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Archive for the ‘Trotamundos’ Category

Por Luis Marín

Desde el café de France, en plena plaza de Jemaa el Fna, Marrakech, el recientemente desaparecido Juan Goytisolo habrá contemplado numerosos atardeceres rojizos tras la silueta del minarete de la mezquita Koutoubia “mezquita de los libreros”. La mezquita, fue construida por orden del emir almohade Abd Al-Mumin sobre el año 1147 y el alminar fue finalizado en tiempos de Abu Yusuf Yaqub Al-Mansur, considerándose un modelo para la construcción de la giralda de Sevilla y la inacabada Torre Hassan de Rabat, y es la construcción más alta de la ciudad.

Marr 01Todos los edificios que rodean la famosa plaza disponen de azoteas que son literalmente invadidas por los turistas para contemplar, a diario, ese espectáculo de la puesta del sol. Mientras, abajo la plaza bulle entre el humo de las parrillas, los animales exóticos y los músicos y actores que dan vida al espacio.

Los zocos y las estrechas callejuelas, que serpentean en un laberinto difícil de desentrañar, evocan historias que podrían ser llevadas a las páginas de cualquier libro. Historias misteriosas, de engaños, de amores imposibles, de asesinos. Cualquier argumento tiene cabida en ese mundo que con el atardecer se vuelve inescrutable.

marr 02Las sinuosas calles de Essaouira sirvieron a Orson Wells de escenario natural para el rodaje de su Otelo. Esa pequeña ciudad en la costa está considerada como la perla del Atlántico. Su medina, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO, se protegía de los ataques externos por un baluarte que conserva algunas almenas con sus cañones de bronce. El azul de sus barcazas de pesca adorna la callejera lonja donde los pescadores compiten para vender sus mercancías. Jimi Hendrix y Cat Stevens fueron atraídos por esta localidad para instalar su residencia temporal y desarrollar sus carreras artísticas. La ciudad, el paisaje marino y pesquero, son motivo más que suficiente para que los pinceles impriman los lienzos con las sensaciones de los artistas que recogen in situ el ambiente.

marr 03Atravesando el alto Atlas por el puerto Tizi n’Tichka, de 2.260 metros de altura, se accede a la puerta del desierto. La Kasbah Ait Ben Haddou, ha servido para el rodaje de películas como la Joya del Nilo o Gladiator, entre otras. El pueblo se ha ido trasladando a la otra orilla del río que circunda la colina donde permanece el antiguo poblado fortificado, para placer del turista. Hoy la antigua Kasbah se ha convertido en un decorado natural lleno de escaparates de pequeños recuerdos de su pasado. El paisaje es evocador, tanto que en Ouarzazate se ha desarrollado una incipiente industria cinematográfica. Por eso recibe el nombre de Hollywood marroquí.

marr 04Continuando el camino hacia la frontera argelina, el terreno cada vez se va haciendo más inhóspito. Algunos palmerales forman oasis donde se concentra la población aprovechando las mejores condiciones hídricas. Poco a poco el desierto se apodera del paisaje hasta donde alcanza la vista. Al fin unas dunas se recortan en el horizonte. Sus arenas doradas contrastan con el negro de la tierra desértica. Entrando en ellas subidos en camellos, invade un sentimiento que recuerda tantos libros dedicados a los habitantes de estos territorios. El famoso Lawrence de Arabia, salvando las distancias, o el tuareg de Vázquez-Figueroa, o los recuerdos del Aaiun donde algunos de nuestros conocidos vivieron los últimos días de la colonia española en el Sahara mientras cumplían su servicio militar.

 

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«Aunque los temblores habían comenzado días antes, no creímos que fuera la señal de que se aproximaba el fin del mundo.

El día amaneció despejado, pero no tardó en ir oscureciéndose. Antes del mediodía la ciudad ya se estaba adentrando en penumbras y del cielo los dioses, como dando fe de su castigo, comenzaron a lanzar cenizas y piedras que caían con fuerza sobre los tejados…”

Así relató Plinio el Joven, testigo de la catástrofe, como la erupción del Vesubio enterró bajo un amplio manto de cenizas y rocas volcánicas la ciudad de Pompeya.

Era el 24 de Agosto del año 79 d.C y yo paseando entre las ruinas de Pompeya, percibí el terror de las personas huyendo y que han quedado momificadas para enseñarnos el poder de la naturaleza. Y levanté mis ojos hacia el volcán y le deseé el sueño eterno.

Las calles de la actualidad me llevan a las fuentes de agua a saciar mi sed, a comprar el pan recién hecho del que parezco percibir el olor. Es un pan redondo, grande, con mucha miga; su aroma hace que mi estómago lo desee.

En las termas, rodeada de bellas esculturas, introduzco mi cuerpo en la bañera y me relajo largo rato. La temperatura y el ambiente en el interior de la terma es muy relajante, a pesar de lo desagradable del día fuera. Cambio mi vestimenta entre los frescos de las habitaciones y mosaicos de las viviendas del “Saint Tropez” de la antigüedad por una túnica larga y anudo un cordón brillante alrededor de mi cintura. Mis planas sandalias de piel cosidas a mano por el zapatero me llevan a las tabernas, mientras observo en el suelo las señales que me indican el camino para llegar al prostíbulo, uno de varios que se encuentran señalizados por la ciudad para visitarlo. Es como si no hubiese cambiado nada. De camino encuentro una vivienda llamada “Rómulo y Remo”, ¿tendrían aquí ellos su segunda vivienda? Me gustaría poder contarles lo famosos que son, decirles que sus nombres han perdurado hasta el siglo XXI, que están presentes en los libros y mentes de hombres de todo tiempo y tipo… Les busco en el jardín, pero no les encuentro… Continúo con mi andar.

El foro rodeado de columnas ennegrecidas por las cenizas  está repleto de personas corriendo de un lado a otro, intentando refugiarse de la catástrofe que acaecerá. Hombres inmóviles tirando de niños, ancianos, personas que murieron abrazadas para superar el terror, o en postura fetal para retornar a su origen, o en posición de querer emerger de las cenizas, con gestos desesperados, o simplemente esperando… Es tan real que me estremezco.

Y después de dos mil años desde que la erupción les enterró, consigo contemplando los restos de Pompeya, descubrir cómo eran sus vidas, cómo eran sus ciudades, el día a día de sus gentes, lo que comían, sus animales, y las huellas de los que huían del horror. Deseé paseando por las calles de Pompeya, haber estado allí para ayudar. Impresionada por las sensaciones que produjeron en mí esas imágenes tan grandiosas, que muestran una vida repleta, y su final, de nuevo miré el Vesubio y dije:

“Gracias, como no puedo luchar contra ti, no despiertes nunca más”.

Virginia García Calzado

Virginia García Calzado es una viajera incansable. Aficionada a la lectura y la escritura sorprende con unos personajes llenos de vida y pasión. Es miembro de la asociación Primaduroverales.

 

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Maquiavelo, César Borgia y El padrino

Hay dos cosas extraordinarias en el Camino de Santiago: los amigos y las sorpresas. Es fácil hacer amigos, pero a veces, y es muy gratificante, lo que se produce es un reencuentro con amigos de otro tiempo. Esto fue lo que nos sucedió al pasar por las inmediaciones de la localidad navarra de Bargota, muy próxima al Camino. Allí tuvimos el placer de reencontrarnos con Antonio Murga, antiguo compañero de nuestro taller de creación literaria y miembro de la asociación Primaduroverales.

Antonio nos llevó por los viñedos de Bargota, auténticos tesoros que sustentan la economía de la zona. Tan importante es el vino en la vida del pueblo que la estructura de sus casas y de sus calles están marcadas por él. Las viviendas están construidas en piedra y albergan en su interior bodegas excavadas bajo tierra que permitían elaborar y mantener los vinos de cada familia sin necesidad de utilizar los elementos tecnológicos actuales. Pero el tiempo pasa, y de un tiempo a esta parte la técnica para el cultivo se ha modernizado y ya no es necesaria la vendimia manual. Aunque Bargota se mantiene fiel a la tradición y cuenta con una bodega, la Biurko Gorri, creada por los hermanos Llorens, que tiene reconocimiento mundial sobre todo por su proceso de maceración carbónica y por los caldos que obtienen de manera totalmente ecológica, es decir, en vides que no han sido tratadas químicamente. Y entre casas típicas y viñedos infinitos Antonio nos llevó a la localidad medieval de Viana.

Viana se eleva sobre un cerro y mira plácidamente hacia la ciudad de Logroño, que está tan solo a 8 km. Fue una plaza defensiva de Navarra frente a Castilla y hoy es la última localidad navarra del Camino antes de entrar en la Rioja. Sus calles están plagadas de palacetes, casas solariegas e iglesias. Y en la escalinata de entrada de una de estas, en la iglesia gótica de Santa María, bajo las losas del atrio, el peregrino se llevará una de las sorpresas que depara el Camino al encontrarse con la lápida del que fuera soldado, príncipe y cardenal: César Borgia, muerto en una emboscada cerca de Viana en 1507.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El personaje es novelesco desde el principio hasta el final. Para comenzar, César Borgia fue hijo de un Papa, el Papa Alejandro VI, lo que “ya es para hacérselo ver”. Varios miembros de la familia Borgia ocuparon posiciones políticas y religiosas muy relevantes, pero Alejandro VI y su hijo César fueron los más significativos y Maquiavelo se inspiró en ellos para escribir su obra El príncipe. Efectivamente, ese Príncipe ambicioso, intrigante, cruel, capaz de conseguir todo lo que se proponga y de hacerlo a cualquier precio al que se refiere Maquiavelo tiene su modelo en César Borgia.

César Borgia pretendía la construcción de un Estado propio en Italia para la familia Borgia. Esta idea le procuró muchos enemigos, entre ellos el rey Fernando el Católico, ante el que mantuvo una posición de ambigüedad cuando este le pidió ayuda durante las guerras de Nápoles. En agosto de 1503 el Papa Alejandro VI, su hijo César y algunos de sus colaboradores acudieron a una cena. A los pocos días algunos de ellos cayeron gravemente enfermos. La sospecha de un envenenamiento se ha mantenido a lo largo de la historia. El Papa Alejandro VI murió y los enemigos de los Borgia aprovecharon para imponer a Julio II como Papa. El propio César, convaleciente y sin apoyos, se vio obligado a apoyar a sus enemigos.

Una vez alcanzado el poder Julio II comenzó la persecución a César Borgia, que consiguió huir a Nápoles. Allí fue detenido por las tropas del Gran Capitán, que ordenó su traslado a España, primero a Valencia y después al castillo de la Mota, en Medina del Campo. César Borgia consiguió huir y llegó a Navarra, donde reclamó la protección de su cuñado, el Rey Juan de Albret, que le nombró capitán de sus ejércitos en un momento en el que Navarra estaba inmersa en una guerra civil entre dos facciones opuestas: los partidarios de los reyes Juan y Catalina y los partidarios del condestable del reino, el conde de Lerín, alineado con Fernando el Católico.

Fue en esta guerra donde encontró la muerte César Borgia, con 32 años, en 1507. Su cuñado el rey Juan dispuso su entierro en un sepulcro en el interior de la Iglesia de Santa María, en Viana. Años después, todavía en el siglo XVI, el obispo de Calahorra, a cuya diócesis pertenecía la parroquia de Viana, consideró un sacrilegio la permanencia de sus restos en lugar sagrado y mandó sacarlos y enterrarlos fuera de la iglesia, en plena Rúa Mayor, «para que en pago de sus culpas le pisotearan los hombres y las bestias».

El resultado final fue la destrucción del panteón inicial. En 1884 se localizaron lo que se suponen sus restos, y se dejaron en el mismo lugar, en plena calle Mayor. En 1945 los restos fueron exhumados para ser depositados años después, en 1953,  en la portada de la iglesia bajo una lápida de mármol blanco, donde se encuentran en la actualidad.

A pesar del tiempo transcurrido el nombre de César Borgia todavía divide en Viana a sus ciudadanos. Mientras algunos propusieron en el año 2007, con motivo del V centenario de su muerte, devolver su cuerpo al interior del templo, el arzobispado de Pamplona declaró no tener inconveniente en que los restos de César Borgia sean inhumados en otro emplazamiento más digno, pero no dentro de la iglesia, porque esto es una práctica que hoy en día no se autoriza.

¿Pero, a todo esto, cuál es la relación de César Borgia con El padrino, de Coppola? Son muchas las obras que hablan de los Borgia y su relación con el Renacimiento pero, ¿has oído hablar del escritor Mario Puzo? En 2001 estaba escribiendo la novela Los Borgia cuando falleció, lo que puestos a imaginar no resulta extraño conociendo la intrigante biografía de la familia Borgia. La novela la terminaron entre su viuda, también escritora, Carol Gino, y el historiador Bertram Fields  Pues Mario Puzo fue ese autor desconocido que además de escribir los Borgia escribió, entre otras novelas, una de la que seguro sí has oído hablar: El padrino.

La vida de los Borgia también se ha llevado al cine. En el 2006 se estrenó la película Los Borgia, del director Antonio Hernández Núñez, centrada en la vida de César Borgia.

http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-124567/trailer-19415660/

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café y coautor de varios libros de relatos, entre ellos Cuéntame un gol. Cuentos de fútbol. En 2017 ha coordinado el libro de relatos RRelatos HHumanos

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Por LOURDES CHORRO

Hoy ya no se lleva escribir a nadie una carta o una tarjeta. Hoy se envían por WhatsApp fotos sin una letra que explique dónde estás. Y luego cuando vas a verlas en la galería, el recuerdo se confunde entre tantas y tantas fotos apresuradas como si fuera la única manera de dejar constancia de que hemos estado allí. Yo prefiero llevarme en el corazón cada rincón de la ciudad que veo. No importa que no recuerde el nombre, la impresión que me producen no se puede reflejar en una foto de aficionado. Así podría contaros que sobrevivir a una moto en la calle Tribual me permitió exhalar un último suspiro ante el Cristo velado. En Nápoles, los escasos semáforos no sirven en verde ni en rojo, sólo sirven para estar ojo avizor del tráfico.

Chiostro di Santa Chiara
Chiostro di Santa Chiara

Con el velo de una lágrima en los ojos salí hacia Santa Chiara y el amarillo de sus azulejos los desveló. San Severo, tan difícil, y cuando llegas tan fácil de encontrar. San Gregorio Armeno, escondido entre tantos belenes que saboreando un gelato de limone no huelen a navidad. Ver pasar sobre tu cabeza un avión cada cinco minutos y tener que esperar  el autobús venti, trenta, quaranta minuti para bajar del Palacio de Capodimonte tan español. Los coches volando por las cuestas de la ciudad. Sentarte a contemplar la estatua de Dante sin fuerzas para escribirle ni una palabra. Dante rodeado de octoberfester birras y góticos looks. El Vesubio visible e invisible según se enarbolara la fusca napolitana. Intentar subir a la Cartuja de San Martino, y a San Telmo en el funicular aunque este está demasiado desgastado para subir y sólo desciende. Llorar ante San Genaro y “la santa Piccolina”. La caminata hasta El Castel Nuovo ese castillo que tiene cinco torres en vez de cuatro,  y en el que nada más cruzar su puerta principal apreciamos un fresco que representa la Plaza Mayor de Madrid. Quedarme varada como Parténope, la sirena que llegó casi ahogada desde Capri a las rocas del Castillo del’Ovo… La Piazza Plebiscito y la herencia española del palacio Real. El teatro de ópera más antiguo del mundo y sus espejos que ya no aplauden al ritmo de los reyes. El Nápoles subterráneo y la cisterna romana.

Mural en Herculano
Pintura en Herculano

Y antes de terminar la ruta turística no paséis por alto Herculano. Todos los turistas se bajan en Pompeya y se olvidan de él. Y si os queda tiempo no dudéis en ir a respirar el azufre de las fumarolas del Volcán de la Sulfatara eso sí antes de la puesta de sol.

Imposible no hablaros de las tratorías regentadas por hombres que tienen detrás la foto de la nona o la mamma que les enseñó las artes culinarias. La sencilla pizza margharita, la reina de las pizzas napolitanas, tan centenaria y tan irresistible. Tricolore come l’Italia. Todo esto es el revelado que mis pupilas trajeron de Nápoles. Una alegre tarantela o una apasionada cancioncilla de amor, el azul melancolía que transpira la ciudad. La belleza que va creciendo día a día a medida que descubres sus rincones. El golfo que cambia de color como si supiera de días rosas y días grises. El tiempo que allí se detiene y tropieza con los baldes que suben y bajan por los edificios para recoger la compra. Erri de Luca dice que en Nápoles el tiempo se llama oportuno, como en español, porque Nápoles ha tenido siglos españoles… y en ella los segundos son mucho más lentos que el tictac de los relojes que quieren medirlos.

De su cocina hay que probar La impepata di cozze, Spaghetti ai frutti di mare, parmigiana di melanzane, una perdición para los que nos gustan las berenjenas. Y de los dulces que he probado por cuál decidirme: Il babá al rum para los amantes de lo emborrachado,  le sfogliatelle, el hojaldre hecho delicia, la pastiera, Gli struffoli, il ministeriale…

De sus escritores me confieso desconocedora. He leído que Roberto Saviano se inspira en el barrio de Scampia. Que muchos protagonistas de Elena Ferrante o Anita Raja son tan napolitanos como las descripciones y sensaciones de sus calles. Que Giuseppe Montesano en “De esta vida mentirosa” hace una metáfora bestial de la ciudad.

El poeta y dramaturgo alemán, Goethe cuando hizo su primer viaje a Italia, de todo lo que vio, la ciudad Partenopea fue la que permaneció en su corazón. Aquí, aseguró, cualquiera puede disfrutar de todas las pequeñas alegrías de la vida. Escribió en su libro Viaje a Italia. “Uno puede decir, contar o pintar lo que quiera, pero lo que hay aquí supera a todo lo demás … Les disculpé a todos los que perdieron la razón en Nápoles …Y de igual modo que se dice que alguien al que se le ha aparecido un espectro ya no vuelve a ser feliz, podría decirse también a la inversa que aquél que piensa una y otra vez en Nápoles ya no podrá nunca ser del todo infeliz”. Y cita este conocido refrán: ‹‹Vedi Napoli e poi muori, dicono qui››   “¡Ve a Nápoles y luego muere, dicen aquí!”

castel nuovo

Castel Nuovo

Otros aseguran que el origen de este refrán  es que Nápoles era el destino preferido de los que sufrían por amor pero su recuerdo siempre estaba allí y reaparecía en el momento de irse de la ciudad. Muchos de estos desdichados amantes morían de sufrimiento. La bruja Razziella, que lo había padecido, se compadeció de ellos y creó un vino rojo como la sangre que mágicamente hacía olvidar todo, incluido el amor.  Los dichos siempre se basan en esa sabiduría popular que sale de las entrañas y aunque no lo haya escrito un literato no deja de ser bonito.  La belleza y el amor suelen ir unidas. La pena por abandonar lo bello. Sufrir por la pérdida a la que somos tan dados.

Como diría Lamartine en “De Madrid a Nápoles” ¿Qué nos importa morir si hemos vivido cuanto puede vivirse: si hemos gustado en un solo instante todas las delicias de la tierra?

Y así algo de mí seguro que se habrá quedado entre el laberinto de sus calles tan estrechas algunas,  que los balcones se tocan, en sus pendientes, en el entretejido de las cuerdas con la ropa colgada,  en esos pasadizos minúsculos donde el zigzag de las vespas sortean como en un eslalon cajones de fruta, de pescado callejero y a peatones.  Y seguro que también algún fragmento de mí permanece en su envolvente bullicio, en esos altares que pueblan cada esquina, en la música y el teatro callejero, en el colorido de la estación del metro de la universidad, y en ese delicioso chocolate del que confieso que no logro superar su síndrome de abstinencia.

Y es que “Vedi Napoli e poi muori”

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¿Sabías que en pleno Camino de Santiago hay una fuente de la que brota vino? Está situada en el municipio de Ayegui, tras dejar Estella un par de kilómetros atrás, en una etapa que muchos peregrinos recorren desde Estella hasta Los Arcos. La fuente está construida en uno de los muros de las bodegas Irache y da justo al camino, ofreciendo de este modo su vino gratuitamente al peregrino con un cartel que reza: “Peregrino, si quieres llegar a Santiago con fuerza y vitalidad, de este gran vino echa un trago y brinda por la felicidad”. Para evitar excesos la fuente dispone de una web cam y de algunos carteles que avisan de que el vino que brota del caño es para consumir en el lugar, y no para llevárselo.

El quinto libro del Códice Calixtino, conocido como la primera Guía del Peregrino de Santiago de Compostela (Iter pro Peregrinis ad Compostellam) ya se refería a la zona en la que hoy se encuentra la fuente del vino como “tierra de buen pan y óptimo vino”. Este Códice, escrito en el siglo XII,  se guarda en el Archivo de la Catedral de Santiago de Compostela. Fue robado en junio de 2011, pero el año siguiente la policía lo encontró intacto en una aldea próxima a Santiago. Actualmente existe una propuesta para convertir esta joya medieval, que podría adquirir en el mercado un valor de varias decenas de millones de euros, en “Memoria del mundo” de la UNESCO.

El entorno es una maravilla, pues al otro lado de la calle está situado el Monasterio Benedictino de Irache (Iratxe en euskera/vasco), cuya construcción comenzó en el siglo XI, y al que se fueron añadiendo otros edificios de estilos románico, renacentista y barroco. Este monasterio fue el primer hospital de peregrinos de Navarra (los hospitales eran un mixto de hospedaría y de cuidados médicos y religioso). Está deshabitado desde el año 1985, aunque se conserva en buen estado y tiene un horario de visitas para el público.

La leyenda de San Veremundo

Como todos los sitios mágicos el monasterio de Santa María la Real de Irache cuenta con su leyenda. San Veremundo (1056-1098) era un monje benedictino que actualmente es venerado como santo por la iglesia católica. Fue abad de Irache y acostumbraba a llevar comida escondida bajo el hábito para los peregrinos hambrientos que paraban en el hospital. Se saltaba de esta manera las normas de la congregación. Lo asombroso sucedía cuando se le obligaba a levantarse las ropas y mostrar los alimentos que ocultaba, pues entonces la comida se convertía en flores o leña. Siendo así, no es de extrañar que San Veremundo se convirtiera en santo, aunque la leyenda cuenta también que un día recibió a un grupo de peregrinos, a los que preguntó sobre sus vivencias en el Camino. Estos no pudieron o no quisieron responderle, por lo que San Veremundo se enfureció y los convirtió en molinos de viento, de tal modo que girarían constantemente, pero nunca llegarían a ninguna parte.

¿Pero cómo es el vino de las bodegas Irache?

La zona, como decía el Códice Calixtino, es apta para la elaboración de vinos de alta calidad. Esto es posible por su diversidad climática y por su orientación con influencia atlántica. Los vinos tienen identidad propia, bien preparados para aguantar el paso del tiempo, y son elaborados con uvas tintas Tempranillo, Garnacha, Cabernet Sauvignon, Merlot, Graciano, y Mazuelo, y con uvas blancas Viura, Chardonnay y Malvasía. Pertenecen a la denominación de origen Navarra, subzona Tierra Estella. La bodega cuenta con más de 150 hectáreas de viñedos propios. En la cava se guarda una colección privada de cosechas excelentes, la más antigua de 1933. También posee una espectacular nave de crianza con capacidad para 10.000 barricas de roble, formada por arcos de medio punto, que dan un ambiente severo y misterioso, como corresponde al entorno.

Los vinos tintos presentan un bonito color rojo granate con un ligero ribete rubí y tienen un intenso aroma afrutado, que se nota al tomarlo en boca. Los vinos blancos tienen un color amarillo pajizo con destellos de verde, también con sabor afrutado. Por último, no menos importante, la relación calidad/precio suele ser muy buena. En definitiva, una botella de vino de las bodegas Irache será siempre un recuerdo excelente de nuestro paso por el Camino.

 

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Colaboración de José Luis Campos

Pero volvamos a mi pueblo, Alcañices. Tras la época templaria, Alcañices se convirtió en Marquesado y se edificó un palacio junto a la iglesia parroquial. Quizás os suene el Marqués de mi pueblo porque el Palacio del Marqués de Alcañices en Madrid es la actual sede del Banco de España, en plena Plaza de Cibeles. Casi seguro que esto no lo sabíais, eh? También se edificó un convento franciscano, esta vez extramuros.

Actualmente la carretera N-122 atraviesa el pueblo, lo que hace que sea muy cómodo llegar tanto a Alcañices como coger las carreteras que conducen a los demás pueblecitos del entorno. El convento franciscano ha sido ascendido a la categoría de Santuario, lo encontraréis junto a la carretera a la entrada del pueblo, a vuestra izquierda.

Pero por mucho que yo os quiera ”vender” Alcañices por amor a mi patria chica, no sería justo dejar de lado a estos otros pueblos de esta hermosa comarca alistana.

Cerezal de Aliste es conocido por poseer uno de los mayores alcornocales de España, casi 300 hectáreas de “sofreros”- que así se conoce por aquí al alcornoque- con su pequeña área recreativa y su fuente, queda a unos seiscientos metros de la N-122, por lo que no cuesta desviarse a verlo.

Yo le tengo especial cariño a Moveros de Aliste, a tres pasos de Portugal. Su ordenación urbana es tan caótica como cabría esperar en la comarca, no defrauda. Casas de mampostería de pizarra con los típicos balcones de madera de la zona, grandes nogales y… ¡alfarería! Moveros es arcilla, es barro y calor de horno, es manos amorosas de alfareros, ellos y ellas. Actualmente también hacen objetos decorativos, pero su inicio era, lógicamente, de cacharros para utilizar en las cocinas y en el campo: botijos, fuentes, ollas, cántaros. Todo surge de los dedos del alfarero como por arte de magia. A cada giro la pieza adelgaza y crece tomando la forma requerida. Podéis preguntar por Carmen, la alfarera, ella os enseñará de buen grado su taller y confeccionará una pieza para vuestro deleite. Si tenéis suerte -sobre las once de la mañana- llega el panadero portugués de Penabranca con su furgoneta llena de grandes y fragantes barras y hogazas recién horneadas, un lujo.

Para comer os recomiendo que os acerquéis a San Vitero. Está a diez minutos pasando Alcañices. Tiene un par de restaurantes en los que la protagonista indiscutible es la ternera con denominación de origen “Alistana”. Los chuletones, mollejas, chuletas y filetes son soberbios. Si lo que os gusta es el cordero no debéis perderos sus costillas de palo o sus asados de lechal. Lo habitual es acompañar el yantar con ensalada y vinos tintos de Toro, que yo afirmo sin lugar a dudas que es el mejor vino del mundo, pese a no ser alistano.

San Vitero

Otro buen sitio para comer es Grisuela, también a un pasito de Alcañices, pero aquí hay que reservar, amigos, porque tienen mucha demanda y no demasiadas mesas. Hay también otros dos restaurantes, uno frente a otro, para no perder tiempo con tonterías. La carta es similar a la de San Vitero, pero aquí la estrella son las mollejas de cordero.

Cerca de Grisuela está Rabanales, con una buena carnicería y algún restaurante en el que entrar a comer se convertirá en algo a recordar por su calidad.

Podéis acercaros a Flechas, un pueblo que es estación término de la carretera de las Figueruelas. Este pueblo es maravillosamente espectacular por su arquitectura alistana en estado puro. Sus casas de mampostería se conservan en buen estado y algunas están rehabilitadas, conservan sus peculiares balcones de tablas de madera y escaleras de piedra; todo está lleno de flores y el bosque de pinos proporciona un hermoso dosel verde. Está situado en el fondo de un profundo valle muy verde por el que serpentea un arroyo de agua cristalina. El arroyito pasa justo al lado de las casas y va formando cascadas cantarinas entre las piedras de granito, pulidas por años de caricias del agua. Flechas no tendrá más de nueve habitantes censados. Aquí no hay bares ni restaurantes, es un buen sitio para un retiro espiritual en un entorno que invita al sosiego. Es una tierra casi despoblada, pero es la mía, y sobrecoge por su fragilidad y su aspereza.

Flechas

No os canso más, pero hay mucho que decir de mi rincón. Ojalá que pronto vengáis a vernos, aquí el forastero deja de serlo por el simple hecho de haber venido. Y para que podáis imaginar lo que se siente al viajar por estos pueblos os dejo un poema de León Felipe, mi paisano, nacido en la comarca vecina de Tábara.

 Ahora de pueblo en pueblo (Versos y oraciones del caminante, Madrid, 1920):

Ahora de pueblo en pueblo
errando por la vida,
luego de mundo en mundo errando por el cielo
lo mismo que esa estrella fugitiva.

¿Después?… Después…
ya lo dirá esa estrella misma,
esa estrella romera
que es la mía,
esa estrella que corre por el cielo sin albergue
como yo por la vida.

José Luis Campos es un gran amante a la lectura y a los viajes, a los que siempre lleva su cámara fotográfica para dejar constancia de su particular visión de la realidad. Estuvo destinado en la Unidad Militar de Emergencias, donde se convirtió en un especialista en la dirección de equipos para la extinción de grandes incendios. Cuenta con una gran experiencia en destinos y operaciones en el extranjero en lugares como Estrasburgo, Líbano y Bosnia.

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Colaboración de José Luis Campos

“Un soneto me manda hacer Violante…” y respondiendo a la invitación de mi buen amigo Manuel Pozo me propongo daros un paseo por mi tierra. Yo soy natural de Alcañices, pequeño municipio de la provincia de Zamora, considerado la “capital” de la comarca de Aliste.

A Aliste, familiarmente se la conoce como “la Raya”,  está situada en el noroeste de la provincia, en un rincón maravilloso de colinas y vallejones cubiertos de bosques de pinos, castaños, robles y jaras; riachuelos festoneados de chopos y alisos en los que antaño abundaban los cangrejos aunque ahora raro es verlos y pueblos pequeños salpicando el paisaje con sus casas de mampostería de piedra pizarra entre las que se alzan sobrias las espadañas de sus iglesias.

Dieciséis municipios conforman la comarca, en las estribaciones de la Sierra de la Culebra, y a un paso de los Arribes del Duero.

Nunca fue mi tierra una zona rica, de recursos económicos florecientes, la vida se basaba en una agricultura y ganadería que podríamos llamar de subsistencia. Pequeños huertos familiares en los alrededores de los pueblos y a veces incluso en medio de ellos, ocupando espacios libres entre la anárquica disposición de sus calles, construidas sin ningún tipo de planificación. Algo de ganado para el consumo propio, vacas, ovejas, cabras, gallinas y conejos, completaban el cuadro. Se vivía al día frugalmente y con las tareas que iba marcando la estación del año: siembra, siega, trilla, grano al molino, pan, y ordeño diario.

Torre del Reloj de Alcañices

Mi pueblo, Alcañices, que tiene la categoría de villa, tiene su historia, no creáis que solo alimentaban vacas y pelaban remolachas, no. Allá por el S.X o el S.XI comenzó como encomienda de la Orden del Temple -aunque se dice por ahí que anteriormente hubo una pequeña población romana- fue un recinto fortificado con varios cubos de sillería unidos por paños de muralla de los que se conservan cuatro, uno de ellos sobre la actual plaza Mayor, que tiene un reloj cuyo carrillón marca el ritmo a mis paisanos.

En mi villa se firmó el Tratado de Alcañices entre el Rey portugués Don Dionís y el Rey castellano-leonés Fernando IV. Este documento estableció las fronteras entre Portugal y el reino de Castilla y León. Esto ocurrió en el año del Señor de 1297. El Tratado propició situaciones tan chuscas como la ocurrida en un cercano pueblecito portugués llamado Rio de Onor, que vio cómo la mitad del pueblo quedaba de repente del lado español, bueno, castellano, al haberse trazado la frontera siguiendo su río. En la actualidad Rio Onor, como se la conoce corrientemente, sigue dividido, pero no separado, ya que sus gentes se llevaron bien con los castellanos implantados, labradores todos ellos; es uno de los lugares que os recomiendo visitar para disfrutar de su valle verde,  de sus calles empinadas, sus casas de mampostería y su entorno amable. Dos escritores fundamentales de la literatura portuguesa del pasado siglo, Miguel Torga y José Saramago, posaron su mirada sobre este peculiar enclave. Miguel Torga veía en la aldea una Iberia en miniatura: “es en Río de Onor donde se entierran las raíces de mi comunitarismo impenitente», escribió en su famoso ‘Diario (1932-1987)”, mientras que el Premio Nobel de Literatura José Saramago comenzaba en esta localidad su hermoso libro “Viaje a Portugal” («Río de Onor es para el viajero como un lugar de peregrinación. […] A fin de cuentas, ¿dónde está la frontera? ¿Cómo se llama este país aquí? ¿Es aún Portugal? ¿Ya es España? ¿O sólo Río de Onor y sólo eso?», reflexionaba.

Y debe tener razón Saramago, porque aquí conviven la treintena de habitantes de Rihonor de Castilla y los más de ciento treinta vecinos de la localidad portuguesa de Río de Onor. El regato delimita los dos municipios, pero sus habitantes se resisten a fronteras administrativas y alternan su tiempo a ambos lados de la Raya, acercándose a comprar en la tienda de ultramarinos de Juan Manuel Fernández “Milín” en la parte zamorana, o a tomar el café en el centro cívico del área lusa. Un sitio raro, ya digo, donde la frontera no separa, sino que une. Un ejemplo para todos aquellos que se empeñan en levantar muros y fronteras.

Rihonor de Castilla

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