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Archive for the ‘Trotamundos’ Category

Por Josu Bilbao Munitiz

Lloraba el cielo del norte de Tenerife al anochecer en aquél lunes extraño de pandemia y requisitos viajeros distópicos, y oscurecía tan templadamente que parecía primavera. Lloraba la noche y las nubes se dejaban llevar por arte del viento hacía el volcán más grande, como para apagarlo, sediento de lluvia él, la montaña más alta que detiene los alisios para regodeo de los gigantes.

Allí, en la falda norte del mágico Teide, es donde la escritora Andrea Abreu localiza su novela en la que nos cuenta su infancia, justo antes de despertar a la pubertad canaria, en las medianías montañosas de la isla grande, allí donde la panza de burro nubosa de lluvia siempre detiene la luz, y donde apenas cruzan turistas y las abuelas cuecen el gofio en la cocina, como siempre.

Así se llama su primera novela, “Panza de burro”, en la que la autora nos traslada a su universo pequeño, inseguro, de preadolescente donde va descubriéndonos sus antojos y sus debilidades, y donde Isora, su amiga del alma, le enseña que la vida es más que la rutina nebulosa en gris y verde de la montaña, y que allá abajo en el Puerto de la Cruz, el mundo cambia y tiene más color, a apenas una hora en coche. Vivir en la nube, en lo oscuro, en una tierra a la que desde antiguo se le llama “Las Afortunadas” es un juego cruel del destino del hombre.

En la costa quebrada por la erosión de ese norte borrascoso, en Bajamar, he visto la noche agazapada, interrumpida por el zumbido implacable de las olas de un mar embravecido y enemigo que amenaza la tierra, y con furia la golpea, en un estrépito blanco que iluminan las farolas de las piscinas naturales. Es como si el mundo se volcase en forma de olas contra la tierra a la que no le toca estar allí, que nació a la superficie por la fuerza y el capricho del Dios Teide.

Ya de día, en el interior de los bosques de Anaga, la laurisilva invade el terreno embarrado, surcado por cientos de torrentes que buscan su desahogo hacia la Vega de las Mercedes y después en La Laguna. Desde la Cruz del Carmen se adivina casi el perfil del noreste de la isla con esa luz distante, silueteada tan solo, como privilegio de la costa suave, palideciendo en una tarde de invierno.

Al salir de Tenerife, justo en esos días perimetrada la isla por las inconveniencias de la infección vírica, uno siente como que la traiciona al escapar raudo en dirección a La Palma, como si tuviera la llave de la isla bonita en el bolsillo, a la seguridad de la isla más verde. Y en el ferry grande que rompe en dos el océano, llego a su capital, Santa Cruz, que rebosa de colonialidad en sus calles, en sus edificios oficiales construidos hace cinco siglos con la piedra del volcán, oscura y porosa. En La Palma, por la carretera de La Cumbre se atraviesa el que llaman el Túnel del Tiempo que parece que transporta de una época a otra, de una vida menos iluminada a otra vida más suave, más amable y más afortunada, y se topa uno con Los Llanos que, siendo la segunda localidad de la isla, es casi más capital que la otra. Y más abajo Tazacorte, rodeada de inmensas  plataneras, mangas y aguacateras que los benahoaritas han ido trabajando en los bancales que descienden hasta la línea del mar, donde la vista unifica tierra y agua. Aquí en Tazacorte me alojo y respiro su aire verde incendiado por el sol del oeste que en el litoral, en Playa de Puerto Naos, se refleja en las aguas más templadas aún, el aire fuerte invitando al baño de Diciembre, al chapuzón de un verano tardío. Las lapas, los burgados y la sama, todos esperan al recolector de la costa y al pescador isleño que cuenta historias como le contaron en La Graciosa a Ignacio Aldecoa, a principios de los sesenta, y que el escritor plasmó en un bonito escrito titulado “Cuaderno de Godo” del que oí hablar de boca de Juan Cruz, un alivio de buena literatura que traslada al viajero a la encrucijada de las siete islas y los seis islotes.

Aún en La Palma, en la Caldera de Taburiente, los ecos de las pisadas del sendero suenan al volcán ardiente, a roca y a viento, todo su nombre evoca erupciones violentas, las peñas inmensas de toneladas en medio del camino, y el lecho seco del río en mitad del valle marrón, salpicado del verde del inquebrantable pino canario que resurge de sus cenizas agarrado a las laderas sísmicas. Vemos a un saltador palmero, intemporal, con su sombrero gris de alas, caminando en silencio por el cauce agostado, asiendo su larga lanza con punta afilada de metal, como un mencey antepasado que se reencuentra con la tierra para recuperar los descensos fieros y tempestuosos que la lanza ayuda a esquivar, evitando el peligro de la caída, el riesgo de la muerte.

De regreso en Tenerife, tras superar los requisitos de la incertidumbre por el virus y de prometer nuestro destino en un documento, subimos a Las Cañadas donde el sol implacable de la mañana navideña abrasa el anfiteatro volcánico, rebosante de lavas resecas bajo el padre Teide, entre paquetes de cenizas y coladas, allí donde asoma erguido el Roque Cinchado, emblema del paisaje canario, como un vigía que avisa de que la erupción más grande está por llegar. El pico del gigante se ve en la mañana despejado pero autoritario, pidiendo obediencia, altivo y generoso. Y sin poder evitarlo mi mente viaja a aquella medianía alejada, la de Andrea Abreu, que sé que mira al mar por el Septentrión de este Teide protector, justo desde el envés de estos abrasados suelos donde ahora me encuentro. Sin quererlo, digo adiós a su tristeza gris oscura, a su verdad, que no es más que otra verdad del alma de estas islas.

El Teide, nos dicen al día siguiente, se llena de nieve y hielo, cuando ya la isla es un recuerdo imborrable que se pega al corazón y cuyos ecos mantienen en nuestras almas el pálpito canario, el sabor entrañable de unas islas únicas, de una montaña imperturbable.

 

Josu Bilbao Munitiz es Licenciado en Periodismo y miembro de la Asociación de escritores Primaduroverales desde 2015. Es coautor en los libros de relatos “Madrid Sky” y “2056 Anno Domini”. Es un gran aficionado al cine y los viajes.

 

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Hay un lugar en la sierra de Guadarrama en el que de las rocas brotan versos y se esparcen por sus laderas, dejando en las faldas de la montaña poemas para el goce y disfrute del caminante. Se trata de Los miradores de los poetas, al que se puede llegar en poco más de una hora de caminata desde las dehesas de Cercedilla por una pista apta también para bicicletas de montaña.
Los miradores son dos excelentes balcones en la sierra con unas vistas privilegiadas. En un principio, con su construcción, se quiso llamar la atención sobre la importancia de cuidar y proteger la Sierra de Guadarrama. Con este objetivo, el 25 de julio de 1984 se realizó la ruta conocida con el nombre de Marcha del «Aurrulaque» (nombre originario de la parte más preciada de los montes de Cercedilla) a la pradera de Navarrulaque, donde se leyó el Manifiesto en defensa de la Sierra de Guadarrama. En diciembre de ese mismo año falleció Vicente Aleixandre, que había recibido el Nobel en 1977, y que era vecino ilustre de la cercana población de Miraflores de la Sierra. De ahí surgió la idea de construir el mirador de Vicente Aleixandre, promovida por Antonio Sáenz de Miera (en aquella época presidente de la Asociación Cultural Cercedilla) y Juan Vielva (director del Parque Natural de Peñalara).
Se eligió un lugar con unas vistas majestuosas y se esculpió en una roca cercana uno de sus poemas.

Sobre está cima solitaria os miro
campos que nunca volveréis por mis ojos
piedra de sol inmensa, eterno mundo
y el ruiseñor tan débil que en su borde lo hechiza.

En el acto estuvo presente el poeta Luis Rosales, que desde 1961 pasaba grandes temporadas en Cercedilla, y era en aquel tiempo presidente honorario de la Fundación Cultural de Cercedilla. En el acto dijo “[…] Un poeta es, ante todo, un mirador del mundo; un poeta es una atalaya para ver la vida de una manera más bella, más patética, más concentrada y más serena. Ahora y para siempre desde este mirador, levantado como un homenaje a su memoria, podremos ver el mundo con los ojos de Vicente Aleixandre […].
Un año después se erigió un segundo mirador en honor de Luís Rosales, muy cerca del anterior. Se grabaron sobre una roca unos versos suyos, escogidos por él mismo, del soneto El Pozo Ciego, y se construyó un buzón que contenía varios libros del autor firmados por el poeta.

Bien sé que la tristeza no es cristiana
que ayer siempre es domingo y que te has ido,
ahora debo reunir cuanto he perdido,
nieve niña eras tú nieve temprana.
Jugando con el sol de la mañana
nieve, Señor, y por la nieve herido
vuelve a sentir mi sangre su latido
su pozo ciego de esperanza humana.
¿No era la voz del trigo mi locura?
Ya estoy solo, Señor, y ahora quisiera
ser de nieve también y amanecerte.
Hombre de llanto y de tiniebla oscura
que espera su deshielo en primavera
y esta locura exacta de la muerte.

 

Desde que se construyó el mirador de Vicente Aleixandre en 1984 se realiza la marcha del Arrulaque todos los años en el mes de julio para incidir en la idea de cuidar y proteger la sierra y la cultura. Ha pasado mucho tiempo, desde 1984 los amantes de la literatura y del montañismo, los andarines solitarios y los excursionistas en grupo; los tranquilos paseantes y los esforzados ciclistas, los amantes de la poesía y de la paz visitan este lugar para encontrar el momento de tranquilidad que ofrece la contemplación de la naturaleza.
Pero los versos de Vicente Aleixandre y Luis Rosales ya no están solos. Posteriormente se esculpieron en las rocas cercanas versos de Antonio Machado, Francisco Giner de los Ríos, Leopoldo Panero, García Nieto y Gabriel García Tassara que sirven para unir el breve tramo entre los dos miradores.
Un hombre es el responsable de tanta lírica junta. Es Antonio Sanz de Miera, presidente de la Fundación Cultural Cercedilla. Montañeros y amantes de la literatura tenemos mucho que agradecerle. En los malos (y buenos momentos) siempre nos quedará la posibilidad de acercarnos al Mirador de los poetas y disfrutar de un buen poema.

 

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios y sus relatos están publicados en distintas antologías.

 

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Por Juanjo Valle-Inclán

Pasear por algunas zonas de Madrid supone revivir la ciudad, pero hacerlo por su eje principal, el que une el norte con el sur implica un reencarnarse en sus ciudadanos. Recorrer el eje Prado-Recoletos-Castellana conlleva mantener eterna la vida de la Villa, porque puedes apreciar su historia, su evolución. Celebraciones, risas, amores, también, batallas, destrucción.

Si nos centramos en el espacio que ocupa el Paseo de Recoletos, descubrimos gran parte de lo que conforma la personalidad de la capital. Un camino para disfrutar de toda la profundidad de una línea recta que sirve de claro ejemplo de lo que es la perspectiva.

Comenzamos desde abajo, desde Cibeles, desde los edificios más ancianos, hasta llegar, unas cuantas horas después, a la zona fronteriza entre los palacios y los jóvenes edificios de oficinas de la plaza de Colón. Desde el majestuoso edificio del Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid, junto a la Casa de América, hasta el Centro Cultural de la Villa, a los pies de la estatua del descubridor del nuevo continente (curioso empezar y acabar en América).

Recorremos el trayecto de manera lenta, pausada, con mirada de “360 grados”; delante, detrás; arriba, abajo; a la derecha, a la izquierda. Miramos a nuestro alrededor para vivir el arte, la literatura, la historia de las civilizaciones. Un tramo escoltado por una decena de palacios, por museos importantes, el Arqueológico y el de la Biblioteca Nacional, también el de Cera; una Iglesia, la de San Pascual; el Gran Casino, Cafés históricos, jardines, flores, la Rana de la Fortuna…

Un montón de estatuas, de esculturas, nos irán acompañando hasta que, cuando llevemos aproximadamente tres cuartas partes de nuestro recorrido, nada más cruzar la calle Bárbara de Braganza, nos encontraremos con una de estas estatuas. ¿Sabes de quién se trata?

Una escultura en bronce que muestra al personaje en cuestión, acompañándote mientras caminas entre los árboles. Como queriendo mantener una conversación contigo sobre la historia de aquel entorno mientras cruzáis el paseo hacia el Monumento al Libro.

Hay mucha gente que no sabe dónde está esta estatua, a pesar de que, una vez al año, su cuello es adornado con una bufanda blanca. Cada 27 de marzo.

El personaje al que se representa fue amante de Madrid, se paseó por sus calles, observando y nutriéndose de imágenes que nos han permitido conocer una ciudad llena de vidas.

Dicen de este personaje que la gripe del 18 le afectó y que, estando aislado, frente al mar, hizo realidad dos de sus obras más conocidas. En una de ellas se encuentra uno de los personajes más famosos del teatro español. ¿Te suena Max Estrella? ¿Te suena Luces de Bohemia?

Cuando acabemos nuestro recorrido, podemos ir a tomar algo a cualquiera de los cafés que hemos ido dejando a un lado durante nuestro paseo. ¿Qué te parece en el Gran Café Gijón?

Por cierto, la otra obra escrita por este personaje durante su confinamiento fue Divinas Palabras.

El siguiente relato es un homenaje a este personaje y al paseo de Recoletos.

 

Recoletos

Pasear o deambular. Sobre estos conceptos medita el hombre con un traje envuelto en remiendos, de color indefinido. ¿Qué diferencia hay entre pasear y deambular? Ambas acciones suponen hacer camino. Pero, el hombre solo desgasta la suela. Deambula. No tiene un destino claro, aunque esto a él le da igual. Le importa un pijo. Al menos eso quiere mostrar.

Deambula. La cabeza fija en el suelo. Zigzaguea. Recorre calles paralelas, perpendiculares. Le da igual, no presta atención. No tiene donde anotar lo poco que ve. Sus escenas no se escriben, se viven en ese momento y desaparecen, caen en el olvido.

Uno de esos días de zigzagueo, sin quererlo, tropieza con algo. O con alguien. Durante un instante duda. La opción de desviar su trayectoria… Se queda quieto. Levanta la mirada. La ve. Una figura. Han transcurrido tantos años. A mí me están arrollado, pero a ti… No has cambiado. Permaneces. La figura no responde, sus ojos ni aprueban, ni reprochan.

Ambos se encuentran sin buscarse. La figura, con chaqueta de color bronce, nuestro hombre, de color indefinido, quizá ceniza. Ambos frente a frente. Uno, nuestro hombre, estático, timorato; la figura, por el contrario, en posición de avanzar, se muestra segura, con los brazos a la espalda, haciendo frente a las dificultades. Aquí estoy yo, parece decirle a nuestro hombre. Qué más da la época.

Disfrutar del entorno. Bancos, gorriones, setos. Observar y si algo llama la atención escribirlo en el cuadernito de notas o en una servilleta al llegar al café. El inicio de una escena o el final de otra. Todo es inspiración. La temperatura del aire, la tipología de los personajes que cruzan de una acera a otra, los colores de las flores o los sonidos de las hojas al caer. A veces es mejor empezar una escena en un día de lluvia fina, otras, es conveniente terminar la escena con una tormenta. Desviarse para recorrer calles adyacentes puede que permita ganar perspectiva o que ayude a desarrollar escenas secundarias.

Tener el talento. Aprovecharlo. Unir palabras que al leerlas suenen como la brisa que acaricia las hojas de los árboles y los arbustos. Visitar lugares, descubrir culturas. Países de Europa y de América. Afilar la lengua sin nada que la entorpezca, ni siquiera una herida mal curada que acaba con parte de un brazo. El izquierdo.

Nuestro hombre agarra la bufanda blanca que alguien le ha prestado a la figura. Se la acerca a la nariz. Huele a estatua. Huele a bronce. Mira hacia los ojos que se esconden tras unas gafas que no le prestan atención. Llora. Lo hace porque sabe que ahora podrá emular los paseos por Recoletos. De Cibeles a Colón, de Colón a Cibeles. Pasear, que no deambular. Y por qué no, detenerse a tertuliar con otros que también hayan encontrado la inspiración. Todo ello con un café en el Gijón.

Juanjo Valle-Inclán

Octubre 2020

 

Juanjo Valle-Inclán  (Madrid, 1968) es licenciado en Sociología y máster en Dirección de Recursos Humanos. Por su profesión se ha dedicado con vocación al desarrollo de personas, lo que combina extraordinariamente con su pasión por la lectura y la escritura. Es autor de numerosos artículos de carácter profesional y coautor de cinco libros de relatos. RRelatos HumanosIncómodos Antología de Relatos Arritmias. Antología de relatos de amor y músicaMagerit y RRetratos HHumanos. Es un miembro muy activo de asociaciones como EJE&CON, DCH y AEDRH.

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Por Juan Santos

Por haber nacido en la llanura manchega, desde muy niño sentí curiosidad por las montañas azules que rompían la línea del horizonte en dirección sur. Soñaba con verlas de cerca algún día. Parece mentira que hayan tenido que pasar más de cincuenta años para cumplir mi deseo. Me pesa en el alma haber cruzado Navacerrada decena de veces, repetido los Picos de Europa y sobrevolado los Pirineos, antes que visitar mi vecina y olvidada Sierra de Segura. Pero así ha sido lamentablemente. Hoy sé que el pico que despuntaba en los inviernos como un fantasma blanco es el grandioso Yelmo.

Este verano estuve en el pueblo y salí a dar un paseo por el camino del Barranquillo. Al volver, levante la cabeza y volví a mirar hacia el sur. No se veía nada. La bruma matinal difuminaba la lejanía. Lo intenté por la tarde, pero tampoco tuve suerte. La única forma de quitarme el gusanillo de la sierra pasaba por suprimir la distancia que nos separaba. El próximo lunes vamos para allá, le dije a mi mujer.

Sin demasiados preparativos, cogimos el coche y tomamos la carretera de Albaladejo. Conforme nos acercábamos a la provincia de Jaén, las ondulaciones del terreno eran más pronunciadas y las altas montañas fueron resurgiendo de la nada.

En menos de una hora nos pusimos en Puente de Génave. Íbamos bien de tiempo y decimos hacer un alto en el camino parar conocer el pueblo y refrescarnos. Todos los pueblos que tienen un río suelen ser bonitos y este no iba a ser menos. Nos llamó la atención el Puente Romano de un solo ojo, construido en piedra sobre el Guadalimar, así como otras construcciones de finales del siglo XIX, como la Iglesia Parroquial de San Isidro, el edificio del Ayuntamiento y el Puente Nuevo. Y por supuesto, nos encantó la Almazara de la Vicaría, un curioso molino de aceite de la misma época.

Los cuatro o cinco kilómetros que nos faltaban para llegar al destino, los hicimos sin apenas pisar el acelerador. No porque no quisiéramos llegar, sino por deleitarnos, curva tras curva, en la belleza de la campiña olivarera.

El pueblo es tan pequeño que fue imposible perdernos. Enseguida llegamos a El Jaraíz de Peñolite. Eran ciertas las referencias que nos habían dado: se trataba de una casa labriega de hace doscientos años, en medio de un valle de olivos con bonitas vistas a la sierra.  Después de un magnífico recibimiento, una exquisita comida y una reconfortable siesta, nos quedaron suficientes horas de sol para sumergirnos sierra adentro y ver de cerca el ansiado Yelmo.

Para ello, nos recomendaron visitar Segura de la Sierra. Uno de los pueblos más bonitos de España. Desde lejos ya nos impresionó. La postal es la de un pueblecito de casas blancas situado en alto de una montaña y a los pies de un roquedal, de donde emerge un imponente castillo.  Luego, recorriendo sus calles, descubrimos numerosos motivos de admiración. Los baños árabes y la Puerta Catena, evocan otros tiempos de turbantes y chilabas. Nos quedamos sin aliento subiendo la cuesta del castillo, pero mereció la pena. Supimos que era una fortaleza construida por los almohades sobre restos de una vetusta atalaya romana y que a mediados del siglo XIII fue conquistada por los cristianos. Desde entonces fue un territorio por el que batallar cristianos y moros y dar la vida si era preciso. En la azotea de la torre del homenaje, me emocioné. Con una vista excepcional, cumplí con creces me deseo infantil: divisé sin nieblas ni brumas, el majestuoso Yelmo. Allí estaba presidiendo toda la serranía jienense y, en dirección norte, las tierras llanas y rojizas de mi querido Campo de Montiel.

Dejamos el castillo, escuchando una curiosa anécdota: al parecer allá por el siglo XVI, una reina que huía fue acogida en su seno. Sintiéndose a salvo de sus perseguidores, dijo: “Aquí estoy segura”. A partir de aquel momento el pueblo que hasta entonces se llamaba Altamira pasó a tomar la denominación de Segura.

Aún nos quedaba por recorrer en el pueblo parte de su Conjunto Histórico-Artístico, como era la iglesia parroquial, la Fuente Imperial y varios torreones de su recinto amurallado. En uno de sus miradores, nos sorprendió un monumento erigido a Jorge Manrique, asomado al valle como un turista más. Yo creía que el famoso poeta medieval era palentino, comenté en voz alta. No señor, esgrimió un hombre con cierta vehemencia. Soy segureño y puedo asegurarle que nació aquí. Y se puso a soltarme sus razones:

“Si Jorge Manrique nació sobre el año 1440 como defienden varios historiadores, lo hizo cuando su padre don Rodrigo Manrique era comendador de la Orden de Santiago, aquí en Segura de la Sierra. Por tanto, lo natural es que su mujer diera a luz en este pueblo y no se desplazara a Palencia, teniendo en cuenta además que ya tenía dos hijos pequeños que cuidar. La creencia de que nació en Paredes se debe a que don Rodrigo también tenía el título de primer conde de Paredes de la Nava. Pero teniendo en cuenta que dicho nombramiento fue en el año 1452, el  vínculo con este pueblo se produjo cuando Jorge tenía diez o doce años. Y ésta es una de las razones por la que apostamos que Jorge Manrique nació en Segura de la Sierra. ¿Le ha quedado claro, señor?” Si usted lo dice, así será. No seré yo quien diga lo contrario.

Había caído la tarde y no daba tiempo para más. Pero no quise volver a Peñolite sin dar un paseo rápido por la calle Francisco de Quevedo. Sabía que por su condición de caballero de Santiago, estuvo muy ligado a esta villa. Gustaba visitarlo en el mes de agosto y tuvo la inspiración para algunos de sus poemas. Las malas lenguas aseguran que estuvo amancebado con una joven segureña de ojos negros y mirada penetrante. Tal vez en esa calle, vivió Belisa y en una casa de aquellas era donde Quevedo, de forma furtiva, daba homenaje a su pasión amorosa.

A la vuelta, volvimos a parar en Puente de Génave. Era la hora apropiada para sentarnos en una terraza y tomar unas raciones con una jarra de cerveza. Una vez tapados los agujeros del estómago, nuestros cuerpos pedían cama y nos fuimos a Peñolite.

Cuando llegamos, el pueblecito era un remanso de paz iluminado en la mitad de sierra. Cogimos a deseo la habitación. El esmerado toque rural de su decoración y el buen gusto de su dueño nos hizo sentirnos como en nuestra propia casa.

A la mañana siguiente, amanecimos con ganas de hacer senderismo por aquellos lares. Elegimos la ruta más suave, pues a nuestra edad y estando de vacaciones no era plan de subir y bajar muchos cerros. Así que cogimos un camino horizontal por la mitad de la ladera, utilizado habitualmente por los aceituneros. Olivos por los cuatro costados fue nuestro único escenario. Respiramos el aire puro de la sierra (a veces perfumado con aroma de alpechín). Hicimos hambre y nos vino muy bien porque nos esperaba un suculento desayuno.

En la terracita que tiene la entrada de la casa, ya estaban preparadas las mesas con sus manteles, sus tazas y sus cubiertos. Todo estaba muy rico, pero mención especial merecen las tostadas con tomate y los huevos fritos que nos comimos. Aquel aceite de oliva realza los sabores. Es para quitarse el sombrero. Con aquellas vistas y aquel buen sabor de boca, dimos por finalizada la excursión. Fue corta pero intensa. Volvimos a nuestro pueblo con el ojo alegre y el estómago agradecido. Y lo mejor de todo: por poco dinero.

A partir de ahora, cuando desde el camino del Barranquillo vuelva a mirar hacia el sur, además de ver el Yelmo, recordaré Segura de la Sierra y Peñolite. Lamento no haberlos conocido antes.

Juan Santos

Juan Santos vive en Madrid, pero nunca ha perdido el contacto con su pueblo, Villanueva de los Infantes. Pertenece a la Orden Literaria Francisco de Quevedo y participa en la organización del Certamen poético que cada año organiza la orden literaria. Tiene una sección de Coplillas en el periódico local “Balcón de Infantes”. En 2019 recibió el primer premio del XVII Certamen Literario “Lorenzo Serrano”, y en 2017 ganó el certamen literario convocado por la peña cultural flamenca “La Pajarona”, de Bujalance. Es coautor del libro de relatos 2056 Anno Domini.

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Por Manuel Pozo Gómez

Toledo es una ciudad increíble que merece ser recorrida sin prisas, deambulando por sus calles laberínticas que nos conducirán a multitud de rincones escondidos, de plazuelas semiocultas que sorprenden al visitante seduciéndole para que prolongue su estancia en ellas. Una de estas plazas es la plaza de San Román, situada en una de las partes más altas de la ciudad. En esta plaza se puede contemplar una estatua de Garcilaso de la Vega, poeta toledano del Siglo de Oro, que mira a la iglesia donde está enterrado, la iglesia de San Pedro Mártir.

Museo de la Cultura Visigoda. Toledo

Justo al lado de la plaza está la Iglesia de San Román, sede del Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda. Sus orígenes se podrían remontar al periodo visigodo, y después tal vez fuese reutilizada como mezquita. Posteriormente se convirtió en iglesia, lo que se documenta a principios del siglo XII. El edifico es una maravilla que se diluye entre los numerosos monumentos que ofrece Toledo, pero este museo dedicado a la cultura visigoda merece una visita por sí mismo por dos motivos: por el valor arquitectónico del edificio y por las colecciones expuestas.

Volviendo a la plaza de San Román, tranquila, peatonal, en la que nos espera Garcilaso, podremos encontrar un merecido descanso mientras pensamos en este poeta. Su vida debió de ser trepidante. Aristócrata, culto, entró al servicio de Carlos V cuando este llegó a España. Se convirtió en un modelo de cortesano, tuvo una vida amorosa compleja y agitada, participó en varias campañas militares, cayó en desgracia del Emperador por participar en la boda de un sobrino que se había destacado en la Guerra de los Comuneros, fue apresado por ello, volvió a ganar el favor imperial y terminó con una larga estancia en Nápoles, donde se integró rápidamente en la vida cultural de la ciudad. Fue allí donde entró en contacto con los poetas renacentistas italianos que tanto influyeron en su obra.

Su obra no es extensa y se publicó a modo de apéndice de las Obras de Juan Boscán en 1543, cuando Garcilaso ya había fallecido. Pero su producción lírica se convirtió muy pronto en la máxima expresión del Renacimiento castellano y en una referencia para los poetas españoles. Garcilaso trajo una revolución poética, introdujo una nueva métrica y un nuevo sentido estético, con nuevas estrofas como el terceto y el soneto y, sobre todo, con el verso endecasílabo. Todo ello acompañado de un lenguaje claro y nítido, preciso y natural, que prefiere las palabras usuales y elude los cultismos y el lenguaje rimbombante.

Por todo ello te aconsejo pasear por Toledo, visitar el museo de la Cultura Visigoda y llegar a la plaza de San Román, sentarte a tomar una cerveza o un refresco, disfrutar de su sombra, de su tranquilidad y, si eres amante de la poesía, leer un soneto de Garcilaso mientras echas una mirada de reojo a su estatua. Aquí te dejo uno de sus sonetos más conocidos:

Museo de la Cultura Visigoda

SONETO V

 Escrito está en mi alma vuestro gesto,

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribisteis, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

 En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

 Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma mismo os quiero.

 Cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero.

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios y sus relatos están publicados en distintas antologías.

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Combinar el vino con los libros suele ser una buena idea, solo hace falta encontrar la fórmula correcta para que la mezcla sea una auténtica fuente de placer. A nadie se le escapa que un rato de lectura saboreando una copa de vino proporciona una gran satisfacción, pero siendo originales se puede profundizar en esta relación entre vino y literatura y conseguir resultados extraordinarios. Esto es lo que ha hecho Antonio Cajide al frente de bodegas Sameirás, uno de los patrocinadores del certamen Madrid Sky.

Antonio Cajide ha defendido siempre la idea del Ribeiro como el producto de una región vinícola por encima de variedades y de vinos elaborados con una única variedad de uva. Ahora bien… ¿Cómo demostrarlo? No se le ocurrió otra cosa que investigar en el libro de los vinos del Monasterio de San Clodio, origen del vino de Ribeiro, y en el inventario que se hacía de los mollos de vino que entraban, los que había en la bodega, los que salían. En este libro, escrito con mucho detalle por los monjes de san Clodio, nunca se habla de variedades, solo de vino, y se demuestra, por la proporción de uno sobre el otro, que el Ribeiro era mayoritariamente tinto, en contra de la opinión generalizada.

Como consecuencia de sus estudios en los manuscritos del monasterio de san Clodio Antonio Cajide ha producido en 2018 un vino en el que mezcla tres variedades de uva: Albariño, Lado y Loureira. Todo un desafío a la producción habitual monovarietal elaborado con uva Treixadura. ¿Y qué nombre la ha dado bodegas Sameirás a este maravilloso vino del que tan solo ha producido 2666 botellas en 2018 y un número similar en 2019? ¿Qué nombre podría darle para homenajear a los monjes de san Clodio?

Libro. Vino de Ribeiro. Blanco y tinto.

Libro. Este es el nombre del vino. Tan corto, tan sencillo, tan ilustrativo. Un vino que es una rareza en el Ribeiro y que aporta un valor adicional a una región vinícola gracias a la experimentación con la que bodegas Sameirás busca en cada añada elevar el nivel de excelencia. Un nombre que homenajea a la literatura y a los manuscritos en los que se dejó constancia de los procesos de elaboración del vino. Un nombre que unifica la cultura del vino y la cultura de la escritura. La etiqueta de la botella es una de las páginas del manuscrito del libro de los monjes de San Clodio. Una auténtica preciosidad. Una auténtica originalidad.

El monasterio de San Clodio se encuentra en el corazón de la comarca de Ribeiro, a mitad de camino entre Ribadavia y Carballiño, en la provincia de Orense. Ha estado habitado por monjes benedictinos hasta finales del siglo XX, en el que el mal estado del monasterio obligó a su abandono. No hace muchos años que ha sido rehabilitado por la Xunta de Galicia y se ha convertido en un hotel balneario de cuatro estrellas en el que se fusiona la historia con la modernidad. Bodegas Sameirás ha sabido recoger la tradición en la producción de Ribeiro del monasterio San Clodio y ha conseguido un perfecto equilibrio entre vino y literatura.

 

 

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios y sus relatos están publicados en distintas antologías.

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En el punto más oriental de la península ibérica, el Cap de Creus es un inmenso museo que te enseña la dimensión del agua, todo el mar Mediterráneo se encuentra allí, el que esculpe con fuerza natural las figuras imposibles de los cuadros de Dalí. Pero yo encontré un mar calmo, artificial, plano, sin el aliento tramontano que me permitiera observar, como un convidado de piedra, la manera bronca en que, en invierno, talla los esqueletos rocosos de las pesadillas que, todavía, provocan amaneceres tormentosos. Paseo por el Parque Natural que en este rincón toma el nombre de “Paraje de Tudela”, una Tudela que se engalana con agua salada, traicionando la corriente del Ebro. El paseo transcurre entre figuras dalinianas, el águila o el camello, pero sobre todo la roca Cavallera, conocida como la del Gran Masturbador, todas asombrando al viajero que descubre formas quebradas y nobles.

No había allí, no podía haber, ni un soplo de aire que justificase aquél taller donde no hay manos sino lanzas, que vienen del mar y que modelan la roca a su antojo. No estaba el viento. Y sin embargo se intuía su furia.

Josep Pla escribió aquí su libro “Cadaqués” y nos dejó con poesía y prosa una evocación de este paisaje roto, pero que en la calma de sus calas se hace suave y provoca al baño tierno del verano, sin las amenazas de fantasmas que allí se erigen, tranquilos, a la espera de una nueva acometida.

Recorro algunos kilómetros hacia el interior, hasta el Lago de Banyoles donde me doy de bruces con otras aguas, las de la masa lacustre azul turquesa, tan remansada como el mar en el Cap de Creus.

Banyoles es el lago más grande de toda Cataluña que se formó por los movimientos tectónicos que crearon los Pirineos durante su formación. Frente al lago leo a Julio Llamazares que me habla en “Distintas formas de mirar el agua” de un embalse que cubrió con sus aguas el pueblo y las vidas de los protagonistas. En el fondo del de Banyoles no existió una vez un pueblo, pero se dice que si atraviesas el lago en calma en una noche de verano, como la de hoy, es fácil que oigas el melancólico sonido de las campanas de la Iglesia de Porqueres, que quedó engullida por las aguas.

Hay gente paseando por sus orillas que se saluda como se saludaban las clases aburguesadas de principios de siglo, las que construyeron las pesqueras, esas casitas cuadradas terminadas en almenas que jalonan la orilla del lago, con escaleras para descender de forma privada a las aguas templadas.

Me es grato contemplar este lago, tan solo su visión alivia del calor fuerte del mediodía en el interior de Gerona en el mes más caluroso, para este viajero que recién viene de probar los baños en la Costa Brava. Aquí, como allí, el sol implacable no da tregua y el uso de la pegajosa mascarilla, en este verano incómodo de pandemia y extrañeza, se torna en obligación acaso indeseada debido al calor, que las cifras de contagios con que nos bombardean insistentes los medios, hacen que tomemos como la única precaución posible. Antes que Cataluña visitó el viajero el sur de Francia, y observó, curioso, como dos países en teoría tan diferentes, terminan pareciéndose tanto al encarar una adversidad o una tragedia.

Sigo mi periplo de agua en agua que me alivie del calor tórrido, y la siguiente parada me regala una tormenta de agua perfecta en Besalú. Lo primero que me pregunto al llegar a Besalú es porqué he llegado hasta aquí, y si este bonito pueblo medieval estaba en este itinerario raro de verano excepcional. Pero pronto me doy cuenta de que al viajero le llevan los pasos -ahora las ruedas de una furgoneta- por inercia a veces, o acaso, sin ser consciente, buscaba ya las huellas de “El puente de los judíos”, la novela de Martí Gironell que describe una localidad antigua de intrigas y traiciones. Sobre el río Fluviá se alza mágico este  Besalú judío cuyas calles, ahora anegadas por la lluvia de un fuerte aguacero, me atolondran y, refugiado bajo el techar exiguo de un garaje atemporal, no dejo de admirar las curvas, las corrientes y los aluviones que la lluvia sin tregua dibuja en el suelo, impecablemente empedrado, ahogando los suspiros de los judíos, anegando los sueños de los comerciantes del Medievo. El agua cae a borbotones bien dirigida entre  chorreras, provocando burbujas, hacia el Fluviá, donde un verdor de selva crece en sus orillas, y donde el viajero cree haber encontrado una paz ruidosa, monótona y refrescante ¿Hay otra paz distinta a la de la lluvia en el verano?

Y aún es otra agua la que provoca mi deseo en el retorno, y que me lleva hasta Alhama de Aragón, a su embalse de La Tranquera, también manso, también sin viento, pero implacable en sus orillas caprichosas, donde se miran las rocas de un color rojo fuego, y donde se tolera el baño manteniendo esa distancia nueva e imprescindible.

El viajero -cualquier viajero- encontrará placentero rememorar aquellas aguas y todas, antes de regresar al asfalto sereno de la gran ciudad sin agua que, abrasadora, redime al retornado en el conjuro de la rutina necesaria, donde hace tiempo que encontró su lugar, para soñar tal vez con huir, tal vez con volver, siempre.

Josu Bilbao. Periodista.

Josu Bilbao Munitiz es Licenciado en Periodismo y miembro de la asociación de escritores Primaduroverales desde 2015. Es coautor en los libros de relatos “Madrid Sky” y “2056 Anno Domini”. El cine y los viajes son dos de sus grandes pasiones.

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Asturias: Verano Covid19

Por: Luis Marín

Este año 2020 va a quedar marcado por la pandemia más dura en muchas décadas. Menos mal que no coincide con ninguna profecía del fin del mundo. Aunque quizá eso sea también un indicio, porque los fines del mundo no suelen avisar, se presentan así, de la noche a la mañana.

Después de casi tres meses confinados, con la casa convertida en oficina y aula universitaria y un ojo pendiente de otros asuntos no menos importantes ni graves, había que afrontar unas vacaciones, entre comillas, para recuperar un poco de oxígeno. Aunque los otros asuntos se han venido con nosotros en la distancia.

La planificación fue un poco sobre la marcha, por exigencias del guion. Tuvimos que cancelar la reserva en Vivero por el brote en A Mariña. Pero el norte era nuestro destino y buscamos lugares pequeños, hoteles familiares y playas no muy masificadas. En el concejo de Oles (Villaviciosa, donde el Gaitero) encontramos un hotel de nueve habitaciones a dos kilómetros de Tazones pueblito marinero lleno de restaurantes y con el casco urbano cerrado al tráfico, y a siete de la playa de Rodiles donde desemboca esa ría que esconde toda una vida entre el fango cuando el agua se retira con la bajamar.

Finales de julio, en un año tan atípico, nos sentimos tranquilos con las distancias debidas, las mascarillas obligatorias en todas partes, los geles desinfectantes siempre a mano y esa playa capaz de absorber a los visitantes y con mucha vigilancia por parte de los servicios de socorro.

A un tiro de piedra, Gijón y la playa de San Lorenzo. Aprovechando un día entre semana y los horarios de las mareas, pudimos disfrutar de un día de sol espléndido (poco habitual por esos lares) y un par de baños. Un paseo por sus calles de trazado tortuoso y una cerveza en Cimadevilla para completar el día.

Más allá de la desembocadura de la ría de Avilés, localidad que ha sabido recuperar su casco antiguo, la playa de Salinas ofrece un arenal de más de dos kilómetros coronado con el museo de las anclas Philippe Cousteau, al aire libre sobre el acantilado que vigila la bahía.

Cómo no disfrutar de un tradicional cachopo en uno de los restaurantes al aire libre de un Oviedo repleto de esculturas en sus calles, el Viajero de Úrculo, Tino Casal, Woody Allen, Mafalda, La Maternidad (La gorda de Botero) o el Culis monumentalibus y donde no podía faltar el recuerdo a Ana Ozores, inmortalizada por Leopoldo Alas Clarín en la Regenta. Pasear sus calles en el casco histórico, la catedral y la calle Uría con el Campo de San Francisco, el teatro Campoamor y el hotel Reconquista, es obligado, aunque se haga una visita rápida.

Pero Asturias es más que ciudades, playas y pueblos pesqueros. A lo largo de esa costa, los restos de dinosaurios jalonan playas y acantilados para conducirnos al museo del Jurásico en la localidad de Colunga. Los Picos de Europa abren sus puertas en Cangas de Onís para entrar en el corazón de la legendaria Covadonga. Por detrás, mirando hacia Cantabria espera el, siempre de difícil acceso, Naranjo de Bulnes.

En el mirador del Fitu un monolito recibe al visitante con una placa donde se puede leer “En recuerdo de las víctimas del odio y la intransigencia que pagaron con su vida la defensa de la legitimidad democrática republicana y la libertad. 22-04-2003” Unos escalones conducen a un mirador de cemento erigido en 1927 que nos situará a 597 metros sobre el nivel del mar y salvando la arboleda permite una panorámica de 360º para poder observar desde las sucesivas elevaciones de los Picos de Europa hasta la línea costera desde Ribadesella a Llastres. Unas vistas espectaculares. Pero hay que tener suerte, no siempre se puede disfrutar con un horizonte limpio de esos paisajes, porque una pertinaz niebla acostumbra a subirse en el mirador para dificultar la observación. Hay que tener paciencia y constancia.

Todo lo dicho, con una temperatura de entre veinte y veinticinco grados que a pesar de la alta humedad (nada que ver con la del levante) hace que la estancia por esos parajes proporcione la necesaria paz para el descanso.

Hemos estado en la parte oriental de Asturias. La costa occidental nos ofrece otros acantilados, otros faros y otras poblaciones de interior que…

Pero eso lo dejamos para otra crónica.

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Madrid, ciudad bravía

que entre antiguas y modernas

tiene trescientas tabernas

y una librería.

Esto se decía de Madrid en el siglo XVII. Y su fama de ciudad de tabernas no empezó a cambiar hasta mucho después, a finales del siglo XIX. Aunque a Benito Pérez Galdós, que llegó a Madrid en el año 1862, todavía le dio tiempo para escribir en sus memorias lo siguiente sobre la calle Toledo.

Toda la calle es roja, no precisamente por el matadero ni por la sangre revolucionaria, sino por la pintura exterior de las ochenta y ocho tabernas (las he contado) que existen desde la plaza de la Cebada hasta la Puerta de Toledo.

Los cafés de Madrid

Pero en aquella época en la que Galdós llegó a Madrid algo se estaba transformando en la capital. Habían nacido los cafés, que empezaron a ocupar el lugar de las tabernas. Lo había aventurado a finales del siglo XVIII Gaspar Melchor de Jovellanos, afirmando que “en nuestras ciudades hacía falta el establecimiento de cafés o casas de conversación y diversión cotidiana que, arregladas con buena policía, eran un refugio para aquella porción de gente ociosa que como suele decirse, busca a todas horas dónde matar el tiempo”.

En estos cafés se permitirían los juegos sedentarios y lícitos de naipes, ajedrez, damas, chaquete, los de útil ejercicio, como trucos y billar; la lectura de papeles públicos y periódicos, y las conversaciones instructivas y de interés general, según la literatura de la época.

Vista parcial del interior del Nuevo Café San Millán

No es de extrañar que con estas ideas calando en la sociedad, la influencia francesa y el surgimiento de las ideas liberales, los cafés se consolidasen como lugares de ocio a los que acudían multitud de personas para estar al tanto de todas las noticias. Los primeros cafés de Madrid se abrieron alrededor de la Puerta del Sol y en la calle de Alcalá. Eran lugares para debatir de política, con espacios que separaban a la gente de paso de los clientes más habituales. Entre la clientela dominaba la clase burguesa y no estaba bien visto que entrasen las mujeres. Con la expansión de Madrid se fueron abriendo nuevos cafés, entre ellos el café de San Millán, que entonces estaba en el límite de la ciudad y se consideraba bastante apartado de la Puerta del Sol. Se inauguró en diciembre de 1876, en la calle Toledo antes descrita por Galdós, un lugar muy próximo a donde se imparte hoy el taller de creación literaria Primaduroverales.

¿Qué tenía de diferente el café de San Millán?

Los cafés alrededor de la Puerta del Sol eran elegantes, céntricos, con una decoración exquisita y un público seleccionado. El café de San Millán era todo lo contrario, era un establecimiento de un barrio castizo y popular situado junto al mercado de la Cebada, por lo que sus clientes eran, además de toreros, militares, escritores y artistas, los tratantes de ganado, los negociantes de frutas y verduras, los arrieros, los mozos de mulas, los gañanes, los tenderos y el público que acudía al mercado. Además, en el café de San Millán podían entrar las mujeres, ello no suponía ningún escándalo, e incluso podían participar en las tertulias, lo que era un síntoma de modernidad nunca visto. En definitiva, el café de San Millán era un café para todo tipo de gente, un café con cigarreras capaces de guardar todos los secretos y cerilleros, como Manuel Sevilla, que vendió participaciones del número 15.554 del sorteo de Navidad del año 1905, que resultó agraciado con el tercer premio. Los premios se cobraron en el mismo café y la prensa de la época informó detalladamente del hecho en sus páginas.

El café ocupaba la planta baja del inmueble y en ella había una escalera de caracol que conducía a un piso superior destinado a sala de billares. La primera parte comprendía un amplio salón conformado por hileras de columnas, todavía visibles en la actualidad. El techo estaba cubierto con seis óleos de gran tamaño, y las paredes también estaban cubiertas con óleos de temática popular y costumbrista, obra del pintor aragonés Manuel Zapata. Toda esta decoración ha desaparecido y solo ha llegado a nuestros días a través de documentos de la época.

El Nuevo Café San Millán era un café abierto y popular que frecuentaban los escritores de la Generación del 27, en el que la pintora Maruja Mallo ganó un extravagante concurso de blasfemias al poeta Rafael Alberti a mediados de los años veinte. Continuó siendo un café popular y más tarde, durante la Guerra Civil, permaneció abierto haciendo las veces de comedor social, como si con ello quisiera mantener su espíritu vivo y en lucha, hasta que a mediados de los años cincuenta cerró definitivamente.

 

 

 

Personajes de novela

Actualmente existe un café/cervecería en la calle Toledo 61, en la misma esquina en la que se encontraba en Nuevo Café de San Millán, aunque el nuevo local no tiene nada que ver con la decoración ni con el espíritu del Nuevo Café de San Millán de entonces.

¡O quizás sí! Es posible que podamos volver al pasado si forzamos la imaginación, si tomamos un café y cerramos los ojos para ver pasar por la puerta a Vicente Blasco Ibáñez camino del Rastro, o a Maltrana, (personaje de su novela la Horda -1905-) antes de que dejase de ir al mismo; o a Pío Baroja y a sus personajes Manuel y Roberto cuando se citaron con el Tiriti (La busca -1904-), o a Maruja Mallo y Rafael Alberti enzarzados a insultos antes de que la gente supiera que eran amantes. O a Galdós, en su continuo recorrido por los cafés de Madrid. O al cerillero Manuel Sevilla, que sigue vendiendo participaciones de lotería y es capaz de regalarnos un buen pellizco. Yo, por si acaso, compraré un décimo en el próximo sorteo, ya que la de 1905 no fue la única vez que la suerte tocó con su varita al personal y a la clientela del café. En cualquier caso, pasear por La Latina y echar una mirada nostálgica hacia el café de San Millán un día de Rastro sigue siendo una buena opción para todos los que se pasen por Madrid. Y todavía siguen quedando buenas tabernas por la zona. ¡Y librerías!

Fuentes:

http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/. M.R.Giménez

https://historia-urbana-madrid.blogspot.com/

La pintura decorativa y el café de San Millán de Madrid: la decoración de Manuel Zapata y Seta en 1891. Mónica Vázquez Astorga.

 

 

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios y sus relatos están publicados en distintas antologías.

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Por: Lourdes Chorro

Cuando visito una ciudad nueva acostumbro a dejar algo perdido por si alguien quisiera seguir mi rastro. Suelo hacerlo en algún lugar recóndito que no frecuenten turistas a menos que les guste deambular por rincones que nadie te ha dicho que no puedes dejar de visitar.

ciudadJuego a sentarme justo en el hueco de un desconocido e intento ver lo mismo que él ha visto. Antes he contemplado su pasar desde arriba, con mirada lateral, de frente nunca me atrevo por miedo a que deje de ser un desconocido. Le veo en distintas secuencias que monto luego como en las películas. Me tapo los oídos y pestañeo lo más seguido que puedo y los veo como en el cine mudo. Recorriendo sus calles me pierdo en conversaciones de esa lengua que no entiendo. Me esfuerzo por atravesar esas gafas de sol tan ahumadas que impiden ver los ojos con los que me cruzo. Los miro a plena luz del día y espero a la penumbra para volver a ver cómo sin gafas esos ojos cansados regresan a sus casas.

Les saco fotos en blanco y negro que nos igualan en defectos y virtudes, en color no me gustan porque nos diferencian. Cierro un ojo, el otro, cierro los dos y almaceno las imágenes de sus caras, de sus cuerpos y ademanes. A veces, mis dos ojos abiertos se quedan enganchados en las trenzas de un suéter, en el ojal desabrochado de una camisa, en ese hilo postizo que queda pegado en los abrigos y que se convierte en  inseparable; en un bebé que se agarra al pelo de su madre por miedo a caerse; en un ramo de flores olvidado en una papelera. Y entonces la turbulencia de las letras que descomponen el amor levanta siempre una tormenta donde quiera que voy.

streetMe detengo a escuchar música callejera, sin necesidad de entender la letra; sin moverme casi sin respirar en esa armonía que nos regala la quietud. Me extasío ante la belleza de la chatarra cuando se proyecta la luz invertida en ella. Si encuentro despojos de algo, pienso en lo que fue y no pudo llegar a ser y cómo se descompondrá hasta volverse irreconocible.

He visitado ciudades en las que las mujeres jóvenes se sentaban bajo un árbol seco y otras en las que las mayores lo hacían entre árboles llenos de brotes en primavera. En demasiadas la vida se ha detenido con un niño que arrancaba ramas a los árboles. En todas ellas he descubierto que hay un viaducto lo suficientemente alto para los suicidas.

Nunca he sentido la sensación de estar en el lugar equivocado. Eso sólo me ocurre en mi barrio cuando me doy cuenta de que estoy en la ciudad en la que vivo. Y, además, ¿Qué diferencia hay entre las llaves de un hotel y las de tu propia casa? Bueno, una, que si las pierdes no tienes que llamar al cerrajero.

Faltaría a la verdad si no os confesara que a veces me sobreviene una mota de inquietud por esa sensación de inseguridad que da la lejanía. Pero entonces miro el primer cartel que encuentro y busco mi silueta reflejada en el cristal que lo enmarca. ¡Qué mayor seguridad y, quizá única, que sentirse protegido por uno mismo!

De regreso, cuando el avión sobrevuela la ciudad, abro los ojos bien abiertos, retengo mis párpados con las manos y almaceno en la nube de mi pupila su imagen desde el aire.

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