en el género fantástico y es tu género preferido?

Pues creo que, en cierta manera, ya te he contestado con la respuesta anterior: antes de dar con la idea final pasé por un drama urbano, una comedia que pretendía ser (perdón por el palabro) “woodyallenesca” y un thriller suburbial.

No puedo decir que el fantástico sea mi género preferido, de hecho ni siquiera lo frecuento en mis lecturas, salvo algunas incursiones en clásicos como Lovecraft, Poe o Bierce cuando el cuerpo lo pide (porque a veces el cuerpo lo pide). Reconozco que ando muy despistado en cuanto a lo que se está haciendo actualmente en terror o fantástico.

Sin embargo, con un pie forzado tan sugerente y dado que la brevedad requerida invitaba a buscar el impacto final, me pareció apropiado intentarlo con el fantástico para buscar la sorpresa sin recurrir a un drama más o menos realista.

Al fin y al cabo, el desaprensivo de mi relato se lo merece… ¿o no?

¿Cuáles son tus perspectivas en la literatura?

Pues la verdad es que ahora mismo me rondan la cabeza varias historias que necesitan un aliento más largo: el cuerpo me pide novela.

Hace unos años que guardo, cogiendo polvo, un par de borradores (uno lo recuerdo bastante simplón) más o menos cerrados. Sigo aplazando su revisión pensando que quizá sin mi esfuerzo el tiempo les habrá dado pátina, cuando lo más probable (seguro) es que cuando vuelva a abrirlo comprobaré que se han convertido en vinagre.

Últimamente he estado dando vueltas a una novela que presumo será breve, y a la que durante lo que queda de año espero terminar de dar forma. No estoy seguro de en qué género terminará encajando, pero sí sé que habrá mucho rock and roll.

¿En la actualidad dedicas mucho tiempo a leer y escribir?

Bastante, mucho. No concibo un día sin palabras escritas. Pero me temo que igual que prefiero comer a cocinar, también dedico más tiempo a leer que a escribir. Ando empeñado en invertir la proporción.

Por último me gustaría saber cuáles son tus autores preferidos y quiero pedirte que nos recomiendes un relato para nuestra colección de relatos recomendados.

Mi debilidad en cuanto a novela son los clásicos decimonónicos. Pero la lista sería interminable, desde la pura diversión folletinesca a los más cerebrales y psicológicos, sin importar nacionalidad: de Balzac y Hugo a Dumas y Sue, Dostoyevski y Turguénev, Dickens y Collins, Pérez Galdós y Pardo Bazán,… Fueron el paso natural a partir de mis lecturas infanto juveniles, y vuelvo con frecuencia sobre ellos, sin soltar nunca la mano de Joseph Conrad.

Alineados con mi impenitente mitomanía, también tengo favoritos muy cercanos al imaginario popular gracias a las (más o menos adulteradas) traslaciones cinematográficas de sus obras, como Conan Doyle, Ian Fleming, Raymond Chandler o Dorothy M. Johnson.

Autores más modernos, o actuales, o de cierta actualidad que reclaman mi atención, a veces teniendo que echar (lamentablemente) la vista algo atrás, son Thomas Pynchon, Richard Ford, Winfried G. Sebald, Paul Auster, Kurt Vonnegut, Roberto Bolaño o Umberto Eco y, barriendo para casa, por ejemplo, Eduardo Mendoza, Javier Marías y Jaume Cabré.

Para terminar, en cuanto a relatos o narrativa breve, me veo obligado a recurrir a los maestros imprescindibles como Julio Cortázar, Isak Dinesen o Guy de Maupassant, en los que siempre se puede confiar.

Y como recomendación final, quizá sea muy obvio recurrir a Hemingway, pero tengo una gran debilidad por “La breve vida feliz de Francis Macomber” (publicada en 1936), de la que se hizo una adaptación cinematográfica con Gregory Peck, Joan Bennett y Robert Preston (“The Macomber affair”, 1947) y que en España tuvo el sugerente y entusiasta título de “Pasión en la selva”.

Muchas gracias por este rato que nos has dedicado. ¿Te gustaría añadir algo más?

Solo reiterar mi agradecimiento a todos los que estáis detrás de “Primaduroverales” y “Madrid Sky”, y deciros con toda sinceridad que podéis contar conmigo para lo que gustéis.

Y desde luego, mi felicitación a los demás finalistas (Daniel Calles, Inocencio Javier Hernández, Francisco de Paz, Alberto Porras, José Quesada, Alberto Ramos y Lola Sanabria); a María Posadillo por su primer premio y, especialmente, a Marina Aparicio que, por su juventud, tiene un enorme horizonte a su disposición (¡a por ello!).

¡Un placer haber compartido esto con todos vosotros!.

La posada al final de la Tierra  Segundo premio en el IV certamen Madrid Sky

 

“Qué va antes… ¿la realidad o la ficción?”

Por María Jesús Ainaga

Lo habitual es pensar que la realidad, esta tan cruda como bella, esa que te desgarra en las guerras y te enamora en el amor… esa realidad es la que inspira la ficción.

Sin embargo, también es cierto lo contrario. Porque nada puede existir si antes no lo has imaginado. Y ese juego, entre realidad y ficción, cuando es en ambas direcciones, hace de una historia algo excepcional.

Y esto es lo que ocurre en los nueve relatos del libro “Violeta sabe a café” de Manuel Pozo Gómez.

Acabo de terminar de leerlo y estoy… ¡impactada! ¿Qué es realidad y qué es ficción? Las descripciones del autor son… ¡tan verosímiles! ¡tan creíbles! ¡tan reales! Y me refiero a todas las descripciones: de lugares, de personajes, de emociones.

Yo, tonta de mí, me había auto-impuesto leer los nueve relatos del libro con gafas muy críticas, con ojos escudriñadores, con lápiz acechante… para captar alguna incoherencia o un narrador asíncrono o tiempos verbales equívocos. Creía que así iba a aportar más.

Pues bien, hasta yo que empecé a leer el libro sólo con la cabeza, me he visto completa e inmediatamente inmersa en todas y cada una de las atmósferas creadas por nuestro escritor.

He saboreado la timidez del protagonista de la primera historia, que encontró en el trágico suceso del 11-M, la excusa para acercarse a su Violeta, ya antes amada apasionadamente aunque, no conscientemente.

He temblado con el primer beso de Sofía, más que con su pérdida y, extrañamente, he podido empatizar con la acartonada y sincera frialdad del Capitán Wolf que, sólo tras el sufrimiento de muchas guerras, se atrevió a atreverse.

He sentido compasión por Antonio Begines y su inexorable camino hacia la inútil venganza, empujado por esa búsqueda de justicia que la adolescencia necesita para comprender. ¡Perdón!… para aprender.

Inexplicablemente, he gozado con el paseo en carruaje de Diego de Zúñiga. Ese Madrid tan cercano para mí en el espacio y tan lejano en el tiempo. Esa bruma. Esas siempre desasosegantes pinturas de Goya que adquieren, en este relato de Manuel Pozo, nuevos significados. Luego, repentina aunque previsiblemente, he sentido horror. El mismo que el pintor quiso transmitir y que se ha agolpado en sólo unas líneas explotando con ira en mi interior.

Me he embargado de admiración y respeto por Julien Mamet, Mariano Barberán y Joaquín Collar, y su difícil lucha por unos ideales, por volar, por llegar donde nunca nadie antes había llegado. Mientras tanto, de un modo tierno y fuerte, he visto cómo Víctor Olaya admiraba a su abuelo, ahora más que nunca. Porque nunca, hasta ahora, había comprendido tanto.

También he renegado del ser humano que prefiere las balas a los goles y he querido aplaudir a Ignacio y a Iñaki, separados por la guerra y acercados por la afición. No es posible permanecer inerte a la tormenta de emociones que crea la idea de un partido de fútbol en el frente de batalla.

He adorado al protagonista de la fuga a través del muro de Berlín. Sobre todo, su clarividencia al saber qué era lo más importante en su vida, aunque ésta estuviera llena de cambios sin sentido que, extrañamente, dieron más sentido a su vida.

¡Qué puedo decir de Edinka! Creo que conozco su rostro y… ¡su mirada! Creo que comprendo su tristeza y sus razones. Y he sentido una conexión profunda con Dominique Rothen. Yo, que nunca he blandido un arma. Yo, que nunca he vivido una batalla. Yo, que nunca he matado a nadie. Yo, que nunca he visto esos ojos verdes.

Y, el último relato, riza el rizo con una meta-ficción que envuelve la historia lejana de Edinka con otra capa de una historia cercana. Y no he sabido lo que es real ni lo que es ficción. Y me ha dado igual porque mi corazón latía rápido y curioso al ritmo de las palabras. Esas con las que el autor dibuja descripciones tan reales como emotivas. Esas con las que Manuel colorea emociones tan carnales como idílicas.

“Descripciones sentidas”, eso es lo que hay a borbotones en los relatos de Manuel Pozo. Eso es lo que hace que, en sus creaciones, la ficción y la realidad jueguen a cogerse de la mano, a decirse confidencias,… a enamorarse. Pocas veces puede ser uno testigo de un juego tan sublime. Por eso Manuel Pozo es un “autor imperdible”, porque no se limita a crear ficciones con nuestras trágicas o cálidas realidades; sino que con sus ficciones… él cambia la realidad.

Antonio Blázquez Madrid ha publicado dos novelas, en 2011 El triángulo (editorial Atlantis) y en 2014 La ciudad negra (editorial Amarante). Próximamente publicará su tercera novela, pero los que tenemos la suerte de conocerle como autor de relatos echábamos de menos un libro como el que acaba de publicar con Fussion editorial.

El último destino es una colección de cuentos en la que los protagonistas se enfrentan a un final insospechado, a ese último destino que todos tenemos marcado por uno o por otro motivo. ¿Qué puede hacer el personaje, qué podemos hacer nosotros para modificar ese último destino prefijado? Esta es la pregunta que mueve al autor en sus relatos y que sirve de hilo conductor a toda la obra.

Pero los relatos de este libro, además de encaminar a los personajes a un último destino inevitable, tienen más cosas en común entre ellos, sobre todo una que ofrece por sí misma una garantía de su calidad: todos han sido premiados en algún certamen literario.

Acierta Antonio Blázquez al intercalar en los relatos más largos un microrrelato o un relato más breve. Es ahí donde podemos ver el estilo, o los dos estilos, de Blázquez. Es un seductor con las palabras y un seductor en las distancias cortas. Sus relatos más breves van directamente al corazón del lector, los más largos van creando una tensión que envuelve al lector y no le dejan más que una salida: continuar hacia adelante, hacia el final de la historia, un final que nunca se presiente porque el autor siempre se reserva una vuelta de tuerca para el último momento.

En sus relatos intimistas y cercanos, como no podía ser de otra manera, abundan las historias en primera persona. En ellas se desenvuelve muy bien Antonio Blázquez. A esta característica hay que sumarle la perfecta localización del tiempo, una fijación casi obsesiva por situar al lector en una hora determinada. Así tenemos en el relato titulado Contracorriente un comienzo que viene a repetirse de una u otra manera en varios relatos de El último destino. “cada día, a las cinco en punto, salgo de mi casa”. Esa obsesión por el reloj, que incluso aparece reflejado físicamente en muchos de los relatos (La última sonrisa, El niño de los ojos rasgados, El abuelo o Las tazas)  es una constante en los relatos de esta colección.

Con el uso de la primera persona, la fijación por el tiempo y la angustia por un destino prefijado e inmutable Antonio Blázquez ha creado una obra equilibrada en la que el lector podrá reconocer el estilo inconfundible del autor salmantino y, en la que sin duda, caerá seducido ante sus palabras. El último destino es una lectura más que recomendable para este verano.

Antonio Blázquez Madrid (Macotera, Salamanca, 1952). Ha obtenido diversos premios literarios entre otros el primer premio en el Certamen de Narrativa “José Rodríguez. Dumont”, con el relato: Tenemos que guardar lo nuestro; primer premio en el Certamen Literario Internacional Membrilla la del Galán de Lope, con el cuento: El niño de los ojos rasgados; primer premio en el Concurso de Relatos de la Asociación Cultural Cerdá y Rico, con el relato La modelo. También ha publicado sus cuentos en varias antologías y libros colectivos: Antología de relatos de terror Círculo Rojo, (Ed. Círculo Rojo); Pequeños Grandes Cuentos (Ed. Ábaco); Novísimos, (Ed. El País Literario); Cuanto Cuento (Ed. Acumán); Primaduroverales, cuentos, compartiendo autoría con otros autores. Actualmente colabora con la Asociación Cultural Amigos de Macotera con la publicación periódica de relatos.

Días del futuro pasado es el título de una deplorable película de la serie X-Men y de un álbum de Rock sinfónico de un grupo llamado Moody Blues, que desapareció hace ya tiempo y que solo recordará Carlos Cerdán.

Podría muy bien ser también el título de esta crónica viajera por un país con más de mil años de historia pero que pocas veces ha sido independiente. En la actualidad es una de las zonas más modernas de Europa, en la que puedes pagar el pan con la tarjeta de crédito o contratar una línea de teléfono y datos de 50 Gb por 5 euros al mes.

Esta fusión de pasado y futuro me vino a la mente al encontrar un curioso pasaje empedrado, ubicado en el casco histórico de Tallinn, que tiene una hilera de placas incrustadas en el pavimento que narran los hitos históricos del país desde los primeros pobladores prehistóricos. Así hay una placa para cada invasión que han recibido (Suecos, teutones rusos, nazis, soviéticos…)

pero también señalan aspectos culturales y sociales de su devenir, como la celebración desde 1869 de un festival nacional de la canción. Pero lo curioso es que la alfombra de lápidas incrustadas en el suelo no se detiene en el presente sino que ya han colocado las correspondientes a sucesos futuros como el quinientos aniversario de la proclamación de la república en 2418 o la celebración número cien de su festival de la canción.Este ir y venir entre el antes y el después parece ser una constante en el carácter estonio que se refleja también en el estilo arquitectónico de las nuevas construcciones, que se basan en el reciclaje de la gran cantidad de edificios fabriles construidos en la época soviética que convirtieron el país en una enorme factoría industrial. Así, en lugar de derribar las antiguas fábricas, naves, acerias, etc. Han aprovechado las fachadas y estructuras existentes y les han añadido nuevas plantas en las que predomina el acero y el cristal, símbolos de la nueva era. Un claro ejemplo es la siguiente imagen:

 

La capital Tallinn (pronúnciese Tálin para demostrar que uno está viajado) tiene un centro histórico medieval muy bien conservado que se parece mucho a otras ciudades bálticas de Finlandia o Suecia. Y es que los estonios no son eslavos como sus vecinos de Lituania o Letonia, ellos están orgullosos de su origen danés como los suecos o fineses, y tan altos que le sacan un metro de estatura al español medio, se llame Lopez Vázquez o no, lo que provoca que al estrechar la mano, el estonio se mantiene alejado tanto como le permite la longitud de su brazo, como si sospechara que uno no se ha duchado esta mañana o, Dios no lo quiera, que uno es ruso.

Queda en Estonia una importante minoría de origen ruso que no quisieron o no pudieron regresar a Rusia cuando se obtuvo la independencia tras el colapso de la Unión soviética. Estas personas son fácilmente identificables porque suelen tener cara de que les duele algo, y se asemejan al pintor al que le han quitado la escalera y se ha quedado colgado de la brocha añorando la preponderancia perdida de su etnia en tiempos pasados.

Como decía, los estonios son amantes de sus tradiciones, sobre todo lo relacionado con la música y la danza. Han creado un museo al aire libre en el que han reconstruido antiguas granjas de diferentes zonas del país para mostrar a las nuevas generaciones como vivían sus antepasados campesinos, pescadores o marinos.
En este museo también realizan exhibiciones del folklore popular en el que no dudan en incluir elementos foráneos:

Otra costumbre que tienen es la de hacer hogueras junto al mar la noche de San Juan, como en cualquier playa mediterránea pero sin paella y en manga larga por el frio, aunque lo de noche es un decir, porque en esa época del año la noche se va varios meses de vacaciones y el día dura las veinticuatro horas.