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Archive for the ‘Trotamundos’ Category

Asturias: Verano Covid19

Por: Luis Marín

Este año 2020 va a quedar marcado por la pandemia más dura en muchas décadas. Menos mal que no coincide con ninguna profecía del fin del mundo. Aunque quizá eso sea también un indicio, porque los fines del mundo no suelen avisar, se presentan así, de la noche a la mañana.

Después de casi tres meses confinados, con la casa convertida en oficina y aula universitaria y un ojo pendiente de otros asuntos no menos importantes ni graves, había que afrontar unas vacaciones, entre comillas, para recuperar un poco de oxígeno. Aunque los otros asuntos se han venido con nosotros en la distancia.

La planificación fue un poco sobre la marcha, por exigencias del guion. Tuvimos que cancelar la reserva en Vivero por el brote en A Mariña. Pero el norte era nuestro destino y buscamos lugares pequeños, hoteles familiares y playas no muy masificadas. En el concejo de Oles (Villaviciosa, donde el Gaitero) encontramos un hotel de nueve habitaciones a dos kilómetros de Tazones pueblito marinero lleno de restaurantes y con el casco urbano cerrado al tráfico, y a siete de la playa de Rodiles donde desemboca esa ría que esconde toda una vida entre el fango cuando el agua se retira con la bajamar.

Finales de julio, en un año tan atípico, nos sentimos tranquilos con las distancias debidas, las mascarillas obligatorias en todas partes, los geles desinfectantes siempre a mano y esa playa capaz de absorber a los visitantes y con mucha vigilancia por parte de los servicios de socorro.

A un tiro de piedra, Gijón y la playa de San Lorenzo. Aprovechando un día entre semana y los horarios de las mareas, pudimos disfrutar de un día de sol espléndido (poco habitual por esos lares) y un par de baños. Un paseo por sus calles de trazado tortuoso y una cerveza en Cimadevilla para completar el día.

Más allá de la desembocadura de la ría de Avilés, localidad que ha sabido recuperar su casco antiguo, la playa de Salinas ofrece un arenal de más de dos kilómetros coronado con el museo de las anclas Philippe Cousteau, al aire libre sobre el acantilado que vigila la bahía.

Cómo no disfrutar de un tradicional cachopo en uno de los restaurantes al aire libre de un Oviedo repleto de esculturas en sus calles, el Viajero de Úrculo, Tino Casal, Woody Allen, Mafalda, La Maternidad (La gorda de Botero) o el Culis monumentalibus y donde no podía faltar el recuerdo a Ana Ozores, inmortalizada por Leopoldo Alas Clarín en la Regenta. Pasear sus calles en el casco histórico, la catedral y la calle Uría con el Campo de San Francisco, el teatro Campoamor y el hotel Reconquista, es obligado, aunque se haga una visita rápida.

Pero Asturias es más que ciudades, playas y pueblos pesqueros. A lo largo de esa costa, los restos de dinosaurios jalonan playas y acantilados para conducirnos al museo del Jurásico en la localidad de Colunga. Los Picos de Europa abren sus puertas en Cangas de Onís para entrar en el corazón de la legendaria Covadonga. Por detrás, mirando hacia Cantabria espera el, siempre de difícil acceso, Naranjo de Bulnes.

En el mirador del Fitu un monolito recibe al visitante con una placa donde se puede leer “En recuerdo de las víctimas del odio y la intransigencia que pagaron con su vida la defensa de la legitimidad democrática republicana y la libertad. 22-04-2003” Unos escalones conducen a un mirador de cemento erigido en 1927 que nos situará a 597 metros sobre el nivel del mar y salvando la arboleda permite una panorámica de 360º para poder observar desde las sucesivas elevaciones de los Picos de Europa hasta la línea costera desde Ribadesella a Llastres. Unas vistas espectaculares. Pero hay que tener suerte, no siempre se puede disfrutar con un horizonte limpio de esos paisajes, porque una pertinaz niebla acostumbra a subirse en el mirador para dificultar la observación. Hay que tener paciencia y constancia.

Todo lo dicho, con una temperatura de entre veinte y veinticinco grados que a pesar de la alta humedad (nada que ver con la del levante) hace que la estancia por esos parajes proporcione la necesaria paz para el descanso.

Hemos estado en la parte oriental de Asturias. La costa occidental nos ofrece otros acantilados, otros faros y otras poblaciones de interior que…

Pero eso lo dejamos para otra crónica.

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Madrid, ciudad bravía

que entre antiguas y modernas

tiene trescientas tabernas

y una librería.

Esto se decía de Madrid en el siglo XVII. Y su fama de ciudad de tabernas no empezó a cambiar hasta mucho después, a finales del siglo XIX. Aunque a Benito Pérez Galdós, que llegó a Madrid en el año 1862, todavía le dio tiempo para escribir en sus memorias lo siguiente sobre la calle Toledo.

Toda la calle es roja, no precisamente por el matadero ni por la sangre revolucionaria, sino por la pintura exterior de las ochenta y ocho tabernas (las he contado) que existen desde la plaza de la Cebada hasta la Puerta de Toledo.

Los cafés de Madrid

Pero en aquella época en la que Galdós llegó a Madrid algo se estaba transformando en la capital. Habían nacido los cafés, que empezaron a ocupar el lugar de las tabernas. Lo había aventurado a finales del siglo XVIII Gaspar Melchor de Jovellanos, afirmando que “en nuestras ciudades hacía falta el establecimiento de cafés o casas de conversación y diversión cotidiana que, arregladas con buena policía, eran un refugio para aquella porción de gente ociosa que como suele decirse, busca a todas horas dónde matar el tiempo”.

En estos cafés se permitirían los juegos sedentarios y lícitos de naipes, ajedrez, damas, chaquete, los de útil ejercicio, como trucos y billar; la lectura de papeles públicos y periódicos, y las conversaciones instructivas y de interés general, según la literatura de la época.

Vista parcial del interior del Nuevo Café San Millán

No es de extrañar que con estas ideas calando en la sociedad, la influencia francesa y el surgimiento de las ideas liberales, los cafés se consolidasen como lugares de ocio a los que acudían multitud de personas para estar al tanto de todas las noticias. Los primeros cafés de Madrid se abrieron alrededor de la Puerta del Sol y en la calle de Alcalá. Eran lugares para debatir de política, con espacios que separaban a la gente de paso de los clientes más habituales. Entre la clientela dominaba la clase burguesa y no estaba bien visto que entrasen las mujeres. Con la expansión de Madrid se fueron abriendo nuevos cafés, entre ellos el café de San Millán, que entonces estaba en el límite de la ciudad y se consideraba bastante apartado de la Puerta del Sol. Se inauguró en diciembre de 1876, en la calle Toledo antes descrita por Galdós, un lugar muy próximo a donde se imparte hoy el taller de creación literaria Primaduroverales.

¿Qué tenía de diferente el café de San Millán?

Los cafés alrededor de la Puerta del Sol eran elegantes, céntricos, con una decoración exquisita y un público seleccionado. El café de San Millán era todo lo contrario, era un establecimiento de un barrio castizo y popular situado junto al mercado de la Cebada, por lo que sus clientes eran, además de toreros, militares, escritores y artistas, los tratantes de ganado, los negociantes de frutas y verduras, los arrieros, los mozos de mulas, los gañanes, los tenderos y el público que acudía al mercado. Además, en el café de San Millán podían entrar las mujeres, ello no suponía ningún escándalo, e incluso podían participar en las tertulias, lo que era un síntoma de modernidad nunca visto. En definitiva, el café de San Millán era un café para todo tipo de gente, un café con cigarreras capaces de guardar todos los secretos y cerilleros, como Manuel Sevilla, que vendió participaciones del número 15.554 del sorteo de Navidad del año 1905, que resultó agraciado con el tercer premio. Los premios se cobraron en el mismo café y la prensa de la época informó detalladamente del hecho en sus páginas.

El café ocupaba la planta baja del inmueble y en ella había una escalera de caracol que conducía a un piso superior destinado a sala de billares. La primera parte comprendía un amplio salón conformado por hileras de columnas, todavía visibles en la actualidad. El techo estaba cubierto con seis óleos de gran tamaño, y las paredes también estaban cubiertas con óleos de temática popular y costumbrista, obra del pintor aragonés Manuel Zapata. Toda esta decoración ha desaparecido y solo ha llegado a nuestros días a través de documentos de la época.

El Nuevo Café San Millán era un café abierto y popular que frecuentaban los escritores de la Generación del 27, en el que la pintora Maruja Mallo ganó un extravagante concurso de blasfemias al poeta Rafael Alberti a mediados de los años veinte. Continuó siendo un café popular y más tarde, durante la Guerra Civil, permaneció abierto haciendo las veces de comedor social, como si con ello quisiera mantener su espíritu vivo y en lucha, hasta que a mediados de los años cincuenta cerró definitivamente.

 

 

 

Personajes de novela

Actualmente existe un café/cervecería en la calle Toledo 61, en la misma esquina en la que se encontraba en Nuevo Café de San Millán, aunque el nuevo local no tiene nada que ver con la decoración ni con el espíritu del Nuevo Café de San Millán de entonces.

¡O quizás sí! Es posible que podamos volver al pasado si forzamos la imaginación, si tomamos un café y cerramos los ojos para ver pasar por la puerta a Vicente Blasco Ibáñez camino del Rastro, o a Maltrana, (personaje de su novela la Horda -1905-) antes de que dejase de ir al mismo; o a Pío Baroja y a sus personajes Manuel y Roberto cuando se citaron con el Tiriti (La busca -1904-), o a Maruja Mallo y Rafael Alberti enzarzados a insultos antes de que la gente supiera que eran amantes. O a Galdós, en su continuo recorrido por los cafés de Madrid. O al cerillero Manuel Sevilla, que sigue vendiendo participaciones de lotería y es capaz de regalarnos un buen pellizco. Yo, por si acaso, compraré un décimo en el próximo sorteo, ya que la de 1905 no fue la única vez que la suerte tocó con su varita al personal y a la clientela del café. En cualquier caso, pasear por La Latina y echar una mirada nostálgica hacia el café de San Millán un día de Rastro sigue siendo una buena opción para todos los que se pasen por Madrid. Y todavía siguen quedando buenas tabernas por la zona. ¡Y librerías!

Fuentes:

http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/. M.R.Giménez

https://historia-urbana-madrid.blogspot.com/

La pintura decorativa y el café de San Millán de Madrid: la decoración de Manuel Zapata y Seta en 1891. Mónica Vázquez Astorga.

 

 

Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Magerit. Relatos de una ciudad futura (Verbum editorial), y RRetratos HHumanos (editorial Kolima). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios y sus relatos están publicados en distintas antologías.

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Por: Lourdes Chorro

Cuando visito una ciudad nueva acostumbro a dejar algo perdido por si alguien quisiera seguir mi rastro. Suelo hacerlo en algún lugar recóndito que no frecuenten turistas a menos que les guste deambular por rincones que nadie te ha dicho que no puedes dejar de visitar.

ciudadJuego a sentarme justo en el hueco de un desconocido e intento ver lo mismo que él ha visto. Antes he contemplado su pasar desde arriba, con mirada lateral, de frente nunca me atrevo por miedo a que deje de ser un desconocido. Le veo en distintas secuencias que monto luego como en las películas. Me tapo los oídos y pestañeo lo más seguido que puedo y los veo como en el cine mudo. Recorriendo sus calles me pierdo en conversaciones de esa lengua que no entiendo. Me esfuerzo por atravesar esas gafas de sol tan ahumadas que impiden ver los ojos con los que me cruzo. Los miro a plena luz del día y espero a la penumbra para volver a ver cómo sin gafas esos ojos cansados regresan a sus casas.

Les saco fotos en blanco y negro que nos igualan en defectos y virtudes, en color no me gustan porque nos diferencian. Cierro un ojo, el otro, cierro los dos y almaceno las imágenes de sus caras, de sus cuerpos y ademanes. A veces, mis dos ojos abiertos se quedan enganchados en las trenzas de un suéter, en el ojal desabrochado de una camisa, en ese hilo postizo que queda pegado en los abrigos y que se convierte en  inseparable; en un bebé que se agarra al pelo de su madre por miedo a caerse; en un ramo de flores olvidado en una papelera. Y entonces la turbulencia de las letras que descomponen el amor levanta siempre una tormenta donde quiera que voy.

streetMe detengo a escuchar música callejera, sin necesidad de entender la letra; sin moverme casi sin respirar en esa armonía que nos regala la quietud. Me extasío ante la belleza de la chatarra cuando se proyecta la luz invertida en ella. Si encuentro despojos de algo, pienso en lo que fue y no pudo llegar a ser y cómo se descompondrá hasta volverse irreconocible.

He visitado ciudades en las que las mujeres jóvenes se sentaban bajo un árbol seco y otras en las que las mayores lo hacían entre árboles llenos de brotes en primavera. En demasiadas la vida se ha detenido con un niño que arrancaba ramas a los árboles. En todas ellas he descubierto que hay un viaducto lo suficientemente alto para los suicidas.

Nunca he sentido la sensación de estar en el lugar equivocado. Eso sólo me ocurre en mi barrio cuando me doy cuenta de que estoy en la ciudad en la que vivo. Y, además, ¿Qué diferencia hay entre las llaves de un hotel y las de tu propia casa? Bueno, una, que si las pierdes no tienes que llamar al cerrajero.

Faltaría a la verdad si no os confesara que a veces me sobreviene una mota de inquietud por esa sensación de inseguridad que da la lejanía. Pero entonces miro el primer cartel que encuentro y busco mi silueta reflejada en el cristal que lo enmarca. ¡Qué mayor seguridad y, quizá única, que sentirse protegido por uno mismo!

De regreso, cuando el avión sobrevuela la ciudad, abro los ojos bien abiertos, retengo mis párpados con las manos y almaceno en la nube de mi pupila su imagen desde el aire.

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Por Josu Bilbao

Es una sensación extraña la de plantarse a finales de febrero, cuando todavía enfría la madrugada, frente a un horizonte extenso plagado de flores que crecen en los árboles, unas flores bellas, distintas, rosas, o blancas y amarillas, ocupando cada milímetro de rama, flores que pintan los campos creando una policromía de huertas que se pierden hasta donde los farallones de roca abrasada les ponen límite. Hasta que uno se topa con una de esas montañas peladas de areniscas, yesos y calizas que el sol abrasa en verano, con sus acantilados salpicados por peñas que forman dedos erguidos o tal vez pináculos de catedral gótica. Y mientras, allá abajo circula mágico el Segura, el río que da vida a toda la región y que baja turquesa cuando quiere y cuando no, como ahora, amarronado.

Cieza

Estas son las sierras de Ascoy, la del Almorchón y la del Oro, las que rodean Cieza en Murcia, y su valle que, regado por el gran río, ha sido siempre un vergel codiciado por tantos invasores. El vergel que ahora visita el viajero con un guía, que le explica que las abejas de la floración de tanta huerta plantada no las veremos, porque estos son árboles creados genéticamente que ni necesidad tienen de ser procreados por los insectos himenópteros.
A veces el viajero descubre rincones sorprendentes allí donde, tal vez por ignorancia, solo espera encontrar tierras de labranza y sol. Aquí en el campo ciezano, la maravilla de las huertas de color dura apenas quince días, y después las flores se convierten en melocotones, en albaricoques o en ciruelas -las flores más blancas- que se exportan a toda Europa.
Al mediodía el calor se cuela en las mesas con aperitivos locales que, durante una descanso en el tour, la empresa dispone en plena plantación, y es ahí cuando uno se hace cuenta de la verdadera dimensión de tanta huerta floreada, te sientes pequeño. Los temporeros echan mano de cortadores para rebajar las ramas más llenas, que luego los árboles no podrían cargar con tanta fruta sin quebrarse.
Pero antes, explica el guía, no eran los frutales lo que sostenía la economía del valle y de toda la región, sino el esparto que aún se ve inundando cada rincón que los huertos no hayan invadido. Una de las palabras del habla local, singular de Cieza, una sub-variedad del dialecto murciano, es precisamente la que identifica al pequeño empresario de la espartería: bolichero. Butano para el botellón de cerveza, o escombros para la mezcla de frutos secos, no son más que otros testimonios de esa rica jerga que ojalá nunca se pierda.
A veces uno tiene la impresión de estar dentro de un relato de cuentos de Arabia rodeado de palmeras, que cargan de exotismo el paisaje, y esa luna creciente que, si uno tiene suerte y la ve aparecer por detrás de las montañas, y si esto le acontece mientras por la noche reposa en una de las piscinas calientes del cercano balneario de Archena, le hará pensar que se halla en una valle de reyes.

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Castro Caldelas

Por Manuel Pozo Gómez

Este año estamos dedicando el taller de creación literaria de la asociación Primaduroverales a las ucronias, es decir, a escribir relatos basándose en que los hechos históricos que se narran transcurren de una forma opuesta a como sucedieron en la realidad. Por eso me voy a permitir la licencia de escribir esta reseña de viajes como si fuera algo parecido a una ucronia o, lo que es lo mismo, voy a escribir una crónica de viajes sobre un sitio que aún no conozco.

Nunca había oído hablar de Castro Caldelas, pero este año, en una charla sobre Orense que Antón Alonso, director y editor de la revista Vinos y caminos pronunció en FITUR, tuve oportunidad de conocer a la alcaldesa de Castro Caldelas, Sara Inés Vega Núñez.

Me agradó la manera tan pasional con la que Sara Inés Vega describió su tierra, sobre todo, cuando dijo que para sentir Castro Caldelas, en pleno corazón de la Ribeira Sacra, había que cerrar los ojos y dejarse llevar por los olores. Castro Caldelas huele a historia, dijo Sara Inés Vega, y huele a vino. A un vino que se cultiva en las terrazas de las laderas sobre las que se levanta el pueblo, asomado al río Edo. Castro Caldelas huele a gente, a sus habitantes orgullosos que han conseguido en el año 2018 que se incluya en la asociación de los pueblos más bonitos de España, proceso para el que se requiere un patrimonio arquitectónico y paisajístico de una gran belleza. En España unos 70 pueblos tienen esta condición, de los que solamente hay dos en Galicia: Mondoñedo y Castro Caldelas. Y cerré los ojos y sentí todos aquellos olores que Sara Inés Vega estaba describiendo. Me dejé llevar por el armos del vino, y de la gente, y de la historia… su exposición entraba por los sentidos. Entraba por la vista con las magníficas fotografías de la Ribeira Sacra, entraba por los oídos al oír la pasión de sus palabras, también por el olfato al cerrar los ojos y descubrir los aromas que nos pedía que oliésemos, y entraba también, por último, por el gusto, cuando nos ofreció probar los magníficos productos de su tierra, como la bica mantecada y el licor café casero.

Y Castro Caldelas entra también por la literatura porque es un referente literario y cultural.  Esta villa posee el documento más antiguo en lengua gallega que se ha escrito en Galicia: «O Foro do bo burgo do Castro Caldelas», encargado por el Alfonso IX, rey de León y Galicia en 1228, redactado en abril de ese año por un notario de Allariz, en el que el rey otorga a los ciudadanos de Castro Caldelas sus fueros y regula su régimen. El Consello de Cultura Galega ha destacado el importante valor histórico y lingüístico de este documento, que hoy es un valioso objeto de estudio para los lingüistas.

Foro do Burgo do Castro Caldelas

El casco antiguo de Castro Caldelas fue declarado conjunto histórico artístico en 1998. Se trata de una arquitectura de calles empedradas que siguen el trazado medieval y dejan ver sobrias casas de piedra con galerías y escudos en sus fachadas. En una de estas casas, actualmente convertida en una posada, vivió una de las grandes figuras de la lengua gallega, el escritor y político Vicente Risco, (alumno de Ortega y Gasset). Risco fue un escritor complejo, que basó su obra en su pensamiento político y filosófico, y al que se puede considerar uno de los pilares del nacionalismo gallego. Remontando las calles del pueblo se llega a la fortaleza, que mandó construir en el siglo XIV Pedro Fernández de Castro, señor de Lemos y Sarria, cuando el rey Alfonso IX le concedió las tierras de Caldelas, hecho que se registra en el documento que anteriormente he citado. Posteriormente esta fortaleza fue parcialmente derruida en lo que se denominaron las Revueltas Irmandiñas (1467-1469), revueltas de carácter social en la que los campesinos se levantaron contra la nobleza. En la guerra de la Independencia el castillo volvió a ser testigo de un hecho notable, pues los caldelaos dirigieron un ataque contra las tropas francesas del general Marchand, quien como represalia mando incendiar la villa y el castillo, perdiéndose en dicho incendio importante documentación sobre la historia de la comarca. En el siglo XVIII el castillo pasó a ser propiedad de la casa de Alba, que en 1992 lo cedió en usufructo al ayuntamiento de Castro Candelas para uso cultural o benéfico. Desde entonces existe en la fortaleza un centro cultural que da servicio a toda la comarca, con una biblioteca, una sala de conferencias, una sala de exposiciones y un museo etnográfico.

Aun no he visitado Castro Caldelas, pero he oído hablar de este pueblo a su alcaldesa, Sara Inés Vega, con una pasión y un orgullo que le mete a uno en el cuerpo las ganas de programar un viaje de inmediato. Por mi parte es imposible pensar que no iré pronto al corazón de la Ribeira Sacra y, sin duda, Castro Caldelas será uno de mis destinos. Espero brindar entonces con un buen vino de la Ribeira Sacra, (una de las cinco denominaciones de origen del vino de Galicia) y dejarme llevar por los aromas de la tierra en cualquiera de los miradores que se alzan sobre sus valles.

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Por: Lourdes Chorro

Subo al avión decidida, aunque me dan vértigo las alturas hoy viajo en ventanilla más cerca del cielo, más lejos de la tierra. Quiero ver los alerones bajar y subir como avecillas que nunca remontarán el vuelo. Apenas hay nubes. No encontramos ninguna turbulencia en la ruta y en un suspiro de anhelo se alzan los alerones del avión para presentar resistencia e ir frenando. Se bajan, ya hemos aterrizado.  El mar está a un paso de la pista. Nos levantamos todos apresurados y se hace eterna la espera para poder salir. Parece mentira que al verbo esperar la mayor de las veces lo hagamos tan impaciente. Los habitantes de esta Puglia que voy a visitar viven más cerca de la espuela que del tacón de esa bota que tan enganchada me tiene. Hablaban el griego antes de que existiese Roma. Están orgullosos de un rey conocido como el asombro del mundo; de una duquesa tan desdichada que hasta el pueblo la amaba por eso; de San Nicolás el primer santo no mártir que concede esa felicidad que nos vuelve niños. Y es que alguien que se descuelga por una chimenea y deja a tres chicas pobres tres bolsas llenas de monedas para que puedan casarse no me diréis que no se merece hacerse universal. Orgullosos de una Isabel, española ella, mujer lista hasta que cumplió los sesenta, la edad de las debilidades femeninas, y se dejó envenenar por su secretario; de un lugarteniente de Napoleón, Murat, guapo, de melena aleonada que hoy ha quedado para dar nombre a una calle de compras en Bari, eso sí de las principales; de esas cariátides con infieles Turcos arrodillados soportando el peso de lo sagrado.

Puglia - Lurdes 01Lo primero que voy a hacer en cuanto deje la maleta es ir a ver a Niccolo Piccini. Camino al apartahotel tarareo su Didone abbandonata. Esa Dido que se enamora de Eneas el héroe troyano, ese Jarbas enamorado de Dido, esa Selene enamorada de Eneas, ese Araspe enamorado de Selene. Un anacronismo que ya el mismo Virgilio urdió uniendo tiempos. Amores cruzados, amores no correspondidos. Cómo a Eneas le arrastró la tempestad hacia Cartago a mí me arrastra hacia Bari. Sé que los dioses me ordenarán que regrese como a él, pero ahora me dejaré mimar nueve días por esta Bari por la que pasaba el último tramo de la vía Apia que venía de Roma. Imagino el incendio que arrasará mi corazón cuando me vaya, pero yo sola seré quien lo apague, aunque por experiencia sé que cuando entregas el corazón, aunque no quepa en el mundo una cesión más magnánima, debes acostumbrarte a vivir de alquiler.

En subir al apartahotel, dejar la maleta y salir no tardo ni un ciao. Al ir a cerrar la puerta una mujer bien vestida corre como angelillo endiablado y entra antes de que cierre la puerta. Le pregunto si vive aquí y contesta “non, ma ci aspetto a quelcuno”. Me suena a algo pasional y me marcho con el remusguillo de que algo va a pasar. Ya me advirtieron que no dejara entrar a nadie y que cerrara bien al salir, pero a mí la gente apasionada me desarma. Voy en busca de Piccini que no Piccinino como se empeña en escribirlo mi móvil cuando busco en google maps cómo ir hasta él. Me acerco a él, pero me quedo varada en la “P” de parking junto a su estatua. Me esperaba con su libreto y su plumín, su garbo y su compostura. Sus ojos pensando en las notas que le faltan para su siguiente composición, esa que irremediablemente se lleva cada creador a la tumba. De mis pensamientos mejor me olvido desayunando una latte macchiatta. Muchos pensaréis que es una herejía blanquear un café así, pero a mí me encanta y no me priva del ensueño. Me adentro en esta Bari vecchia, Dolci baci, languide carezze de sus callejones en los que juego a perderme para encontrarme y el reencuentro me devuelve esa alegría que me es tan fácil perder y tan difícil de recuperar. Esta Bari medieval donde en cualquier rincón encuentras capillitas, altarcitos, para ellos santuarios, iglesias,  una catedral románica que entierra un interesante museo arqueológico. No puedo olvidarme de la Basílica de San Nicolás. El domingo asisto al vaivén de una misa ortodoxa con los feligreses grabando con el móvil la ceremonia, los popes posando y al final le regalan botellas de vino o de licor. Los asistentes vestidos algo pasado de moda se persignan una y otra vez, se arrodillan en el frío mármol y a la salida comen al sol, en la explanada con sus tarteras. Sale uno de los oficiantes con su prominente barriguita y antes de montarse en su utilitario les hace señal de que hay hambre llevándose la mano a la boca y que él también se va a comer. El castillo normando svevo que protege  la entrada principal a la antigua ciudad de Bari, y desde aquí domina el mar. Recorro el paseo marítimo que denominan Lungomare Imperatore Augusto y el recuerdo de las mujeres con sus delantales en la puerta de humildes casas vendiendo sus orecchiete hechas a mano, me trae a la cabeza, quién sabe por qué, una frase de Carofiglio que define a Bari como “una ciudad que se encuentra suspendida en un equilibrio entre el ya no más y el todavía no”. Blanco en los visillos de las ventanas, en las cortinas de las puertas en las iglesias y en la catedral. Blanco en el folio que he ido rellenando de tinta azul como el cielo de Bari para contaros esta crónica. Entro a comer orecchiette con cima di rape y un riso patate e coze. De postre dos bolas de helado de pistacho que si me permitís voy a dedicárselos a una buena amiga que siempre lee estas crónicas.

Puglia - Lurdes 02Comienzo mi periplo. Me encantan los viajes de un día sin equipaje y con una única incógnita: ¿dónde te dejará la estación a la que vas? Ser de esos viajeros a los que solo espera y despide la ciudad. Esa ciudad que se ve envuelta en la circunstancia de los que en ella habitan y de los que la transitamos y, sin querer, les cambiamos el paso. Ruido de coches, de escandalosas ruedas de maletas, griterío y esa idéntica voz en off tantas veces incomprensible de los altavoces que anuncian que llega un tren y se va otro. Ahora a las estaciones ya no las envuelve el vapor de las locomotoras, ni a los trenes los despide un silbato. Aguardo en la cola de la única taquilla. Me disgustan las máquinas automáticas. Poligano a mare es mi destino de hoy. Me recibe encaramado en un farallón que devoran las grutas como las voces al silencio. Desde los altavoces de su ayuntamiento la voz Doménico Modugno vuela a decibelios por todo el pueblo. Las luces de Navidad, por si nos habíamos olvidado de la letra, la recuerdan en colorines.  Y en medio del griterío de la muchedumbre en los puestos del mercatino entro en la primera iglesia que se cruza en mi camino. Diez lugareños rodean en la penumbra algo. ¡Dios, es un féretro con rendijas! Esto es el sur y aquí les debe gustar convivir con la muerte y toquetearla. Ya no me pillan, no volveré a entrar en ningún pueblecito que tenga una iglesia abierta gratis porque allí dejan en la cajas velándose al muerto solo para quien quiera pueda pasar a despedirse y para que la Virgen, Dios y los santos le velen. Y luego bien grande la esquela en los muros medievales recién limpiados: Ha concluso il suo percorso di vita terrena. Corro de nuevo al griterío del mercatino y me tomo  un capuchino rebosante de espuma viva con una amarandela de acompañamiento.

A Polignano llegué con un sol dicharachero y me marcho con una luna taciturna. Luminaria de libélulas que recorren la piedra, deshaciéndola y reconstruyéndola. Proyección en un juego de luz y sonido; luces al mar libre, caminos de luz que juegan a imitar los colores del arco iris; mendigos que quizá duerman esos días con menos oscuridad bajo esas luces. Luces unicornio, luces que se abren como la cola de un pavo real, corazones de luces que rescatan otras del túnel del tiempo y hacen chiribitas en los ojos. Luces que inventan un cuento para los niños que no creen en cuentos. Luces que aunque estén a ras de suelo te transportan a otra galaxia. Luces que se apagan como velas de cera no recargables. Luces que no saben adaptarse a otra forma diferente de la que fueron creadas. Os pido perdón por la digresión de las luces, pero no quiero podarlas.

Puglia - Lurdes 03Viajo a Basilicata porque no puedo dejar de visitar Matera. La estación que ellos mismos anuncian como “Incredibile, no es Madrid, no es Manchester, es Matera”  Demasiado tren para los raíles que conducen a Matera. Todos dicen que se parece a Jerusalén. Las calles a veces se ubican en  tejados de otras casas trogloditas. Iglesias rupestres o con un entramado de cavernas en el Sasso Caveoso al sur. El Sasso Barisano al norte y  la Civita con la catedral allí en lo más alto supervisándolo todo. Cisternas para la recogida de agua. Impostoras películas que la han utilizado para sus rodajes. Me siento como un espíritu cuya ánima pulula a través de los siglos en el purgatorio donde me han hecho creer que ni se siente ni se padece. Sigo andando y descubro que la Iglesia del purgatorio existe y en la fachada veo la muerte y la redención. Me han liberado a la fuerza, así que me adentro en el mundano placer de la comida y tras ésta pido capuccino aunque me desvele y boconotti alla crema. Me regalan un vasito de agua gaseosa igual que el agua de litines que mi padre tomaba y como si fuera la madalena de Proust viajo al paraíso recobrado de mi niñez.  En las dos iglesias rupestres con los frescos recién restaurados estoy en esa gloria que en realidad andaba buscando. Santa Lucia alle malve, Santa María de idris, cisternas rosa y de mil colores que el agua garabatea a su antojo. Iglesias desacralizadas. Grutas de piedra horadada que parecen ojos esculpidos que me observan. El palacio de las cien habitaciones, un museo de esculturas dentro de una cueva en el que admiro cómo el hombre y la erosión trabajan al unísono la naturaleza. Me llevo de Matera la imagen de un yugoslavo con un guardapolvo negro y melena grisácea algo mal encarado al que faltaba algún diente, pero que al despedirse de los que comíamos en el restaurante nos regaló una estampita de la Virgen Gospa. También me llevo, a contracorriente, un pan con forma de croissant que pesa un kilo y un pequeño cucú de esos que aseguran que aleja de los espíritus malignos. Y en el corazón un verso pernicioso de  “amori giocosi” Tommaso  Stigliani, el poeta incluido en el Index librorum prohibitorum. Pregoti amore e giù mi postro intanto/Ch’in mercè ch’ogni giorno auuien ch’io /porte /nell’urne di quest’occhi alla tua corte l’amaro vassallaggio del mio pianto

En mi escapada a Alberobello como hacen los turistas me encaramo a la iglesia para ver el pueblo desde su mirador. Todos los tejados cónicos de piedras grises, fogonazos blancos y flores, símbolos mágicos o sagrados pintados sobre los tejados a mano con cal y que aseguran que salvaguardan del mal. Pequeñas ventanas me miran ¿serán los ojos de los duendecillos de que todo el mundo habla? Ningún trullo es igual a otro. Observo su cúpula central y esos pináculos que los coronan, la chiave del trullo, que servía para distinguir a sus habitantes: quiénes y cómo de poderosos eran. ¡La vida misma! Los construían sin argamasa para que parecieran inacabados y así evadían el tributo al virrey español de Nápoles no para su beneficio sino para el de los Condes dueños del lugar que querían que les pagaran solo a ellos. El trullo siamés que construyeron con dos partes iguales para cada uno de los dos hermanos que se enamoraron de la misma chica. Los duendes de los dibujos animados viven en hongos parecidos a los trulli, pero en estos  sólo encuentro hacinados todo tipo de recuerdos para su venta. Me alegro de haber venido un día de diario y a primeros de diciembre porque la invasión de turistas le quitaría gran parte de su encanto. Al ir a coger el autobús de regreso a Bari espero frente a un Servizi Igienizi de vaccini en el que la mugre y el polvo de la fachada necesitaban una capa de esa reluciente cal de los trullos. Creo que me marcho con el karma limpísimo, pero el que está a mi lado en la parada me cuenta que la mayoría de los símbolos han desaparecido, han perdido su significado y valor inicial.

Il treno diretto a Lecce para en todos los apeaderos. ¡Menos mal que era directo! A mi paso por Bríndisi me avisan como si tal cosa por megafonía y en todos los carteles electrónicos de la estación que no circulará ningún tren por esa via Per la rimozione de un residuato bellico in prossimita della stazzione di Brindisi . Y luego me entero de que han desalojado a cincuenta mil habitantes de los alrededores. En Lecce esperaban a nuestro Carlos I, pero él no es que llegara tarde, es que nunca llegó. Yo estoy aquí y me adentro en  el casco histórico por el arco triunfal que en su honor erigieron. Me detengo ante la fachada de la Basílica de la Santa Croce. Pierdo la noción del tiempo admirándola. ¡Cómo puede estar tan decorada de complejos referencias simbólicas!: Ovejas, dodos, querubines, bestias fabulosas que, al sobresalir, cobran vida en esa piedra, como si la piedra pudiera tejerse con el sutil hilo de las hilanderas. Los Atlantes, de los que ya os conté que representan a los turcos capturados en la Batalla de Lepanto, sostienen la barandilla. Dentro me extasío bajo el altar de san Francisco de Paula. Dios, ¡no sé lo que cuenta pero cómo lo cuenta! Espero que tú lector seas de los que prefieren arrobarse con la belleza a desentrañarla. Dicen que la fe y la fortaleza cierran y abren el mundo de este barroco Leccese y yo lo creo. En la catedral descubro que sacrificaron a Noé después del diluvio y retozo como un diablillo trepando y descendiendo por sus retorcidas columnas. Mi mirada tan exagerada como la suya enaltece los detalles. Salgo por la puerta lateral que es más fastuosa que la principal. El contraste de líneas, el orden inferior convexo y el superior cóncavo, de la fachada de San Mateo; el imponente altar mayor de Santa Chiara con sus estatuas y las figurillas pintadas en cartapesta, mezcla de papel y cola que la decoran; el pozo del Seminario en el mismo centro del claustro donde escucho canturrear una tarantela y me quedo atrapada en su tela de araña. En un amago de poema te recuerdo: “Con miedo de canto de cuco entraste en mi vida, con desenfreno de gorrión la haces girar mi vida alrededor de tus aletas de pez, y, aun hoy con tierno respeto, llamas a mi puerta antes de entrar” Está atardeciendo, pero no me voy hasta que se vuelve anaranjado el blanco de la fachada de la Santa Croce. Me dejo en prenda un pendiente perdido en el anfiteatro y por bien perdido lo doy.  De regreso a Bari no puedo resistir más y abro mi paquetito de pasticciotti. Rompo el crujiente hojaldre de uno y mi boca nada en el corazón de su crema.

Esperando el tren en dirección a esa Barletta que no voy a visitar pasan otros trenes in transito igual que la vida pero cuando pasan anuncian que está prohibido oltrepassare la linea gialla y me lo apunto para tenerlo en cuenta en la mía. Voy hacia el norte de Bari. Me quedo en Giovinazzo, un pueblo fortificado. Comienza a llover y el viento se confabula para ir siempre en dirección contraria a  la posición de mi paraguas. De modo que de nada me servía abrirlo. No me importa. Recorro sus calles saliendo y entrando por sus pasadizos del mar a sus  callejones y al final descanso de las veleidades del viento en un palacete convertido en pub que me enamora. Llega la tarde y ese mismo viento hace que no quede ni rastro de la lluvia.  Me espera Trani. Quiero recrearme en ella sin prisas, en su entramado de calles añosas que no decadentes como algunos decían; en sus edificios de piedra que convergen en la catedral cuya palidez hace más azul el mar. Su pequeño puerto escondido. Una torre alta que, sujeta a un arco. Su castillo svevo con su torreón y sus tres torres, tan blanquito, tan restaurado él;  su barrio judío. Bajo una pequeña pasarela de piedra contemplo el mar sin olas que lo solivianten, remolón como yo a remolque de tu paso.

En el tren de regreso a Bari intento abarcar el horizonte infinito con mi finita mirada. Es mi último atardecer y la luna se desvanece entre dos callejones de la Bari vecchia cuando voy a despedirme de ella. Recojo la habitación del hotel de tal manera que nadie sospecharía mi paso por  ella. A media noche como si se hubiera reencarnado “la Malombra” que guardo en la maleta, esa hechicera con pelo de caballo y flecos de  alfombras, comienzan a moverse muebles y objetos y no puedo dormir. ¡Lástima no tener una escoba para ponerla frente a la puerta! Por la mañana en el autobús camino del aeropuerto el conductor  se santigua cuando otro pasajero le dice que ha encontrado un pasaporte en el asiento y le sugiere que tiene que entregarlo a la policía. No hubiera podido encontrar mejor final que ofreceros que este i lettori gentillissimi. Sono arrivati ​​alla fine di questa cronaca. Grazie mille per avermi letto e arrivederci. Os prometo que alguna otra caerá, así que no os libraréis de mí.

 

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Por: Lourdes Chorro

El vuelo empieza muy genovés, la tripulación disimula los granos adolescentes con maquillaje, se abre la cabina y ves el pelo del piloto blanco como las nubes que os esperan en ese cielo que aún no habéis sobrevolado. La azafata os hace la demostración de seguridad con cara de crisálida. No entiendes su inglés, el tuyo es de supervivencia. Flotáis en esas costillas de las nubes que parecen dar cuerpo al cielo. En un duerme-vela el avión se aproxima a la pista entre las montañas y el mar, entre  montículos y valles. Aterriza y el mar se apodera de los dos lados del tren de aterrizaje. Silencios que duran lo mismo que una nota. En tu cuerpo adagios y presagios de una  caricia de colibrí.

genova 04aCamino al hotel, por mirar a dos ciegas relamerse un trocito de focaccia en la puerta de una forneria fantásticamente deprimida, casi te adentras en la estrechez de una calle con tres rótulos iluminados a plena luz del día que rezan: cerca, torna, gira. Un hombre descarnado te aborda y regresas de dos zancadas a la plaza, mientras las ciegas sonríen al infinito degustando su inacabable focaccia. Dejas la maleta y vas a comer una porción de esa focaccia. Sabe a boccone di cardinale. Comienzas a recorrer el casco antiguo. Los frescos del palacio San Giorgio dividido en dos como tantos corazones mitad medievo, mitad renacentista, son el primer regalo de Génova. Sobre los edificios pintados en las fachadas, historias con héroes, guerreros, princesas, todos al amparo de esas pequeñas iglesias que cada noble construía para su uso particular. Si miras a lo alto crees que estás viviendo una aventura mítica en otra época. La enorme bola de vidrio no se cansa de jugar a adivinar las vidas de tantos cómo suben y bajan de esos inmensos cruceros que fondean un día, de paso, en el puerto guiados por la Lanterna, ese faro que desde  el siglo XII ha guiado a varios de los mejores marinos de la historia. Mástiles fusas y semifusas como si una batuta los moviera. Un compás de pares e impares animan a este puerto aburrido de tanto turista mirón que solo está de paso.

Genova 03Ha sido una tarde de sol radiante. Ahora en la oscuridad de la primera noche no dejas de caminar sin rumbo fijo y ansías volverte a perder entre sus callejuelas llenas de ojos que fotografiar. La algarabía del puerto resuena en tus oídos como los truenos en la tormenta. Los rayos convierten la oscuridad en explosiones de luz, pegándose al calor del cristal igual que las salamandras. El dormitorio se ilumina, ahora sí ahora no, como si estuviera deshojando la margarita. En esa hora desierta en que te crees dueña de la ciudad, un silencio ligero como tu sueño se refleja en el espejo del agua de la fuente Ferrari. Tras el paréntesis del desvelo, de nuevo el sueño te acaricia. ¿Por qué en otoño necesitamos que nos quieran más?

Al día siguiente madrugas, te encanta hacerlo cuando viajas. Además es tu segundo día y los pares son tus favoritos. La acera emborronada como su salsa de nueces te guía por iglesias, palacios, edificios en esa decadencia que a primera vista inquieta pero después como todo lo bello engancha, incluso villas que añoran aquellos tiempos en que la ciudad fue importante. Podrías hablar de su Catedral San Lorenzo, pero prefieres hacerlo de San Giovanni de Pré que convive con magrebíes y paquistaníes. Normal, ya que estaba acostumbrada a acoger peregrinos del mundo entero. San Mateo y su plaza, o mejor dicho la de Los Doria, donde te sentaste y te hubieras quedado el día entero. Divagas: los Fieschi, los Doria, los Spínola y los Grimaldi; todo en poder de unos pocos ¡que premisa tan invariable! En Génova el tiempo revolotea de un siglo a otro sin dejar paso a la modernidad. Encuentras plazas en las que sin pestañear haces un promenade sous la peau; una droguería de especias con filtros de amor tal cual surtían efecto hace 200 años, pero no te dicen a qué edad surtían efecto. Los genoveses se abigarran alrededor de su puerto, les gusta vivir de cara al mar, sin separarse de él. Ese mar que nunca parece enfadado aunque lo esté. Los genoveses se semejan a su mar, a su Pandolce, su Dolce di rosa, alegres como su Rosolio. Recuerdas esos versos de Alberti “¿Cómo decirte, amor, en esta noche solitaria de Génova, escuchando el corazón azul del oleaje, que eres tú la que vienes por la espuma?” Génova extravagante, encantadora, alguna vez, no vas a decir que no, será mala pero poco refinada en el odio. Que ella como Clytie se transforma en girasol por los amores imposibles. Su muchedumbre callejera es como una carga de expansión. En “La Gaviota”, Chejov es tan certero cuando el doctor Dorn al ser preguntado por Medvedenko sobre la ciudad que más le gusta del extranjero contesta: “Génova – ¿Y por qué Génova? – Porque su muchedumbre callejera es magnífica… Sale uno de la fonda y ve toda la calle inundada de gente… Luego, uno se mezcla a esta muchedumbre, camina entre ella sin rumbo, de aquí para allá en una línea sinuosa…, vive uno con ella, se siente psíquicamente unido a ella, y empieza a considerar, posible la existencia de una sola alma mundial…”

Rendida vuelves al hotel deseando que amanezca el tercer día. Te espera Boccadasse, ese antiguo pueblo de pescadores a pocos metros del centro de la ciudad cuyas casitas colorean el mar con sus lápices Alpino. Casitas colgadas que desafían a los acantilados que tiene debajo. Suspendidas como si el aire las sostuviera. Te sientas a mirarlas. Ellas también te observan con ojos pintureros, extravagantes. Te quedas a la deriva en Boccadasse. Por la tarde en Villa Durazzo Pallavicini donde la elegía de la Divina Comedia se representa en una impronta de la masonería, paseas entre camelias y palmeras, colina arriba en busca de ese templo a Diana que está en el corazón de un lago custodiado por cuatro tritones.

Genova 02El día se acaba tan aprisa que sólo te queda tocar retirada y preparar el trayecto del día siguiente. Las ganas de ver el Sendero Azzurro de Cinque terre te pueden pero tienes que dormir. Tu cuarto día comienza y acaba en una estación de trenes donde la megafonía repite idénticas palabras en círculos concéntricos “allontanarsi dalla via gialda” Y piensas allontanarsi da un amore, allontanarsi nella notte… de esos colores que parecen pintados con una varita mágica que a pinceladas se balancean en tus ojos como nenúfares bajo la luna llena que va siempre por delante del tren. Está ahí, ¿no la ves? Se cuela entre los recovecos de este tren que se aleja en línea recta porque recto es el camino de vuelta a Génova, mientras ligera, ingrávida te alejas como si te alejaras del centro de la tierra. Aunque sean cinco pueblos, los acantilados que los bordean hacen que a lo lejos te parezcan islas abiertas al mar como amantes primerizas. Entonces, quién sabe por qué, recuerdas la Metamorfosis de Ovidio: «Qué lugar, dijo, y con el dedo lo muestra, y la isla qué nombre lleva aquella, enséñanos; aunque no una parece». «No es, dice, «lo que divisáis una cosa: cinco tierras yacen como si el mundo se hubiera vuelto a poblar tras el diluvio”. ¡Los enamoramientos tantas veces acaban en tragedia aunque la de los héroes la pinten poética! Quizá Perimele ignoraría la suerte que corrieron las cinco náyades convertidas en islas por haber despreciado al rio Aqueloó. El primer sueño y una pesadilla te convierte en isla. Pasas toda la noche en un eco del mar.

Te levantas y aún no puedes olvidarlas. ¡Quién podría olvidar un lugar donde confitan pétalos de rosa y violeta! Lo consigues visitando el Palacio Rojo, Palacio Blanco, Palacio Ducal, Palacio Real, Palacio Spinola. Comiendo este quinto día te enteras de que Dante y Guy de Maupassant estuvieron en Portofino y allí te vas sin más en su busca sin pensarlo dos veces. Camino de Santa Margherita, en cada parada del Interciti un hombrecillo limpia a ciegas los asientos que quedan libres en el vagón quizá para no ver el color del paño con el que lo limpia. Santa Margherita, solo de paso para coger el autobús a Portofino aunque en ella naciera Sbarbaro el poeta, que como a ti, le gustaba escribir las sensaciones que le inspiraban las cosas pequeñas. Llegas al atardecer. El mar color lapislázuli. La luna  sale antes de que, se ponga el sol, pero el rastro de ellos sólo lo encuentras en una placa del puertito. Te conformas. Esperando el autobús de vuelta ves un jeep aireado y sin puertas con dos cuerpos morenos al lino blanco que atraviesa la piazzeta seguido sin distancia de seguridad de tres monovolúmenes con cristales ahumados. Frenazo y comienzan a, salir como del árbol de la vida sin engendrar jóvenes atléticos que envuelven, cuesta abajo camino del puerto a los dos cuerpos de blanco lino. No puedes por menos que, perseguirlos embozada bajo los soportales. Un barco marrón plateado atracado en el puerto los engulle. Resultan dos jeques Árabes. Dante te había enviado esta humana comedia del siglo XXI.

Sexto día: Visitas la Villa del Príncipe, il Castello d’Albertis donde los ojos del capitán se perdían viendo desde lo alto la ciudad. Senza nostalgia, no como la desafortunada esposa de Oscar Wilde, Constance, que se refugió en Génova de los escándalos de su esposo, miras la nubes. A veces se mantienen encima del mar varadas como sirenas, otras se quedan lejos detenidas a la espera de poder adentrarse en la ciudad disimuladamente. Solo esa tarde tuviste una tormenta, el resto un sol que parece que no conociera ocasos ha sido el padrino absoluto de la ciudad. Deambulas por la ciudad. Las Torres de la Puerta Soprana, el inabarcable laberinto del casco antiguo. Callejuelas que se precipitan como cataratas al mar. En algunos ángulos y frisos San Giorgio con su caballo aplastando al dragón mientras éste espera que alguien le saque del olvido. A veces, por descuido o adrede, dejan una puerta abierta y puedes ver ese jardín que muchas casas ocultan como a un amante que no quiere dejar de serlo. Chirría el elevador y casi os quedáis atrapados. No te sientes okupa, te crees propietaria de cada rincón, cada calle perdida, cada plaza, cada palacete decrépito pero bello, digno. Bajo el agua como en todos los mares habrá plásticos convertidos en despojos verdes pero arriba la vida se balancea al compás de las olas. La noche no detiene esa quimera de alegría y algarabía que envuelve a la ciudad. Una quimera de alegría ecos y risas que se despeñan calle abajo porque siempre hay una calle abajo y luego una arriba de regreso.

Has dejado atrás sotavento. Todo te parece venir de barlovento porque el viento siempre está a favor de Génova. Viento de poesía a orillas del mar, noches de poesía, caminos poéticos, descubrir Génova con los ojos de un poeta. Poder asistir a su festival de poesía en junio sus “Parole Spalancate” (Palabras de par en par). Escribir un poema mientras te inspiras con un helado de chocolate a la pimienta. Un solitario poema que dejará de serlo cuando lo leas. Génova torbellino de metáforas, turba de aliteraciones, alegoría titánica. Génova de la que Lope de Vega dijo que “un día vino a ser  tan rica y temida” que “La soberbia fue llamada”. Esta Génova del dios Jano y no eres tú la que así la llama sino Cervantes. Cenas en De María, una casa con habitaciones transformadas en comedores, mientras la brisa-vals en tres tiempos mece los manteles de cuadritos rojos en el tendedero. Pansoti con salsa de nueces, trofie al pesto y encuentras la coartada perfecta para saborear unos camogliesi rellenos de crema pastelera al ron de esa que te induce al sueño.

Séptimo día y no por ello descansaste. Camino a Nervi, en la lejanía Génova es una impresionante vista panorámica. Es tu penúltimo día. Paseas por sus jardines y encantadores museos. De regreso en este último anochecer tus pies se aproximan al nivel del mar y esperas paciente. Aún no es hora, pero esperas. La sonrisa del mar te adormece. Con suerte hoy saldrá el rayo verde. ¡El sol está tan cerca de ese horizonte paciente como un dromedario atravesando desierto! Empieza a caer, tus ojos abiertos como un bulbo florecido; no consientes que parpadeen. Al fin el sol cae, va a desaparecer, se pone y un fogonazo de rayo verde estalla en el azul enfurecido del cielo. No quieres que las ondas del agua cambien de dirección. Te das la vuelta y de regreso al hotel ves el reflejo del brillo púrpura de las fachadas del mármol en su mejilla y sientes nostalgia sin haberos marchado ya de allí. Y comprendes que el mar de Génova se ha apegado a ti como la arena en tu cara humedecida por dos lágrimas, la que ella nunca derrama y la tuya.

Ahora, en el avión, mientras escribes esta crónica, temes que estos recuerdos como una rima intercalada sin técnica de movimiento poético que los ampare ni censor que los depure, se conviertan en una quimera. La chica que nunca sonríe a la derecha, la que nunca cesa de sonreír a la izquierda y tú como una mujer a contraluz con el sol cayendo a su espalda llevas en la mano una nube que recorre el cielo e imploras que este avión del regreso se niegue a aterrizar.

 

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Por: Luis Marín

La bruma matutina atraviesa el valle y da un toque fantasmagórico al paisaje. El olor a tierra mojada recuerda la lluvia caída durante la noche. El regato que transcurre por delante de la casa transmite un rumor que ayuda a sentirse bien. Apoyado en la barandilla del balcón disfruta de los sonidos del campo que empieza a despertar. Eligieron ese destino después de leer la trilogía del Baztán atraídos por la descripción de sus bosques.

Baztan 01Las botas y los calcetines de montaña están preparadas junto a los pantalones llenos de cremalleras y las camisetas térmicas. La mochila con ropa de repuesto, las cantimploras de agua refrigerada por la noche y los bastones de senderismo. Todo está listo para acercarse a la cascada de Xorroxin. Es el nacimiento del río Baztán que cambiará su nombre en Oronoz-Mugaire, más allá de la localidad de Elizondo. A partir de ahí será el Bidasoa, el que pasa por Bera, donde la familia Baroja tuvo su residencia en la casona Itzea, a las afueras de la localidad. Allí residió el insigne escritor Pío Baroja y después su sobrino Julio Caro, reconocido historiador y antropólogo. Conserva una biblioteca con 30.000 ejemplares que les hubiera gustado visitar.

Baztan 02Comienzan la ruta en el centro del pueblo de Erratzu. Enseguida atraviesan varios regatos de agua cristalina. Las primeras praderas con almiares dispersos acogen ganado que pasta con placidez. Vacas, ovejas, caballos y ponis, dan buena cuenta de los pastos. Poco a poco se van adentrando en el bosque de hayas, castaños y robles que los protegen del sol que se va elevando. El silencio los envuelve a medida que avanzan por el sendero hasta que sólo se oyen sus pasos sobre las hojas que empiezan a alfombrar el suelo. El rumor del agua anuncia la proximidad de la cascada. Primero a su izquierda un riachuelo se abre paso entre las rocas formando una pequeña balsa de agua que hay que salvar pisando sobre las piedras. Unos metros más allá, el río cae en una cascada de cuatro metros formando una poza protegida por rocas. Allí sentados consumen los minutos escuchando la vida del bosque. El chasquido de las castañas que caen al desprenderse del árbol y abren su cáscara erizada les provoca algún sobresalto.

Baztan 03Conocen la leyenda del Basajaun (señor del bosque) y su pareja femenina Basandere (señora del bosque). Están tranquilos porque ellos, a su manera, también son protectores del bosque. Recogen los envoltorios de sus bocadillos y los guardan en la mochila, tienen que reemprender el camino hacia las cuevas de Zugarramurdi, famosas por los juicios inquisitoriales de la Edad Media. Raro es el pueblo de esos valles navarros que no se hayan visto afectados por aquellos autos de fe.

En el camino se encuentran con una comunidad de agotes asentados en Arizkun. Son un grupo social minoritario cuyos descendientes quedaron en áreas apartadas de los valles de Baztán y Roncal, en Guipúzcoa y el País Vasco Francés. Eran artesanos que trabajaban la piedra y la madera, posteriormente también el hierro. Durante casi ocho siglos fueron víctimas de discriminación socioeconómica. No constituían un grupo étnico ni religioso diferenciado. Su lengua y fe eran las de la población de la zona en que se hallaban, por lo que su condición de minoría social era exclusivamente fruto de la marginación.

Baztan 04En fin, al igual que los señores que protegen los bosques forman parte de la leyenda y, por qué no, de la mitología local.

Un museo compuesto por ocho bordas que contienen esculturas en madera, en un espacio de más de tres hectáreas con obras en piedra y metal, promocionado por el escultor Xabier Santxotena forman un museo al aire libre que bien merece una visita. En una de las bordas, una estatua en madera de Unamuno preside el espacio.

Las cuevas cársticas de Zugarramurdi, apenas a unos cientos de metros de la población, recuerdan los supuestos aquelarres que se llevaban a cabo. Akelarres o contrabando, que también eso forma parte de las leyendas y los mitos de estas tierras.

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El Puente de Oresund

Por José Sainz de la Maza

Me gustan las películas y las series de intriga, también las novelas, aunque estas casi siempre acaban defraudándome, no sé por qué. En Escandinavia, tampoco sé por qué, eclosionó hace ya bastantes años un sorprendente entusiasmo creativo por la ficción de intriga que afectó, en primer lugar, a la producción literaria y más tarde a la televisiva. Desde entonces, daneses, suecos, finlandeses, noruegos e islandeses nos han contado un buen número de historias que habitualmente muestran unos personajes muy originales. Tal vez debido al frío y a la falta de luz solar, el modelo usual de sus protagonistas se corresponde con mujeres y hombres sombríos y, a menudo, atormentados. En su elenco particular son frecuentes los insomnes, los depresivos y los devastados por sentimientos de culpa. También los alcohólicos.

Cuento esto porque de esta afición mía a las series policiacas y como consecuencia de mi particular admiración por los puentes, surgió mi viaje de este verano a Copenhague. Hay una serie policiaca de producción daneso-sueca titulada precisamente ‘El puente’ (Bron/Broen) que seguí casi con veneración hace unos meses. La protagonista principal es una inspectora de policía de la ciudad sueca de Malmö que padece un trastorno de espectro autista, tal vez un síndrome de Asperger. Se trata de la inspectora Saga Norén quien, junto a un colega de Copenhague, debe resolver un homicidio con una especial particularidad: que el cadáver apareció sobre el puente de Oresund que une las ciudades de Copenhague y  Malmö, y no en cualquier parte del mismo, sino en el lugar exacto por donde pasa la línea fronteriza que separa Suecia de Dinamarca. Soberbio icono, la inspectora Norén, solitaria y asocial, pero extremadamente inteligente.

La secuencia de apertura de cada capítulo tiene como fondo visual un recorrido aéreo. Vistas nocturnas de las dos ciudades que lo franquean se alternan con imágenes del puente de Oresund. Me gustaba una especialmente: desde el aire, a no demasiada altura, un pausado trávelin muestra su tramo central como si siguiera a un automóvil. En la pantalla se ven pasar sus pilares y tirantes con una cadencia relajante, todos iguales, todos equidistantes. Se superponen a las imágenes los títulos de crédito y se escucha de fondo una canción que suena como un suave quejido, con un ritmo lento que a mí se me antojaba en perfecta armonía con el paso de pilares y tirantes. Me encantaba esa cabecera, tal vez más que la propia serie. Tanto que siempre que comenzaba un capítulo, repetía la misma cantinela: “Qué puente tan bonito, me encantaría verlo”. Seguramente dijera esas palabras demasiadas veces (la serie tuvo cuatro temporadas, treinta y ocho episodios en total) y ya se sabe, hay que tener cuidado con lo que se desea, no vaya a ser que se convierta en realidad. Me regalaron por mi cumpleaños un viaje de cuatro días para que viera el dichoso puente y para que conociese sus dos extremos, Copenhague y Malmö.

Tengo a los escandinavos por  maestros de los colores neutros, las formas simples y las líneas limpias, sobre todo si estas líneas son rectas, por eso el puente de Oresund es tan árticamente sobrio y tan fríamente bello. Por otra parte, aunque tal vez esto sólo sea la apreciación de un turista latino y obstinado, me pareció que daneses y suecos no se prodigan precisamente por su interés en facilitar a los viajeros el disfrute de lo que sus lugares albergan. A esto achaco yo que resulte tan complicado contemplar el puente. A pesar de ser una construcción única, de que se trate de una fabulosa obra de ingeniería que combina un túnel de cuatro kilómetros, una isla artificial de otros cuatro y una parte aérea, el puente propiamente dicho, de nada menos que ocho kilómetro, a pesar de que el puente combine un largo tramo recto con una airosa curva sobre el mar Báltico, a pesar de todo esto y de la exquisita desnudez de su diseño, para un observador curioso no resulta nada fácil visitarlo y atravesarlo. No hay recorridos diseñados ex profeso, ni en superficie, ni surcando el estrecho en barco. No existen circuitos, ni guiados, ni para hacerlos en plan mochilero. Tampoco hay miradores que permitan admirarlo y fotografiarlo detenidamente, ni desde el lado danés, ni desde el sueco. La cosa es como sigue, o se pagan cincuenta euros de ida y otros tantos de vuelta en concepto de peaje, si se viaja en automóvil (no está permitido bajar del coche) o se recorre en tren por debajo de la superficie del puente, a través de una plataforma inferior que no permite contemplarlo o se coge uno el autobús urbano 999 (salen tres al día) que efectúa un trayecto de más de una hora entre el Hovedbanegard de Copenhague y la Gustav Adolfs torg de Malmö con ocho paradas intermedias cuyos nombres son, lógicamente, impronunciables. Los pocos que íbamos en el autobús 999 de las 11 horas del 13 de agosto, a juzgar por el continuo repiqueteo de los obturadores de las máquinas fotográficas, éramos, sin duda, entusiastas de la serie, del puente o de ambos.

El puente de Oresund es muy reciente (se inauguró en el año 2000) y tal vez los puentes solo pasen a ser objeto de homenaje con el paso del tiempo. Quizá sea ese el motivo de que sean tan conocidos y visitados el de Brooklyn, el de la Torre de Londres, Rialto, el puente de Carlos, Ponte Vecchio, le Pont Neuf o el Golden Gate. Da la impresión de que hoy por hoy, suecos y daneses no ven en él más que un medio de transporte y se olvidan de su belleza, su seductora estampa y su entorno marino de horizonte profundo y por eso lo atraviesan mayoritariamente en tren, en un estrato inferior que no permite su visualización. Para mí, todos los puentes tienen algo mágico y seductor. Muchos de ellos, los antiguos, fueron antes pontones y sólo cuando demostraron su valor se los magnificó y premió levantando estructuras complejas de piedra o hierro, dándoles así la categoría de monumento y por eso mismo, preocupándose porque fueran, además de útiles, bellos. Los puentes permiten eludir escollos, protegen de peligros que siempre aterraron al ser humano: aguas profundas y precipicios. Pero es que además unen y ‘unir’ es uno de los conceptos más hermosos que ha acuñado el ser humano. Los puentes son símbolos y por eso son también objeto de interpretaciones espurias, por ejemplo aparecen en los billetes de euros y también en los de las coronas danesas, a pesar de que no hay nada que separe más a las personas que el dinero.

Además de las películas, las series y las novelas de intriga, me gustan los puentes.

En este viaje también visité las ciudades de Copenhague y Malmö, son preciosas. Tal vez escriba algún día algo sobre ellas.

José Sainz de la Maza

Verano de 2019

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Por: Luis Marín

Viajamos en autobús desde Frankfurt hacia el suroeste de Alemania para pernoctar en la Selva Negra, en el estado federado de Baden-Wurtemberg. Se trata de un macizo montañoso de 160 kilómetros de largo y 60 de ancho. Su denominación se la debe a los romanos, quienes la nombraron así en su intento de invasión de la Germania, por la oscuridad que en su interior provocan la altura de los árboles, abetos en su mayoría, que se elevan en busca del sol.

Una de las entradas a la selva por el norte se hace por Tubinga. Es una ciudad universitaria de noventa mil habitantes, de los que más de veintidós mil son estudiantes (25%). Se fundó en 1477 y en ella estudió Johannes Kepler.

SN 01Me detengo unas líneas en Tubinga para pasear por sus calles con sabor medieval y visitar el castillo Hohentübingen, hoy ocupado por dependencias universitarias. Las vistas panorámicas de la ciudad dividida por el río Neckar son dignas de ser contempladas con la tranquilidad del estudiante. El turista, sin embargo, desciende a toda prisa hasta el antiguo barrio de los curtidores, atravesado por un pequeño canal que bordea las casas seculares adornadas con flores.

No queda ningún recuerdo olfativo del antiguo barrio, aunque en su día el adorado poeta alemán Goethe, escribió a su mujer Christiane Vulpius: “… la ciudad en sí es repugnante, pero solo con dar unos pasos puedes disfrutar de la ciudad más hermosa”.

Goethe viajó en 1797 a la ciudad para visitar al librero y editor Johann Friedrich Cotta por recomendación de Schiller. Lo alojó en su casa, frente a la colegiata de bellas vidrieras. Hoy se puede leer, labrado en piedra “Aquí vivió Goethe“. Justo al lado, en la ventana de un pequeño apartamento, se puede leer otro cartel que reza: “HIER KOTZTE GOETHE“ (aquí vomitó Goethe).

SN 02Como habréis adivinado, alrededor de esta frase se han generado diversas leyendas ¿De qué si no se alimentarían los mitos de las grandes glorias de la literatura? Una de ellas la atribuye a la respuesta de los estudiantes al comentario del poeta acerca de su repugnancia por la ciudad. Otra la centra en el contrapeso al cartel en piedra que el editor puso en su casa para ensalzar a tan ilustre visitante. Quizá sea simplemente consecuencia de un vómito real tras una borrachera en las innumerables juergas en que el escritor solía participar. ¿Quién se puede resistir a las cervezas alemanas? En la ciudad hay gran cantidad de pequeños productores, lo que exige un trabajo metódico para valorar el mayor número de variedades posible.

Podría hablar de otras ciudades universitarias de importancia en el estado de Baden-Wurtemberg. Pero Friburgo de Brisgovia o Heidelberg, merecerían una crónica extensa sólo para cada una de ellas. O describir el lago Titisse, Badem-Badem y otras localidades.

No es el objeto de esta crónica, pero de todas ellas se puede encontrar información fidedigna en las múltiples páginas de turismo en Internet. O mejor, acercaros por allí en un rato libre. Seguramente mis comentarios no harían honor a toda la grandeza de la región.

Pero amigos, dormir en plena selva negra es inolvidable. Nos alojamos en un hotel en un pequeño pueblo, Hornberg. Schloss Hotel Hornberg (espero que aquí no esté prohibida la publicidad) se llama.

SN 03En una colina que domina el pueblo y a la sombra de una torre que parece vigilar el valle, el hotel, gestionado por un joven matrimonio, permite introducirse en el ambiente del bosque. El amanecer ilumina poco a poco la torre de su iglesia y los tejados negros e inclinados de las casas. El puente del ferrocarril, que salva el desnivel del valle, le confiere una SN 04identidad única. El atardecer tiñe de rojo las copas de los abetos de las elevaciones que lo protegen. Los halcones peregrinos descansan sobre los tejados de las antiguas dependencias del castillo.

Cuando caminas por esos bosques; silenciosos, solitarios y oscuros (como decían los romanos) te imaginas que en cualquier recodo del camino te vas a encontrar la casa donde Hansel y Gretel quedaron atrapados. A mí me gustaría también quedarme allí. Los hermanos Grimm situaron muchos de esos cuentos en los parajes de la selva negra. Por algo será

SN 05Ascendiendo hacia las cascadas de Triberg, las que forma el río Gutach con una caida total de 160 metros, el bosque se hace tan espeso que cualquier ruido hace que te gires queriendo encontrar al comerciante que transita por los montes con su carga de relojes a la espalda.

SN 06Es preciso explicar, aunque muchos lo sabréis, que la localidad de Triberg, construida en un estrecho valle, es la ciudad de los relojes de cuco. Quedarse solo en los relojes sería una simplificación imperdonable. En el museo local se exponen no sólo relojes, desde los más simples a los más sofisticados, sino todo tipo de máquinas de hacer música, incluso verdaderas orquestas autómatas. El organillo me transportó a nuestras fiestas tradicionales.

Me vino a la memoria un cuento que escribí hace un par de años donde los protagonistas habitaban un bosque que les daba protección. También trabajaban la madera. Quizá le de una vuelta un día de estos.

Cierro esta crónica con el canto del “autillo“ que tenemos asentado en estos meses en el jardín de Madrid río y que me hace evocar el sonido de los bosques vivos de la Selva Negra.

¡Qué paz!

Luis Marín

Luis Marín es miembro de la asociación Primaduroverales. Es coautor de los libros Madrid Sky y 2056 Anno Domini.

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