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Archive for the ‘Crítica literaria’ Category

Te propongo un juego. Piensa en un escritor… ¿Ya está?

Bien, estoy seguro de que has pensado en un hombre, que va vestido con chaqueta y, seguramente, también lleva corbata. ¿A qué es famoso?

¿Por qué no has pensado en una mujer? ¿Por qué no has pensado en un escritor desconocido para el gran público? ¿Es que todos los escritores son hombres, famosos y van vestidos con traje?

Ahora es el momento en el que te contaré una anécdota. Una señora iba sentada en el metro leyendo un libro en papel, (una de las pocas que deben de quedar y que no han sustituido el papel por un dispositivo electrónico o por el teléfono móvil). En el mismo vagón iba el autor de la novela, que miraba atentamente a la señora. En un momento dado la lectora resopló y el autor tuvo dudas de si la señora resoplaba porque no le interesaba lo que leía, porque de pronto le entró calor o porque empezaba a aburrirse. No se atrevió a preguntárselo ni a darse a conocer. Se dio la vuelta y continuó limpiando el metro.

Pues sí. Como imaginas, el autor de la novela no llevaba traje, era un limpiador en el metro de Buenos Aires. Se llama Kike Ferrari y en el premio de novela negra de Gijón de 2011 ganó el premio Silverio Cañada a la mejor ópera prima con la novela Que de lejos parecen moscas. Ha escrito más libros y tiene más premios, por lo que no se le debe de dar mal esto de escribir, entre ellos: Lo que no fue, novela galardonada con el premio literario Casa de las Américas, en 2009; y Entonces sólo la noche (2008), volumen de cuentos premiado con el tercer puesto del Premio del Fondo Nacional de las Artes de 2008.

Kike Ferrari. Fotografía de Silvina Frydlewsky

Una de las veces que a Kike Ferrari le preguntaron si no está harto de que su trabajo como limpiador en el metro se convierta en el titular de sus entrevistas, contestó: “No, a mí me tocó ser el pitufo proleta y no pasa nada con eso, me sirve para que los libros dialoguen con más gente y me sirve para hablar de trabajo, para decir que las musas no juegan, que escribir es un trabajo y que los trabajadores escribimos, que hay un montón de nosotros produciendo cultura y me parece que si hay que decir algo interesante, probablemente lo tenga que decir la clase trabajadora“. La anécdota y esta respuesta me recuerdan constantemente el libro del autor vizcaíno Francisco Javier Conejo Hidalgo titulado ¿Quieres trabajar? Va a ser que no. Francisco Javier es otro de estos escritores sin traje y corbata que ha contado su experiencia laboral en un libro, un escritor con el que te puedes cruzar repartiendo fruta, conduciendo una grúa o reponiendo género en un supermercado. Su libro, que tiene mucho de autobiográfico, narra el encuentro de dos amigos en el que uno de ellos le cuenta al otro multitud de anécdotas, situaciones divertidas, surrealistas, extrañas que ha vivido en los trabajos que ha tenido y así, casi sin quererlo, hace una descripción del mundo laboral subterráneo, degradado y corrupto que nos rodea. ¿Quieres trabajar? Va a ser que no es un libro que sin dramatismo y con mucha ironía nos dibuja una sociedad en la que el trabajador no es muy bien tratado. Francisco Javier Conejo es, en cierto modo, nuestro Kike Ferrari particular. Y no es el único. Así que, te pido por favor, que la próxima vez que pienses en un escritor mires a tu alrededor antes de contestar y veas a gente como Teresa Nuñez, Nieves Sevilla, Carmen Soteres, Ana Garrido Padilla, Juana Cortés Amunarriz, María Posadillo, Rakel Ugarriza, Rocío Díaz Gómez, Santiago Eximeno, Raúl Clavero, Fernando Martínez López, Juan Carlos Pérez López, Ernesto Tubía, Francisco de Paz Tante, José Quesada Moreno, Álvaro Romero Bernal, el entrañable José Quesada García, Antonio Blázquez, Antonio Llop o Pedro Mateos Sánchez por citar a unos cuantos escritores que no son famosos entre el gran público. Entre ellos hay variedad de profesiones: administrativos, profesores, camareros, albañiles, conductores… Igual que Francisco Javier Conejo, todos ellos tienen un poquito de Kike Ferrari, normalmente no llevan ni traje ni corbata, escriben muy bien y les apasiona la literatura. ¡Piensa en ellos! Están tan cerca de ti…

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Por Manuel Pozo Gómez

Ray Bradbury escribió Farenheit 451 en el año 1953. La trama es conocida. El Gobierno tiene un cuerpo de bomberos que se encarga de quemar los libros y las casas en las que se encuentran los libros. Guy Montag, el protagonista, es un bombero que tras el encuentro con una joven de 17 años, vecina de su barrio, se plantea si al quemar libros está haciendo lo correcto.

Un día, tras quemar una casa en una intervención habitual, Montag se queda con uno de los libros. Lo lee junto a su mujer, que lejos de apoyarle, no comparte sus dudas. El capitán de bomberos de su unidad, el capitán Beatty, sospecha de Montag y le dedica un largo discurso sobre lo pernicioso que resultan los libros. Al final Montag ve como los bomberos queman su propia casa, denunciado por su mujer, y se ve obligado a huir. En la huida conoce a otro personaje clave del libro. Un viejo profesor de literatura llamado Faber.

Ray Bradbury escribió Farenheit 451 en el año 1953. Así comenzaba esta entrada. Resulta sorprendente, porque podría haber comenzado de la misma manera pero sustituyendo el año 1953 por el 2018. En 1953 ya se habían producido quemas de libros que posiblemente sirvieron de inspiración a Bradbury. Haciendo un rápido repaso de la historia nos encontramos la gran quema de libros y el asesinato de intelectuales en el Imperio Chino de Qin Shi Huan, el incendio de la biblioteca de Alejandría, la hoguera de las vanidades de Florencia, el auto de fe ordenado por el cardenal Cisneros en Granada tras la conquista de la ciudad y la más reciente quema de libros de 1933 en la Alemania nazi. Pero es que después de 1953, después de que Bradbury hubiera escrito el libro, se han producido quemas de libros en Argentina de la dictadura militar (1980), durante la Guerra de los Balcanes (destrucción de la Biblioteca de Sarajevo en 1992), en la Biblioteca Nacional de Bagdag tras la toma de la ciudad por el ejército de los Estados Unidos (2003) o en el incendio de la Biblioteca de las Ciencias de Egipto en los disturbios acontecidos en El Cairo en el año 2011.

¿Hemos avanzado algo desde 1953? ¿Somos sensibles a la importancia de los libros? ¿Ayuda eliminar asignaturas de humanidades de los programas de estudio? ¿No dedicamos demasiado tiempo a programas de entretenimiento vacíos, sin contenido? La mejor reseña que se puede hacer de Farenheit 451 es reproducir un par de párrafos. El primero se refiere al encuentro de Montag con el viejo profesor de literatura, Faber. El segundo son unas palabras del capitán de bomberos Beatty dirigidas a Montag, hablándole de la joven de 17 años aficionada a los libros que despierta la conciencia del protegonista… ah, y creo que conviene recordarlo, el libro no está escrito en 2018 después de ver un conocido programa de televisión.  

Formaban una pareja rara y tranquila. El viejo confesó que era un profesor de Literatura, a quien habían echado a la calle hacía cuarenta años, cuando los últimos centros de humanidades tuvieron que cerrar a causa de los pocos alumnos y la falta de apoyo económico. Se llamaba Faber, y cuando se le pasó el miedo habló con voz cadenciosa, mirando al cielo y los árboles y el parque verde, y cuando pasó una hora le dijo algo a Montag, y Montag sintió que era un poema sin rimas. Y luego el viejo se animó todavía más, y dijo alguna otra cosa, y eso también se trataba de un poema. Faber apoyaba la mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y recitaba en voz baja, y Montag supo que si estiraba la mano, le sacaría un libro de poemas de ese bolsillo. Pero no extendió la mano. Las manos le descansaban en las rodillas, entumecidas e inútiles.

Fragmento, Farenheit 451.

—Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía.

Fragmento, Farenheit 451.

Manuel Pozo Gómez es miembro de la asociación Primaduroverales Grupo de Escritores. Es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Premium editorial) y coautor, entre otros, de los libros Madrid Sky, (Uno Editorial); Cuéntame un gol, cuentos de fútbol  (Verbum editorial) y Mar de relatos (Editorial ECU). También ha coordinado el libro RRelatos HHumanos (Lid editorial).

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Por PACO PLAZA

Una vez más, la tarde del jueves nos divertimos con buena literatura en nuestra buhardilla, si, ya sé que estamos en una sala normal de un tercer piso, pero para mí que este grupo convierte en buhardilla cualquier estancia en la que se reúna.

obsolescenciaDisfrutamos del relato “Obsolescencia programada” de José Sainz de la Maza; de nuevo la prosa de José nos regaló el oído con personajes y situaciones que son perfectamente reconocibles, y metáforas sutiles sobre una realidad a veces inquietante. Pudimos ver la dificultad de utilizar correctamente los tiempos verbales cuando desde el pasado el narrador nos habla de un pasado aún más lejano. Y aprendimos cómo se puede introducir una metaficción poco a poco dentro del relato, casi sin darnos cuenta nos encontramos con un narrador y una atmósfera diferente y, además, salta de una a otra varias veces sin que se rompa la armonía en la lectura. Una delicia. Aquí dejo una pequeña muestra:

“…Tengo a mi madre casi convencida para ir un día aParis. Alguna blusa, una falda, unas sandalias… En alguna tienda bonita, pero de precios razonables, nada de Rue Royale, Avenue Montaigne ni Champs Elysées.

Menudo corte. Hasta entonces le había contado alguna que otra bola para adornarme, pero ahora había foto. Elisabeth estaba buenísima y yo tenía una pinta de crío infame. No, no podía enviar una foto mía hasta que al menos tuviera una sombra bajo la nariz que pudiera recodar lejanamente a un bigote.

Hija, ¿por qué no sales tú sola en la foto? Yo estoy hecha un fantoche y una vieja.

Me dices desde dónde me pongo y disparo. No, tú a mi lado. Pedimos a alguien

que por favor nos la haga. Ese chico, no ese no, aquel de allá. Sí mamá, el de la camisa de cuadros…”

swingDespués Carlos Cerdán nos leyó su relato “El Columpio”. No podemos aislarnos de la realidad y el cuento de Carlos reflejaba la tristeza inconsolable cuando se pierde a un hijo, y la empatía de quien lo tiene y espera tenerlo toda la vida. Carlos suele tener ideas geniales, muy visuales, que casi centran el cuento en una única escena, como ocurre en este caso; a menudo el cuento mejora si lo desnudamos de lo innecesario. Esta es la escena nuclear del cuento de Carlos:

“…La mujer se había ido a los columpios y empujaba uno de ellos con suavidad  como si balanceara a alguien. Me acerqué con sigilo y la observé tras un árbol para que no me viera. Tarareaba una canción y a veces le decía algo al ser imaginario a quien balanceaba. Me aferré al árbol, pues las piernas no me respondían y noté unas lágrimas resbalar por mis mejillas. Sentí que la larga sombra de su tristeza me había atrapado y tuve que hacer un gran esfuerzo para marcharme de allí…”

le-guinY así pasó la primera hora, la segunda la ocupamos en comentar los cuentos “Los que abandonan Omelas” de Ursula K. Le Guin y “El papel de tapiz amarillo” de Charlotte Perkins. Dos cuentos que son como dos bofetadas. El relato de Ursula K. Le Guin dio para hablar y filosofar mucho, sobre la felicidad, sobre la sociedad y el individuo, sobre el bienestar de unos gracias a la explotación de otros. Además en este cuento hay que destacar al narrador que interactúa con el lector y que juega con la primera y tercera persona.

Charlotte_Perkins_Gilman_c._1900En el de Charlotte, escrito a finales del siglo XIX, se presenta la anulación de la mujer en una sociedad machista y la locura a la que aboca la asunción de ese rol pasivo en la protagonista. A lo largo del cuento juega con el dibujo del papel pintado de la pared, algo que a muchos nos recordó aquellos papeles pintados de moda en los setenta, con floripondios y jarrones barrocos que nos evocaban muy diferentes imágenes, y que, como en el cuento, eran muy, pero que muy, feos.

Acabamos en la taberna de Juan, hablando de momias peruanas y sospechando de la procedencia alienígena de nuestro querido camarero.

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Por: Mariaje Ainaga

En un día como hoy, día de la Mujer Trabajadora, no podíamos sino comenzar la tarde del Taller con un relato homenaje a la Mujer. Se titula “El día que faltes” y Carlos Valle-Inclán es su autor que lo dedica con estas palabras:

 “A todas las mujeres: pasadas, presentes y venideras. //  Sin ellas, el mundo se evaporaría entre nuestras manos.” 

coupleDespués de leerlo, pasa lo de siempre: que el relato cobra vida en cada uno de nosotros. Ya no es el relato de Carlos sino que nos pertenece a los lectores y cada uno le encuentra un significado profundo y especial. Eso sí, a todos nos encantó. Esa ternura con la que el anciano evoca a su esposa ya fallecida. Y digo evoca, que no recuerda, porque lo hace con las tripas, no con la cabeza. Concretamente lo hace a través de las maravillosas comidas que ella le preparaba. Con amor. Ahora ya no sabe comer sin ella. No sabe ser sin ella.

“-Qué hambre tengo, chata. Parece que llevase semanas sin llevarme nada a la boca. Volvería a comerme aquel pollo asado al vino que me hiciste por el día de mi cincuenta y dos cumpleaños. Yo te lo había pedido a la naranja, pero como no tenían en la tienda, lo hiciste con tinto. Qué maravilla, cómo está de rico. Desde entonces siempre que haces pollo al horno lo haces con vino tinto.

 En el salón de Don Manuel, la televisión continua emanando sus destellos. Frente a ella, las dos butacas, ambas con la forma de haber tenido el peso de los cuerpos sobre ellas, descansan con los brazos acariciándose.”    

Luego Juan Santos se atrevió con un relato en segunda persona y que debe incluir dos frases extraídas de unos haikus: “los dioses te ofrecerán oportunidades” y “el miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

business-1Tituló su trabajo “Abuelito dime tú” y se trata de los remordimientos que siente un anciano por la forma poco ética con la que amasó su fortuna. Ahora les puede dar todo lo material a sus nietos, salvo un abrazo a la salida del colegio.

“Has amasado una inmensa fortuna y ahora la conciencia te araña el estómago. Admiras a los hombres y a las mujeres que se han ganado la vida con el sudor de su frente. Envidias a los abuelos que, con la cara bien alta, recogen a sus nietos, mientras tú te escondes tras un cristal teñido de inmundicia.”

Pura no duda en felicitar a Juan por su narrador tan bien conseguido. La dificultad de un narrador en 2ª persona acapara la discusión posterior: No ha de alejarse como uno en 3ª, ni ha de confundirse con la 1ª. La proximidad de la 2ª persona ha de cuidarse con esmero. El tono es clave.

Finalmente, se comentó cómo Fernando Aramburu, en “Patria”, pasa de la 3ª persona a la 1ª y luego a la 3ª con extremada naturalidad. Consiguiendo con ello un acercamiento más íntimo del lector hacia los personajes.

Dado que sólo hace dos días Fernando Aramburu ha presentado su nuevo libro, “Autorretrato sin mí”, se leyó uno de los capítulos “Lluvia”, dedicado a su padre y que ilustra el tono de poesía en prosa que caracteriza este nuevo trabajo.

“Padre, tu recuerdo es lluvia y yo te estoy de pronto recordando. Un rumor innumerable de gotas que revientan me ha empujado a la ventana. La que suena no es el agua jubilosa que hace suspirar la tierra; no es el agua que baila con las hojas, sino una monótona, gris, más gris melancolía.”

Aunque breve, la tarde de hoy ha vuelto a ser rica en emociones.

Y ahora termino la crónica con mi consabido juego de TÍTULOS engarzados. Espero que os guste:

Abuelito dime tú // qué hacer el día que faltes // porque en ese cielo azul // no quiero ver tu semblante. // Yo te necesito aún // Y cuando sea más grande // Para seguir yendo al sur // Cada verano, como antes.

Abuelito dime tú // qué hacer el día que faltes // no me dejes al albur // en algo tan importante // Yo te necesito aún // Y cuando sea más grande // Que la vida sin tu plus // Ya no será tan brillante.

Si no me lo dices tú // Tendré, el día que faltes, // Que buscarte en el azul // Y que añorar tu semblante.”

 

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José Quesada García un obrero de las palabras, un escritor entusiasta de la literatura forjado a sí mismo al que es muy difícil ganarle en pasión por la escritura. Natural de Cabra del Santo Cristo, en la provincia de Jaén, exhibe en sus obras el orgullo incondicional de haber nacido en esta tierra. Acompañado por José Luis LabadJose Manuel Contreras acaba de presentar en la librería Muga, entrañable librería vallecana que trabaja incansablemente por la difusión de la literatura en Madrid, su tercera novela: El secreto de las cerezas.

En esta novela Quesada acompaña al lector en un viaje al pasado, a las calles aún sin asfaltar de Cabra del Santo Cristo de principios del siglo XX. El autor se convierte en un embajador incondicional de su pueblo al llevar al lector a la casa del doctor Arturo Cerdá y Rico, (que tenía como gran afición la fotografía y ha legado un archivo fotográfico de gran valor documental), a la tienda de Juan Ortega, a la fonda de José Manillas, a la era de San Sebastián y al lavadero de Nacimiento entre otros lugares. Las fotografías del doctor Cerdá y Rico son, sin duda, la base imprescindible para la ambientación de esta novela costumbrista.

En este recorrido por las calles de Cabra del Santo Cristo José Quesada lleva al lector de la mano y le hace padecer el calor del verano, la sed que se aplaca con la llegada del aguador y la dureza del trabajo en el campo. Es un paseo en el que el autor tiene la virtud de ir escribiendo su relato como si estuviese guiado por una cámara de cine que documenta la vida de las calles. En este camino Quesada se transforma de jornalero en arquitecto con la utilización de un lenguaje propio con expresiones típicas del habla popular y con palabras precisas que recrean la vida de su pueblo: palabras que definen instrumentos como el badil, el tabaque o la reata; las tareas del campo como ablentar o barcinar o los viejos oficios ya perdidos como el de lañador o recovero.

El secreto de las cerezas es un libro que resuelve a la perfección los problemas argumentales que se plantean, como la actitud del protagonista al deambular por las calles del año 1910 o el reencuentro con sus antepasados. Y no diría yo que dentro de muy poco, si no lo es ya, El secreto de las cerezas se convierta en un documento imprescindible para comprender la vida de otro tiempo no tan lejano: la vida de los abuelos de la generación que ahora está  rondando los cincuenta.

El secreto de las Cerezas es el tercer libro de José Quesada García, que ha madurado como escritor de una forma brillante. A su dominio del lenguaje ha añadido un perfecto manejo del tiempo y del espacio, lo ha combinado con una estructura sencilla y la utilización de un narrador en primera persona muy cercano al lector. El resultado es magnífico y hacen de El secreto de las cerezas una novela muy recomendable.

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Por María Sánchez Robles

“El autor”, de Martín Cuenca: no solo de vivir, mirar y escuchar vive el escritor.

Seis vecinos en busca de autor. ¿O más bien un autor en busca de personajes? La ganadora de dos premios Goya 2018 plantea el debate de qué se necesita para ser un buen escritor.

Quizá sin saberlo Manuel Martín Cuenca, el director de “El autor”, ha rendido homenaje en su último filme a Luigi Pirandello, el célebre escritor de “Seis personajes en busca de autor”, obra del teatro del absurdo cuya versión realizada por Miguel del Arco (Kamikaze Producciones), titulada “La función por hacer”, pudo verse por los escenarios madrileños hace unos años (y espero que la vieran). Ni que decir tiene que la fórmula de estos dos hallazgos españoles del cine y la dramaturgia han resultado ser un imán para los galardones, ya que Premios Goya y Max se han repartido alegremente entre uno y otro. ¿Qué tienen en común Miguel del Arco y Martín Cuenca? Que ambos han sabido leer muy bien a los grandes: a Pirandello, Premio Nobel de Literatura en 1934, y a Javier Cercas, autor de indiscutible renombre internacional, respectivamente. Y es que “El autor”, reciente ganadora de los Premios Goya al Mejor Actor Protagonista (Javier Gutiérrez) y Mejor Actriz de Reparto (Adela Calvo), es una adaptación de “El móvil”, la primera novela de Cercas.

Si bien en la obra de Pirandello seis personajes se encuentran en búsqueda activa de cualquiera que quiera darles realidad, ya que ninguno de ellos ha pasado de ser la fantasía de un escritor nunca llevada al papel, en la película de Martín Cuenca seis personajes de carne y hueso son candidatos a convertirse en ficción. A verse inmortalizados en una novela de un aprendiz a escritor cuya máxima en la vida es confeccionar una obra maestra de la literatura. Nada de Federico Moccia: lo que anhela Álvaro, maravillosamente encarnado por Javier Gutiérrez, es a escribir “la novela” con mayúsculas. Eso sí, sin decirle nada a sus aspirantes a personajes, inocentes conejillos de indias de un experimento literario.

Una portera reprimida (y que aporta algunos de los mejores momentos de la cinta). Un viejo ajedrecista (mejor no busquemos más calificativos para este personaje porque los tiene, y no precisamente buenos). Una pareja de inmigrantes mexicanos con un hijo invisible (subtrama del filme que dará lugar a una crítica sobre el racismo). El marido de la portera y un nuevo inquilino, el que viene a desatar la tragedia, del que podríamos decir que con él llegó el escándalo. Seis personajes reales cuyas vidas no tienen nada de literarias, pero que el autor, o Álvaro, ese nuevo inquilino en una comunidad de vecinos sevillana, un hombre sin poesía alguna, más allá de la que pueda dar trabajar en una Notaría y arrastrar una reciente infidelidad, tratará de convertirlas en carne de ficción.

Pero ni la máxima de autoayuda que reza que “querer es poder” se cumple siempre (más bien es un consuelo de muchos) ni la de que detrás de alguien que escribe hay un escritor. O, dicho de otro modo: ¿qué convierte en escritor a un escritor? ¿Su perseverancia, su dominio de la técnica, el haber asistido a cientos de masterclass y a talleres de creación literaria sin descanso? ¿El armarse de valor y, con dos cojones, no hacer otra cosa que pensar en narrar? Ni eso ni tan siquiera copiar la realidad al papel convierten en escritor a quien no lo vale, por muy verosímiles que los diálogos resulten. Por eso Álvaro tendrá que recurrir al manido refrán de “la realidad supera la ficción” para llevar a cabo su empresa.

“El autor” es una fábula burlesca, absurda y sarcástica sobre el esfuerzo y la falta de talento. Es la ironía del destino. La realidad de que, si bien seis personajes pueden efectivamente buscar un autor que les dé vida, un autor no puede, ni aunque se deje la alopecia en ello, encontrar personajes dispuestos a tejer una historia si el genio de la literatura no lo acompaña a todas partes a las que vaya. No solo de vivir, mirar y escuchar vive el escritor. Se sangra o no.

Nota final: si estás buscando un profesor de creación literaria como Antonio de la Torre en “El autor”, en el taller de Primaduroverales no lo hallarás. Y menos mal.

María Sánchez Robles es miembro de la asociación Primaduroverales Grupo de Escritores. Es coautora del libro de relatos 2056 Anno Domini. Recientemente ha obtenido el segundo premio en el Certamen Internacional de Narrativa Joven Abogados de Atocha.

 

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A Fernando

Un libro, ‘2056 Anno Domini’, que supone un reto, un homenaje, una ausencia y veintisiete formas distintas de abordar el reto, hacer un homenaje y combatir la ausencia. Veintisiete historias en las que cada autor se llevó la mano a la frente para que el futuro no le deslumbrara. La incertidumbre, los deseos y los sueños que a todos nos envuelven cuando pensamos como serán los mañanas que están por venir.

Portada digital 2Veintiséis autores más otro que nos dejó a mitad de proyecto, no sin antes haber hecho su contribución a este libro. El empeño personal que Él, Fernando López Díaz, tenía sobre el futuro y sobre cómo sería el mundo en 2056, llevó a que alguien en el grupo propusiera hacer un libro de cuentos sobre esa temática. Y así fue, dicho y hecho. El proyecto se puso en marcha, y prosiguió, incluso después de aquel 30 de diciembre de 2016 cuando Fernando nos dejó.

Y hoy ya podemos confirmar que hemos llegado a la meta. El libro ya está en la calle y el 28 de febrero próximo lo presentaremos, tomará vida propia y cada lector se podrá sumergir en las variadas formas y ángulos, desde los que cada autor ha dejado su impronta.

Los futuros, en tanto en cuanto se hayan pretendido barruntar, literariamente o no, siempre fueron condicionados por los pasados y los presentes que los antecedieron y, casi siempre, cuando se fueron alcanzando esos futuros resultaba que eran sorprendente e inexplicablemente distintos.

Aprovechando la excelente introducción que Pura Simona de la Casa, coordinadora del grupo Primaduroverales, realiza en el libro, incluimos aquí una muy acertada reflexión suya al respecto:

“… y es que vislumbrar el futuro nos enfrenta a los fundamentos, o los valores que estamos cultivando. Son temas serios y candentes, tratados unas veces con drama y otras con humor, que de todo hay en el libro …

A pesar de que todos los futuros pasados resultaron ser ajenos a lo vaticinado, sí que es verdad que en estos tiempos que corren, los hechos, los cambios, las sorpresas van marcando un itinerario acelerado y, en muchos casos, apasionante.

Y es en este tiempo que nos ha tocado vivir, donde los avances tecnológicos y científicos que tanto nos están influyendo, donde Fernando se sentía, digamos, que medio deslumbrado. Y ahí radicaba, quizá, ese empeño suyo en que escribiéramos sobre ello, con el foco en una fecha, un año, el 2056, que, por estar suficientemente cercano y lejano a la vez, nos llevaría a exprimir nuestras capacidades creativas. Estoy seguro de que no le hemos defraudado.

En cuanto a la parte de homenaje para él, que este libro encierra, hace falta incluir una breve reseña de quién era: trabajador incansable, desde los 14 años, economista de profesión, ejecutivo en empresas industriales, políglota y pionero en los proyectos internacionales. Además, como persona, pasional, con firmes principios y de fácil tertulia, y, sobre todo, para aquellos que tuvimos la suerte de conocerlo de cerca, un amigo, de esos que se cuentan con los dedos de la mano.

Algunos trazos adicionales que de su perfil realiza Pura, en la introducción:

“… desearía que las palabras fluyeran y poder pintar a Fernando como se pinta un personaje …  si no lo conocías, podía perturbar el tono con el que acometía algunas de sus frases …  y lo conocieras o no, su voz, al leer un texto literario, te transportaba a los confines de la ficción. Era la voz del taller, y uno de sus mejores dones. Una voz grave, pausada, de entonación precisa, y le podríamos añadir un adjetivo de moda: “mugrosa”, que le daba vida a cualquier texto. Si cerraras los ojos, te parecería escuchar a un narrador de radio de “aquellos años”, los que fueran …”

Y volviendo al libro, leamos, leamos el futuro y vivámoslo, sumerjámonos en las frases de cada página, hagamos el puñetero favor de ser felices y crucemos esos lugares comunes, los annus mirabilis, annus horribilis, anno hegirae, anno mundi y el anno salutis, que entre veintisiete autores hemos construido.

 

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